De libros y miligares , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16, y en esta web; mes de octubre.

De libros y militares


Acababa de terminar “Educar a los topos” de Guillermo Fadanelli, una novela breve, altamente recomendable y de corte pretendidamente antimilitarista, cuando al consultar el correo electrónico me encontré con una invitación para asistir a la presentación de “Y al final la guerra”. Decidí acudir, a pesar de que el acto era a las doce de la mañana, hora a la que normalmente estoy durmiendo (o como mucho preparándome el desayuno). Decidí acudir porque uno de los autores del libro, firmado a dúo, era Lorenzo Silva, a quien -amén de amigo- considero el novelista más sólido del panorama narrativo actual. En este caso, en “Y al final de la guerra”, lo que cuentan Silva y Luis Miguel Francisco, no es ficción. No es ficción, pero para alguien que no conociese la reciente historia de España y del mundo pudiera parecerlo. De hecho, yo mismo, al ver las fotos que ilustran la obra, no pude menos que exclamar que “no parecían reales”.
El libro, presentado por el exministro Bono narra diversas y terribles peripecias vividas por los soldados españoles a quienes alegremente se envió a Bagdad; y -como prueban sus testimonios- no fueron allí de paseo, a “echar una manita”, sino a matar y ser matados, que es como va un militar siempre a una guerra (aunque los altos mandos, los políticos, y ahí tanto José Bono como Lorenzo Silva estuvieron precisos y excelentes, rara vez parecen ser conscientes de que están barajando vidas humanas y no fichas de ajedrez).
La guerra, el ejército en tiempos de paz o de conflicto, siempre ha sido motivo de inspiración para los creadores: teatrales, cinematográficos, pintores, narradores... Quizá porque le pese a quien le pese, y por ejemplo a Guillermo Fadanelli le pesa en Educar a los topos, novela que, ya he dicho, recomiendo; pero que a pesar de “que le pesa”, de su voluntad antimilitarista al final el autor mejicano no puede evitar un regusto de admiración o torcido afecto hacia un mundo diferente. Y quizá esa sea la clave de la fascinación de tantos y tan variados creadores: desde Goya a Oliver Stone, pasando por Silva o Pinter, que el ejército, “lo militar” es siempre un mundo diferente. Que los artistas lo enfrentemos para ensalzarlo o criticarlo carece en esencia de verdadera importancia. Todas las monedas tienen dos caras y según nos ofrezcan una u otra hablaremos de las mismas como cruces, cruces de muertos, o rostros, caras, de vivos, o “vivos”. A través de Lorenzo Silva he conocido ya a bastantes militares, también guardias civiles (su especialidad más conocida), y siempre me sorprende lo normales que son, su calidad humana y capacidad de comprensión. Porque yo, como Fadanelli, me considero antimilitarista; pero quizá ello se deba simplemente a que no sé, a que no conozco, a que -como hijo mimado de una sociedad decadente- invento como mejor me place y más me conviene, y no alcanzo a comprender la importancia, la necesidad de un ejército. Porque a veces, y eso sí lo he aprendido, y aún a riesgo de los inocentes, luchar -contra lo injusto, la maldad como capricho- es tan inevitable como deseable y necesario.

 

 

 

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