De libros y militares
Acababa de terminar “Educar a los topos”
de Guillermo Fadanelli, una novela breve,
altamente recomendable y de corte pretendidamente antimilitarista,
cuando al consultar
el
correo electrónico me encontré con una invitación
para asistir a la presentación de “Y al final
la guerra”. Decidí acudir, a pesar de que el
acto era a las doce de la mañana, hora a la que normalmente
estoy durmiendo (o como mucho preparándome el desayuno).
Decidí acudir porque uno de los autores del libro,
firmado a dúo, era Lorenzo Silva,
a quien -amén de amigo- considero el novelista más
sólido del panorama narrativo actual. En este caso,
en “Y al final de la guerra”,
lo que cuentan Silva y Luis Miguel
Francisco, no es ficción. No es ficción,
pero para alguien que no conociese la reciente historia de
España y del mundo pudiera parecerlo. De hecho, yo
mismo, al ver las fotos que ilustran la obra, no pude menos
que exclamar que “no parecían reales”.
El libro, presentado por el exministro Bono
narra diversas y terribles peripecias vividas por los soldados
españoles a quienes alegremente se envió a Bagdad;
y -como prueban sus testimonios- no fueron allí de
paseo, a “echar una manita”, sino a matar y ser
matados, que es como va un militar siempre a una guerra (aunque
los altos mandos, los políticos, y ahí tanto
José Bono como Lorenzo Silva estuvieron precisos y
excelentes, rara vez parecen ser conscientes de que están
barajando vidas humanas y no fichas de ajedrez).
La guerra, el ejército en tiempos de paz o de conflicto,
siempre ha sido motivo de inspiración para los creadores:
teatrales, cinematográficos, pintores, narradores...
Quizá porque le pese a quien le pese, y por ejemplo
a Guillermo Fadanelli le pesa en Educar a
los topos, novela que, ya he dicho, recomiendo; pero que a
pesar de “que le pesa”, de su voluntad antimilitarista
al final el autor mejicano no puede evitar un regusto de admiración
o torcido afecto hacia un mundo diferente. Y quizá
esa sea la clave de la fascinación de tantos y tan
variados creadores: desde Goya a Oliver
Stone, pasando por Silva o Pinter,
que el ejército, “lo militar” es siempre
un mundo diferente. Que los artistas lo enfrentemos para ensalzarlo
o criticarlo carece en esencia de verdadera importancia. Todas
las monedas tienen dos caras y según nos ofrezcan una
u otra hablaremos de las mismas como cruces, cruces de muertos,
o rostros, caras, de vivos, o “vivos”. A través
de Lorenzo Silva he conocido ya a bastantes militares, también
guardias civiles (su especialidad más conocida), y
siempre me sorprende lo normales que son, su calidad humana
y capacidad de comprensión. Porque yo, como Fadanelli,
me considero antimilitarista; pero quizá ello se deba
simplemente a que no sé, a que no conozco, a que -como
hijo mimado de una sociedad decadente- invento como mejor
me place y más me conviene, y no alcanzo a comprender
la importancia, la necesidad de un ejército. Porque
a veces, y eso sí lo he aprendido, y aún a riesgo
de los inocentes, luchar -contra lo injusto, la maldad como
capricho- es tan inevitable como deseable y necesario.