Domingo, maldito domingo , se publica en muy diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16, y en esta web; mes de octubre.

Domingo, maldito domingo


Sunday, bloody sunday, como cantaban los U2 en lo que ya parece la prehistoria de los tiempos. Como (como de comer, no de adverbio o preposición) en casa de mis padres, o más exactamente en la de mi hermano, pero mis padres están al mando de la nave pues my only brother está en Londres, viendo a su hijo mayor que pasa el curso lejos de casa para aprender inglés. Mientras comía –riquísimo, como siempre para un hijo la comida de su madre- ha sonado el móvil; era Alfredo, el pintor amigo de mi amigo Rojo Lago, para discuparse por no haberme enviado una foto que necesitaba para mi página web. Mi página web, nadie me paga por hacerla, nadie me obliga a dedicar la tarde del domingo, maldito domingo, a actualizarla. Es una tarea autoimpuesta, aunque también es cierto que en el último mes la página ha tenido cerca de tres mil entradas (¿qué he hecho o hago yo para merecer tanto interés por parte de unos pocos conocidos y unos muchísimos desconocidos?). Fantaseo con la posibilidad de fallarle esta semana a desconocidos y conocidos; pero... siempre hago lo que debo. Llevo siete años y un mes, desde que pedí la excedencia en el ministerio, haciendo siempre lo que debo, creo que debo, hacer. Aunque el cuerpo me pedía quedarme en el sofá, digiriendo sin prisa la comida riquísima de mi madre, saltando perezosamente de un titular a otro por las páginas de los periódicos –mi padre el domingo los compra todos- y luego quizá permitirme un paseo con el niño y Lola, como el que dimos el viernes por el parque de El Retiro, cuando ya comenzaba a caer la noche y la mirada del niño lograba la magia de convertir en nuevas las imágenes que mis ojos ya están aburridos de ver: los patos del estanque frente al palacio de cristal, las hojas de bordes enrojecidos (el otoño) que caen de los castaños infinitos, el ancla de hierro anclada para siempre en tierra –eterna añoranza de Mad Madrid por la lejanía del mar- frente a lo que los lugareños llamamos el lago, ese estanque grande y sucio, lleno de peces de colores y barquitas impulsados por los voluntariosos brazos de los domingueros. Pero sé que si me quedo en el sofá luego me sentiré mal, culpable por no haber escrito (es la historia de mi vida, por eso dejé hace siete años y un mes el ministerio: culpable por no haber escrito; desde niño tontamente convencido de que el insignificante Javier Puebla le debe al resto de los seres humanos sus “escritos”. Justo a mí tenía que tocarme ser yo, como se decía un día Felipito en un Mafalda de Quino). Así que me levanto del sofá comodísimo, me despido –como si fuera a guerrear contra un ejército invencible- y subo al coche, resignado a cumplir con la obligación absurda que impuse a mí mismo desde los cuatro años: escribir. Pero basta con que el fondillo de los vaqueros rocen el asiento del Volvo para que una frase se instale, repita, repique, en mi cabeza: Domingo, maldito domingo, y advierto que lo que sucede es muy simple: me gusta. Me gusta escribir que cualquier otra cosa. Y si lo hago el domingo deja de ser maldito. Hasta se torna bendito, bendito domingo.

 

 

 

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