Luis Alberto de Cuenca
Conocí a Luis Alberto de Cuenca en
una fiesta organizada en el palacete de Planeta por Ana
Gavín y su equipo. Fue él quien se
me acercó, para decirme algo -como mínimo- sorprendente.
-Me ha encantado tu novela. Me
habría gustado ser yo quien la hubiese escrito.
Se refería a "Sonríe
Delgado", en aquel momento obra popular gracias al
respaldo del premio Nadal (ahora -creo- es más libro
de culto que popular).
Considerando que Luis Alberto era, o había sido, Secretario
de Estado de Cultura, me lo tomé como una frase diplomática,
desmesuradamente generosa viniendo de un poeta tan brillante.
Porque aunque no le conocía en persona había
escuchado en boca del genial Emilio Pascual
uno de sus poemas, "Bébetela", en el mítico
Libertad8; y la calidad de los versos, su
narrativa perfecta sin perder en ningún momento la
musicalidad, me dejó asombrado. Mi asombro nacía,
claro, de mi proverbial ignorancia lírica. Luego he
realizado el experimento, muchas, muchísimas veces,
de preguntarle a mis amigos verdaderamente cultos (uno se
esfuerza, pero...) qué poeta consideran el mejor, o
más brillante, en lengua castellana del momento actual;
y siempre -tanto de intelectuales de izquierda como de derecha-
la respuesta ha sido: Luis Alberto de Cuenca.
Volví a encontrármelo una segunda vez en el
programa de Dragó (que el pasado año
estaba se convirtió en el epicentro absoluto de la
vida literaria española). Y de nuevo la sensación
de cercanía, de comprender y sentirme comprendido,
me embargó durante los minutos que estuvimos charlando
entre bambalinas.
Así que cuando me enteré que daba una conferencia
sobre Rubén Darío en La Casa
de América acudí a escucharle; y verle.
-¡Qué bonito!
Y señaló el pin del Capitán Haddock
sujeto a una de las solapas de mi blaizer.
Moví la cabeza, incrédulo. Era demasiado. Que
le hubiese gustado, o al menos no le hubiese importado, ser
el autor de mi novela, tenía un pase... Pero que al
mejor poeta en lengua española, al más activo
Secretario de Estado de cultura que jamás hemos tenido,
le gustase el mundo de Tintín, resultaba
a todas luces increíble. Entonces Luis Alberto, con
un giro de muñeca de prestidigitador, y sin duda habiendo
notado mi incredulidad, volteó la carpeta gris o azul
que llevaba con el nombre de Darío rotulado y en el
envés de la misma apareció ¡el diario
de Tintín! Nos abrazamos -como cómplices o conspiradores-
aquella tarde noche, al despedirnos.
El siguiente encuentro fue en su casa, o más concretamente
en la biblioteca de Don Ramón de la Cruz.
Había quedado con Emilio Pascual, el mismo que me descubrió
sus palabras, para fotografiar los grabados de Las Mil y Una
Noches. Esa tarde le llevé mi célebre Jaula-Tarjetero
yél me regaló su último poemario, recién
salido de imprenta, La vida en llamas. El
libro ha sido mi mejor amigo de este verano. A mí sí
que me habría gustado haber sido el autor, haberlo
escrito (porque, al menos en lo narrativo, parece mío,
y perdón por la inmodestia). Pero también porque
es la primera vez que he encontrado un escritor cuya compañía
es tan cálida como lo que escribe, que es capaz de
sacar a sus lectores, o amigos, de la realidad, y hacernos
creer en la mejor de las magias, como cuando releemos nuestros
viejos tebeos de Tintín, y volvemos a sentirnos limpios,
nuevos, y niños.
