Los nombres de Herralde
Noventa y nueve son los nombres de Dios: El Único,
El Magnífico, El generoso... Recuerdo la sensación
que tuve al leer por primera vez que Dios tenía noventa
y nueve nombres. Tendría unos veinte años y
devoraba los cuatro tomos de El Cuarteto de Alejandría
de Lawrence Durrell. Al recibir en casa Por orden alfabético
(Escritores, editores, amigos) de Jorge Herralde he experimentado
una sensación próxima a aquella de veinte años
atrás, y no podría asegurar si ha sido la sensación,
o la lectura del libro, lo que me ha hecho recordar a ese
joven que fui y-sería estúpido hacerse ilusiones-
ya no soy.
La principal diferencia entre el Dios que cita Lawrence Durrell
en su célebre cuarteto con Herralde estriba en que
este último tiene muchos más de noventa y nueve
nombres.
Descubrí a Herralde cuando estaba destinado -labores
diplomáticas- en Dakar. Y digo que le descubrí
allí porque aunque conocía su nombre y había
leído muchos libros de Anagrama nunca se me había
ocurrido la posibilidad de que un editor pudiera ser una referencia
tan válida como un autor. Me explico; si a alguien
le gusta un libro de Graham Greene tiende a comprarse toda
su obra, pero si a alguien le gusta un libro editado por -no
sé: XYZ- no se le ocurre comprar el fondo completo
de la editorial. Sin embargo con la Anagrama de Herralde,
mágicamente, sí que funcionaba. A la sazón
disponía de mucho tiempo libre, la oferta de ocio en
África es muy limitada, y volví a leer como
cuando era niño: casi un libro por día. Se me
acababan los autores conocidos, necesitaba nuevos..., y decidí
hacer el experimento: comprar cada vez que viajaba a España
todas las novedades de Anagrama. Pleno al quince. Herralde
no me falló prácticamente nunca. Por eso he
dicho más arriba que Herralde tiene muchos más
nombres que los noventa y nueve de Alá, son suyos -de
algún modo- todos los de sus autores. Y al leer su
nuevo libro, que es un libro de nombres, he comprendido que
también son suyos muchos otros nombres, especialmente
el de Lali Gubern, su “chica”, que es el que aparece
citado en mayor número de ocasiones. Como son nuestros,
y nuestro nombre es de ellos, los de todas las personas a
quienes queremos y con las que nos relacionamos.
En aquellos tiempos de África, y parafraseando a uno
de los más conocidos autores anagramáticos,
Paul Auster, llegué a creer que “Herralde era
Dios”, aunque ahora, siete años después,
comprendo que entre ambos existen claras diferencias. Dios
siempre ha tenido un lugar en su cielo, Herralde, sin embargo,
ha publicado todos sus libros anteriores con otras editoriales.
Sólo con este último libro se ha aceptado a
sí mismo como autor de la casa. Y eso es algo que como
lector y escritor me enorgullece, pues hace tiempo que aspiro
a una nube en el cielo de Anagrama; nube que aún no
he logrado y –no importa- quizá no logre nunca.
Porque si el propietario de la editorial ha sido tan duro
y exigente consigo mismo es justo que trate igual a sus presuntos
autores; en ello reside la garantía de calidad que
confirman prácticamente todos y cada uno de sus libros.
Larga vida, Señor Herralde.
