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Roma
Me sorprende de Roma la laxitud de las costumbres,
el modo relajado en el que los romanos enfrentan el día
a día. Claro que estoy en Prati, un barrio residencial
situado a diez minutos andando del centro, y bajo la protección
y guía del consejero comercial de la Embajada de España
en Italia, Vicente Saval, a cuya hospitalidad debo el encontrarme
en una de las ciudades más viejas, con más historia,
del mundo.
Al principio, ni con sombrero ni sin él soy fácil
de contentar, me molesta el exceso de "piedras", información,
épocas superpuestas y hasta las manadas de turistas me
resultan odiosas. Pero basta que pasen un par de días
para que comprenda que se trata de simple pereza, de intentar
esquivar el esfuerzo que supone comprender la geografía
y el espíritu de una ciudad... compleja.
Algo que los italianos, y en concreto los romanos, parecen tener
perfectamente asumido. Sólo a mí parece extrañarme
que la gente pueda subirse a los autobuses por la puerta de
salida y bajar por la de entrada si así les apetece.
Sólo a mí escandaliza que de las fuentes de Roma
no pare de manar agua ni de día ni de noche, y no me
refiero a las fuentes monumentales tipo la de Bernini en la
impresionante plaza Nabona, sino a esas fuentes que en Madrid,
y en casi ninguna ciudad española que yo conozca o recuerde,
apenas existen y cuya función es aliviar la sed de quien
camina o permitirle llenar un bidón, botella o cubo;
esas fuentes, que en nuestro país hay que activar apretando
un pulsor o botón, en Roma no paran nunca de echar agua;
hasta los perros pueden utilizarlas, y lo hacen, sin que al
parecer a nadie moleste.
Y eso me hace pensar que las fuentes, su caudal interminable,
son la metáfora perfecta para comprender Roma, la diferencia
que la distingue de ciudades como el caótico, exigente
y malhumorado Madrid en el que ahora vivo. Roma es una ciudad
"rica" de toda la vida. Y tiene ese aire relajado
de a quien nunca, o casi nunca, ha faltado de nada. Madrid es
una ciudad más bien pobre, "nueva rica", y
ello gracias a la -astuta- generosidad de la Europa comunitaria.
Y sin embargo, cuando era más pobre, Madrid se parecía
más a Roma. Los madrileños eran gente tranquila,
amable y hacían la vista gorda cuando alguien, para no
perder diez minutos, daba la vuelta en una avenida saltándose
la línea continua o circulaba por el carril reservado
al autobús. Ahora, como somos ricos o nuestros políticos
nos sienten así, se nos exige una disciplina y una resignación
tales que ha acabado por hacerlos perder la alegría.
Hay tantas obras en las ciudades de España que al español
se ha resignado al ruido, la incomodidad y el polvo y ni siquiera
protesta. Es tan difícil no cometer una infracción
de tráfico, y que te quiten puntos (ah, locura y falta
de respeto) que acabaremos todos optando por no utilizar el
coche). Ya estoy aquí, he vuelto. Era apenas un viaje
de cinco días. Pero añoro de Roma ese saber estar,
ese relax, ese respeto al ciudadano que es, a la postre, quien
paga. Pero por estos pagos parece que nadie lo sabe o todos
lo olvidan.
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