Roma , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16; mes de agosto.

Roma

Me sorprende de Roma la laxitud de las costumbres, el modo relajado en el que los romanos enfrentan el día a día. Claro que estoy en Prati, un barrio residencial situado a diez minutos andando del centro, y bajo la protección y guía del consejero comercial de la Embajada de España en Italia, Vicente Saval, a cuya hospitalidad debo el encontrarme en una de las ciudades más viejas, con más historia, del mundo.
Al principio, ni con sombrero ni sin él soy fácil de contentar, me molesta el exceso de "piedras", información, épocas superpuestas y hasta las manadas de turistas me resultan odiosas. Pero basta que pasen un par de días para que comprenda que se trata de simple pereza, de intentar esquivar el esfuerzo que supone comprender la geografía y el espíritu de una ciudad... compleja.
Algo que los italianos, y en concreto los romanos, parecen tener perfectamente asumido. Sólo a mí parece extrañarme que la gente pueda subirse a los autobuses por la puerta de salida y bajar por la de entrada si así les apetece. Sólo a mí escandaliza que de las fuentes de Roma no pare de manar agua ni de día ni de noche, y no me refiero a las fuentes monumentales tipo la de Bernini en la impresionante plaza Nabona, sino a esas fuentes que en Madrid, y en casi ninguna ciudad española que yo conozca o recuerde, apenas existen y cuya función es aliviar la sed de quien camina o permitirle llenar un bidón, botella o cubo; esas fuentes, que en nuestro país hay que activar apretando un pulsor o botón, en Roma no paran nunca de echar agua; hasta los perros pueden utilizarlas, y lo hacen, sin que al parecer a nadie moleste.
Y eso me hace pensar que las fuentes, su caudal interminable, son la metáfora perfecta para comprender Roma, la diferencia que la distingue de ciudades como el caótico, exigente y malhumorado Madrid en el que ahora vivo. Roma es una ciudad "rica" de toda la vida. Y tiene ese aire relajado de a quien nunca, o casi nunca, ha faltado de nada. Madrid es una ciudad más bien pobre, "nueva rica", y ello gracias a la -astuta- generosidad de la Europa comunitaria. Y sin embargo, cuando era más pobre, Madrid se parecía más a Roma. Los madrileños eran gente tranquila, amable y hacían la vista gorda cuando alguien, para no perder diez minutos, daba la vuelta en una avenida saltándose la línea continua o circulaba por el carril reservado al autobús. Ahora, como somos ricos o nuestros políticos nos sienten así, se nos exige una disciplina y una resignación tales que ha acabado por hacerlos perder la alegría. Hay tantas obras en las ciudades de España que al español se ha resignado al ruido, la incomodidad y el polvo y ni siquiera protesta. Es tan difícil no cometer una infracción de tráfico, y que te quiten puntos (ah, locura y falta de respeto) que acabaremos todos optando por no utilizar el coche). Ya estoy aquí, he vuelto. Era apenas un viaje de cinco días. Pero añoro de Roma ese saber estar, ese relax, ese respeto al ciudadano que es, a la postre, quien paga. Pero por estos pagos parece que nadie lo sabe o todos lo olvidan.



 

 

 

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