Aún soplan los benévolos y
perezosos vientos del verano sobre la ciudad y sus habitantes
se mueven -todavía- como si fuera el placer y no la
obligación quien inspirase sus pasos. Todavía.
Todavía las pieles están morenas y parcialmente
desnudas, hay tiempo para detenerse en la calle, mirar un
escaparate, a otra persona, o hasta un socavón (incluso
las obras -suave es la “rentrée”- parecen
menos numerosas o antiestéticas o desagradables).
Todavía hay tiempo para leer completos, y no en diagonal,
los libros que compramos o nos envían. Y así
disfruto de la magnífica novela, tan teatral, de Javier
Tomeo titulada La Noche del Lobo, o de Tristano
Muere, de Tabucci. O también del artificial,
pero efectivo, La decisión de Brandes, de Eduard
Márquez.
Todavía hay tiempo de pensar que tendremos tiempo para
ir al cine, a ver la última de Stephen Frears,
o de que conseguiremos una entrada para el musical orquestado
por Santiago Segura basado en la obra de Mel
Brooks del mismo título, Los Productores.
Todavía es un placer, y no un agobio, cuando llegan
por correo o mail invitaciones para exposiciones, conferencias
y presentaciones de libro; y hasta, aprovechando un cruce
de caminos lleva nuestros pasos hacia la guarida del Bandido
Doblemente Armado, se puede pasar una tarde hablando
con Diego Pita y disfrutando de los cuadros que acaba
de colgar de las paredes del local multifuncional la artista
Prado de Fata.
Todavía, cuando acudo a Fuentetaja en busca
de libros de relatos verdaderamente cortos -apenas se han
debido de publicar una docena en la historia de la edición
española- puedo demorarme en hablar con la chica que
está en la caja, fijarme que va vestida de negro y
que una cruz plateada cuelga de su cuello y que el conjunto
es digno de una fotografía que, ¿por qué
no?, puede servir perfectamente para ilustrar esta columna.
Todavía son largos los días y aunque algunas
noches el viento recuerda que en el armario guardamos chaquetas
y abrigos sigue siendo posible pasear sin rumbo por el corazón
de la ciudad amada y maldita, ser un glóbulo rojo o
blanco o azul que se desliza que se desliza y mezcla anónimamente
con otros glóbulos rojos blancos o azules o negros
o mulatos anónimamente por sus arterias y calles.
Todavía parecen posibles los proyectos, o quizá
deberíamos llamarlos sueños, concebidos durante
el verano.
Todavía podemos creer que de nuestros dedos pueden
hacer , y harán, pequeños milagros.
Porque la máquina que nos tritura y exprime también
ha descansado algunos días en julio y agosto, al modo
de los campos que se dejan en barbecho en mor de mayores rendimientos
futuros, y aún no está en pleno funcionamiento.
Y mientras recupera su –cada vez más perverso-
ritmo la vida cotidiana seguimos pudiendo soñar que
el mundo ha sido hecho para nosotros, que la noche para Scott
Fitzgerald iba a ser suave eternamente, como suave es
la rentrée estos días, amables lectores, para
todos, o casi todos, nosotros.
