Pero ¿y mis vacaciones? , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16; mes de agosto.

Pero ¿y mis vacaciones?


¿Dónde están? ¿Dónde se esconden esas hijas de la gran puta? Si hace un momento, unos días de nada, apenas habían empezado y parecían tan largas, inacabables..., ¡parecían eternas! Pensaba viajar a Galicia y descubir a los “fumadores de montes”, estaba previsto que me desplazaría hasta el sur de Francia para ver a mi viejo amigo F. , y comprobar si es verdad que las dos niñas que eran sus hijas ahora son dos mujeres con personalidad propia. Contaba con terminar una novela, escribir un par de docenas de cuentos, montar una película, realizar otra nueva... No es posible, sencillamente no es posible que mañana me toque regresar al ministerio, a mi despachito pequeño y tristón, tenga que enfrentarme con El Sapo y con Madame Sarampión, mi jefa y mi secretario, respectivamente. No es posible que mañana el imbécil de Luis me esté esperando al otro lado de la barra para decirme la frase que más oído a lo largo del año: el café con leche ¿corto de café, Don Antonio? Claro que por lo menos a Luis le jodo, porque mañana le pido un té, y con limón. La leche que se la meta por donde le quepa. Hace ya días ya comencé a hacer cálculos, a iniciar la temida cuenta atrás, pero mientras queda una semana, seis días, cinco, cuatro, tres o hasta dos días... ¡hay esperanza! Pero hoy ya no queda ningún día, podría ponerme enfermo, de hecho estoy enfermo, bastaría que fuese al médico y le solicitase una baja por principio de depresión tuneada con unos toques de neurastenia. ¡No queda ningún día! ¡Socorro! Mañana regreso. Mañana madrugo, mañana me como el atasco, mañana me levantaré sin energía pensando que la vida carece de sentido y que cada día estoy más viejo (se me debe estar picando una muela, me duele), veo peor (debería ir al oculista a ponerme gafas) y me interesan menos cosas. Tengo treinta años, tengo veinte, tengo dieciséis, tengo sesenta.. Da igual. Con los que tengo estoy jodido, porque mañana vuelvo al curro, mañana se acaba el sueño de la libertad condicional que en este milenio hiperacelerado llaman vacaciones. Y aún no me he recuperado de la resaca del viernes, no fui a ver la peli de Wenders (¿podría ir mañana por la noche para resarcirme del regreso? No, ya la han quitado de la cartelera, te fastidias, tío), no di un largo paseo por la playa con mi hermano mayor, no le robé la tortuga al vecino para hacerme una sopa, no hice el muerto en el centro de la piscina de Claudia Shiffer.
Miro el reloj, podría calcular las horas, pero eso ya sería masoquismo. ¡Quedan exactamente dieciocho horas, y veintisiete para volver a ver a los idiotas con los que comparto condena y curro! ¡Faltan tan sólo dieciocho horas y veinticinco minutos para que mis pantalones se vuelvan grises entre mi culo y el asiento del despacho! Ya no puedo hacer nada, excepto quedarme quieto y esperar; da igual que me acueste temprano para estar mañana en forma o que me acueste a las cuatro, como hago ahora, para aprovechar hasta el último momento de libertad. Mañana. Vuelvo. Menos mal. En el fondo... hasta los huevos de esa sensación de “provisionalidad vacacional”.



 

 

 

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