El valor de la ficción
Creo que fue Gustave Flaubert quien afirmó
que “si conociésemos de verdad cinco o seis libros
cuanto más sabios seríamos”. Se refería,
naturalmente, a los libros de ficción que fueron para
el autor de Madame Bovary la principal razón de su
existencia. Quien ha leído y releído El
Quijote, Rojo y Negro, El Talento de Ripley, Anna Karenina
o -incluso- el Ulises de Joyce posee una
serie de claves para entender la vida, amén de aprender,
sin darse cuenta, un lenguaje secreto para relacionarse con
quienes también han releído esos u otros libros
hasta lograr “conocerlos”.
Quien lee novela histórica para aprender historia,
y que me perdone la sinceridad, es un imbécil.
La novela, por definición, es un producto imaginario
en el que la mentira o invención deja de ser tal, y
si un novelista está escribiendo sobre el Madrid de
los Austrias y necesita para el desarrollo de la trama la
existencia de una calle que jamás fue trazada o nombrar
duque del XVIII a un personaje inspirado en el camarero del
bar donde desayuna lo hará sin el menor empacho. Dicho
lo anterior: nada tengo contra la novela histórica,
si ésta es buena, si es en verdad obra de creación;
sí desprecio, sin embargo, a quien la lee creyendo
que aprende algo y más aún a quien la vende
pretendiendo que enseña algo (aparte de su evidente
desvergüenza).
En los últimos tiempos algunas de las mejores
cabezas con las que me relaciono me han asegurado que ya no
leen nunca o casi nunca novelas o relatos, que prefereren
las biografías, ensayos o libros periodísticos;
y siento tristeza. Tristeza porque al igual que Flaubert yo
he consagrado mi vida a crear libros de ficción,
a sostener -con frases, espacios en blanco y palabras- mundos
imaginarios. Y al igual que Flaubert o Nabokov
opino que quien llega a conocer esos mundos imaginarios se
hace más sabio, como se torna más sabio aquel
que viaja (digo viajar, no hacer turismo) a países
diferentes del suyo. La ficción, amén de mostrarnos
escenarios que podamos conocer o no, lo que siempre nos enseña
-cuando una novela o un relato es verdaderamente una novela
o un relato- es el alma de su autor vestida o enmascarada
tras el rostro y los modos de los personajes que protagonizan
la narración. Es el alma de Cervantes
lo que le ha sobrevivido, a través de la máscara
llamada Quijote, o Quixote o Quijano o como prefieran. Y conocer
un alma no es privilegio al alcance de cualquiera.
La mayoría de las personas que viven en pareja jamás
llegan a conocer el alma de su otra mitad, la mayoría
de los padres jamás alcanzan a comprender el alma de
sus hijos, ni estos la que sustenta la vida de sus padres.
Acabo de terminar de leer “Tokyo Blues”
de Haruki Murakami. Durante casi una semana
he vivido en el modernísimo Tokyo de los sesenta (con
sus cines abiertos toda la noche, sus love hotels y sus botellones
de alcoholes duros), me he enamorado, luchado y sufrido, he
-en suma- he conocido otra alma: sido otro. Y he aprehendido
un mundo nuevo que me atrevo a recomendar visite cualquier
lector. No aspiro a alcanzar la sabiduría, pero -quizá-
soy más feliz menos ignorante tras leer, entre otros,
libros como los últimos de Silva, Houellebecq
o Murakami; quizá.