La Relatividad,Última Semana Enero 2006

El valor de la ficción

Creo que fue Gustave Flaubert quien afirmó que “si conociésemos de verdad cinco o seis libros cuanto más sabios seríamos”. Se refería, naturalmente, a los libros de ficción que fueron para el autor de Madame Bovary la principal razón de su existencia. Quien ha leído y releído El Quijote, Rojo y Negro, El Talento de Ripley, Anna Karenina o -incluso- el Ulises de Joyce posee una serie de claves para entender la vida, amén de aprender, sin darse cuenta, un lenguaje secreto para relacionarse con quienes también han releído esos u otros libros hasta lograr “conocerlos”.
Quien lee novela histórica para aprender historia, y que me perdone la sinceridad, es un imbécil. La novela, por definición, es un producto imaginario en el que la mentira o invención deja de ser tal, y si un novelista está escribiendo sobre el Madrid de los Austrias y necesita para el desarrollo de la trama la existencia de una calle que jamás fue trazada o nombrar duque del XVIII a un personaje inspirado en el camarero del bar donde desayuna lo hará sin el menor empacho. Dicho lo anterior: nada tengo contra la novela histórica, si ésta es buena, si es en verdad obra de creación; sí desprecio, sin embargo, a quien la lee creyendo que aprende algo y más aún a quien la vende pretendiendo que enseña algo (aparte de su evidente desvergüenza).
En los últimos tiempos algunas de las mejores cabezas con las que me relaciono me han asegurado que ya no leen nunca o casi nunca novelas o relatos, que prefereren las biografías, ensayos o libros periodísticos; y siento tristeza. Tristeza porque al igual que Flaubert yo he consagrado mi vida a crear libros de ficción, a sostener -con frases, espacios en blanco y palabras- mundos imaginarios. Y al igual que Flaubert o Nabokov opino que quien llega a conocer esos mundos imaginarios se hace más sabio, como se torna más sabio aquel que viaja (digo viajar, no hacer turismo) a países diferentes del suyo. La ficción, amén de mostrarnos escenarios que podamos conocer o no, lo que siempre nos enseña -cuando una novela o un relato es verdaderamente una novela o un relato- es el alma de su autor vestida o enmascarada tras el rostro y los modos de los personajes que protagonizan la narración. Es el alma de Cervantes lo que le ha sobrevivido, a través de la máscara llamada Quijote, o Quixote o Quijano o como prefieran. Y conocer un alma no es privilegio al alcance de cualquiera. La mayoría de las personas que viven en pareja jamás llegan a conocer el alma de su otra mitad, la mayoría de los padres jamás alcanzan a comprender el alma de sus hijos, ni estos la que sustenta la vida de sus padres.
Acabo de terminar de leer “Tokyo Blues” de Haruki Murakami. Durante casi una semana he vivido en el modernísimo Tokyo de los sesenta (con sus cines abiertos toda la noche, sus love hotels y sus botellones de alcoholes duros), me he enamorado, luchado y sufrido, he -en suma- he conocido otra alma: sido otro. Y he aprehendido un mundo nuevo que me atrevo a recomendar visite cualquier lector. No aspiro a alcanzar la sabiduría, pero -quizá- soy más feliz menos ignorante tras leer, entre otros, libros como los últimos de Silva, Houellebecq o Murakami; quizá.