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Ángela Vallvey

Son las diez de la mañana y ayer me acosté a las
seis, bailando con la novela que hace meses me acompaña.
No tengo ganas de levantarme. Me levanto. Ducha. Zumo de naranja.
Metro. Es horrible el metro en verano en Madrid. Los trenes,
se supone, están dotados de aire acondicionado, pero
el conductor o encargado suele olvidar conectarlo, al menos
en la línea uno, y todos sudamos, respiramos con dificultad,
miramos con resignación -madrileño acabará
siendo sinónimo de resignación- las pequeñas
ventanas herméticamente cerrradas. En la Gran Vía
la vida se mueve presurosa y fugaz. Bajo hacia Alcalá.
En un hotel de la cadena H10 se presenta para la prensa el poemario
“Nacida en cautividad” que se ha
eregido vencedor del IV Premio de Poesía Ateneo de Sevilla.
Lo firma Ángela Vallvey.
Conozco a Ángela Vallvey hace un par de años porque
es autora de la editorial Destino, como yo lo soy o fui (nunca
se sabe). He hablado poco con ella. Sé que ganó
el Nadal con Los Estados Carenciales, y que su novela, A la
caza del último hombre salvaje, ha sido traducida a 16
idiomas. Está considerada una escritora satírica.
Y por eso acudo a la presentación del libro, del doble
poemario (en realidad son dos libros en uno), porque me ha parecido
entrever en sus versos a una persona distinta a quien yo conocía
o creía conocer. Y acierto.
La presentación acaba convirtiéndose en un debate,
tertulia de alto nivel digna de haber sido retransmitida en
el programa Las Noches Blancas de Sánchez-Dragó,
gracias a la presencia del poeta y profesor Juan Manuel
González, que hace de “embajador”,
y del finísimo crítico literairo Joaquín
Arnaíz. Pero la protagonista, el centro alrededor
del que todos bailamos, es Ángela Vallvey. Una Ángela
Vallvey que es, y me sorprende y a la vez no me sorprende porque
me había leído con cuidado y afecto “Nacida
en cautividad”, ante todo y sobre todo una poetisa o poeta.
Habla Ángela del asombro permanente que es la vida, de
esos pequeños momentos maravillosos, mágicos,
que la existencia nos brinda continuamente si sabemos pararnos
y mirarlos y apreciarlos. La reunión se prolonga mucho
más de lo habitual en este tipo de actos, los periodistas
invitados escuchan con agrado y nadie, como suele suceder, se
marcha alegando que tiene prisa, que se le espera en algún
otro sitio. Es la despedida del curso -volveremos en setiembre-
de la editorial Algaida. Y es una magnífica despedida,
como magnífico es “Nacida en cautividad”,
el último poemario de Ángela Vallvey. Me permito
cerrar esta columna con sus propios versos. “Me
saciaré de estrellas/ cualquier día./ Viajaré
tras el viento/ que encarcela el paisaje./ Suelo poner mis manos/
sobre la lejanía, mientras/ la madrugada se desnuda/
sombra a sombra,/ y nada busca,/ me saciaré de estrellas/
cualquier día”.
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