Mucho aniversario , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16; mes de mayo.


Mucho aniversario, ¿no?
Me atrevo a suponer que no soy el único españolito que está hasta las narices, hasta las pelotas, hasta los pelos de la coronilla, de tanto aniversario. Lo del Quijote, que no parece acabarse nunca y seguimos viendo la dichosa X en anuncios anticaspa y lanzamientos culturales varios, me dejó ya empachado, pero ¡eran cuatrocientos años! Y, por otra parte -lo primero es reconocer la propia culpa- hay aniversarios a los que me apunto encantado, como el de los 40 años del Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, o el de la celebración de los 30 años, sí treinta añazos, que lleva haciendo programas en televisión para promocionar libros y lectura Fernando Sánchez-Dragó.
El problema es que siempre, en todo momento, es el aniversario de algo, de la invención de las cajas de cerillas con doble fondo, o el de Francisco Ayala, o el de la aparición del disco tal, la película cual o la novela -no necesariamente láctea- pascual.
Y -párense un momento conmigo, razonen por favor- ¿qué importancia tiene que hayan pasado treinta, cuarenta u ochenta años? Ninguna. Es un pretexto, nada original, al que recurre la cáfila de ejecutivos con sueldos millonarios e imaginación cero que intentan explotar más, siempre un poco más, nuestra ansia –obra suya- de consumo. Me repugnan (disculpen la radicalidad, pero ni siquiera celebro mi cumpleaños) los llamados aniversarios aunque reconozco que los fastos montados porque hayan pasado un número redondo de años desde el fallecimiento, estreñimiento o nacimiento de un creador o una creación logra que durante unos meses recordemos obras y “obradores” que no merecen ser olvidados en este mundo anfetaminizado, tan rápido, glotón y efímero que ya no es posible encontrar no una novela con veinte años, sino una publicada hace cinco meses.
Políticamente siempre es rentable el jueguecito de los aniversarios; rentable y poco peligroso. Nada tan fácil de manejar como un muerto que se ya se ha convertido en polvo liofilado. El concejal cateto e imbécil de turno puede poner sin ningún riesgo su culo sobre Baudelaire, Cervantes o Cortázar, mientras que si lo pusiera sobre Rafael Reig, Houllebecq o quien escribe a lo mejor salía despedido por los aires.
Pero a pesar de lo dicho más arriba no puedo, o más exactamente: no quiero, evitar el pensamiento de que los aniversarios son un bluf, una estafa, una inutilidad absoluta. En África, mi añorada África (y esta semana regalo desde mi web, www.javierpuebla.com, un relato titulado La Edad del Corazón), la gente desconoce su edad, jamás celebran aniversario alguno, e incluso las fiestas anuales y obligadas son en fecha imprecisa pues dependen de lunas llenas y razones que aún conservan algo de su magia prístina, y no se rigen por nuestro calendario; ese que nos cuenta que no podemos trabajar más allá de los setenta años, que el domingo o fútbol o nada; porque en África, o Asia, aún existen la naturaleza y la religión, mientras que aquí, tras asfaltarlas y luego eficicar encima, han sido deglutidas por la gran y más rentable palabra que nunca haya conocido la humanidad: el mercado.

 

 

 

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