Editor de raza , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16; mes de mayo.


Editor de Raza

Confieso que me gusta utilizar en determinadas ocasiones expresiones rimbombantes como la que da título a esta columna: editor de raza. El problema es que hay poca gente que se merezca expresiones del calibre anterior, y particularmente si nos referimos al mundo, impuro y oscuro, de la edición en nuestro cada vez más europeizado país. Encontrar un novelista de raza es difícil, pero hay algunos, más de una docena calculando a ojo de optimista columnista. Pero editores de raza... con la ambición y la frustración hemos topado, amigo Sancho. Al mundo de la edición se llega, en numerosas ocasiones, a través de la vocación creadora y literaria; y se suele llegar frustrado, harto de ver la propia crisma rota contra muros que sonríen. No voy a citar nombres porque bastante enemigos tengo ya (y estoy perezoso para luchar hoy). En otras ocasiones el único objetivo del editor, que no ha leído -como diría mi amiga Ana Pellicer- ni la hoja parroquial en su vida, es ganar dinero. Significativos, y una vez más hoy voy a ser bueno y no citar nombres, son esos estafadores que so pretexto de descubrir autores cobran a los mismos un pequeño dineral por publicar su obra que prometen distribuir y promocionar y que, con más frecuencia de la deseable, sólo llegan a la casa del sufrido escritor.
Por todo lo anterior es una grata sorpresa, una sorprendente sorpresa, toparse con un editor de verdad, con alguien que hace su trabajo bien, y lo hace por vocación, y lo hace con amor, y no regatea las horas de trabajo ni engaña o estafa a sus autores con cifras falsas de venta. Es una sorprendente sorpresa encontrarse con tipos como Enrique Redel (en la foto de la izquierda con su último autor publicado, el ecuatoriano Leonardo Valencia, autor de EL LIBRO FLOTANTE DE CAYTRAN DÖLPHIN).
Debo decir, y me siento muy orgulloso de ello, que a Enrique Redel le descubrí, su calidad personal y profesional, en cuanto le puse la vista encima. Igual me sucedió con Santiago Roncagliolo, Lorenzo Silva o José Antonio Lago (por citar algunos casos). A Enrique Redel le he visto -sí, le he visto- levantar una editorial, irse y que se hundiese la misma. Levantar otra editorial, irse, y otro hundimiento. Me he cansado de recomendarlo a propietarios de editoriales y directores de sellos dentro de grandes, alguno de ellos también excepcionales editores de raza, pero nadie se dignó a hacerme caso. Hasta que el astuto Max Lacruz, hijo del editor de idéntico apellido, primero intentó contratarle y finalmente se asoció con él para crear un sello literario llamado El Funambulista. Como era previsible, natural incluso, Enrique Redel ha levantado la editorial de la nada hasta un catálogo que ya supera los 30 títulos y con una distribución, el gran caballo de batalla, que ya quisieran para sí empresas con capitales mucho más importantes a su espalda. Se me terminan las líneas (si alguien quiere saber más que acuda a mi diarioweb); sólo me queda recomendarles que sigan con cariño y atención la trayectoria de EL FUNAMBULISTA, la nueva editorial de Enrique; hará, ya lo verán ustedes, milagros.

 

 

 

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