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Editor de Raza
Confieso que me gusta utilizar
en determinadas ocasiones expresiones rimbombantes como la que
da título a esta columna: editor de raza. El problema
es que hay poca gente que se merezca expresiones del calibre
anterior, y particularmente si nos referimos al mundo, impuro
y oscuro, de la edición en nuestro cada vez más
europeizado país. Encontrar un novelista de raza
es difícil, pero hay algunos, más de
una docena calculando a ojo de optimista columnista. Pero
editores de raza... con la ambición y la frustración
hemos topado, amigo Sancho. Al mundo de la edición
se llega, en numerosas ocasiones, a través de la vocación
creadora y literaria; y se suele llegar frustrado, harto de
ver la propia crisma rota contra muros que sonríen. No
voy a citar nombres porque bastante enemigos tengo ya (y estoy
perezoso para luchar hoy). En otras ocasiones el único
objetivo del editor, que no ha leído -como diría
mi amiga Ana Pellicer- ni la hoja parroquial
en su vida, es ganar dinero. Significativos, y una vez
más hoy voy a ser bueno y no citar nombres, son esos
estafadores que so pretexto de descubrir autores cobran a los
mismos un pequeño dineral por publicar su obra que prometen
distribuir y promocionar y que, con más frecuencia de
la deseable, sólo llegan a la casa del sufrido escritor.
Por todo lo anterior es una grata sorpresa, una sorprendente
sorpresa, toparse con un editor de verdad ,
con alguien que hace su trabajo bien, y lo hace por vocación,
y lo hace con amor, y no regatea las horas de trabajo ni engaña
o estafa a sus autores con cifras falsas de venta. Es
una sorprendente sorpresa encontrarse con tipos como Enrique
Redel (en la foto de la izquierda con su último
autor publicado, el ecuatoriano Leonardo Valencia, autor
de EL LIBRO FLOTANTE DE CAYTRAN DÖLPHIN).
Debo decir, y me siento muy orgulloso de ello, que a Enrique
Redel le descubrí, su calidad personal y profesional,
en cuanto le puse la vista encima. Igual me sucedió con
Santiago Roncagliolo, Lorenzo Silva
o José Antonio Lago (por citar algunos
casos). A Enrique Redel le he visto -sí, le he
visto- levantar una editorial, irse y que se hundiese la misma.
Levantar otra editorial, irse, y otro hundimiento. Me he cansado
de recomendarlo a propietarios de editoriales y directores de
sellos dentro de grandes, alguno de ellos también excepcionales
editores de raza, pero nadie se dignó a hacerme caso.
Hasta que el astuto Max Lacruz, hijo del editor
de idéntico apellido, primero intentó contratarle
y finalmente se asoció con él para crear un sello
literario llamado El Funambulista. Como era
previsible, natural incluso, Enrique Redel
ha levantado la editorial de la nada hasta un catálogo
que ya supera los 30 títulos y con una distribución,
el gran caballo de batalla, que ya quisieran para sí
empresas con capitales mucho más importantes a su espalda.
Se me terminan las líneas (si alguien quiere saber más
que acuda a mi diarioweb); sólo me queda recomendarles
que sigan con cariño y atención la trayectoria
de EL FUNAMBULISTA, la nueva editorial de Enrique; hará,
ya lo verán ustedes, milagros.
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