La gran fiesta de(l) Rocío , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16; mes de junio.


La gran fiesta de(l) Rocío

Hay dos maneras, dos posibles líneas a seguir para hablar acerca de la muerte de Rocío Jurado. La primera, utilizada, y más que utilizada: explotada, por la mayoría de los medios de comunicación sigue la fácil senda de lo loa a la difunta: lo maravillosa cantante que era, su calidad como persona, el esfuerzo que hizo -viniendo de la nada- en formarse y dibujarse a sí misma. La segunda opción se sitúa en las antípodas, y es la que un principio pensaba seguir en este artículo. En esta segunda vía lo sencillo, y también lo han hecho algunos columnistas, los tertulianos de bares y clubs, es -parafraseando el título de la famosa novela de Boris Vian “escupir sobre su tumba”, quejarse del bombardeo mediático al que hemos sido sometidos (todos), de la actitud carroñera de tantos periodistas (para eso, decía el otro día un hombre en un bar, no hace falta estudiar una carrera) y reporteros posados ante la puerta del hospital y la residencia de la Jurado esperando la inevitable noticia. El cáncer de páncreas no admite loterías; lo sé por experiencia cercana: una de las mejores amigas de mi madre.
Pero creo que hay una tercera vía, una posibilidad diferente de contemplar lo sucedido: el fallecimiento de nuestra folklórica más famosa desde que Lola Flores, por idéntico motivo que la Jurado, abandonó el trono. Y es esta tercera vía la que aquí propongo a los lectores.
La forma de vivir de Rocío Jurado, de su familia parásita e inútil, era un canto a la superficialidad; una foto en papel couché copiada de sí misma una y otra vez capaz de lograr que seres insignificantes, personas a las que no miraríamos por la calle, con las que nos aburriría mortalmente tener que hablar más de cinco minutos, brillasen con una luz que, sin serlo, parecía propia. La hijita incapaz hasta de elegir un marido o un novio en condiciones, el yerno choricillo, los maridos ex-valientes en decadencia...; todos viviendo de reflejar la luz de la estrella.
Y la estrella debió pensar que si se aferraba a ese brillo no moriría, que las luces de los flashes en la puerta del hospital o su residencia harían el milagro y sería la primera persona en la historia en vencer un cáncer de páncreas. Pero, ¿y debajo de esa luz de la que todos se aprovechaban, se siguen aprovechando, que había? ¿Tenía Rocío Jurado miedo o estaba demasiado cansada, exhausta, enferma para sentir siquiera miedo? Desde mi distancia, mi casi indiferencia -no me interesa su música ni su vida ni su físico excesivo- tengo la impresión de que decidió morir con los ojos vendados, no enfrentarse a ese alma que se supone que todos llevamos dentro (pese o no 21 gramos). Y si así fue, si Rocío Jurado decidió no enfrentarse a su alma, aferrarse al resplandor de su superficie (que seguirá brillando como todos las estrellas que vemos en el firmamento) después de muerto, entonces confieso que es digna de mi admiración. La locura controlada, ver sólo un punto de los infinitos posibles, no puede utilizarla cualquiera. Y, digan lo que digan sus detractores, parece evidente que Rocío, Rocío Jurado, no era cualquiera.


 

 

 

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