|
La gran fiesta de(l)
Rocío
Hay dos maneras, dos posibles líneas
a seguir para hablar acerca de la muerte de Rocío
Jurado. La primera, utilizada, y más que utilizada:
explotada, por la mayoría de los medios de comunicación
sigue la fácil senda de lo loa a la difunta: lo maravillosa
cantante que era, su calidad como persona, el esfuerzo que hizo
-viniendo de la nada- en formarse y dibujarse a sí misma.
La segunda opción se sitúa en las antípodas,
y es la que un principio pensaba seguir en este artículo.
En esta segunda vía lo sencillo, y también lo
han hecho algunos columnistas, los tertulianos de bares y clubs,
es -parafraseando el título de la famosa novela de Boris
Vian “escupir sobre su tumba”, quejarse
del bombardeo mediático al que hemos sido sometidos (todos),
de la actitud carroñera de tantos periodistas (para eso,
decía el otro día un hombre en un bar, no hace
falta estudiar una carrera) y reporteros posados ante la puerta
del hospital y la residencia de la Jurado esperando la inevitable
noticia. El cáncer de páncreas no admite loterías;
lo sé por experiencia cercana: una de las mejores amigas
de mi madre.
Pero creo que hay una tercera vía, una posibilidad diferente
de contemplar lo sucedido: el fallecimiento de nuestra folklórica
más famosa desde que Lola Flores, por
idéntico motivo que la Jurado, abandonó el trono.
Y es esta tercera vía la que aquí propongo a los
lectores.
La forma de vivir de Rocío Jurado, de su familia parásita
e inútil, era un canto a la superficialidad; una foto
en papel couché copiada de sí misma una y otra
vez capaz de lograr que seres insignificantes, personas a las
que no miraríamos por la calle, con las que nos aburriría
mortalmente tener que hablar más de cinco minutos, brillasen
con una luz que, sin serlo, parecía propia. La
hijita incapaz hasta de elegir un marido o un novio en condiciones,
el yerno choricillo, los maridos ex-valientes en decadencia...;
todos viviendo de reflejar la luz de la estrella.
Y la estrella debió pensar que si se aferraba a ese brillo
no moriría, que las luces de los flashes en la puerta
del hospital o su residencia harían el milagro y sería
la primera persona en la historia en vencer un cáncer
de páncreas. Pero, ¿y debajo de esa luz de la
que todos se aprovechaban, se siguen aprovechando, que había?
¿Tenía Rocío Jurado miedo o estaba
demasiado cansada, exhausta, enferma para sentir siquiera miedo?
Desde mi distancia, mi casi indiferencia -no me interesa su
música ni su vida ni su físico excesivo- tengo
la impresión de que decidió morir con los ojos
vendados, no enfrentarse a ese alma que se supone que todos
llevamos dentro (pese o no 21 gramos). Y si así fue,
si Rocío Jurado decidió no enfrentarse a su alma,
aferrarse al resplandor de su superficie (que seguirá
brillando como todos las estrellas que vemos en el firmamento)
después de muerto, entonces confieso que es digna de
mi admiración. La locura controlada, ver sólo
un punto de los infinitos posibles, no puede utilizarla cualquiera.
Y, digan lo que digan sus detractores, parece evidente que Rocío,
Rocío Jurado, no era cualquiera.
|