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Sobre Sombreros
"Qué peligrosas las voces
con crédito, las autorizadas, las que nunca mienten como
si aguardaran el día en que de veras valga la pena o
les toque hacerlo, y entonces persuaden sin ningún esfuerzo
de lo más fantástico o ponzoñoso".
La frase precedente salió de la pluma del escritor Javier
Marías y concretamente puede leerse en la página
44, primera edición (1998), de "Negra espalda del
tiempo, y la cito porque para mi sorpresa ha sido el propio
Javier Marías -una voz con crédito, autorizada,
que nunca miente o mentía- quien ha lanzado desde
su tribuna una suerte de peculiar campaña contra aquellos
que "en estos tiempos" utilizamos sombrero.
Confieso que a mí sólo me ha llegado el murmullo,
el eco del rumor lejano del río, pues no leí o
escuché la diatriba en cuestión y sólo
supe de la misma a través de la respuesta al absurdo
ataque articulada por la muy inteligente escritora-creo que
eso no lo puede poner nadie en duda- Elvira Lindo.
Cuando hace dos años la Editorial Destino
tuvo a bien concederme el Premio Nadal, como
finalista, hubo un aristócrata invitado
a la tradicional cena que acompaña al premio que se
lamentó públicamente de mi desconocimiento acerca
de lo que el protocolo indica respecto al uso de la
mencionada prenda en interiores. A la tristeza que mi ignorancia
había provocado en el conde, duque o lo que fuera- preferí
no hacer más averiguaciones respecto a su identidad o
título- respondí en una entrevista explicando
que dada mi experiencia como funcionario en el extranjero, con
pasaporte diplomático y que dependía política
y protocolariamente de la embajada, me era bien conocido el
protocolo, según el cual las mujeres pueden permanecer
con sombrero en cualesquiera circunstancia mientras que a los
hombres nos es obligado quitárnoslos de la cabeza y dejarlo
en el perchero.
Habrá advertido ya el lector inteligente
la dificultad que conlleva dejar nada en un mueble, el perchero,
que prácticamente ha desaparecido en nuestro país
de casi todos los bares, oficinas y restaurantes: que yo sepa
sólo subsisten en contadísimos despachos muy elegantes,
restaurantes anticuados y bares de solera. Pero aún en
estos lugares -con la excepción de los restaurantes-
es raro que quien escribe estas palabras, el ensombrerado Javier
Puebla, se quite de la cabeza la prenda; y ello por
varios motivos. En primer lugar porque como dijo John
Wayne "hay gente que siempre tiene frío
en la cabeza"; en segundo término porque para quitarse
el sombrero al menos habría que llevar un peine en el
bolsillo y pasar previamente por los servicios, pues se tenga
escasa o abundante cabellera el uso de sombrero, gorro o capucha
tiende a dejar los cabellos tiesos y desordenados; y por último
no me quito el sombrero en interiores, porque no me
da la gana, porque me divierte y es la prueba de lo fácil
que resulta epatar -en estos tiempos que yo pensaba o soñaba
eran tolerantes y cosmopolitas- a cualquiera, incluso
a aquellos que detentan "las voces con crédito,
las autorizadas, las que nunca mienten como si aguardaran el
día que de veras valga la pena o les toque hacerlo, y
entonces persuaden sin ningún esfuerzo de lo más
fantástico o ponzoñoso".
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