Me falta Javier Puebla, se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16, en marzo.


Me falta Javier Puebla

 

Ya me sucedió una vez, hace veinticuatro años, contaba a la sazón con veintitrés, que me faltó Javier Puebla. Por aquel entonces acababa de terminar derecho, colaboraba en varias y muy diversas secciones de Diario16 (cuatro seudónimos), codirigía una editorial, cantaba en un grupo de música: Tupadre, rodaba un mediometraje que firmé con un heterónimo de origen neoyorquino: Ram Rendel, realizaba portadas de libros y exposiciones de fotografía bajo la máscara de Daniel Fénix, había publicado mi tercer libro (con mi propio nombre) y estaba a punto de salir al mercado otro, Quien Nunca Ha Matado la primera obra pública firmada por mi antónimo, la máscara fabricada como un negativo de mí mismo: Federico Sueño o Frederic Traum (que veinte años después y reconvertido en personaje -por aquel entonces hacía creer a todo el mundo que era un ser real, un amigo mío escurridizo y extraño- me proporcionó el finalista del Nadal), y además estaba en todas las fiestas que se celebraban en Mad Madrid. Ah, y experimentaba con un horario que consistía en estar despierto 18 horas y dormido 10, la "simana" o semana de seis días, le llamaba. Hice crack. Naturalmente hice crack. Crack crack crack. Me quebré como un palito.

Regresé a casa de mis padres, hice una oposición y pasé veinte años reponiéndome, nadando cada día, ahorrando dinero (en aquel primer intento de ser "más de uno" -mi sueño- apenas ganaba para pagar el alquiler y comer de vez en cuando), hasta que hace 7 años pedí la excedencia como Agregado Comercial y me permití un segundo intento mucho más moderado. Ya no pretendo hacer creer a nadie que Frederic Traum o Federico Sueño es una personal real (sólo el protagonista de Sonríe Delgado), no canto -excepto para la banda sonora de alguna peli- en ningún grupo, sigo -sí- firmando algunas fotos como Fénix, alguna película muy corta como Ram Rendel, pero sobre todo y ante todo escribo y escribo y escribo: soy escritor profesional. Tampoco da para pagar el alquiler y comer todos los días ser escritor profesional, excepto raras excepciones, y el dinero ahorrado, la discreta musculatura acumulada gracias al esfuerzo de nadar un kilómetro diario, comenzaron a resentirse hace un par de años. Busqué una nueva máscara en mis bolsillos sin fondo y me convertí en El Capitán, un profesor absolutamente atípico de Escritura Creativa, máscara de la que vivo pues tengo ya 17 Tripulantes, 17 alumnos, a quienes sin embargo me siento incapaz de engañar (como se suele hacer en todos los talleres literarios) y por ello en lugar de darles gato por liebre (teoría que no vale para nada) les doy liebre por gato (les hago escribir, que vale para todo); y además les mantengo una página web -dentro de la mía- que actualizo cada semana. Y hago más cosas, claro, muchas más cosas. Por lo que -ah, miseria de los límites de ser humano- cada día miro al único colaborador con quien realmente cuento, Javier Puebla, y pienso que me falta, que no me llega. Soy consciente que en estos tiempos, y a mi edad, hay muchas personas en mi situación, a los que "le falta" Juan Emilio B, José Antonio L o Marta N. A todos ellos, como a mí mismo, les deseo fuerza y suerte, capacidad de administración, y suplico a Dios o a los dioses (no sé) que no permitan que se quiebren, nos quebremos, como palitos; hagamos crack.


 

 

 

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