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Me falta Javier Puebla
Ya me sucedió una vez, hace veinticuatro
años, contaba a la sazón con veintitrés,
que me faltó Javier Puebla. Por aquel entonces
acababa de terminar derecho, colaboraba en varias y muy diversas
secciones de Diario16 (cuatro seudónimos),
codirigía una editorial, cantaba en un grupo de música:
Tupadre, rodaba un mediometraje que firmé
con un heterónimo de origen neoyorquino: Ram
Rendel, realizaba portadas de libros y exposiciones
de fotografía bajo la máscara de Daniel
Fénix, había publicado mi tercer libro
(con mi propio nombre) y estaba a punto de salir al mercado
otro, Quien Nunca Ha Matado la primera obra
pública firmada por mi antónimo,
la máscara fabricada como un negativo de mí mismo:
Federico Sueño o Frederic Traum
(que veinte años después y reconvertido en personaje
-por aquel entonces hacía creer a todo el mundo que era
un ser real, un amigo mío escurridizo y extraño-
me proporcionó el finalista del Nadal), y además
estaba en todas las fiestas que se celebraban en Mad Madrid.
Ah, y experimentaba con un horario que consistía en estar
despierto 18 horas y dormido 10, la "simana" o semana
de seis días, le llamaba. Hice crack. Naturalmente
hice crack. Crack crack crack. Me quebré como un palito.
Regresé a casa de mis padres, hice una oposición
y pasé veinte años reponiéndome, nadando
cada día, ahorrando dinero (en aquel primer intento de
ser "más de uno" -mi sueño- apenas ganaba
para pagar el alquiler y comer de vez en cuando), hasta que
hace 7 años pedí la excedencia como Agregado Comercial
y me permití un segundo intento mucho más moderado.
Ya no pretendo hacer creer a nadie que Frederic Traum
o Federico Sueño es una personal real (sólo el
protagonista de Sonríe Delgado), no
canto -excepto para la banda sonora de alguna peli- en ningún
grupo, sigo -sí- firmando algunas fotos como Fénix,
alguna película muy corta como Ram Rendel, pero sobre
todo y ante todo escribo y escribo y escribo: soy escritor profesional.
Tampoco da para pagar el alquiler y comer todos los días
ser escritor profesional, excepto raras excepciones, y el dinero
ahorrado, la discreta musculatura acumulada gracias al esfuerzo
de nadar un kilómetro diario, comenzaron a resentirse
hace un par de años. Busqué una nueva máscara
en mis bolsillos sin fondo y me convertí en El
Capitán, un profesor absolutamente atípico
de Escritura Creativa, máscara de la que vivo pues tengo
ya 17 Tripulantes, 17 alumnos, a quienes sin embargo me siento
incapaz de engañar (como se suele hacer en todos los
talleres literarios) y por ello en lugar de darles gato por
liebre (teoría que no vale para nada) les doy liebre
por gato (les hago escribir, que vale para todo); y además
les mantengo una página web -dentro de la mía-
que actualizo cada semana. Y hago más cosas, claro, muchas
más cosas. Por lo que -ah, miseria de los límites
de ser humano- cada día miro al único colaborador
con quien realmente cuento, Javier Puebla, y pienso
que me falta, que no me llega. Soy consciente que en
estos tiempos, y a mi edad, hay muchas personas en mi situación,
a los que "le falta" Juan Emilio B, José Antonio
L o Marta N. A todos ellos, como a mí mismo,
les deseo fuerza y suerte, capacidad de administración,
y suplico a Dios o a los dioses (no sé) que no permitan
que se quiebren, nos quebremos, como palitos; hagamos crack.
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