|
Novela
Me manda un correo mi amigo sin cara, aún sin cara, Luis
García, director de contenidos de la revista electrónica
literaturas.com, con un breve cuestionario para publicar con
motivo de la próxima, casi inminente, feria del libro
de Madrid (todavía la más importante que se celebra
en España). La primera pregunta del cuestionario es directa,
rápida y va derecha al corazón, al menos a mi
corazón:
-¿La novela ha muerto?
No me da tiempo a ver las otras preguntas, creo que sólo
hay dos más, pero no estoy en mi casa, no estoy utilizando
mi ordenador (más adelante y por si a alguien le interesa
explicaré por qué), sino en el apartamento de
un amigo, un viejo amigo de adolescencia que trabaja para una
multinacional de hardware y que con su ordenador portátil
ha conseguido engancharse al ADSL de un vecino desconocido,
a una red Wifi, gracias a la tecnología Wireless (sin
cables). Le pido que me deje mirar mi página web y observo
que se carga a una velocidad diabólica (en casa sigo
utilizando un modem convencional; me sobra). Y le pido permiso
para mirar mi correo; naturalmente no puede negarse. Hemos quedado
para cenar, cuatro viejos amigos de adolescencia y nuestras
respectivas, chicas, mujeres y esposas. Sé que es un
poco grosero por mi parte ponerme a trabajar (pero últimamente
parece que no sé hacer otra cosa). Hay 96 mensajes en
mi dirección de correo más conocida y utilizada;
muchos, por fortuna -y digo por fortuna porque sólo hay
que marcarlos y borrarlos- corresponden a spam, publicidad basura.
Respondo a los más urgentes, notando la impaciencia de
mi amigo, que está de vacaciones y sólo quiere
divertirse con el ordenador. Y guardo para cuando regrese a
Madrid los mensajes que considero importantes o que no deben
ser contestados inmediatamente. Entre otros el de Luis García,
en el que me pregunta si la novela ha muerto.
Y ya es el momento de explicar porque no utilizo mi ordenador
para mirar el correo. Estoy en El Escorial, no tengo aquí
ni ADSL, ni línea telefónica. Ni lo tengo ni voy
a ponerlo nunca (espero), porque a mi pequeño apartamento
de la sierra vengo sobre todo y ante todo a escribir. A escribir
novelas. (Ahora mismo tendría que estar haciendo avanzar
la nueva aventura, coral y complicada, de Tigre Manjatan, el
personaje que -me lo dijeron los dioses- me hará rico,
inmensamente rico). Escribir una novela, una buena novela, nada
tiene que ver con redactar un relato o un artículo; trabajos
para los que basta un impulso, un solo esfuerzo. Una novela
es una proeza, mantener hasta el último de los detalles
de un mundo ficticio en tu cabeza, y eso equivale a que cualquier
cosa real, familia incluida -supongo, sé, que mi chica
detesta mis novelas- molesta. Victor Hugo mandaba a sus hijos
al hospicio y a su mujer a una casa de salud. Hasta la mejor
realidad es dura y puede romper al menor descuido tu pompa de
jabón. Esfuerzo infinito. Cambiar vida real por ficción.
Si la novela ha muerto yo la estoy resucitando, pero me entristece
la pregunta. Y paso triste el resto de la noche, a pesar de
las risas y alegría de mis amigos (reales). Muy triste.
|