Novela , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16; mes de abril.


Novela


Me manda un correo mi amigo sin cara, aún sin cara, Luis García, director de contenidos de la revista electrónica literaturas.com, con un breve cuestionario para publicar con motivo de la próxima, casi inminente, feria del libro de Madrid (todavía la más importante que se celebra en España). La primera pregunta del cuestionario es directa, rápida y va derecha al corazón, al menos a mi corazón:
-¿La novela ha muerto?
No me da tiempo a ver las otras preguntas, creo que sólo hay dos más, pero no estoy en mi casa, no estoy utilizando mi ordenador (más adelante y por si a alguien le interesa explicaré por qué), sino en el apartamento de un amigo, un viejo amigo de adolescencia que trabaja para una multinacional de hardware y que con su ordenador portátil ha conseguido engancharse al ADSL de un vecino desconocido, a una red Wifi, gracias a la tecnología Wireless (sin cables). Le pido que me deje mirar mi página web y observo que se carga a una velocidad diabólica (en casa sigo utilizando un modem convencional; me sobra). Y le pido permiso para mirar mi correo; naturalmente no puede negarse. Hemos quedado para cenar, cuatro viejos amigos de adolescencia y nuestras respectivas, chicas, mujeres y esposas. Sé que es un poco grosero por mi parte ponerme a trabajar (pero últimamente parece que no sé hacer otra cosa). Hay 96 mensajes en mi dirección de correo más conocida y utilizada; muchos, por fortuna -y digo por fortuna porque sólo hay que marcarlos y borrarlos- corresponden a spam, publicidad basura. Respondo a los más urgentes, notando la impaciencia de mi amigo, que está de vacaciones y sólo quiere divertirse con el ordenador. Y guardo para cuando regrese a Madrid los mensajes que considero importantes o que no deben ser contestados inmediatamente. Entre otros el de Luis García, en el que me pregunta si la novela ha muerto.
Y ya es el momento de explicar porque no utilizo mi ordenador para mirar el correo. Estoy en El Escorial, no tengo aquí ni ADSL, ni línea telefónica. Ni lo tengo ni voy a ponerlo nunca (espero), porque a mi pequeño apartamento de la sierra vengo sobre todo y ante todo a escribir. A escribir novelas. (Ahora mismo tendría que estar haciendo avanzar la nueva aventura, coral y complicada, de Tigre Manjatan, el personaje que -me lo dijeron los dioses- me hará rico, inmensamente rico). Escribir una novela, una buena novela, nada tiene que ver con redactar un relato o un artículo; trabajos para los que basta un impulso, un solo esfuerzo. Una novela es una proeza, mantener hasta el último de los detalles de un mundo ficticio en tu cabeza, y eso equivale a que cualquier cosa real, familia incluida -supongo, sé, que mi chica detesta mis novelas- molesta. Victor Hugo mandaba a sus hijos al hospicio y a su mujer a una casa de salud. Hasta la mejor realidad es dura y puede romper al menor descuido tu pompa de jabón. Esfuerzo infinito. Cambiar vida real por ficción. Si la novela ha muerto yo la estoy resucitando, pero me entristece la pregunta. Y paso triste el resto de la noche, a pesar de las risas y alegría de mis amigos (reales). Muy triste.

 

 

 

Diario

Portada

Relatos

Novelas

Columnas