Una Vez A La Semana
Hace ya algunos meses, o dos o tres o los que
sean, coincidí en el plató de Telemadrid (Dragó,
Noches Blancas) con David Gistau, uno de
los columnistas de moda, y aún más que de moda:
pues ya lleva muchos años poniéndose el listón
a altura formidable y saltándolo sin aparente dificultad
todos los días. Todos los días. No es que sea
difícil escribir una columna todos los días,
es sencillísimo; aunque no lo es tanto que la columna
sea buena. Comentaba David -una persona especial, con gran
capacidad de empatía- que vivía pegado al teletipo,
a la actualidad, a lo que sucede cada día cada minuto
cada segundo cada milésima de segundo; sus artículos
versan sobre temas del momento. Y aunque desde luego está
bien, espléndido, que personas de mente brillante analicen
o busquen el matiz o iluminen el lado oscuro de lo que sucede,
está sucediendo en nuestro -ficticiamente pequeño-
mundo, lo cierto es que al hacerlo así, de modo tan
inmediato su perspectiva está contagiada de la premura
del momento, de la cercanía del árbol que acaba
de caer o ser plantado, y aunque conozcan el bosque en su
conjunto a la perfección, es el caso de los comentaristas
políticos, se echa de menos -al menos yo echo de menos-
un cierto reposo de la noticia, como la comida que se prepara
en un microondas y que según mi suegra sale siempre
“arrebatada”. El análisis que hacía
Manuel Domínguez Moreno sobre la paz en el País
Vasco, y por lo tanto en España, en el número
1785 de esta revista decana de la periodicidad, Cambio16,
semanal me hizo pensar en que había que escribir sobre
ello, sobre esta tranquilidad y hasta lejanía (en el
mejor sentido de la palabra), que conozco bien pues corresponde
a mi propio ritmo al redactar estas líneas en las que
siempre intento que la actualidad no se convierta en pasión
más deformativa que informativa. La columna ejercida
como actividad semanal, excelente ejemplo es el trabajo de
Javier Marías en El País Semanal, goza de un
poso, y reposo, que considero no puede ser sino beneficioso
para los lectores: nosotros, que sufrimos en los últimos
tiempos un exceso de información inmediata (y con frecuencia
innecesaria por completo) y vivimos a un ritmo tan acelerado
que es raro el momento en que podemos pararnos para pensar
con perspectiva, con distancia.
Los novelistas, al menos en lo que a mí respecta (sé
que no lo hacen todos), acostumbramos a terminar una obra
-en la que tal vez hemos trabajado meses y hasta años-
y a continuación meterla en un cajón, en una
barrica podríamos decir, como se hace con los buenos
vinos, los llamados de reserva o gran reserva. Y así
la columna semanal es para mí, en humilde y muy relajada
opinión, lo que es al vino la calificación “reserva”.
Lo de “gran reserva” supongo que sólo se
lo merecen esas columnas, dignas de guardarse en la hemeroteca
personal, que se escriben sólo una vez al mes como
sucede, por ejemplo, en Cuadernos para el diálogo,
que hace pocos meses -dos o tres o los que sean- fue calificada
en Francia como mejor revista política de toda Europa.
Maduración. Distancia. Tiempo. Gran reserva.