La Relatividad, última semana febrero 2006, Cambio16

Una Vez A La Semana

Hace ya algunos meses, o dos o tres o los que sean, coincidí en el plató de Telemadrid (Dragó, Noches Blancas) con David Gistau, uno de los columnistas de moda, y aún más que de moda: pues ya lleva muchos años poniéndose el listón a altura formidable y saltándolo sin aparente dificultad todos los días. Todos los días. No es que sea difícil escribir una columna todos los días, es sencillísimo; aunque no lo es tanto que la columna sea buena. Comentaba David -una persona especial, con gran capacidad de empatía- que vivía pegado al teletipo, a la actualidad, a lo que sucede cada día cada minuto cada segundo cada milésima de segundo; sus artículos versan sobre temas del momento. Y aunque desde luego está bien, espléndido, que personas de mente brillante analicen o busquen el matiz o iluminen el lado oscuro de lo que sucede, está sucediendo en nuestro -ficticiamente pequeño- mundo, lo cierto es que al hacerlo así, de modo tan inmediato su perspectiva está contagiada de la premura del momento, de la cercanía del árbol que acaba de caer o ser plantado, y aunque conozcan el bosque en su conjunto a la perfección, es el caso de los comentaristas políticos, se echa de menos -al menos yo echo de menos- un cierto reposo de la noticia, como la comida que se prepara en un microondas y que según mi suegra sale siempre “arrebatada”. El análisis que hacía Manuel Domínguez Moreno sobre la paz en el País Vasco, y por lo tanto en España, en el número 1785 de esta revista decana de la periodicidad, Cambio16, semanal me hizo pensar en que había que escribir sobre ello, sobre esta tranquilidad y hasta lejanía (en el mejor sentido de la palabra), que conozco bien pues corresponde a mi propio ritmo al redactar estas líneas en las que siempre intento que la actualidad no se convierta en pasión más deformativa que informativa. La columna ejercida como actividad semanal, excelente ejemplo es el trabajo de Javier Marías en El País Semanal, goza de un poso, y reposo, que considero no puede ser sino beneficioso para los lectores: nosotros, que sufrimos en los últimos tiempos un exceso de información inmediata (y con frecuencia innecesaria por completo) y vivimos a un ritmo tan acelerado que es raro el momento en que podemos pararnos para pensar con perspectiva, con distancia.
Los novelistas, al menos en lo que a mí respecta (sé que no lo hacen todos), acostumbramos a terminar una obra -en la que tal vez hemos trabajado meses y hasta años- y a continuación meterla en un cajón, en una barrica podríamos decir, como se hace con los buenos vinos, los llamados de reserva o gran reserva. Y así la columna semanal es para mí, en humilde y muy relajada opinión, lo que es al vino la calificación “reserva”. Lo de “gran reserva” supongo que sólo se lo merecen esas columnas, dignas de guardarse en la hemeroteca personal, que se escriben sólo una vez al mes como sucede, por ejemplo, en Cuadernos para el diálogo, que hace pocos meses -dos o tres o los que sean- fue calificada en Francia como mejor revista política de toda Europa. Maduración. Distancia. Tiempo. Gran reserva.