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Ángel Saura en
Nueva York
Acaba de llegarme por correo, correo postal
(ese viejo invento), eun libro -apabullante- firmado por el
fotógrafo murciano Ángel Fernández
Saura que versa sobre Nueva York,
y cuyas imágenes por motivos de distancia y tiempo no
pude ver en su momento. A veces, muchas veces, vivir en el centro
de la piel de toro hace que las noticias, los actos, la vida,
lleguen más tarde, cuando ya se han extinguido y apenas
son un eco, del mismo modo que desde la tierra vemos brillar
estrellas en el firmamento que ya han muerto. Pero en este caso,
insospechada alegría, ese eco, ese brillo de estrella,
es tan magnífico, está tan vivo que no puedo menos
que escribir algunas palabras para celebrarlo. Quizá
consiga, el libro lo merece, que la exposición que Saura
hizo en Murcia vuelva a reproducirse en Madrid, que el eco vuelva
a ser voz, la estrella recupere su vida para emitir nuevos brillos.
He pensado organizar una reunión con el Grupo
de Brooklyn: Achero y Federico Mañas, Fermín Cabal
y Eduardo Lago, para enseñarles el libro que
quizá podría exponerse hasta en el mismísimo
Nueva York (esa urbe que –siempre he sostenido- es igual
de cosmopolita que nuestras ciudades mediterráneas) pues
quizá llegue, por una vez, mi mano y vicariamente, a
través de un amigo, hasta la mítica Gotham
(el nombre que los neoyorquinos dan a su ciudad); y quizá
eso sea posible porque la Ciudad que retrata, desnuda,
besa, muerde, escupe y acaricia Saura en sus fotografías
es también la nuestra; “Mi” Grupo de Brooklyn
se formó en el mismo lugar y época.
Tiene pues para este cronista el libro un punto de álbum
de recuerdos; algunos concretos: conozco a las modelos de los
desnudos, a los retratados, todas las calles y edificios...,
y otros intangibles: la sensación de vida que emiten
las ventanas, las pequeñas terrazas conectadas a escaleras
de incendios, en las que he estado sentado horas infinitas,
a las que he mirado por tiempo ilimitado y en las que he visto,
como Saura, aunque con rostros diferentes, mujeres bellísimas,
mujeres espantosas, hombres tristes y ejecutivos descansando,
gatos-teléfono capaces de hacer magia y perros telépatas
con el corazón atravesado por cinco cuchillos.
Acaricio el libro, la edición no tiene nada que envidar
a la más lujosa que haya visto en los últimos
años, las letras en relieve, la inteligencia del rojo
y el negro, y siento que Saura desde mi amada Murcia
me ha enviado un “objeto de poder”, algo con lo
que hacer magia para que vuelva a mí Nueva York, ciudad
que tengo casi olvidada a causa del “charlestón”
continuo que es la vida en el agujereado y ruidoso que es Mad
Madrid. Gracias Ángel. Gracias Murcia. Gracias Nueva
York. Gracias por el milagro pequeño y trinitario que
habéis logrado: Saura, Murcia y NY, de ser sólo
uno en este libro.
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