Nadal 007: El novio
del mundo
Ya habían dado la noticia
cuando recordé, la noche del seis de enero, que era
el día del Nadal. Mi mujer, siempre mucho más
eficiente que yo, paró el dvd (estábamos viendo
la seguna temporada de la serie A dos metros bajo tierra,
seleccionó el canal uno de la televisión nacional
y apretó el botón del teletexto: Felipe
Benítez Reyes gana el Nadal con “Mercado de Espejismos”.
Me alegré. Me alegré de una manera diferente
a la del año pasado cuando se hizo con el galardón
uno de mis íntimos, Eduardo Lago, con Llámame
Brooklyn, y de una manera aún más diferente
que cuando en el 2004 fui yo quien -con Sonríe
Delgado- subió al estrado para recoger el premio del
finalista y me enfrenté a docenas de cámaras,
flashes y miles y miles de vatios de luz que hacían
invisibles las manos de las que nacían las ovaciones,
la aparentemente interminable ola de aplausos. Alegrías
diferentes, pero siempre alegrías. Desde que
Lorenzo Silva en el 2002 se convirtió en Nadal con
El alquimista impaciente para mí el premio siempre
ha sido algo especial; especial y cercano (con Silva
y Sánchez-Bustamante formaba un grupo literario atípico
llamado Los3Extraños, The3Strangers).
A Felipe Benítez Reyes no le conozco, todavía,
personalmente, aunque supongo que seré yo quien le
entreviste y fotografíe a principios de febrero cuando
su libro se convierta en un objeto real que se puede tocar
o mirar, abrir o cerrar, pero le he leído. Le leí
en mi largo, quizá no tan largo ahora que ya llevo
siete años en la misma ciudad: Mad Madrid, periodo
africano, cuando vivía en Dakar y en mi biblioteca
entraban como mínimo cien volúmenes nuevos cada
año, de los cuales me leía siempre al menos
el noventa y ocho por ciento. En aquella época, concretamente
en el año 1998, vi una reseña en un periódico
-no sé si El Mundo, El ABC o El País; soy así
de despistado- en la que hablaban maravillosamente de Felipe
Benítez Reyes y la que en aquel entonces era su nueva
novela: El novio del mundo. Tres ediciones en tres meses (mi
ejemplar, lo tengo a la derecha del portátil, es de
la tercera). Lo compré aprovechando un viaje a Las
Palmas junto a una veintena de novelas más, y lo disfruté
como un adolescente en cuyas manos cae La isla del
tesoro o El misterioso caso del Doctor Jeckyll
y Mister Hide.
Ya el título, El novio del mundo, era maravilloso,
la portada, una ilustración de Ramón Colón,
sugestiva y bellísima, y el texto me tuvo enganchado
durante los tres o cuatro días que me duraron sus 461páginas.
Hay en mi ejemplar múltiples frases comentadas y subrayadas,
pero voy a seleccionar solo una para a continuación
darle la vuelta: “no existe ningún infierno
que sea infernal al cien por cien”. Tampoco
-por tanto- hay ningún cielo que sea celestial al cien
por cien, pero ahora a Felipe Benítez Reyes le toca
un momento especialmente dulce, un mes completo en el que
todos sus amigos, conocidos y hasta algún enemigo hipócrita
o generoso le felicitará sin haber leído siquiera
su libro por el brutal efecto mediático del Nadal.
Ahora sí, hoy sí que Felipe Benítez
Reyes es el Novio del Mundo; y lo será -no en todo
momento al cien por cien- durante todo un año, el “Bond”,
el 007. Felicidades.