La noche de los amateurs , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16, y en esta web; mes de diciembre.

La noche de los amateurs


Cuando era aún muy joven adopté la costumbre de no salir nunca de casa en fin de año. Es más, era la única noche de las trescientas sesenta y cinco que me acostaba temprano. ¿Por excentricidad? ¿Por llamar la atención? No, porque no soportaba tal exceso de aficionados: gente que durante trescientos sesenta y cuatro días se acostaba a la hora de las gallinas y que no tenían la menor idea de como debe comportarse un noctámbulo. La noche pasaba de ser una capa protectora a una masa tocapelotas; calles que un tres de enero, un quince de diciembre o un nueve de junio se recorrían en cinco minutos se transformaban en trampas para coches; bares en los que cuando entrabas la camarera te dedicaba la mejor de sus sonrisas y te llamaba por tu nombre en la noche de fin de año parecían invadidos por marcianos que ni siquiera te permitían llegar a la barra. Cierto que en el siglo XXI hay en España, la vieja piel de toro, más noctívagos que cuando yo tenía veintidós años, y que -al menos los fines de semana- el personal sale hasta ahora que le apetece, e incluso hasta que no le apetece porque para eso se inventaron los after-hours: para que no volvieses al hogar dulce oh bar cuando te lo pedía el cuerpo sino cuando el común de los mortales salía ya de trabajar (nada tan desagradable como salir de un garito supuestamente nocturno a las dos de mediodía). Pero la mayoría de esos noctámbulos, nighthawks, que podríamos llamar profesionales optan la noche del cierre anual por largarse con sus colegas más íntimos a alguna casita rural, refugiarse en el chalet propio o prestado, o -como hago yo- acostarse temprano.
Pero, querido lector, la edad no perdona. No se trata de que me haya ido de marcha el fin de year, pero confieso que, ay, sí que transijo con las costumbres clásicas y prefiero no amargarle a nadie las fiestas que poner una sonrisa y acudir a la convocatoria “para que tomemos las uvas todos juntos” de mis padres, mis suegros o mi hermano. Eso sí, la gala de fin de año, no; too much for me. Le pido a mi chica, a mi señora, que apacigüe al niño, que nos bajemos al coche y que, por favor, nos vayamos a casa, que mañana tengo que madrugar.
-Pero si tú nunca madrugas.
Todos los años el mismo diálogo, como dos actores en un teatro representando una comedia que ya llevo muchos años funcionando en la taquilla.
-Año nuevo, vida nueva.
-Entonces, ¿vas a madrugar todos los días a partir de ahora?
-Desde luego. A partir de mañana todo cambiará, me levantaré todos los días antes de que canten los despertadores (en la ciudad no hay gallos) y seré un hombre renovado, hasta haré footing... los jueves y martes.
No me lo creo ni yo, por supuesto. El día dos vuelvo a levantarme a las dos de la tarde, como es mi saludable costumbre, pero el día uno... Ah, el día uno me levanto antes que nadie, recorro las calles vacías, siento mi energía en contraposición con el cansancio infinito de los que sin acostumbrar a beber el treinta y uno de diciembre se pusieron como piscinas. En suma, sigo siendo el de siempre, el que sueña despierto mientras los demás... duermen.

 

 

 

 

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