¡Un escritor gana el Azorín! , se publica en diferentes versiones, por motivos de espacio y filosofía, en La Opinión de Murcia y Cambio16, y en esta web; mayo 2007.


¡UN ESCRITOR GANA EL AZORÍN!


Mira que gracioso el Javier Puebla y su sombrerito de los cojones, que “un escritor gana el Azorín” y encima le pone exclamaciones al título, como si estuviese gritando porque ha descubierto la pólvora.
Pues sí, señores: he descubierto la pólvora, la PÓLVORA NEGRA de la bomba literaria que ha armado Montero Glez, el escritor. El escritor que ha ganado el Premio Azorín. En Formula Uno sería estúpido decir que un piloto ha ganado un Gran Premio, o en los mundiales de natación que un nadador ha conseguido una medalla, pero en el mundo literario... ¡venga ya! Los premios los ganan periodistas porque salen en la tele o chic@s atractiv@s o el hijo de su madre tan famosa o hasta el burro flautista que pasaba por allí se tiró un cuesco sobre el teclado de un ordenador y le salió -maravilla de las fábulas- una novela. Realmente me flipa que un premio literario lo gane un escritor, y además con una novela -a eso iremos luego- excelente. Porque también sucede que cuando un escritor, somos muy poquitos, gana un premio lo hace con las páginas más perezosas y rastreras que se ha marcado en su vida porque lo normal es que esté pactado, encargado, falseado. ¿Alguien lo duda? Piensen en Marsé, que hizo su peor novela para el Planeta; y verán que no es el único caso.
Montero Glez, esa bestia simpática que nació escritor y se ha pasado la vida currándose ese don o desgracia con la que le marcó el destino, en PÓLVORA NEGRA aborda el intento de asesinato por parte de Mateo Morral de Alfonso XIII el infausto día de su boda. Podría oler a “novela histórica”, mi género detestado por antonomasia, y quizá lo sea, pero el toro lo torea un torero, un escritor, y el resultado es un pedazo de libro buenísimo que no se suelta hasta el final, al que no se ven las trampas del oficio porque no las tiene, porque está escrito con el corazón, la cabeza y los huevos: como deberían escribirse siempre los libros. Montero afronta el libro desde una perspectiva doble: cuenta los hechos, descubre los lugares, dibuja a los personajes desde el hoy, desde quien él es ahora mismo, pero... cuando encuentra algo que le fascina se deja arrebatar, se mete dentro del cromo como un niño y consigue que el cromo tenga vida, se mueva, que el teniente Beltrán -genial- resulte más real y cercano que ningún detective o policía de novela moderna; el lector siente en sus dedos el pelo de la camarera rubia, el olor de los bares, la oscuridad de las calles sucias. Miré mis propios dedos a ver si yo también me los había cortado al leer cuando Mateo Morral termina de cerrar la bomba Orsini con la que no mató a Alfonso XIII y la bomba le pegó dos bocados: uno en el dedo índice y otro en dedo medio. Mateo Morral se chupa los dedos, Montero utiliza los suyos como un mago y la editorial Planeta sin duda se frota los suyos, porque como -lúcido y descarado- apuntó él mismo: “Es la editorial Planeta quien se premia a sí misma con una novela de Montero Glez”. No puedo estar más de acuerdo. Señores, despierten: un escritor ha ganado el Azorín. Increíble, insólito, inaudito... ¡la hostia!

 


 

 

 

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