AMARGORD
Sucedió la deliciosa
noche del último jueves de setiembre del año
dos mil cinco; en el lugar donde se cruzan las calles de Buenavista
y Torrecilla del Leal. La segunda estaba cortada -espontáneamente
cortada- al tráfico y por la misma deambulaban zancudos,
tragafuegos y gentes de mil pelajes y raleas. Habría
no menos de trescientas personas desbordando los límites
arquitectónicos de la nueva editorial-librería
Amargord que nace con el impertinente subtítulo de
CLUB ARTÍSTICO, LITERARIO Y PSICONÁUTICO.
A la cabeza del peculiar y altamente audaz proyecto un hombre
inquieto de aspecto muy tranquilo: Jose María
de la Quintana. Novelista, impecable e implacable
hombre de negocios, poeta...; fue él quien inventó
la palabra Amargord, de doble y dúcil significado,
hace ya largos años, él quien ha llegado a algún
tipo de pacto secreto y oscuro con la palabra (las palabras
ante todo son conjuros y su primera función es la de
realizar magia), y la ha mantenido viva hasta convertirle
en corona y emblema de una editorial. AMARGORD.
Rara combinación de letras, extraña,
la primera vez no sabes si te gusta o repele. Pero ya no la
olvidas. basta escucharla una vez, leerla una vez
y ya no la olvidas, AMARGORD. Recuerda al Fellini
(Amarcord), pero da un salto más allá, un salto
imposible, sublima por segunda vez lo sublime, la c se convierte
en g, dulce gordura y terrible amargura; y ambas a un tiempo.
Una de esas palabras excepcionales que nacen para permanecer.
Quedarse.
Se inaguraba la editorial-librería en el cruce de las
calles Torrecilla del Leal y Buenavista la deliciosa noche
del último jueves de setiembre del año dos mil
cinco y aunque conozco a Jose María de la Quintana
y siempre lo paso bien con él, amén de que contaba
con que habría bastantes amigos me daba una pereza
terrible dejarme caer por la pendiente de la calle Buenavista;
una pereza terrible. Llegué tarde. He estado en demasiadas
inaguraciones, coctails, fiestas…; he vivido ya bastante
tiempo y siempre muy deprisa. Nada me sorprende, nada me amarga,
nada despierta mi dormida relación con la palabra amar.
Ya lo he visto todo, pienso con frecuencia y por eso le es
tan fácil tentarme a la pereza.
¿Todo? Nadie ha visto todo. Y nadie que no estuviese
presente ha visto jamás nada así, sentido la
alegría tan desenfadada y laxa como la que desbordaba
la editorial-librería e inundaba de ingenio y risas
las calles adyacentes en la deliciosa noche del último
jueves del pasado setiembre. Me sorprendió, confieso,
el éxito absoluto de la convocatoria, el renacer de
un mundo libre y lúdico. De nada me valieron mis “defensas”
ante lo nuevo, mis recuerdos de Nueva York, Dakar, París
o la Habana. Aquello era mejor que la fiesta sorpresa del
cincuenta cumpleaños de mi amigo Cybil Durango, mejor
que el Carnaval de Mindelo en Cabo Verde, diferente al día
que nació mi único hijo. Me sentí como
en casa y a la vez en el mismísimo centro del ombligo
del mundo. Ah felicidad, ah grandes esperanzas, ah sueños
materializados. Que tiemblen los borregos con chaquetas de
piel de lobo. Amargord ha llegado. Y va a quedarse.