De muy mala leche
Cada día estoy más harto de
esta sociedad inútil, blanda, políticamente
correcta y lerda hasta extremos que -si no gritase (porque
yo grito)- me acabase saliendo una úlcera de estómago,
como les acaba por salir a todos aquellos que piensan, se
esfuerzan e intentan hacer las cosas bien y se callan ante
la ineptitud que alegremente nos rodea.
Hoy, señoras y señores, escribo de mala
leche. Estoy hasta las narices de: las subcontratas,
que con el pretexto “yo soy un mandao” (y normalmente
un “mandao” sudamericano o extranjero a quien
alguien explota en mayor o menor medida) no solucionan jamás
nada, dan un servicio pésimo al usuario (nosotros)
y, sin embargo, el precio que pagamos por esos servicios no
hace más que subir y subir. Estoy pensando en las grandes
compañías de telecomunicaciones, desde la que
fue la única hasta sus incompetentes competidoras,
estoy pensando en los “mandaos” que hacen obras
y cortan el tráfico en todos los rincones de nuestra
piel de toro y dificultan nuestra ya difícil vida hasta
rompernos los nervios, estoy pensando en la gente que limpia
las escaleras de los edificios, los vestuarios de los gimnasios
y los lugares públicos, a quien nada puede decirse
porque son “mandaos”. “Mandaos” por
gente invisible, gente que no tiene una cara concreta y contra
cuya torpeza y negligencia sólo nos queda el recurso,
nada español, de “reclamar contra el cielo”,
disparar al aire, intentar atacar con nuestro aguijón
de mosquito a un dinosaurio. ¿De qué
sirve reclamar contra un gran banco, una gran compañía,
la seguridad social o cualquier otro organismo si no hay nadie,
ningún ser humano real y concreto y tangible que reciba
y sienta el impacto de nuestra ira, de nuestro hartazgo y
de nuestro “ya no puedo más”?
Éste era un país, hace no mucho, en el que los
actos tenían detrás rostros concretos, personas
concretas, con los que se podía hablar, pedir una explicación,
llegar a un entendimiento. Pero ya no. Se acabó.
Somos Europa, somos occidente, somos una mierda: esclavos
-con coche, televisión y dvd- de un perverso invento
llamado sociedad de mercado.
¿Para qué protestar ante un
señor o señora que nos coge el teléfono
en Irlanda o Marruecos, a quien jamás veremos la cara,
y a quien se le paga una cantidad miserable en beneficio del
gestor de la subcontrata de turno que jamás tiene rostro,
jamás tiene cara, pero seguro sí tiene una cuenta
bancaria maravillosamente saneada?: fantasmas de la ópera
de este gran teatro del mundo que ya ni siquiera da obras
de calidad u originales en su escenario: sólo grandes
hermanos retrasados mentales, cantantes lelos y humoristas
desnatados; el ingenio está reñido con
lo políticamente correcto.
Los españoles, dicen las mentirosas estadísticas,
ponemos más reclamaciones que nunca. ¿Y de qué
nos sirve? De nada. Reclamar no sirve de nada, porque si alguna
vez los fantasmas de la ópera, tras mucho esfuerzo
y horas del usuario, son condenados sólo pagan unas
gotitas de dinero. Así que, cuando nos toquen
las pelotas: gritemos. Nada se soluciona, ya sé; pero
al menos se evitan las úlceras de estómago.