La Relatividad, 4 de diciembre 2005, La Opinión



De muy mala leche

Cada día estoy más harto de esta sociedad inútil, blanda, políticamente correcta y lerda hasta extremos que -si no gritase (porque yo grito)- me acabase saliendo una úlcera de estómago, como les acaba por salir a todos aquellos que piensan, se esfuerzan e intentan hacer las cosas bien y se callan ante la ineptitud que alegremente nos rodea.
Hoy, señoras y señores, escribo de mala leche. Estoy hasta las narices de: las subcontratas, que con el pretexto “yo soy un mandao” (y normalmente un “mandao” sudamericano o extranjero a quien alguien explota en mayor o menor medida) no solucionan jamás nada, dan un servicio pésimo al usuario (nosotros) y, sin embargo, el precio que pagamos por esos servicios no hace más que subir y subir. Estoy pensando en las grandes compañías de telecomunicaciones, desde la que fue la única hasta sus incompetentes competidoras, estoy pensando en los “mandaos” que hacen obras y cortan el tráfico en todos los rincones de nuestra piel de toro y dificultan nuestra ya difícil vida hasta rompernos los nervios, estoy pensando en la gente que limpia las escaleras de los edificios, los vestuarios de los gimnasios y los lugares públicos, a quien nada puede decirse porque son “mandaos”. “Mandaos” por gente invisible, gente que no tiene una cara concreta y contra cuya torpeza y negligencia sólo nos queda el recurso, nada español, de “reclamar contra el cielo”, disparar al aire, intentar atacar con nuestro aguijón de mosquito a un dinosaurio. ¿De qué sirve reclamar contra un gran banco, una gran compañía, la seguridad social o cualquier otro organismo si no hay nadie, ningún ser humano real y concreto y tangible que reciba y sienta el impacto de nuestra ira, de nuestro hartazgo y de nuestro “ya no puedo más”? Éste era un país, hace no mucho, en el que los actos tenían detrás rostros concretos, personas concretas, con los que se podía hablar, pedir una explicación, llegar a un entendimiento. Pero ya no. Se acabó. Somos Europa, somos occidente, somos una mierda: esclavos -con coche, televisión y dvd- de un perverso invento llamado sociedad de mercado.

¿Para qué protestar ante un señor o señora que nos coge el teléfono en Irlanda o Marruecos, a quien jamás veremos la cara, y a quien se le paga una cantidad miserable en beneficio del gestor de la subcontrata de turno que jamás tiene rostro, jamás tiene cara, pero seguro sí tiene una cuenta bancaria maravillosamente saneada?: fantasmas de la ópera de este gran teatro del mundo que ya ni siquiera da obras de calidad u originales en su escenario: sólo grandes hermanos retrasados mentales, cantantes lelos y humoristas desnatados; el ingenio está reñido con lo políticamente correcto.
Los españoles, dicen las mentirosas estadísticas, ponemos más reclamaciones que nunca. ¿Y de qué nos sirve? De nada. Reclamar no sirve de nada, porque si alguna vez los fantasmas de la ópera, tras mucho esfuerzo y horas del usuario, son condenados sólo pagan unas gotitas de dinero. Así que, cuando nos toquen las pelotas: gritemos. Nada se soluciona, ya sé; pero al menos se evitan las úlceras de estómago.