La Relatividad, setiembre 2005
El Alma de Las Cosas


Es casi medianoche y aún verano en el calendario. Estoy de pie al borde de la M-30, frente al puente que sobrevuela la Avenida Ciudad de Barcelona y en cuyo vientre artificial -por gracia y generosidad del ayuntamiento- se permite aparcar los automóviles de los vecinos. Durante los últimos cinco años he aparcado muchas, muchísimas veces, El Tomatito (mi coche, mi segundo coche), debajo de ese puente. Es a él a quien estoy mirando, al Tomatito, por él que estoy parado al borde de la inhóspita M-30. Acabo de venderlo. Llevaba dieciocho años siendo propiedad de mi familia y acabo de venderlo por trescientos miserables euros. Conozco al hombre que lo ha comprado, es un buen conductor y sé que lo tratará bien; a mí sólo me daba problemas pues aunque funcionaba perfectamente poseo otro automóvil, en el que llevo al niño y a mi chica; un coche grande para el que alquilé en tiempos mejores una plaza de parking que ahora a duras penas puedo sostener. Cada semana, este verano -aún hoy verano en el calendario- he bajado desde El Escorial sólo para ponerlo en marcha, para limpiar sus cristales y moverlo unos centímetros atrás o adelante del sitio espacioso y cercano a mi casa que le había encontrado. Le puse ruedas nuevas el verano pasado. Nunca me dejó tirado; El Tomatito.
Estoy parado al borde de la M-30 mirando como el hombre que me lo ha comprado inspecciona su interior, se familiariza con el habitáculo, ajusta el asiento a su propia envergadura, superior a la mía, prueba las luces del techo y el funcionamiento de los elevalunas eléctricos. El coche ha arrancado a la primera..., pero -eso es mi imaginación, lo sé- se ha calado al instante porque no era mi mano la que había hecho girar la llave en el contacto. Entonces hago algo que no había hecho nunca con él, sí con otros coches cuando era más joven y romántico, le hablo, acaricio el marco rojo de su puerta roja y le aseguro que Carlos, el hombre que me lo ha comprado, es un buen conductor, que le tratará bien y le pilotará probablemente mejor de lo que haya podido hacerlo yo nunca; y El Tomatito vuelve a arrancar al medio giro de la llave y esta vez no se cala.
Sigo al borde de la M-30 hasta que veo encenderse sus luces de cruce. Aún no se ha movido. La marcha atrás es un poco complicada. Hago un gesto con los brazos pero Carlos no me ve, lo soluciona él solo. El Tomatito retrocede unos centímetros y luego con un giro suave enfila el interior del vientre de hormigón bajo la autopista. Mayestático. Elegantísimo. Puro poderío. (Nunca le había visto en los últimos años conducido por otro). No quiero seguir mirando. No puedo. Porque "estoy viendo" a mi hermano el día que lo compró cuando acababa de comenzar a trabajar en una multinacional, a mi hermano llegando de la sierra donde sólo había subido para probarlo. Veo también a mi madre, que le compró el coche a mi hermano y por primera vez tuvo un coche para ella sola. Y me veo a mí mismo acompañado por mi chica, la madre de mi hijo, cuando cada tres o cuatro meses y volviendo de Dakar donde estábamos destinados, llegábamos a Madrid y nos encontrábamos al Tomatito en el garaje de casa de mis padres lleno de gasolina y siempre dispuesto a arrancar a la primera y a llevarnos adonde quisiéramos, absolutamente adónde quisiéramos.
Es evidente que la perdida de una persona, de un ser querido, es mil veces más traumática que la de la cosa u objeto más amado. Pero también es evidente que esas cosas, esos objetos que hemos amado y de un modo u otro nos han servido, también tienen su alma. Un alma parecida a la de los personajes de ficción que, por mi profesión de escritor, he creado tantas veces. Y pienso que al vender al Tomatito también he vendido su almita de cosa, de mecánica con ruedas; que ya no me "contará" historias cuando baje de la sierra en verano; y ni siquiera bajaré porque ya no habrá motivo, ya no habrá ningún coche subutilizado que yo me sienta en obligación de poner al menos un día cada semana en marcha. Le he vendido.