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El Alma
de Las Cosas
Es casi medianoche y aún verano en el calendario. Estoy
de pie al borde de la M-30, frente al puente que sobrevuela
la Avenida Ciudad de Barcelona y en cuyo vientre artificial
-por gracia y generosidad del ayuntamiento- se permite aparcar
los automóviles de los vecinos. Durante los últimos
cinco años he aparcado muchas, muchísimas veces,
El Tomatito (mi coche, mi segundo coche), debajo
de ese puente. Es a él a quien estoy mirando, al Tomatito,
por él que estoy parado al borde de la inhóspita
M-30. Acabo de venderlo. Llevaba dieciocho años siendo
propiedad de mi familia y acabo de venderlo por trescientos
miserables euros. Conozco al hombre que lo ha comprado, es un
buen conductor y sé que lo tratará bien; a mí
sólo me daba problemas pues aunque funcionaba perfectamente
poseo otro automóvil, en el que llevo al niño
y a mi chica; un coche grande para el que alquilé en
tiempos mejores una plaza de parking que ahora a duras penas
puedo sostener. Cada semana, este verano -aún hoy verano
en el calendario- he bajado desde El Escorial sólo para
ponerlo en marcha, para limpiar sus cristales y moverlo unos
centímetros atrás o adelante del sitio espacioso
y cercano a mi casa que le había encontrado. Le puse
ruedas nuevas el verano pasado. Nunca me dejó tirado;
El Tomatito.
Estoy parado al borde de la M-30 mirando como el hombre que
me lo ha comprado inspecciona su interior, se familiariza con
el habitáculo, ajusta el asiento a su propia envergadura,
superior a la mía, prueba las luces del techo y el funcionamiento
de los elevalunas eléctricos. El coche ha arrancado a
la primera..., pero -eso es mi imaginación, lo sé-
se ha calado al instante porque no era mi mano la que había
hecho girar la llave en el contacto. Entonces hago algo que
no había hecho nunca con él, sí con otros
coches cuando era más joven y romántico, le hablo,
acaricio el marco rojo de su puerta roja y le aseguro que Carlos,
el hombre que me lo ha comprado, es un buen conductor, que le
tratará bien y le pilotará probablemente mejor
de lo que haya podido hacerlo yo nunca; y El Tomatito vuelve
a arrancar al medio giro de la llave y esta vez no se cala.
Sigo al borde de la M-30 hasta que veo encenderse sus luces
de cruce. Aún no se ha movido. La marcha atrás
es un poco complicada. Hago un gesto con los brazos pero Carlos
no me ve, lo soluciona él solo. El Tomatito retrocede
unos centímetros y luego con un giro suave enfila el
interior del vientre de hormigón bajo la autopista. Mayestático.
Elegantísimo. Puro poderío. (Nunca le había
visto en los últimos años conducido por otro).
No quiero seguir mirando. No puedo. Porque "estoy viendo"
a mi hermano el día que lo compró cuando acababa
de comenzar a trabajar en una multinacional, a mi hermano llegando
de la sierra donde sólo había subido para probarlo.
Veo también a mi madre, que le compró el coche
a mi hermano y por primera vez tuvo un coche para ella sola.
Y me veo a mí mismo acompañado por mi chica, la
madre de mi hijo, cuando cada tres o cuatro meses y volviendo
de Dakar donde estábamos destinados, llegábamos
a Madrid y nos encontrábamos al Tomatito en el garaje
de casa de mis padres lleno de gasolina y siempre dispuesto
a arrancar a la primera y a llevarnos adonde quisiéramos,
absolutamente adónde quisiéramos.
Es evidente que la perdida de una persona, de un ser querido,
es mil veces más traumática que la de la cosa
u objeto más amado. Pero también es evidente que
esas cosas, esos objetos que hemos amado y de un modo u otro
nos han servido, también tienen su alma. Un alma parecida
a la de los personajes de ficción que, por mi profesión
de escritor, he creado tantas veces. Y pienso que al vender
al Tomatito también he vendido su almita de cosa, de
mecánica con ruedas; que ya no me "contará"
historias cuando baje de la sierra en verano; y ni siquiera
bajaré porque ya no habrá motivo, ya no habrá
ningún coche subutilizado que yo me sienta en obligación
de poner al menos un día cada semana en marcha. Le
he vendido.
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