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El Hombre-Bala
No podría precisar ni dónde ni
cuándo lo vi por primera vez el libro. Mi vicio son las
librerías y cada vez que paso cerca de una de las pocas
que ya van quedando (y acabarán desapareciendo, excepto
las de las grandes cadenas, por completo) olvido cualquier obligación
y me permito unos minutos de vagabundeo por mostradores y anaqueles;
incluso si voy acompañado por mi cachorro de dos años
no puedo refrenar el impulso de -tras mirar, con ojos curiosos
y codiciosos, el escaparate- atravesar la puerta y, con frecuencia,
intercambiar unas palabras con el librero. El niño, que
desde que nació está acostumbrado a mi trato obsesivo
y quizá algo vicioso con los libros, suele permanecer
quieto a mi lado, apenas interrumpiéndome alguna vez
para decir: esto es de papá, pues debe pensar que todos
los libros del mundo son míos (afortunadamente no lo
son). Así pues no sé en que librería estaba
cuando vi el libro, el precioso libro, por primera vez. Sí
estoy seguro de que reposaba en el centro de un expositor y
que me llamó la atención la portada blanquísima,
el equilibrio de las masas, la gracilidad del dibujo y también
la única palabra escrita en tinta roja: La Noche. Así
se llama el precioso libro del que estoy hablando. Lo tomé
entre mis manos y me sedujo que fuera más ancho de lo
normal, ancho y delgado como una nouvelle francesa, género
que aquí apenas se practica pues ni siquiera tenemos
palabra para designarlo. Sólo entonces busqué
el nombre del autor: Antonio Soler. Mi compañero de fatigas
y aventuras el año pasado, cuando él ganó
el premio Nadal y a mí me concedieron el lugar de finalista.
Editaba Destino, claro.
Días después, aprovechando una visita no exactamente
rutinaria a la editorial Destino pude hacerme con un ejemplar,
y esa misma noche lo leí con avidez, de un tirón,
espoleado por su letra grande, la parquedad en el número
de páginas y los sugerentes dibujos de un artista, perdonen
mi ignorancia, que no conocía: Ricky Blanco. Y me encantó.
Me encantó por muchos motivos, quizá no el más
insignificante aunque tal vez sí el más baladí
de ellos, fuese que la historia, bellísima y terrible
historia ambientada en el alma de un circo, estuviese narrada
por el hombre-bala.
El hombre-bala... Cuando andábamos de gira promocional
por el norte el pasado año, y a raíz de unas declaraciones
mías en las que, siempre imprudente, me había
declarado -de modo figurado- funambulista, Antonio Soler se
adjudicó el papel de hombre-bala, ya que el de jefe,
jefa de pista sólo podía detentarlo Pilar Lucas,
la encargada de comunicaciones de la editorial. La jefa de pista,
el hombre bala y el funambulista. Era una excelente manera de
resumir el circo en el que andábamos metidos. Y ahora
el hombre bala había escrito un libro titulado La Noche.
Un libro magnífico y precioso, con enanos, elefantes,
trapecistas de belleza lasciva y etérea y el eco constante
de la oscuridad, el alcohol y la miseria. Un libro con una prosa
buscada e imaginativa que se lee, o al menos yo me leí,
en el tiempo que se tarda en ver una película (de Antonioni,
por ejemplo). Cierto que el libro es tan hermoso, tan capricho,
que a ciertos lectores -quien escribe estas palabras estaría
entre ellos- les costaría comprarlo para sí mismos,
pero sin embargo nada les costaría comprarlo para los
demás, como un regalo. A estos últimos me atrevo
a sugerirles que sigan su impulso, y compren el libro para regalárselo
a alguien que aprecien o quieran. Les garantizo el éxito
de su regalo.
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