La Relatividad, junio 2005

El Hombre-Bala

No podría precisar ni dónde ni cuándo lo vi por primera vez el libro. Mi vicio son las librerías y cada vez que paso cerca de una de las pocas que ya van quedando (y acabarán desapareciendo, excepto las de las grandes cadenas, por completo) olvido cualquier obligación y me permito unos minutos de vagabundeo por mostradores y anaqueles; incluso si voy acompañado por mi cachorro de dos años no puedo refrenar el impulso de -tras mirar, con ojos curiosos y codiciosos, el escaparate- atravesar la puerta y, con frecuencia, intercambiar unas palabras con el librero. El niño, que desde que nació está acostumbrado a mi trato obsesivo y quizá algo vicioso con los libros, suele permanecer quieto a mi lado, apenas interrumpiéndome alguna vez para decir: esto es de papá, pues debe pensar que todos los libros del mundo son míos (afortunadamente no lo son). Así pues no sé en que librería estaba cuando vi el libro, el precioso libro, por primera vez. Sí estoy seguro de que reposaba en el centro de un expositor y que me llamó la atención la portada blanquísima, el equilibrio de las masas, la gracilidad del dibujo y también la única palabra escrita en tinta roja: La Noche. Así se llama el precioso libro del que estoy hablando. Lo tomé entre mis manos y me sedujo que fuera más ancho de lo normal, ancho y delgado como una nouvelle francesa, género que aquí apenas se practica pues ni siquiera tenemos palabra para designarlo. Sólo entonces busqué el nombre del autor: Antonio Soler. Mi compañero de fatigas y aventuras el año pasado, cuando él ganó el premio Nadal y a mí me concedieron el lugar de finalista. Editaba Destino, claro.
Días después, aprovechando una visita no exactamente rutinaria a la editorial Destino pude hacerme con un ejemplar, y esa misma noche lo leí con avidez, de un tirón, espoleado por su letra grande, la parquedad en el número de páginas y los sugerentes dibujos de un artista, perdonen mi ignorancia, que no conocía: Ricky Blanco. Y me encantó. Me encantó por muchos motivos, quizá no el más insignificante aunque tal vez sí el más baladí de ellos, fuese que la historia, bellísima y terrible historia ambientada en el alma de un circo, estuviese narrada por el hombre-bala.
El hombre-bala... Cuando andábamos de gira promocional por el norte el pasado año, y a raíz de unas declaraciones mías en las que, siempre imprudente, me había declarado -de modo figurado- funambulista, Antonio Soler se adjudicó el papel de hombre-bala, ya que el de jefe, jefa de pista sólo podía detentarlo Pilar Lucas, la encargada de comunicaciones de la editorial. La jefa de pista, el hombre bala y el funambulista. Era una excelente manera de resumir el circo en el que andábamos metidos. Y ahora el hombre bala había escrito un libro titulado La Noche. Un libro magnífico y precioso, con enanos, elefantes, trapecistas de belleza lasciva y etérea y el eco constante de la oscuridad, el alcohol y la miseria. Un libro con una prosa buscada e imaginativa que se lee, o al menos yo me leí, en el tiempo que se tarda en ver una película (de Antonioni, por ejemplo). Cierto que el libro es tan hermoso, tan capricho, que a ciertos lectores -quien escribe estas palabras estaría entre ellos- les costaría comprarlo para sí mismos, pero sin embargo nada les costaría comprarlo para los demás, como un regalo. A estos últimos me atrevo a sugerirles que sigan su impulso, y compren el libro para regalárselo a alguien que aprecien o quieran. Les garantizo el éxito de su regalo.