ENTRE LIBROS GRISES
(Liber 05)
El pasado miércoles, día de
la hispanidad para más señas, me envió
mi editor al Liber, situado en uno de los
pabellones de Ifema, para que me hiciese una idea de cómo
está el mercado, cuales eran las últimas tendencias
y de paso me dejase ver con mi clásico e inconfundible
sombrero.
Confieso que nunca había acudido al Liber, porque eso
es lo que sucede cuando vives en Madrid: las posibilidades
son tantas y variadas, y las obligaciones a las que estamos
sometidos todos aún más y más variadas,
que rara vez puede permitirse el habitante de la megápoli
disfrutar de los placeres que ofrece la vieja Villa y Corte.
Pero en esta ocasión, en alguna ocasión sucede
-aleluya, aleluya- iba a poder combinar placer y trabajo.
Dejamos el coche, conducido por mi amigo Michael, en el parking
amarillo de Ifema (hay parkings de todos los colores según
el evento o pabellón) y tras franquear un par de barreras
custodiadas por elegantes señoritas uniformadas...
¡ya estábamos en el Liber!
¡Qué maravilla! ¡Qué horror!
¡Qué delicia! ¡Qué espanto! Oh,
que dicha que hubiera tantísimos libros. Oh, que monstruosidad
que hubiera tantísimos libros. Porque ¿y el
mío? ¿dónde estaba mi último y
humilde librito que -siempre audaz y enredador- había
optado por publicar en una editorial que, con sólo
tres libros de narrativa en su catálogo, está
comenzando su andadura? Aquello, el Liber, era como el almacén
gigantesco de cajas que se ve al final de EN BUSCA
DEL ARCA PERDIDA. No sólo no encontré
la editorial Anagrama, tenía curiosidad por alguno
de los títulos, sino que -pásmense- aquello
era tan grande que ni siquiera encontré la Editorial
Planeta; tampoco Alfaguara. Y, sin embargo, por sorprendente,
casi absurdo, que parezca, sí encontré mi libro.
Quizá guiado por mi ángel de la guarda o por
algún espíritu africano, en África la
magia es tan importante o más que la comida, de los
que se pasean por sus páginas. Pues mi libro es pura
África, son 17 poblados en forma de cuento, y una ciudad,
Dakar, en forma de novela corta. Encontré mi libro,
no les miento, brillando con luz propia, del mismo modo que
brilla el oro sobre la piel negra de las mujeres africanas.
Único e inconfundible a pesar de estar en el pequeño
estante de la distribuidora Octógono; eso sí,
en el mejor sitio del anaquel. Y como soy un optimista sin
remedio, en otro caso no habría dejado la vida diplomática
para intentar vivir de la literatura, no pude evitar
el pensamiento de que aunque allí, en el Liber05, había
más de treinta mil ejemplares de título diferente,
mi libro se veía, o yo lo veía, porque todos
los demás, los otros treinta mil, eran libros grises,
mientras que el mío, les brindo la portada
como ilustración de esta columna, no era gris, sino
que era Blanco y NegrA; su título.
