La Relatividad, octubre 2005

ENTRE LIBROS GRISES (Liber 05)


El pasado miércoles, día de la hispanidad para más señas, me envió mi editor al Liber, situado en uno de los pabellones de Ifema, para que me hiciese una idea de cómo está el mercado, cuales eran las últimas tendencias y de paso me dejase ver con mi clásico e inconfundible sombrero.
Confieso que nunca había acudido al Liber, porque eso es lo que sucede cuando vives en Madrid: las posibilidades son tantas y variadas, y las obligaciones a las que estamos sometidos todos aún más y más variadas, que rara vez puede permitirse el habitante de la megápoli disfrutar de los placeres que ofrece la vieja Villa y Corte. Pero en esta ocasión, en alguna ocasión sucede -aleluya, aleluya- iba a poder combinar placer y trabajo. Dejamos el coche, conducido por mi amigo Michael, en el parking amarillo de Ifema (hay parkings de todos los colores según el evento o pabellón) y tras franquear un par de barreras custodiadas por elegantes señoritas uniformadas... ¡ya estábamos en el Liber!
¡Qué maravilla! ¡Qué horror! ¡Qué delicia! ¡Qué espanto! Oh, que dicha que hubiera tantísimos libros. Oh, que monstruosidad que hubiera tantísimos libros. Porque ¿y el mío? ¿dónde estaba mi último y humilde librito que -siempre audaz y enredador- había optado por publicar en una editorial que, con sólo tres libros de narrativa en su catálogo, está comenzando su andadura? Aquello, el Liber, era como el almacén gigantesco de cajas que se ve al final de EN BUSCA DEL ARCA PERDIDA. No sólo no encontré la editorial Anagrama, tenía curiosidad por alguno de los títulos, sino que -pásmense- aquello era tan grande que ni siquiera encontré la Editorial Planeta; tampoco Alfaguara. Y, sin embargo, por sorprendente, casi absurdo, que parezca, sí encontré mi libro. Quizá guiado por mi ángel de la guarda o por algún espíritu africano, en África la magia es tan importante o más que la comida, de los que se pasean por sus páginas. Pues mi libro es pura África, son 17 poblados en forma de cuento, y una ciudad, Dakar, en forma de novela corta. Encontré mi libro, no les miento, brillando con luz propia, del mismo modo que brilla el oro sobre la piel negra de las mujeres africanas. Único e inconfundible a pesar de estar en el pequeño estante de la distribuidora Octógono; eso sí, en el mejor sitio del anaquel. Y como soy un optimista sin remedio, en otro caso no habría dejado la vida diplomática para intentar vivir de la literatura, no pude evitar el pensamiento de que aunque allí, en el Liber05, había más de treinta mil ejemplares de título diferente, mi libro se veía, o yo lo veía, porque todos los demás, los otros treinta mil, eran libros grises, mientras que el mío, les brindo la portada como ilustración de esta columna, no era gris, sino que era Blanco y NegrA; su título.

Un viaje de ficción por un África absolutamente real