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Goya-Manta
Fue muy bonito, en la ceremonia de entrega de los Goya,
ver como defendían su parcelita -parcelaza más
bien- de negocio esos chicos humildes que apenas tienen para
comer ni vestirse, y nos pedían a todos, encarecidamente,
que no comprásemos ningún cedé
ni deuvedé en el llamado top-manta. Era conmovedor
ver como la humilde Penélope Cruz, con su trajecito de
alta costura de Channel -calculen unos diez millones de las
antiguas pesetas- nos pedía a los riquísimos ciudadanos
medios de este país que ni se nos ocurra comprarle un
dvd al senegalés de turno que ha llegado hasta España
en una patera, le explota una mafia y su único medio
de subsistencia, excluyendo el robo directo, es comprarle cds
y dvds a un gusano y vendérselo a unos señores,
los ciudadanos de a pie que no pueden permitirse el lujo de
pagar la entrada de un estreno y mucho menos de comprarse un
dvd nuevo (a todos los que compran en el top manta les gustaría
adquirir, sin duda alguna, los productos originales, pero en
la mayoría de los casos la opción es adquirirlos
en el top manta o no adquirirlos en ningún sitio).
El supuesto daño que hace a la industria del cine o de
la música la venta de productos piratas (que por otra
parte recordemos llevan en su soporte un canon para la SGAE)
es, como mínimo, relativo. Porque no se vulneran
los derechos de los pobres, los principiantes, los productores
y cineastas independientes (nunca he visto a los Sunday
Drivers, por ejemplo, ni a ningún cineasta independiente,
en el top manta), sino -en teoría- de
los privilegiados. De aquellos, como mi admirado y
querido Javier Bardem, que tienen bares y casas en Brasil, visten
con ropa de marca y pueden permitirse cualquier capricho, absolutamente
cualquier capricho, que se les ocurra.
A todos ellos, Javier Bardem, Penélope Cruz, Belén
Rueda y demás, en teoría les parece muy bien que
la cultura sea un bien al alcance de hasta el más humilde
de los ciudadanos (habría que pagar a la gente por leer,
en lugar de cobrarla). Y les parece muy bien hasta que son ellos
los que empiezan a ganar millones, porque sólo el pobre
es capaz de verdadera generosidad (Bardem, Cruz, Rueda, cuando
empezaban) porque comprende lo que es pasar escasez y necesidad
ya que las sufre en sus propias carnes. Cuando el pobre
se convierte en rico olvida el concepto carencia, el concepto
necesidad, y ya no puede permitirse pensar que es mejor
que un pobre empleado que gana menos de seiscientos euros al
mes (los funcionarios de menor categoría de los ministerios,
sin ir más lejos) pueda ver una película "falsificada",
que quedarse sin verla. Es obvio que seguían instrucciones,
que luchaban por lo suyo y aprovechaban la plataforma de los
Goya para luchar por su "queso" (como contaba el libro
de moda de hace un par de años). Pero a mi modesto entender
el efecto fue exactamente el contrario: he escuchado infinidad
de comentarios llenos de rabia e indignación, de personas
con medios limitados cuya única opción para acceder
a la cultura de actualidad es el "manta". Me
temo que a alguien que lleva un traje de diez millones de pesetas
le falta autoridad moral para decirle a alguien que gana menos
de cien mil al mes como debe gastar su cortísimo dinero.
Coda: Ah, y también
fue muy bonito ver como el personal se tomaba el Amenabar-Almodóvar
como un partido de futbol y se reía del goleado. Siempre
digo que el cine es suma de inteligencias,
pero me temo que mi optimista axioma sólo es aplicable
al cine no comercial, ese que, apreciado lector, jamás
encontrará usted pirateado, flotando encima de una sucia
manta.
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