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Instituto Vega del
Táder
El pasado martes tuve el honor de dar una conferencia en el
Instituto Vega del Táder, Molina de Segura, Murcia. Y
digo que tuve el honor no porque me pusieran alfombras rojas
y hubiese entre el público grandes prebostes de la literatura,
sino porque los asistentes -del curso nocturno- tenían
una media por debajo de los veinte años; y a mí
me encanta hablar a la gente joven, decirles que el
cuarto centenario del Quijote me parece tan coñazo y
reiterativo como a ellos, pedirles que cuando se encuentren
con un libro que les aburra lo manden a paseo y no lo acaben,
y si se trata de una de esas famosas lecturas obligatorias (lecturas
obligatorias,¿puede haber algún método
mejor para conseguir que alguien odie los libros en general
y la literatura en particular?), que me remitan al profesor
que pretende obligarles y ya hablaré yo con él,
o ella. Me gusta la gente joven, porque aún tiene
la suerte de ser ignorantes (cómo yo; soy ignorante
y lo seré siempre por muchos libros que lea, carreras
que haga o idiomas que hable), aún creen en el futuro
(en eso ya me ganan) y sobre todo tienen tanta energía
que unidos, como se ha demostrado muchas veces en las revoluciones
estudiantiles, pueden cambiar el mundo (la sociedad actual no
sería la que es sin el mayo del 68 francés).
Confieso que cuando doy conferencias en los institutos
acudo con la artillería más pesada de que dispongo.
Al final de las charlas monto una especie de top manta gratuito
con mis cuentos en tarjeta de visita, para que los asistentes
enreden y sientan que ser escritor no te convierte necesariamente
en un gilipollas; se puede seguir siendo un tipo normal, cercano;
es más: se debe seguir siendo un tipo normal, cercano,
porque engolarse es de idiotas y está injustificado.
También les provoco. Les provoco hasta donde me permiten
las circunstancias y me alcanza la imaginación. En Vega
del Táder, I.E.S., lo que hice fue invitar a todo el
mundo a escribir un microrrelato, porque yo me precio de que
soy capaz de hacer escribir a cualquiera (es mi optimismo, claro,
a "cualquiera cualquiera" no soy capaz de hacerle
escribir, pero "casi a cualquiera", sí). Y
además ofrecí mi página web a quien tuviese
el valor de mandármelo. Si me mandan ochenta cuentos
publicaré ochenta en javierpuebla.com, si me mandan solo
uno publicaré uno, si no me mandan ninguno..., publicaré
esta columna.
Un honor, ya digo, porque además conocí al profesor,
Antonio Sánchez, de quien partió
la idea -debe estar algo loco- de invitarme. Y también
a un juglar de ningún sitio y nombre Matías, a
un lector empedernido de mi amado (y suicidado; háganle
un "año dedicado" por favor) Kennedy O´Toole,
a una escritura joven y con futuro, a una actriz guapísima
y a un guardia de la circulación (o municipal) al que
casi me llevo por delante con el coche cuando atravesaba Molina
de Segura en busca del Instituto. Primero me quiso poner una
multa, pero luego -ese cosmopolitanismo sorprendente de los
murcianos- al enterarse de que era la primera vez que entraba
en Molina hasta se ofreció a acompañarme hasta
la puerta.
Un honor, insisto (y van tres). Porque aunque me sea fácil
contactar con el alumnado no cualquiera -que conste que lo comprendo-
se atreve a llamarme para dar una charla en su instituto. Digo
todo lo que pienso. Y encima, ¡es el colmo!, soy caro.
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LOS RELATOS RECIBIDOS DE LOS ASISTENTES A LA CONFERENCIA
BASADOS EN UN PRIMER RECUERDO DE INFANCIA
SABADOS POR LA TARDE
Ambrosio García Rex
Después de una larga jornada de sábado en el
mercado semanal de Molina,
donde Asunción, la madre de Ernesto y 5 vástagos
más, vendía sardinas de
bota con mucha gracia y salero "A CUARENTA YA QUE LAS HE
ROBAO" , "NENAS NO
AMONTONARSE EN LA COLA, UNA DETRÁS DE OTRA", llegaba
la tarde-noche de
invierno. Ernesto deseaba siempre que llegara ese momento porque
su madre,
después de la comida "HUEVOS FRITOS CON PATATAS
Y ALGUNA QUE OTRA SARDINA"
empezaba a bañarlos uno tras otro en un barreño
de metal en la sala de estar
y con el jabón Heno de Pravia, aquel de la etiqueta amarilla,
aquel jabón
que olía a gloria.
Aún hoy 35 años después Ernesto no puede
olvidar aquellas tardes de sábado
de invierno y por supuesto sigue oliendo todavía a Heno
de Pravia. Qué
verdad es que es el "aroma de la niñez".
TORTAS FRITAS
Jose Emilio Gallardo
Emilio era un niño que vivía en un edificio de
dos pisos; en el primero vivían sus abuelos.Todos los
viernes por la tarde, su prima Rocio venía a pasar el
fin de semana a casa de sus queridos "ca" y "yaya"
( cariñosos nombres que ellos mismos han inventado).
La " yaya" les hace todod los sábados tortas
fritas con mucha azúcar y un buen tazón de chocolate;
Emilio la despierta siempre porque su prima es muy dormilona;
después de ese gran desayuno siempre acompañado
de un vaso de agua,su "yaya" canta, el "ca"
lee su periódico y ellos ríeny disfrutan de ese
olor tan dulce que es el olor de las tortas fritas...Hoy, la"yaya"ya
no hace tortas fritas porque la niña Rocío que
tanto se reía con su primo ya no está...Hoy sólo
queda algún periódico tirado por el sofá
de la casa y en la retina todos aquellos recuerdos que le hacen
a Emilio soñar...
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