La Relatividad, marzo 2005

 

Instituto Vega del Táder


El pasado martes tuve el honor de dar una conferencia en el Instituto Vega del Táder, Molina de Segura, Murcia. Y digo que tuve el honor no porque me pusieran alfombras rojas y hubiese entre el público grandes prebostes de la literatura, sino porque los asistentes -del curso nocturno- tenían una media por debajo de los veinte años; y a mí me encanta hablar a la gente joven, decirles que el cuarto centenario del Quijote me parece tan coñazo y reiterativo como a ellos, pedirles que cuando se encuentren con un libro que les aburra lo manden a paseo y no lo acaben, y si se trata de una de esas famosas lecturas obligatorias (lecturas obligatorias,¿puede haber algún método mejor para conseguir que alguien odie los libros en general y la literatura en particular?), que me remitan al profesor que pretende obligarles y ya hablaré yo con él, o ella. Me gusta la gente joven, porque aún tiene la suerte de ser ignorantes (cómo yo; soy ignorante y lo seré siempre por muchos libros que lea, carreras que haga o idiomas que hable), aún creen en el futuro (en eso ya me ganan) y sobre todo tienen tanta energía que unidos, como se ha demostrado muchas veces en las revoluciones estudiantiles, pueden cambiar el mundo (la sociedad actual no sería la que es sin el mayo del 68 francés).
Confieso que cuando doy conferencias en los institutos acudo con la artillería más pesada de que dispongo. Al final de las charlas monto una especie de top manta gratuito con mis cuentos en tarjeta de visita, para que los asistentes enreden y sientan que ser escritor no te convierte necesariamente en un gilipollas; se puede seguir siendo un tipo normal, cercano; es más: se debe seguir siendo un tipo normal, cercano, porque engolarse es de idiotas y está injustificado. También les provoco. Les provoco hasta donde me permiten las circunstancias y me alcanza la imaginación. En Vega del Táder, I.E.S., lo que hice fue invitar a todo el mundo a escribir un microrrelato, porque yo me precio de que soy capaz de hacer escribir a cualquiera (es mi optimismo, claro, a "cualquiera cualquiera" no soy capaz de hacerle escribir, pero "casi a cualquiera", sí). Y además ofrecí mi página web a quien tuviese el valor de mandármelo. Si me mandan ochenta cuentos publicaré ochenta en javierpuebla.com, si me mandan solo uno publicaré uno, si no me mandan ninguno..., publicaré esta columna.
Un honor, ya digo, porque además conocí al profesor, Antonio Sánchez, de quien partió la idea -debe estar algo loco- de invitarme. Y también a un juglar de ningún sitio y nombre Matías, a un lector empedernido de mi amado (y suicidado; háganle un "año dedicado" por favor) Kennedy O´Toole, a una escritura joven y con futuro, a una actriz guapísima y a un guardia de la circulación (o municipal) al que casi me llevo por delante con el coche cuando atravesaba Molina de Segura en busca del Instituto. Primero me quiso poner una multa, pero luego -ese cosmopolitanismo sorprendente de los murcianos- al enterarse de que era la primera vez que entraba en Molina hasta se ofreció a acompañarme hasta la puerta.
Un honor, insisto (y van tres). Porque aunque me sea fácil contactar con el alumnado no cualquiera -que conste que lo comprendo- se atreve a llamarme para dar una charla en su instituto. Digo todo lo que pienso. Y encima, ¡es el colmo!, soy caro
.

--------------------------------------------------------------------------

LOS RELATOS RECIBIDOS DE LOS ASISTENTES A LA CONFERENCIA BASADOS EN UN PRIMER RECUERDO DE INFANCIA

 

SABADOS POR LA TARDE

Ambrosio García Rex

Después de una larga jornada de sábado en el mercado semanal de Molina,
donde Asunción, la madre de Ernesto y 5 vástagos más, vendía sardinas de
bota con mucha gracia y salero "A CUARENTA YA QUE LAS HE ROBAO" , "NENAS NO
AMONTONARSE EN LA COLA, UNA DETRÁS DE OTRA", llegaba la tarde-noche de
invierno. Ernesto deseaba siempre que llegara ese momento porque su madre,
después de la comida "HUEVOS FRITOS CON PATATAS Y ALGUNA QUE OTRA SARDINA"
empezaba a bañarlos uno tras otro en un barreño de metal en la sala de estar
y con el jabón Heno de Pravia, aquel de la etiqueta amarilla, aquel jabón
que olía a gloria.
Aún hoy 35 años después Ernesto no puede olvidar aquellas tardes de sábado
de invierno y por supuesto sigue oliendo todavía a Heno de Pravia. Qué
verdad es que es el "aroma de la niñez".

TORTAS FRITAS

Jose Emilio Gallardo

Emilio era un niño que vivía en un edificio de dos pisos; en el primero vivían sus abuelos.Todos los viernes por la tarde, su prima Rocio venía a pasar el fin de semana a casa de sus queridos "ca" y "yaya" ( cariñosos nombres que ellos mismos han inventado). La " yaya" les hace todod los sábados tortas fritas con mucha azúcar y un buen tazón de chocolate; Emilio la despierta siempre porque su prima es muy dormilona; después de ese gran desayuno siempre acompañado de un vaso de agua,su "yaya" canta, el "ca" lee su periódico y ellos ríeny disfrutan de ese olor tan dulce que es el olor de las tortas fritas...Hoy, la"yaya"ya no hace tortas fritas porque la niña Rocío que tanto se reía con su primo ya no está...Hoy sólo queda algún periódico tirado por el sofá de la casa y en la retina todos aquellos recuerdos que le hacen a Emilio soñar...