La Relatividad, setiembre 2005

L.A.

L.A., palmeras bailando al ritmo del viento, disco solar más suave que deslumbrante, límpido cielo azul, falsa arena de playa.
L.A., una papelera más azul que el límpido cielo y el transparente mar, paseo infinito, perfectamente adoquinado, bordeando la playa.
L.A., un grupo de niños corriendo en la noche eléctricamente iluminada alrededor de un edificio que alberga un centro comercial media docena larga de minicines.
L.A., dos chicas de edad indefinida beben alcohol sentadas en la trasera de un coche furgoneta de color blanco.
L.A, un adolescente golpea frenético ?sus ojos de disco echando chiribitas- las teclas retro iluminadas de su teléfono móvil con enorme pantalla multicolor.
L.A., en la puerta de una casa baja han estacionado un automóvil negro escarabajo y dejado todas las puertas abiertas para que se pueda escuchar desde el exterior y sin ninguna interferencia la música salsera y sabrosona que hace temblar los tan viejos como pequeños altavoces; en el supuesto jardín, hierbas muertas y tierra sucia, un grupo variopinto disfruta de la música ante la pasividad, quizá producida por el miedo, de los vecinos a los que probablemente les gustaría estar durmiendo en silencio.
L.A., avenidas rectas e infinitas, rectas y desiertas, carreteras en cuyas cunetas crecen cardos de ladrillo, edificios repetidos, fotocopiados unos de otro, miméticos, tan vulgares que ni siquiera resultan desagradables; sólo feos; feos y fríos.
L.A. Un grupo de hombres jóvenes avanza por la acera desierta, voceando en un idioma que no es francés, ni inglés ni español; un idioma que en absoluto entiendo
L.A. la brisa haciendo cosquillas a los árboles que intentan ignorarla pero no pueden evitar la flexibilidad natural de su sonrisa.
L.A., turistas dejándose abrazar por el aroma del agua tranquila.
L.A. un luminoso azul y rosa exacto a los que tantas veces hemos visto en el cine, luminosos que no importa lo que tengan escrito porque el mensaje siempre es el mismo: esto es el paraíso, nena, este es tu cielo.
L.A., buscar mi calle, L.A. 2, la calle donde duermo y vivo, frente a la que algún artista ha realizado un gigantesco graffiti.
L.A. , compruebo que la llave anclada al cuerpo de una sirena de plástico está en mi bolsillo. Seguiría, pero no conozco a nadie en L.A., nadie a quien llamar; son casi las dos de la noche. L.A., se accede por una escalera externa al apartamento donde me espera una cama de colchón duro en una habitación con preciosas cortinas de aires africanos.
L.A., no se ve ninguna luz, rosa y azul, rosa y blanco, anunciando un motel desde el porche de la casa, como sucedería en cualquier película de carretera americana; sí el mar oscuro, y altos y lejanos edificios. L.A. Meto la llave en la cerradura y entro en la casa. Fin de mi pequeño film mental: L.A. Los Alcáceres. Región de Murcia.

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