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L.A.
L.A., palmeras bailando al ritmo del viento,
disco solar más suave que deslumbrante, límpido
cielo azul, falsa arena de playa.
L.A., una papelera más azul que el límpido cielo
y el transparente mar, paseo infinito, perfectamente adoquinado,
bordeando la playa.
L.A., un grupo de niños corriendo en la noche eléctricamente
iluminada alrededor de un edificio que alberga un centro comercial
media docena larga de minicines.
L.A., dos chicas de edad indefinida beben alcohol sentadas en
la trasera de un coche furgoneta de color blanco.
L.A, un adolescente golpea frenético ?sus ojos de disco
echando chiribitas- las teclas retro iluminadas de su teléfono
móvil con enorme pantalla multicolor.
L.A., en la puerta de una casa baja han estacionado un automóvil
negro escarabajo y dejado todas las puertas abiertas para que
se pueda escuchar desde el exterior y sin ninguna interferencia
la música salsera y sabrosona que hace temblar los tan
viejos como pequeños altavoces; en el supuesto jardín,
hierbas muertas y tierra sucia, un grupo variopinto disfruta
de la música ante la pasividad, quizá producida
por el miedo, de los vecinos a los que probablemente les gustaría
estar durmiendo en silencio.
L.A., avenidas rectas e infinitas, rectas y desiertas, carreteras
en cuyas cunetas crecen cardos de ladrillo, edificios repetidos,
fotocopiados unos de otro, miméticos, tan vulgares que
ni siquiera resultan desagradables; sólo feos; feos y
fríos.
L.A. Un grupo de hombres jóvenes avanza por la acera
desierta, voceando en un idioma que no es francés, ni
inglés ni español; un idioma que en absoluto entiendo
L.A. la brisa haciendo cosquillas a los árboles que intentan
ignorarla pero no pueden evitar la flexibilidad natural de su
sonrisa.
L.A., turistas dejándose abrazar por el aroma del agua
tranquila.
L.A. un luminoso azul y rosa exacto a los que tantas veces hemos
visto en el cine, luminosos que no importa lo que tengan escrito
porque el mensaje siempre es el mismo: esto es el paraíso,
nena, este es tu cielo.
L.A., buscar mi calle, L.A. 2, la calle donde duermo y vivo,
frente a la que algún artista ha realizado un gigantesco
graffiti.
L.A. , compruebo que la llave anclada al cuerpo de una sirena
de plástico está en mi bolsillo. Seguiría,
pero no conozco a nadie en L.A., nadie a quien llamar; son casi
las dos de la noche. L.A., se accede por una escalera externa
al apartamento donde me espera una cama de colchón duro
en una habitación con preciosas cortinas de aires africanos.
L.A., no se ve ninguna luz, rosa y azul, rosa y blanco, anunciando
un motel desde el porche de la casa, como sucedería en
cualquier película de carretera americana; sí
el mar oscuro, y altos y lejanos edificios. L.A. Meto la llave
en la cerradura y entro en la casa. Fin de mi pequeño
film mental: L.A. Los Alcáceres. Región
de Murcia.
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