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¡VISITE MADRID
2005!
¡Buenas tardes, buenos días, buenas noches! ¡Señoras
y señores! Niño y niñas, adolescentes,
monstruos, despistados... ¡pasen y vean! Están
todos ustedes invitados. Soy el Capitán Windsor
y les propongo que suban a mi barco volador y me acompañen
a echar un rápido vistazo sobre la ciudad que se pretende
olímpica para el año 2012. No se amilanen, suban
y abran bien los ojos: no se arrepentirán (palabra del
capitán Windsor). Nada de esperar al 2012 para mirar
Madrid, veanla ahora. Es el gran momento.
En primer lugar observen nuestra bonita autopista de
circunvalación: la M-30. Cada día cambia
su trazado, sí, absolutamente cada día entrar
o salir de ella es una aventura nueva, diferente, apasionante.
Venga en coche a Madrid, y si viene en tren alquile un vehículo
o pídale un taxi que le lleve a dar una vuelta. Flipará
usted por muchas cosas que haya visto en el mundo, aunque haya
asistido a cenas con presidentes de Gobierno, contemplando bombardeos
o sufrido terremotos. Lo de la M-30 no tiene parangón.
Es genial. (Y, dejando aparte la ironía, es genial de
verdad, me quito el sombrero ante el ingeniero que esté
dirigiendo las obras, porque aunque es cierto que la M-30 se
renueva cada día y a sus orillas surgen socavones, como
los que provoca una bomba, y crecen estructuras de puentes y
otras mil sorpresas, lo cierto es que ningún día,
a ninguna hora, la autopista ha dejado de cumplir su función,
ninguna salida ha quedado inutilizada, ningún trayecto
se ha convertido en imposible). Es una locura, pero una locura
genial y hermosa.
Igual de locura, pero en absoluto genial ni hermosa
-¡ahora vamos a sumergirnos con nuestro barco volador
bajo tierra!- es la obra, lenta, torpe y absurda que
está sufriendo el medio de transporte más popular,
y antaño el más eficaz, de la Villa y Corte. Hablo
del metro, naturalmente. Hablo del metro, y lo hago,
por desgracia, sin esperanza. Cables eléctricos que cuelgan
sin ninguna estética ni precaución, luces colocadas
asimétricamente y con desgana, horribles paneles que
cubren los hermosos e históricos azulejos que adornaban
las redondas paredes. Si han visto alguna película sobre
Londres durante la segunda guerra mundial podrán hacerse
una idea aproximada. Un desastre. Miles de salidas cerradas.
Miren, miren que divertida esa reunión de guardias de
seguridad, habrá por lo menos seis. Escuchen, no hablan
de su trabajo, sino de fútbol, Gran Hermano o lo que
les da la gana, porque todo está manga por hombro y nadie
les controla; cuando vuelva la normalidad quizá volverá
la anormalidad, mientras tanto... ancha es Castilla. Fíjense,
la cantidad de salidas que han cerrado y reconvertido en misteriosos
almacenes cerrados con puertas y llave. Con lo bien que le habría
venido a Mad Madrid tener un metro exprés, como el de
NY, que te llevase de punta a punta de la ciudad sin paradas
intermedias. Pero no, cambiemos materiales nobles por materiales
desechables y fáciles de limpiar. Y que se busque la
vida como pueda el humilde usuario.
Hay más, claro, la Puerta del Sol, inutilizada
en un treinta por ciento. Y si ello no les parece suficiente
siempre pueden pasar por aquí y dejar que alguien les
pegue algún tipo de gripe: tenemos de todas las
clases y garantizamos un mes de toses, mocos y fiebres más
o menos moderadas.
Alegría. Pasen, vengan, suban al barco y vean
como se prepara una tarta para que se celebren encima de ella
unas olimpiadas. Si hasta ya hemos hecho una
prueba y quemado la primera vela con forma de edificio
y la hemos soplado delante de toda España. ¡Alegría!
Vengan, no se corten, suban al barco del Capitán Windsor.
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