|
No Hay
Nada Mejor Que Unas Vacaciones Aburridas
Las vacaciones, no sólo las mías,
las de casi todo el personal patrio e incluso no patrio, han
tocado a su fin. Para algunos se extenderán hasta finales
de setiembre, para otros -los precipitados y ansiosos- terminaron
ya en junio, pero en conjunto puede afirmarse que cuando acaba
el cálido y perezoso agosto las vacaciones, ese gran
bostezo del planeta tierra, tienden a darse por finalizadas.
Las ciudades se llenan de coches (en estos tiempos no se vacían
nunca del todo, pero se agradece que al menos se vacíen
un poco), se estrenan películas (alguna incluso buena),
obras de teatro (algún año también puede
encontrarse una incluso buena, recuerden, por ejemplo, Arte)
y nuevos libros y cedés salen al mercado (yo mismo acabo
de publicar una novela y diecisiete relatos inspirados en mis
cuatro años de África bajo el título de
Blanco y Negra). Es, en suma, un momento delicioso
del año. No en vano los franceses, siempre tan ricos
en vocabularios aunque algo pomposos (ni siquiera Jack
Lenmon era perfecto) llaman al principio de la temporada,
el inicio del año escolar y cultural, la rentrée.
Todo muy bonito, claro, si no hubiese que trabajar, porque ahí
está "la piedra en el zapato". El curre, las
obligaciones, aguantar al jefe o al empleado o al cliente o
al profesor o al alumno o a quien nos toque. El lado oscuro
de la luminosa rentrée francesa: volver al tajo. Y es
duro.
¿Duro? Bueno, no tan duro si se detiene uno a pensarlo.
Todo depende de que como hayamos pasado las vacaciones. Para
quien haya disfrutado de unas vacaciones maravillosas, divertidísimas,
geniales, irrepetibles, inolvidables, inmarcesibles... , sí
que resulta inevitablemente duro volver a sentarse ante el ordenador,
colocarse frente a la pizarra o agarrar el volante de su viejo
y oxidado taxi o del monstruoso bus de la Empresa Municipal
de Transportes. Debe ser espantoso haber pasado unas semanas
en Cuba sintiéndote un seductor o seductora
y regresar a Palencia o Villanueva del Currillo
donde tu capacidad de seducción no supera a la de una
papelera del ayuntamiento. Terrible también debe ser,
es, haber encontrado el amor de tu vida en la playa y tras largas
noches de felicidad y risa tener que retornar a la realidad,
con el nuevo amor o sin él (en la realidad los amores
de verano siempre se marchitan). No sigo enumerando posibilidades,
pero si el lector es uno de esos afortunados que ha pasado unas
vacaciones irrepetibles ya sabrá lo jodido que se siente
ahora.
Pero en cambio quien haya pasado unas vacaciones espantosas,
enfermado de malaria en África, soportado
un mes seguido a su suegra en Benidorm, la vuelta a la normalidad,
la rentrée, será una maravilla, una delicia. En
mi caso, tras un mes largo en una aburridísima urbanización
de la sierra madrileña, se me han recargado tantísimo
las pilas que hasta he pensado en verderle el exceso de energía
a una hidroeléctrica. Porque lo más recomendable
para las vacaciones es que sean aburridas, traumáticas
o al menos un poco desagradables, ya que entonces regresar,
ah regresar, es volver a casa, a las costumbres, e incluso a
currar... currar, dulce currar.
|