La Relatividad, setiembre 2005

No Hay Nada Mejor Que Unas Vacaciones Aburridas


Las vacaciones, no sólo las mías, las de casi todo el personal patrio e incluso no patrio, han tocado a su fin. Para algunos se extenderán hasta finales de setiembre, para otros -los precipitados y ansiosos- terminaron ya en junio, pero en conjunto puede afirmarse que cuando acaba el cálido y perezoso agosto las vacaciones, ese gran bostezo del planeta tierra, tienden a darse por finalizadas. Las ciudades se llenan de coches (en estos tiempos no se vacían nunca del todo, pero se agradece que al menos se vacíen un poco), se estrenan películas (alguna incluso buena), obras de teatro (algún año también puede encontrarse una incluso buena, recuerden, por ejemplo, Arte) y nuevos libros y cedés salen al mercado (yo mismo acabo de publicar una novela y diecisiete relatos inspirados en mis cuatro años de África bajo el título de Blanco y Negra). Es, en suma, un momento delicioso del año. No en vano los franceses, siempre tan ricos en vocabularios aunque algo pomposos (ni siquiera Jack Lenmon era perfecto) llaman al principio de la temporada, el inicio del año escolar y cultural, la rentrée.
Todo muy bonito, claro, si no hubiese que trabajar, porque ahí está "la piedra en el zapato". El curre, las obligaciones, aguantar al jefe o al empleado o al cliente o al profesor o al alumno o a quien nos toque. El lado oscuro de la luminosa rentrée francesa: volver al tajo. Y es duro.
¿Duro? Bueno, no tan duro si se detiene uno a pensarlo. Todo depende de que como hayamos pasado las vacaciones. Para quien haya disfrutado de unas vacaciones maravillosas, divertidísimas, geniales, irrepetibles, inolvidables, inmarcesibles... , sí que resulta inevitablemente duro volver a sentarse ante el ordenador, colocarse frente a la pizarra o agarrar el volante de su viejo y oxidado taxi o del monstruoso bus de la Empresa Municipal de Transportes. Debe ser espantoso haber pasado unas semanas en Cuba sintiéndote un seductor o seductora y regresar a Palencia o Villanueva del Currillo donde tu capacidad de seducción no supera a la de una papelera del ayuntamiento. Terrible también debe ser, es, haber encontrado el amor de tu vida en la playa y tras largas noches de felicidad y risa tener que retornar a la realidad, con el nuevo amor o sin él (en la realidad los amores de verano siempre se marchitan). No sigo enumerando posibilidades, pero si el lector es uno de esos afortunados que ha pasado unas vacaciones irrepetibles ya sabrá lo jodido que se siente ahora.
Pero en cambio quien haya pasado unas vacaciones espantosas, enfermado de malaria en África, soportado un mes seguido a su suegra en Benidorm, la vuelta a la normalidad, la rentrée, será una maravilla, una delicia. En mi caso, tras un mes largo en una aburridísima urbanización de la sierra madrileña, se me han recargado tantísimo las pilas que hasta he pensado en verderle el exceso de energía a una hidroeléctrica. Porque lo más recomendable para las vacaciones es que sean aburridas, traumáticas o al menos un poco desagradables, ya que entonces regresar, ah regresar, es volver a casa, a las costumbres, e incluso a currar... currar, dulce currar.