La Relatividad,agosto 2005

 

PONGAMOS QUE HABLO DE MAD MADRID


Son las dos de la noche y el conductor se sonríe para sí mismo con la felicidad de un gato ante la perspectiva de un enorme tazón de leche enriquecida. El conductor, un hombre cualquiera de los cinco millones que pueblan lo que fue la Villa y Corte y ahora debería llamarse la Obra y Corte (de tráfico), lleva unos días de vacaciones a cincuenta kilómetros de la ciudad que le vio nacer, en la sierra, y tanta tranquilidad, tanto bienestar, sonrisas sociales, conocer a todo el mundo y que todo el mundo te conozco le tiene un poco ya hasta las canicas, así que ha decidido bajar a darse un garbeo por la City, a ver que se cuece, que bares han cerrado y cuales permanecen abiertos, si sus amigos bohemios siguen frecuentando el bar de Sainz de Baranda o han emigrado al de Menéndez Pelayo, como suele ser tradición todos los veranos.
El alegre conductor, gato feliz al volante de una máquina rebosante de caballos, selecciona un cedé de los Dire Straits y se dispone a disfrutar con el paseo: le encanta conducir, pero en los últimos tiempos el agradable ejercicio se había convertido en una tortura, no por las desviaciones de la M-30, que habían convertido la autopista de circunvalación en un rally inesperado e imprevisible (eso lo lleva bien, le da emoción a pilotar su coche), sino por los atascos. Pero a las dos de la noche, se erizan felices los bigotes del gato conductor, ¿qué atasco podría haber?
Y, en efecto, el gato piloto vuela (sin pasar nunca los límites de velocidad) por el puerto de Galapagar, la autopista de la Coruña y sin un sólo automóvil que detenga su brioso andante ma non troppo se cuela en la M-30.


Ah, la gente se queja de vicio, la ciudad no está tan mal como dicen, sólo hay que saber elegir la hora adecuada para moverse.


Acaba de dejar atrás el estadio del Santiago Calderón cuando uno de esos bonitos carteles luminosos (esos carteles tocapelotas de asqueroso color naranja) le avisa que habrá tráfico lento hasta la carretera de Andalucía.
¿Tráfico lento? Cuarenta y cinco minutos parado, parado por completo. A los dos y treinta de la noche de un día de semana. Naturalmente ya no comprueba si sus amigos están en un bar u otro. Pasa por su casa en la ciudad, riega las plantas, recoge el casi nunca agradable correo moderno (bancos e instituciones) y vuelve a montar en el coche. Albricias, esta vez la M-30 no presenta ningún atasco. Enfila la entrada de la carretera de la Coruña cuando un coche con flecha naranja (ese asqueroso color naranja), le obliga a frenar de golpe. La entrada a la autopista está cortada. Hay que ir por no sé dónde. ¿Por n sé donde? Y una mierda. El Gato es hombre de recursos. Pasa por entre los pivotes de plástico verdes y blancos y blandos y si le ponen una multa que se la pongan, si se cae a una zanja, se cae. Pero no se cae a ningún sitio. Ninguna razón de peso para cortar la entrada a la autopista. Quizá no dejar de amargarle la vida a los urbanitas: para que jamás puedan decir que la administración no sabe cómo derrochar sus altísimos impuestos. Pongamos que hablo... de Mad Madrid.