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PONGAMOS QUE HABLO DE
MAD MADRID
Son las dos de la noche y el conductor se sonríe
para sí mismo con la felicidad de un gato ante la perspectiva
de un enorme tazón de leche enriquecida. El
conductor, un hombre cualquiera de los cinco millones que pueblan
lo que fue la Villa y Corte y ahora debería llamarse
la Obra y Corte (de tráfico), lleva unos días
de vacaciones a cincuenta kilómetros de la ciudad que
le vio nacer, en la sierra, y tanta tranquilidad, tanto bienestar,
sonrisas sociales, conocer a todo el mundo y que todo el mundo
te conozco le tiene un poco ya hasta las canicas, así
que ha decidido bajar a darse un garbeo por la City, a ver que
se cuece, que bares han cerrado y cuales permanecen abiertos,
si sus amigos bohemios siguen frecuentando el bar de Sainz de
Baranda o han emigrado al de Menéndez Pelayo, como suele
ser tradición todos los veranos.
El alegre conductor, gato feliz al volante
de una máquina rebosante de caballos, selecciona un cedé
de los Dire Straits y se dispone a disfrutar
con el paseo: le encanta conducir, pero en los últimos
tiempos el agradable ejercicio se había convertido en
una tortura, no por las desviaciones de la M-30,
que habían convertido la autopista de circunvalación
en un rally inesperado e imprevisible (eso
lo lleva bien, le da emoción a pilotar su coche), sino
por los atascos. Pero a las dos de la noche, se erizan felices
los bigotes del gato conductor, ¿qué atasco podría
haber?
Y, en efecto, el gato piloto vuela (sin pasar nunca los límites
de velocidad) por el puerto de Galapagar, la autopista de la
Coruña y sin un sólo automóvil que detenga
su brioso andante ma non troppo se cuela en la M-30.
Ah, la gente se queja de vicio, la ciudad no está
tan mal como dicen, sólo hay que saber elegir la hora
adecuada para moverse.
Acaba de dejar atrás el estadio del Santiago Calderón
cuando uno de esos bonitos carteles luminosos (esos carteles
tocapelotas de asqueroso color naranja) le avisa que habrá
tráfico lento hasta la carretera de Andalucía.
¿Tráfico lento? Cuarenta y cinco minutos parado,
parado por completo. A los dos y treinta de la noche de un día
de semana. Naturalmente ya no comprueba si sus amigos están
en un bar u otro. Pasa por su casa en la ciudad, riega las plantas,
recoge el casi nunca agradable correo moderno (bancos e instituciones)
y vuelve a montar en el coche. Albricias, esta vez la M-30 no
presenta ningún atasco. Enfila la entrada de la carretera
de la Coruña cuando un coche con flecha naranja (ese
asqueroso color naranja), le obliga a frenar de golpe. La entrada
a la autopista está cortada. Hay que ir por no sé
dónde. ¿Por n sé donde? Y una mierda. El
Gato es hombre de recursos. Pasa por entre los pivotes de plástico
verdes y blancos y blandos y si le ponen una multa que se la
pongan, si se cae a una zanja, se cae. Pero no se cae a ningún
sitio. Ninguna razón de peso para cortar la entrada a
la autopista. Quizá no dejar de amargarle la vida a los
urbanitas: para que jamás puedan decir que la administración
no sabe cómo derrochar sus altísimos impuestos.
Pongamos que hablo... de Mad Madrid.
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