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Preparándonos
para mayores
Ayer mi chica, aprovechando que habían venido sus viejos
desde la vieja Murcia a la agujereada Villa y Corte y nos hacían
de canguros con el pícolo, me llevó al cine. La
Guerra de los Mundos, firmada por el Rey Midas
Spielberg y protagonizada por el inefable Tom
Cruise. La cinta se abre con un plano del skyline de
Manhattan en el que no aparecen las Torres Gemelas; y no por
casualidad, pues a continuación se nos ofrecen las imágenes
de destrucción más terribles que se puedan filmar
o imaginar. ¿Y ello para qué? Para contarnos,
subliminalmente, que lo de las Gemelas, o nuestros trenes de
cercanías o el metro de Londres, no es nada; nada en
comparación con lo que podría o puede ser. Pero...
hay que aguantar, chavales, hay que aguantar, sí hombre,
echarle peloas, porque hasta el tío más
mierda -papel magníficamente interpretado por
Tom Cruise- cuando tiene que defender a su país
y a su familia es capaz de comportarse como un jabato, un héroe
y un padre ejemplar. Ah, que bonito.
La conclusión final de la adaptación
de La Guerra de Los Mundos, de H.G. Wells, puede resumirse en:
mantén unida tu familia, no te rindas, no consideres
tus iguales a los europeos pero tampoco les culpes demasiado,
aguanta que destrocen todo lo destrozable, y confía.
Sí: sobre todo confía, ese es
uno de los mensajes fundamentales que nos lanzan desde la primera
potencia a todos sus ciudadanos (todos los occidentales, nos
guste o no, somos ciudadanos americanos, del propio imperio
o de las colonias, como es nuestro caso). Lo tienen
tan claro que está escrito en el papel más sagrado
jamás impreso: el billete de dolar. In God we trust.
En Dios confiamos. Porque aunque los humanos sean frágiles
siempre está el bueno de Dios cubriéndonos las
espaldas ya que somos su pueblo elegido (¿no les suena
eso a la religión del capital que mueve el mundo?), y
Dios evitará que se caiga el sistema financiero mundial,
nos masacren los árabes, o nos invadan alienígenas
que llevaban millones de años preparando la invasión
del planeta azul pero a los que no se les había ocurrido
comprobar si sobrevivirían en nuestra atmósfera.
In God we trust. Y en el tío Sam, en su fantástica
maquinaria de hacer cine, el producto más parecido al
sueño, gracias a la cual todos los habitantes de las
colonias conocemos mucho mejor la historia –brevísima-
de los USA, que la – larguísima- de Europa.
Pensamos lo que el poder -el dinero- quiere que pensemos. Comemos,
vestimos, nos comportamos.... tal cómo resulta más
conveniente que lo hagamos. Somos borregos contentos. Y además
les hacemos ricos, a los productores y a sus payasos
(alias actores) a quienes enloquecen ahogándoles
con millones de dolares. Y si alguien piensa que se libra del
hechizo, la colonización, porque no va al cine, que matice
y piense, porque están cumpliendo la misma función
los tentáculos modernos de la industria: la televisión,
internet o los videojuegos. Confiemos en Dios, y en
Spielberg y Tom Cruise. Sí. Confiemos. Confiemos porque
–si lo dice Hollywood será verdad- no nos quedan
más huevos.
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