La Relatividad, agosto 2005

Preparándonos para mayores


Ayer mi chica, aprovechando que habían venido sus viejos desde la vieja Murcia a la agujereada Villa y Corte y nos hacían de canguros con el pícolo, me llevó al cine. La Guerra de los Mundos, firmada por el Rey Midas Spielberg y protagonizada por el inefable Tom Cruise. La cinta se abre con un plano del skyline de Manhattan en el que no aparecen las Torres Gemelas; y no por casualidad, pues a continuación se nos ofrecen las imágenes de destrucción más terribles que se puedan filmar o imaginar. ¿Y ello para qué? Para contarnos, subliminalmente, que lo de las Gemelas, o nuestros trenes de cercanías o el metro de Londres, no es nada; nada en comparación con lo que podría o puede ser. Pero... hay que aguantar, chavales, hay que aguantar, sí hombre, echarle peloas, porque hasta el tío más mierda -papel magníficamente interpretado por Tom Cruise- cuando tiene que defender a su país y a su familia es capaz de comportarse como un jabato, un héroe y un padre ejemplar. Ah, que bonito.
La conclusión final de la adaptación de La Guerra de Los Mundos, de H.G. Wells, puede resumirse en: mantén unida tu familia, no te rindas, no consideres tus iguales a los europeos pero tampoco les culpes demasiado, aguanta que destrocen todo lo destrozable, y confía. Sí: sobre todo confía, ese es uno de los mensajes fundamentales que nos lanzan desde la primera potencia a todos sus ciudadanos (todos los occidentales, nos guste o no, somos ciudadanos americanos, del propio imperio o de las colonias, como es nuestro caso). Lo tienen tan claro que está escrito en el papel más sagrado jamás impreso: el billete de dolar. In God we trust. En Dios confiamos. Porque aunque los humanos sean frágiles siempre está el bueno de Dios cubriéndonos las espaldas ya que somos su pueblo elegido (¿no les suena eso a la religión del capital que mueve el mundo?), y Dios evitará que se caiga el sistema financiero mundial, nos masacren los árabes, o nos invadan alienígenas que llevaban millones de años preparando la invasión del planeta azul pero a los que no se les había ocurrido comprobar si sobrevivirían en nuestra atmósfera. In God we trust. Y en el tío Sam, en su fantástica maquinaria de hacer cine, el producto más parecido al sueño, gracias a la cual todos los habitantes de las colonias conocemos mucho mejor la historia –brevísima- de los USA, que la – larguísima- de Europa.
Pensamos lo que el poder -el dinero- quiere que pensemos. Comemos, vestimos, nos comportamos.... tal cómo resulta más conveniente que lo hagamos. Somos borregos contentos. Y además les hacemos ricos, a los productores y a sus payasos (alias actores) a quienes enloquecen ahogándoles con millones de dolares. Y si alguien piensa que se libra del hechizo, la colonización, porque no va al cine, que matice y piense, porque están cumpliendo la misma función los tentáculos modernos de la industria: la televisión, internet o los videojuegos. Confiemos en Dios, y en Spielberg y Tom Cruise. Sí. Confiemos. Confiemos porque –si lo dice Hollywood será verdad- no nos quedan más huevos.