La Relatividad, abril 2005

La generosidad de Murcia


Sucedió como jamás sucede en la vida real, al menos que yo sepa, al menos en "mi vida real". Fue como sigue, y esto no es un cuento a pesar de que yo sea El Cazador de Cuentos. Sucedió así.
Mis suegros habían viajado desde Murcia hasta El Escorial para pasar los Días Santos con su único nieto. Hasta ahí nada original. Bajé a buscarlos a Atocha. Jugaron con el nieto. Yo pude salir con mi chica de paseo casi con la misma libertad que cuando eramos novios...
Ya era de noche y todos estaban acostados menos yo, pues es casi imposible que me meta en la cama antes de las cuatro. En la mesa del salón había un periódico que había viajado con mis suegros desde Murcia y en el que había una entrevista con José Ángel Mañas, un autor que siempre me ha gustado y a quien yo tenía que entrevistar a mi vez esta semana para Cambio16, y pensé que estaría bien echarle un vistazo para "hacer ánimos" en caso de que por fin llamase a la editorial para concertar una cita. Leí la entrevista, estaba bien, y en la página de al lado vi una foto de Sánchez-Rosillo. Le habían dado un premio. Eran las dos y media o las tres de la noche. No tenía nada en concreto que hacer excepto beber tragos cortos de mi habitual vaso de oporto. Así que me puse a leer el artículo. Mejor libro murciano, libro mejor editado, mejor ensayo (felicidades, mister Parra), mejor novela... ¿A quién le habrían dado el premio a la mejor novela? A Sonríe Delgado, firmada por un tal Javier Puebla. Javier Puebla, el nombre me sonaba. Pero, empeño mi palabra, me sonó del mismo modo en el que un día, eterno despistado, cruzando la calle Alcalá a la altura de Goya vi a un tipo cuyo rostro me era familiar y al acercarme me di cuenta que estaba ante un espejo. Sí, era yo mismo. Cómo era yo mismo, supongo, ese Javier Puebla a cuya novela la Asociación de Amigos de la Lectura, con nada menos que Victorino Polo de presidente del jurado, le habían dado un premio. Estuve a punto de despertar a mi costilla, al cachorro y a todos los vecinos. No lo hice. Menos mal. Mi fama de extravagante y excéntrico no necesita de nuevas aportaciones. Pero no es necesario explicar que durante unos segundos, aún ahora días después no he perdido del todo la sensación, me sentí feliz, mimado y querido por el mundo. Y en particular por un mundo, el de la literatura, que yo bien lo sé, jamás mima a nadie a no ser que sea muy viejo o esté muerto. Pero enseguida me di cuenta de donde venía el mimo. De Murcia. De mi Murcia. La ciudad, la región, que más generosa ha sido siempre conmigo desde que la conocí hace ya diecisete años. El lugar donde conocí a la mujer de mi vida y que se alegró, así lo siento, cuando gané el premio Nadal, finalista, tanto como yo mismo. No sé si me merezco tanto afecto, tanta generosidad. Pero en cualquier caso..., gracias Murcia, muchas gracias. Intentaré ser digno.