| La
generosidad de Murcia
Sucedió como jamás sucede en la vida
real, al menos que yo sepa, al menos en "mi vida real".
Fue como sigue, y esto no es un cuento a pesar de que yo sea
El
Cazador de Cuentos. Sucedió así.
Mis suegros habían viajado desde Murcia hasta El Escorial
para pasar los Días Santos con su único nieto.
Hasta ahí nada original. Bajé a buscarlos a Atocha.
Jugaron con el nieto. Yo pude salir con mi chica de paseo casi
con la misma libertad que cuando eramos novios...
Ya era de noche y todos estaban acostados menos yo, pues es
casi imposible que me meta en la cama antes de las cuatro. En
la mesa del salón había un periódico que
había viajado con mis suegros desde Murcia y en el que
había una entrevista con José Ángel
Mañas, un autor que siempre me ha gustado y
a quien yo tenía que entrevistar a mi vez esta semana
para Cambio16, y pensé que estaría bien echarle
un vistazo para "hacer ánimos" en caso de que
por fin llamase a la editorial para concertar una cita. Leí
la entrevista, estaba bien, y en la página de al lado
vi una foto de Sánchez-Rosillo. Le habían
dado un premio. Eran las dos y media o las tres de la noche.
No tenía nada en concreto que hacer excepto beber tragos
cortos de mi habitual vaso de oporto. Así que me puse
a leer el artículo. Mejor libro murciano, libro mejor
editado, mejor ensayo (felicidades, mister Parra),
mejor novela... ¿A quién le habrían dado
el premio a la mejor novela? A Sonríe
Delgado, firmada por un tal Javier Puebla.
Javier Puebla, el nombre me sonaba. Pero, empeño mi palabra,
me sonó del mismo modo en el que un día, eterno
despistado, cruzando la calle Alcalá a la altura de Goya
vi a un tipo cuyo rostro me era familiar y al acercarme me di
cuenta que estaba ante un espejo. Sí, era yo mismo. Cómo
era yo mismo, supongo, ese Javier Puebla a cuya novela la Asociación
de Amigos de la Lectura, con nada menos que Victorino
Polo de presidente del jurado, le habían dado
un premio. Estuve a punto de despertar a mi costilla, al cachorro
y a todos los vecinos. No lo hice. Menos mal. Mi fama de extravagante
y excéntrico no necesita de nuevas aportaciones. Pero
no es necesario explicar que durante unos segundos, aún
ahora días después no he perdido del todo la sensación,
me sentí feliz, mimado y querido por el mundo. Y en particular
por un mundo, el de la literatura, que yo bien lo sé,
jamás mima a nadie a no ser que sea muy viejo o esté
muerto. Pero enseguida me di cuenta de donde venía el
mimo. De Murcia. De mi Murcia. La ciudad, la región,
que más generosa ha sido siempre conmigo desde que la
conocí hace ya diecisete años. El lugar donde
conocí a la mujer de mi vida y que se alegró,
así lo siento, cuando gané el premio Nadal, finalista,
tanto como yo mismo. No sé si me merezco tanto afecto,
tanta generosidad. Pero en cualquier caso..., gracias Murcia,
muchas gracias. Intentaré ser digno.
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