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Un Hombre de Palabra
Cuenta mi padre que cuando él era un
joven hombre de negocios los tratos se cerraban con un apretón
de manos y esa presión de piel a piel, de dedos contra
dedos, era suficiente garantía tanto para uno como para
otro. Yo eso no lo he visto nunca, o casi nunca; en cualquier
caso es una experiencia que desconozco y en la que me siento
incapaz de creer. Ahora la mano se da entre hombres como una
imitación del saludo a la francesa, un acto de cortesía
al ser presentado a alguien o -en alguna ocasión- después
de haber rubricado un minucioso contrato entre dos partes.
Pero en el año dos mil cinco, en España, un apretón
de manos no vale nada. Cómo tampoco vale nada, nada en
absoluto, la palabra de "casi" nadie. Y por fortuna
aún se puede poner el "casi", aunque sea entrecomillado
como he hecho en la frase anterior. Pero no cabrían en
esta columna las promesas incumplidas -no ya las "plegarias
desatendidas", parafraseando a Truman Capote- que he recibido
a lo largo de mi vida como escritor y periodista, en los últimos
seis años y también hace veinte cuando la ingenuidad
me llevó por primera vez a intentar vivir de lo que he
nacido para hacer: escribir. Las promesas incumplidas que he
oído no cabrían ni en todas las páginas
de la guía de la Ciudad de México.
En particular después del premio Nadal he escuchado tantos
cantos de sirena, como diría mi amigo Antonio Soler,
de directores de periódico dispuestos a convertirme en
"su" estrella de tinta, editores, jefes de redacción,
altos funcionarios y demás poderosos de los medios de
comunicación que si tan sólo un diez por ciento
de las promesas se hubiesen materializado en realidades ahora
mismo sería el rey del mambo en lugar de un hombre que
trabaja y trabaja y trabaja sin saber si va a servir para algo
tan desmesurado esfuerzo.
Por eso, cuando con motivo de la fiesta anual de Cambio16 el
presidente del grupo, sí nada menos que el presidente
del grupo, Manuel Domínguez, se cruzó conmigo
un instante y me citó para comer en breve, le escuché
con el natural escepticismo del gato escaldado, a pesar de que
ya me sorprendió que en aquel mismo momento fijase una
fecha concreta para la comida: un martes de finales de mayo.
El lunes anterior aún no me había llamado la secretaria
de Cambio16, la dulce y eficiente María Rosa y fui yo
quien marqué el número de la redacción
por el puro hábito de no fallar nunca, de que jamás
fracase ningún proyecto por mi causa; y entonces me confirmaron
que sí, que habría comida. Aún así
seguí sin creermelo. Supuse que a última hora
surgiría algún pretexto, algún ovni aterrizando
en un jardín o un cambio inesperado entre los directivos
del grupo. Pero no. A las dos y media en punto, y acompañado
por el director de la revista, el mítico Gorka Landaburu,
llegaba al restaurante dónde me había citado Manuel
Domínguez. Lo que me contó fue interesantísimo:
sus planes de presente y futuro, los proyectos en los que me
invitaba generosamente a participar, pero lo que me ganó,
lo que me dejó desarmado y a su absoluta disposición
fue comprobar que estaba ante un hombre de verdad, que Manuel
Domínguez era un hombre de palabra. Un hombre de palabra
como aquellos de los que habla mi padre, capaces de sellar un
trato con un simple apretón de manos. Un hombre como
a mí me gustaría -y peleo a diario contra las
olas para lograrlo -también ser.
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