La Relatividad, junio 2005


Un Hombre de Palabra


Cuenta mi padre que cuando él era un joven hombre de negocios los tratos se cerraban con un apretón de manos y esa presión de piel a piel, de dedos contra dedos, era suficiente garantía tanto para uno como para otro. Yo eso no lo he visto nunca, o casi nunca; en cualquier caso es una experiencia que desconozco y en la que me siento incapaz de creer. Ahora la mano se da entre hombres como una imitación del saludo a la francesa, un acto de cortesía al ser presentado a alguien o -en alguna ocasión- después de haber rubricado un minucioso contrato entre dos partes.
Pero en el año dos mil cinco, en España, un apretón de manos no vale nada. Cómo tampoco vale nada, nada en absoluto, la palabra de "casi" nadie. Y por fortuna aún se puede poner el "casi", aunque sea entrecomillado como he hecho en la frase anterior. Pero no cabrían en esta columna las promesas incumplidas -no ya las "plegarias desatendidas", parafraseando a Truman Capote- que he recibido a lo largo de mi vida como escritor y periodista, en los últimos seis años y también hace veinte cuando la ingenuidad me llevó por primera vez a intentar vivir de lo que he nacido para hacer: escribir. Las promesas incumplidas que he oído no cabrían ni en todas las páginas de la guía de la Ciudad de México.
En particular después del premio Nadal he escuchado tantos cantos de sirena, como diría mi amigo Antonio Soler, de directores de periódico dispuestos a convertirme en "su" estrella de tinta, editores, jefes de redacción, altos funcionarios y demás poderosos de los medios de comunicación que si tan sólo un diez por ciento de las promesas se hubiesen materializado en realidades ahora mismo sería el rey del mambo en lugar de un hombre que trabaja y trabaja y trabaja sin saber si va a servir para algo tan desmesurado esfuerzo.
Por eso, cuando con motivo de la fiesta anual de Cambio16 el presidente del grupo, sí nada menos que el presidente del grupo, Manuel Domínguez, se cruzó conmigo un instante y me citó para comer en breve, le escuché con el natural escepticismo del gato escaldado, a pesar de que ya me sorprendió que en aquel mismo momento fijase una fecha concreta para la comida: un martes de finales de mayo.
El lunes anterior aún no me había llamado la secretaria de Cambio16, la dulce y eficiente María Rosa y fui yo quien marqué el número de la redacción por el puro hábito de no fallar nunca, de que jamás fracase ningún proyecto por mi causa; y entonces me confirmaron que sí, que habría comida. Aún así seguí sin creermelo. Supuse que a última hora surgiría algún pretexto, algún ovni aterrizando en un jardín o un cambio inesperado entre los directivos del grupo. Pero no. A las dos y media en punto, y acompañado por el director de la revista, el mítico Gorka Landaburu, llegaba al restaurante dónde me había citado Manuel Domínguez. Lo que me contó fue interesantísimo: sus planes de presente y futuro, los proyectos en los que me invitaba generosamente a participar, pero lo que me ganó, lo que me dejó desarmado y a su absoluta disposición fue comprobar que estaba ante un hombre de verdad, que Manuel Domínguez era un hombre de palabra. Un hombre de palabra como aquellos de los que habla mi padre, capaces de sellar un trato con un simple apretón de manos. Un hombre como a mí me gustaría -y peleo a diario contra las olas para lograrlo -también ser.