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X
La primera X
que recuerdo servía para multiplicar. Tres profesores
por dos equivalía a una multitud inquietante. Treinta
días de vacaciones por tres..., la eternidad. Pero no
mucho más tarde descubrí al volver de aquellos
meses de vacaciones que en realidad, y aunque eran tres, no
eran eternos, que la X,
y aún sin salirme del mundo de las matemáticas,
amén de servir para multiplicar correspondía a
una incógnita (en las reglas de tres). Averiguar la
X era como descifrar un acertijo numérico.
Si Pepito ha pagado dieciocho pesetas (se compraban cosas con
dieciocho pesetas cuando yo bailaba con mis primeras X)
por dieciocho pirulís, cuanto debería pagar Juanita
para comprar seis pirulís. Había X
que eran así de lerdas, en general la mayoría,
porque yo casi siempre sacaba diez en matemáticas a pesar
de que mientras el profesor explicaba su lección magistral
me dedicaba a pasar página tras página de la novela,
barata y agradabilísima de leer, que tenía sobre
las rodillas (en aquellos tiempos, prehistoria absoluta de los
sentidos, no había play station, la tele era en blanco
y negro y ni siquiera se había inventado el vídeo)
leí mucho y muy repetidamente acerca de señores
X que mataban
o engañaban o dirigían mafias o compraban chupachups
con yumbina a las niñas y niños que salían
de los colegios (las novelas baratas es lo que tienen, cuestan
poco pero abundan en los temas escabrosos).
Años después, y cuando la tele
ya no sólo era color sino que estaba a punto de convertirse
en plana y el video comenzaba a desaparecer, surgieron los canales
X, a semejanza
de sus predecesores en el mercado de guarrerías varias
pero muy rentables: los cines X
en los que se pasaban películas X
de títulos tan imaginativos como El Fontanero,
Su Mujer y Otras Cosas de Meter. En ese momento no
había ya ninguna incógnita detrás de la
X, ni tachaba ni multiplicaba nada (como no fuese las ganancias
de unos cuantos distribuidores y directores nada artistas pero
muy avispados). X
significaba clara y directamente: tías en bolas haciendo
todas las cochinadas que te puedas imaginar y quizá alguna
inimaginable.
Junto a la pornografía fílmica
llegó al país la pornografía política
y X se convirtió en el señor,
señora o perrito que estaba detrás de los Gal,
que no eran ninguna marca de colonia sino una banda de asesinos
(cómo en mis novelas baratas de infancia y adolescencia).
Pero la última y gran pirueta
de la X ha sido aparecer
en todos los anuncios y hasta en la serigrafía de las
bolsas de los supermercados. X,
ahora, es el Quijote, del que ningún
anuncio se escapa pero, ah divina venganza, jamás se
menciona el nombre del autor, y mucho menos el título
completo del libro. Una X
grande roja, porno a tope, y en más pequeño Qvixote.
La X servía
también para tachar cuando nos equivocábamos en
el colegio o con la máquina de escribir. Parecía
que esa función había desaparecido con el ordenador,
pero no. La X,
roja, guarra, descarada, puta perdida, ahora tacha nuestro libro
más universal. Desafío a los lectores a que escriban
el título original y completo del libro al final de esta
columna.
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