La Relatividad, julio 2005

 

 

X

La primera X que recuerdo servía para multiplicar. Tres profesores por dos equivalía a una multitud inquietante. Treinta días de vacaciones por tres..., la eternidad. Pero no mucho más tarde descubrí al volver de aquellos meses de vacaciones que en realidad, y aunque eran tres, no eran eternos, que la X, y aún sin salirme del mundo de las matemáticas, amén de servir para multiplicar correspondía a una incógnita (en las reglas de tres). Averiguar la X era como descifrar un acertijo numérico. Si Pepito ha pagado dieciocho pesetas (se compraban cosas con dieciocho pesetas cuando yo bailaba con mis primeras X) por dieciocho pirulís, cuanto debería pagar Juanita para comprar seis pirulís. Había X que eran así de lerdas, en general la mayoría, porque yo casi siempre sacaba diez en matemáticas a pesar de que mientras el profesor explicaba su lección magistral me dedicaba a pasar página tras página de la novela, barata y agradabilísima de leer, que tenía sobre las rodillas (en aquellos tiempos, prehistoria absoluta de los sentidos, no había play station, la tele era en blanco y negro y ni siquiera se había inventado el vídeo) leí mucho y muy repetidamente acerca de señores X que mataban o engañaban o dirigían mafias o compraban chupachups con yumbina a las niñas y niños que salían de los colegios (las novelas baratas es lo que tienen, cuestan poco pero abundan en los temas escabrosos).

Años después, y cuando la tele ya no sólo era color sino que estaba a punto de convertirse en plana y el video comenzaba a desaparecer, surgieron los canales X, a semejanza de sus predecesores en el mercado de guarrerías varias pero muy rentables: los cines X en los que se pasaban películas X de títulos tan imaginativos como El Fontanero, Su Mujer y Otras Cosas de Meter. En ese momento no había ya ninguna incógnita detrás de la X, ni tachaba ni multiplicaba nada (como no fuese las ganancias de unos cuantos distribuidores y directores nada artistas pero muy avispados). X significaba clara y directamente: tías en bolas haciendo todas las cochinadas que te puedas imaginar y quizá alguna inimaginable.

Junto a la pornografía fílmica llegó al país la pornografía política y X se convirtió en el señor, señora o perrito que estaba detrás de los Gal, que no eran ninguna marca de colonia sino una banda de asesinos (cómo en mis novelas baratas de infancia y adolescencia).

Pero la última y gran pirueta de la X ha sido aparecer en todos los anuncios y hasta en la serigrafía de las bolsas de los supermercados. X, ahora, es el Quijote, del que ningún anuncio se escapa pero, ah divina venganza, jamás se menciona el nombre del autor, y mucho menos el título completo del libro. Una X grande roja, porno a tope, y en más pequeño Qvixote. La X servía también para tachar cuando nos equivocábamos en el colegio o con la máquina de escribir. Parecía que esa función había desaparecido con el ordenador, pero no. La X, roja, guarra, descarada, puta perdida, ahora tacha nuestro libro más universal. Desafío a los lectores a que escriban el título original y completo del libro al final de esta columna.