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Pequeños Regalos Navideños
(Javier Panizo Out of Collection)
Si de algo se había preciado siempre el profesor
y ensayista Panizo, Javier Panizo, era de su capacidad para fijar y
encontrar el regalo adecuado, el regalo que haría feliz a quien
lo recibiese. Panizo, Javier, era el único que había sido
capaz de arrancar exclamaciones de admiración a su austero padre:
la roca en la que se estrellaban los deseos y buenas intenciones del
resto de los familiares y amigos de don Manuel Panizo, padre.
-¿Y te has gastado dinero en esta payasada? ¿Piensas que
me voy a poner esa absurda corbata? Yo no uso colonias ni pienso utilizarlas
en la vida. Ya te dije que ni quería ni necesitaba nada.
Pero Javier, el más extravagante de sus hijos y por ello quien
siempre disponía de más horas de su propio tiempo para
darle el uso que le viniera en gana, le había dejado al borde
de las lágrimas cuando le regaló unas navidades unos prismáticos
que habían sido el objeto fetiche de su padre desde que era niño;
o el día que apareció con una cazadora de ante de color
verde que durante años y más años su padre deseó
secretamente y que jamás se atrevió a comprarse pues él
era hombre de uniforme: traje y corbata, y jamás se permitía
ningún atuendo informal como prueba de su hacia cualquier lujo
o signo externo. Pero Javier lograba acertarle en el centro del corazón;
siempre o casi siempre. Cierto que había años en los que
tenía menos tiempo para pensar y buscar; años en los que
estaba lejos de su familia y amigos por razones de trabajo: sus conferencias
o contratos de lector en diversas universidades extranjeras, y en las
mencionadas ocasiones la flecha no acertaba justo en el centro de la
diana del corazón de su padre y apenas se clavaba en el cuatro,
el tres, el siete. Y lo mismo le había ido sucediendo con otros
familiares, apreciados conocidos, amados amigos.
Hasta que llegó un momento en que Panizo comenzó a dejar
de hacer regalos. Gradual, silenciosamente. Cada año eran menos
personas las que recibían el dardo implacable de su generosidad.
Mantuvo, eso sí, los crismas escritos con amor y el brillo de
sincera alegría en su mirada cuando se encontraba o citaba con
cualquiera de las personas que por sangre o elección quería
o apreciaba.
El motivo para ese cambio, para ese extinguirse silencioso e imparable
del Gran Regalador Panizo, era doble. En primer lugar el tiempo. Para
encontrar el regalo adecuado para otra persona en primer lugar es necesario
ponerse en su lugar, y una vez realizada esa discreta magia bucear en
los deseos secretos de su alma. Eso requiere tiempo. En segundo lugar
hace falta dinero, y aunque Panizo no había conocido, para su
fortuna, el hambre se había vuelto tan férreo administrador
en pos del sueño de una libertad que, era evidente, jamás
alcanzaría, que le comenzó a parecer absurdo gastar ese
bien maldito y escaso, el dinero, en mimos y caprichos. Negárselos
a sí mismos le fue sencillo; era austero como su padre. Pero,
¿cómo negárselos a los demás? Y entonces
Panizo decidió regalar sus propias cosas: libros, recuerdos,
objetos... Hubo quien entendió el gesto, pero hubo también
quien pensó que la mítica capacidad para hacer felices
a los demás de Javier Panizo ya había llegado a su fin,
se había terminado.
LA
JAVIER PANIZO COLLECTION
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