"Capturar
estrellas fugaces. Eso es lo que intenta siempre un artista" SOSIEGO, antilibro, público pero
impublicable. Javier Puebla
18 de enero 2010
MIS MERECIDOS GAYUMBOS
Los Reyes Magos han sido sorprendentemente
generosos estos años. Yo sólo había
pedido, en la carta que redacta Max, unos gayumbos, mis
merecidos gayumbos, como los llama él, pero han caído
cámaras de fotos, zapatos, ratones electrónicos,
pijamas, camisas... y mucho afecto por parte de mi familia
y amigos del que realmente merezco. Gracias a todos ellos.
Yo sigo regalando mis palabras para cualquiera que desee
recibirlas desde este diarioweb, como yo lo llamo, aunquehasta
los clasifica-todo de Google se empeñan en llamarlo
blog, pero no. Esto es un diarioweb. Un semanarioweb, to
be precise. Y sigo con mi idea de hacerlo en video. En video
y en vertical. Genio y figura. Pero también sigo
sin ADSL, y hasta que no lo contrate... pido paciencia.
Feliz año a todos los que lean estas palabras. Y
gracias por hacerlo.
CARMEN MUGUETA, ARQUITECTO
-¿Estás contenta?
Se lo pregunto al final de la conversación que mantenemos
el catorce de enero, porque lo noto en su voz, el contento,
pero también porque
acaba de regresar de sus vacaciones argentinas.
-Sí, estoy contenta.
Ha acertado, pienso. Pero me equivoco. No está contenta
por el viaje, que también, sino por algo más.
-¡Me he recibido!
¿Se ha recibido? Aunque lo entiendo enseguida, entre
ese “enseguida” y el momento que escucho la
expresión transcurre un brevísmo lapsus en
el que debo decidir si se trata de una expresión
argentina, “me he recibido”, o de un “marismo”
como llamamos los escritores del grupo 3Estaciones a ciertos
giros linguísticos que utiliza con tanta libertad
como elegancia Carmen Mugueta, mi amiga Mara, la autora
de ese precioso libro, Haz Milagros Ediciones, titulado
PUNTA.
Pero al entender, comprender lo que significa ese “me
he recibido” no puedo, ni quiero, evitar que una oleada
de euforia, de absoluta felicidad vicaria, me invada por
completo. Ha aprobado, conseguido su título de arquitecto...
en España. Porque
quien haya leído las líneas anteriores, pero
no conozca a Mara, a Carmen Mugueta, probablemente
habrá pensado que me estaba refiriendo a una chica
jovencita, de veintipocos años, que acaba de terminar
arquitectura. Pero es más que eso, porque me estaba
a una mujer en plenitud, con dos hijas que sí tienen
-ambas- veintitantos años, y que se licenció
en su país, en Argentina, en la carrera de arquitectura
cuando tenía la misma edad, o menos, que sus hijas
tienen ahora. Es decir, Mara, Carmen Mugueta, es arquitecto
desde hace muchos años, ha firmado infinidad de obras
en continentes varios, desde África hasta América,
y hace sólo un lustro largo, unos seis años,
que decidió
abandonar su país, Argentina, y venirse a la España
donde había nacido su madre para volver a empezar,
para demostrar al mundo y a sí misma, sobre todo
a sí misma, quien era Carmen Mugueta. Pero sucede
que un título universitario obtenido en Argentina
no tiene homologación directa en España, que
si deseaba firmar las obras, maravillosas -es un genio-
que estaba realizando, tenía que volver a examinarse
de un montón de asignaturas. Y lo hizo. Durante años
lo ha estado haciendo. Acudiendo a la universidad rodeada
de veinteañeros, batallando con profesores que nada
regalan a nadie, estudiando y esforzándose hasta
donde le alcanzaban las fuerzas. Yo he sido testigo, lo
he visto. Mara forma parte de mi “tripulación”,
como llamo a quienes asisten
a mi taller literario, desde hace cinco años. Cinco
años en los que la he visto crecer como escritora
y no fallar jamás ni como persona ni como compañera
ni como amiga. Lo que ha logrado Mara, Carmen Mugueta, lo
hemos logrado todos. Todos los seres humanos. El triunfo
de la voluntad sobre los prejuicios y las trabas burocráticas
y sociales. Su triunfo es mi triunfo y el triunfo de quien
esté leyendo estas palabras. Felicidades, de todo
corazón. Tu alegría es la alegría del
mundo entero. No me extraña que me dijese en nuestra
conversación del jueves catorce de enero que estaba
contenta.
CUATRO CRISMAS
Se ha perdido la costumbre.
Yo el primero. Cuando estaba destinado en Dakar mandaba
más de cincuenta cada navidad. Ahora unos correitos
electrónicos y algún sms personalizado es
lo más que mandamos-recibimos. Pero aún quedan
clásicos. Isidoro Álvarez,
el compañero de carrera de mi padre y jefe supremo
del Corte Inglés, los elegantes señores del
Cafetín Croché de El Escorial, José
Manuel Segura, director de comunicación
del Grupo Anaya..., y ¡el genial Marchamalo! Que
tío más... ¡la bomba! No ha mandado
un crisma, sino un librito, una edición de 73 ejemplares
firmados y numerados; y por supuesto dedicados. El don
de la impaciencia. Y para mayor prueba de su capacidad
de juego las páginas no estaban cortadas en la parte
superior de los ejemplares. Me cuenta que una amiga, profesora,
no se atreve a cortarlas. Yo lo hice con una tijera, apresurada,
impacientemente, para encontrarme con un texto tan exquisito
y brillante como de costumbre en Marchamalo, en el que se
dan cita mi amado Fernando Pessoa, su amada
Ofelia, el hosco señor Onetti y
la poetisa que tuvo el valor de amarle, Idea Vilariño.
(... No volveré a tocarte/ no te veré
morir). Creo, y lo digo de corazón, que si Jesús
Marchamalo no existiese, no fuese mi contemporáneo
y mi amigo, abandonaría la literatura ; pero con
su mera existencia hace que tanto esfuerzo inútil
y casi siempre baldío merezca la pena.
Gracias por existir, mesié Marchamalo, y por tu "más-que-un-crisma"
fantástico.
P.D. La frase anterior es un poco excesiva,
lo admito. Hay otros muchos amigos y amigas que me sostienen
y que ayudan y sostienen "para que ni dude ni flaquee,
aunque mi objetivo sea lo imposible", como escribí
en Sosiego, mi antilibro. Pero seguro que el homenaje, merecidísimo,
a Marchamalo, no moleta a ninguno de ellos.
"El boxeo es un deporte
noble. No se permiten los puñetazos en los huevos" SOSIEGO
25 enero
ESPERANDO A LA NOTHOMB
Es martes cuando dejo plantado
a un viejo amigo y la versión en inglés y
3D de Sherlock Holmes para acudir a la
última planta del Corte Inglés de Serrano
52 (ex-Celso García, ex-Mark Spencer) donde Carlos
Salem presenta su ya famoso libro de cuentos “Yo
lloré con Terminator 2, y otros relatos de cerveza-ficción”.
Salem es un consumado showman y escucharle leer sus relatos
resulta una experiencia grata e iluminadora. Tiene la voz
cascada, una bronquitis de cuatro meses y toda la alegría
de quien lleva treinta años persiguiendo un sueño
y al final lo alcanza. El lugar es extraño: esa última
planta de lo que fue Celso García y luego Mark Spencer
donde se dan cita veinte canaperas y media docena de escritores
y otra media docena de amigos y público vario. La
primera vez que acudí al extraño lugar, o
lugar extraño, Andrés Sorel,
ángel de la guarda de cuando yo era un genio veinteañero
perdido en "la movida", presentaba un libro sobre
Jesucristo. No fui capaz de aguantar hasta el final.
Este martes sí aguanto,
pues me encuentro con Pedro de Paz, Fernando
Marías y Silvia, David Torres
y otros amigos, y no sólo aguanto hasta el final
sino que me marcho el último del bar donde las cervezas
riegan la ficción. Aunque el mejor momento de la
velada es casi íntimo: estamos en el coche de Pedro
de Paz y Carlos Salem, desde el asiento trasero, habla de
que acaba de regresar de la Patagonia, donde nació,
de su alegre vida de soltero con dos hijos y tres matrimonios
perdidos en el pasado, de su fama -no sé si ficticia
o real- como ladrón de coches en su Patagonia natal,
de los libros en los que está trabajando o de lo
que sucede cuando “se enamora de verdad”. Su
alegría, alegría de vivir, es tan auténtica,
que se nos contagia a todos, a cuantos vamos en el coche
de Pedro de Paz. Un triunfo merecido y sostenido. Salem,
bravo por él. Muchas aventuras y larga vida.
Cuando llego a casa me espera Michel Houllebecq;
sus escritos (en persona seguro que no resulta ni la mitad
de divertido). Acaba de salir la traducción española
del libro de esgrima literaria creado en complicidad con
Bernard-Henri Lévy: Enemigos públicos.
Divertido y lúcido. También divertido y lúcido
es el segundo libro de relatos de Berta, la hija
de Marsé: Fantasías animadas. Y hay
más libros sobre la mesa, en especial los de Nocturna
Ediciones (¿la nueva Siruela?), pero en lugar de
seguir leyendo obras ya editadas me pongo a juguetear con
el “boletín de novedades enero-febrero
2010” de Anagrama. En Otra vuelta de tuerca,
esa genialidad tan “made in Herralde”, está
a punto de aparecer Dos damas muy serias & Placeres
sencillos reunidos en un solo volumen. Deseable. También
deseable Cristo con un fusil al hombro, de Kapunscinski.
Aunque todavía me apetece más el anunciado
ensayo de Rafael Chirbes, o Nada que temer
de Julian Barnes y, sobre todo, Ordeno
y mando, de la Nothomb. Amélie Nothomb.
La autora de muchos y buenísimos libros, mi favorito
es Estupor y temblores, y la única autora
concentrada y centrada en la tarea de lo que yo llamo “balas”:
novelas de alrededor de cien páginas y limpias de
cualquier añadido o adorno innecesario.
Nothomb escribe cuatro “balas” cada año,
a mano, y luego dispara una, sólo una. Estoy deseando
recibirla.
"La humildad puede coronar montañas
vedadas a la soberbia"
SOSIEGO, antilibro (quizá ya en extinción.
Da igual)
1 febrero 2009
PELEAS, FLAQUEZAS
Y DISCRECCIÓN
Apenas nada puedo contar esta
semana, plaga de acontecimientos personales y profesionales
y sobrevolada por una debilidad física, quizá
haya tenido hasta la gripe A, ahora que se ha vuelto tan
inofensiva y poco interesante a los ojos de los medios.
La discrección me impide escribir el pulso mantenido
con antiguos colaboradores, sólo decir que el resultado
me parece satisfactorio y espero que a ellos también
(todo mérito mío, modestia aparte). Y en mi
diario personal, el de verdad, el de bolsillo, hay páginas
y páginas sobre determinadas flaquezas.. de las que
tampoco puedo hablar. Pido disculpas a los habituales de
esta página, y mantengo la esperanza -soy tan optimista
como el mismísimo Jorge Herralde aunque, de momento,
mucho menos rico- de que la semana que viene "volveré
-como en los dibujos animados- "con más diversiones"
(luego seguía eso de Porky, Porky, nuestro rey...,
que moderno y apropiado para el actual mundo occidental
tener como "rey" a un cerdito tontorrón
e insaciable).
DIEZ, NUEVE, OCHO... El boxeador escucha con los ojos cerrados
la cuenta atrás del árbitro del combate.
Cuando oiga el número cinco, a lo sumo el cuatro,
su cuerpo reaccionará, doblará la rodilla,
tensará los músculos y volverá a ponerse
en pie. No está noqueado. Apenas cansado. Sí
muy aburrido; de su rival y de sí mismo. Le sobra
energía para volver a recuperar la vertical. Pero
se siente tan bien, tan a gusto, con el cuerpo completamente
relajado y la cara oculta a los ojos del mundo, pegada contra
el suelo.
ESTRELLAS FUGACES
(Onalibro lácteo de Javier Puebla ó León
Salgado; aún no tengo muy claro quien es el autor;
hasta podría ser otro, o varios)
08 febrero 2010
ANDRÉS PÉREZ
DOMÍNGUEZ
Me manda la foto que nos hicimos
el día de la presentación de su libro, ya
en Santabárbara y dándole a la negra (cerveza).
El día siguiente, por fin, me manda nuestro común
amigo y jefe de prensa Óscar Oliveira
su novela, con la que ganó el premio Ateneo
de Sevilla -ese marco maravilloso- y que ya va
por la segunda edición y más de 15.000 ejemplares
vendidos; no sé si el Nadal será capaz de
superarla. El año pasado el Ateneo batió al
Planeta, sobre todo en traducciones y difusión internacional,
jugando su baza más culta y exquisita, Felix
J Palma (mejor escritor andaluz del año)
y El mapa del tiempo, y este año, que el Nadal juega
su baza más comercial, Andrés Pérez
Domínguez se lo va a poner difícil
a la famosa, aunque muy amable, Clara Sánchez.
Ya he empezado la novela, EL VIOLINISTA DE MAUTHAUSEN. La
primera página tiene una música que recuerda,
indefectiblemente, a Beltenebros, en mi opinión lo
novela más lograda y redonda de Muñoz
Molina. Pero cuando la lea entera ya diré
más cosas... Mientras tanto me quedo con la foto.
Mowgli y Shere Khan (la clave sólo la comprendemos
Andrés Pérez Domínguez y yo y quizá
algún otro; pero no voy a explicarla).
Mad Madrid, febrero
dos mil diez
Ya el domingo recibí una llamada de Silva, Lorenzo
Silva, proponiéndome una cenita rápida.
Andaba yo bastante cof-cof y como mi colega debió
de advertir cierta renuencia, demora en darle una respuesta,
adelantó la solución a las posibles trabas.
Quedamos en ese bar que hay al lado de tu casa. Imposible
decirle que no; acaba de llegar de Barcelona, desempacado
en Getafe y dispuesto a volver a saltar al coche y cubrir
quince kilómetros. Estaba Lorenzo Silva fresco como
una lechuga, rejuvenecido, delgado y contento. Su próxima
novela está a punto: el regreso de Bevilacqua
tras tres años de ausencia. Estoy deseando leerla.
Para consolarme mientras tanto me traía Lorenzo Silva
el poemario Lejos de Valparaíso, de Noemí
Trujillo, editado por Sial, y con prólogo
de Luis Alberto de Cuenca. Excelente, cada
vez mejores sus versos, que además de su valor intrínseco
poseen el interés de poder encontrar en los mismos
la sombra de mi amigo Silva, su marido. El éxito
no es gratis; Está con la mujer de otro,
desayunando…, y muchos otros pequeños
detalles que como lector me hacen experimentar la sensación
de que acabarán siendo una pareja tan célebre
como Sartre y Simone de Beauvoir.
El lunes sigo hecho unos zorros, pero acudo al bar de Juan
Bravo para tomar unas tapas con mi querida Julia
Barella, y conozco a su vecina y amiga Victoria
Magirena, jefe de recursos humanos en un banco,
el Crédit Agricole creo; un encanto, como suele suceder
con las personas que rodean a Julia. Me faltan las fuerzas,
aunque el ánimo aún estaba, para -tras separarme
de Julia y Victoria- ir a buscar al gran Mat, Miguel
Ángel Matellanes, a Atocha y subir con él
hasta el hotel de Arturo Soria para charlar un rato. Le
llamo al móvil y me disculpo, lo comprende, y dejamos
la cita para el miércoles, generosidad suya infinita
(tantas veces) pues tiene que coger un AVE el día
siguiente a las 7 de la mañana; cuando yo me estaré
acostando y aún no me habré dormido. Mi ánimo
sigue más cercano al suelo que al cielo y dudo que
me merezca tan buenos amigos, personas que se preocupan
por mí y me demuestran su confianza incondicional
cuando estoy, como un boxeador, con la cara pegada al suelo
y ningunas ganas de levantarme para seguir recibiendo y
dando golpes. Bebo, durante la cena con Mat, un poco más
de lo habitual y conduzco despacio y con cara de buen chico
de regreso a casa para que no me pare la poli/ y me haga soplar/ me quite puntos/
no me deje ir a sobar/ Ay la pasma tengo que evitar/ yo
no soplo pero canto un rap... (definitivamente: bebí
demasiado)
El jueves la vida se amontona.
Presentación del Nadal, estreno de la obra de El
Brujo (cortesía de Juan Luis Lucas)
y cena de navidad retrasada con mis Tripulantes.
Estoy en las tres sitios, de algún modo, pues mando
a mis padres al estreno, a Walter Flores
al Cervantes para escuchar a Clara Sánchez,
y a mí mismo al lugar donde más me apetece
estar: la casa de Mara Mugueta. Una vez
más no puedo dejar de subrayar que el nivel de mis
alumnos, mi grupo de escritores es más exacto, está
por encima, muy por encima, de la media española.
Incluso por encima de la media internacional. Son modernos,
sintéticos y cada uno dueño de una voz narrativa
inconfundible y propia. Lo paso fenomenal, pero no puedo
dormirme en los laureles. Tengo trabajo, mucho trabajo,
Mad Madrid. Más Mad que Madrid, con su sonrisa de
dientes en obras, sus carcajadas a veces tristes, a veces
felices, pero siempre locas.
"Nada es gratis. Y
la única forma barata de pagar es hacerlo con dinero" ESTRELLAS FUGACES (nombre moderno de mi
viejo antilibro, ya cuatro añitos de entrada diaria,
al que llamaba SOSIEGO)
15 febrero 2010
LA CUEVA, EL BRUJO...
Y RODRIGO RATO
Es
jueves -técnicamente viernes: las 0:03 horas- cuando
comienzo a escribir estas líneas. Acabo de regresar
de el teatro Alcázar donde Rafael Álvarez
EL BRUJO ofrece un monólogo fascinante sobre
un texto del único escritor, creo, que consiguió
quedar finalista del premio Planeta dos veces aunque nunca
llegó a ganarlo: Fernando Quiñones.
El testigo, así se llama la obra, es un magistral
relato escénico que canta los muchos cielos y al
menos igual número de infiernos que conoció
el cantaor Miguel Pantalón; un clásico
personaje de Quiñones capaz de frases como la que
sigue: estoy leyendo quince libros sin saber leer, veo sitios,
veo los muertos, veo tóla vida y milagros.
Es impresionante ver hombre solo llenando un escenario,
llenándolo en todo momento, durante una hora y media.
Impresiona aún más en los momentos que le
brillan los ojos al modo de los locos, igual que le brillaban
a Miguel Pantalón, y el público siente que
ese actor, El Brujo, está ardiendo por dentro, se
convierte en una llama viva y auténtica ante los
espectadores. Y quien más disfruta, no puede ser
de otro modo, es él mismo. El espectáculo
tiene una segunda parte, un remate que parece ser una auténtica
improvisación, nada me extrañaría que
lo fuera, y esta noche El Brujo se ha permitido tirarle
los tejos a su público, decirnos que quería
contratarnos, llevarnos con él a Logroño -hace
tanto frío en Logroño- y que les diría
a los dueños del teatro que él lo llevaba
todo, hasta su público.
Brillantísimo, divertido y profundo. Así,
supongo, debería ser siempre el arte verdadero, profundo
pero con un toque de guasa; al cabo estamos aquí
de paso y no hay porque creerse tan importante ni tan trascendente.
Me sienta de maravilla la hora y media de teatro. Ayer bajé
de “la cueva”, a cincuenta kilómetros
de Mad Madrid, donde tengo veinticinco años, me acabo
de casar y estoy de viaje, mudanza, de mi ciudad natal a
la Villa y Corte, y tardaré una semana en cubrir
las cien leguas. La única persona del siglo XXI con
la que hablo es mi viejo amigo Iñaki Orbe.
No es que me haya vuelto loco, o sí, en cualquier
caso debo explicar que mi metamorfosis -temporal, espero-
se debe a que estoy escribiendo una novela de época
(detesto la expresión novela histórica; que
mal ponen en nuestro país los apellidos al género
narrativo mayor). Escribir una novela de época es
un desafío interesante para alguien que, como yo,
está acostumbrado a inventárselo todo, a plantar
un rascacielos donde está la puerta de Alcalá
o abrir calles que no existen para llenarla de bares, peluquerías,
la tienda de un chino, dos tintorerías y un puticlub
sin putas. Básicamente funciona igual, si se quiere
hacer literatura, y aunque se cuenta con la ventaja de las
aventuras que visten a cualquier personaje histórico
de renombre, tiene la desventaja, o molestia, de que hay
que comprobarlo todo: desde el año en que se inventó
el reloj de bolsillo hasta rastrear el origen de la leyenda
del Ratón Pérez (no voy a utilizarla, la encontré,
nota a pie de página, en la magnífica novela
Pólvora negra de Montero Glez; premio
Azorín de hace dos años).
En el viaje a Madrid -tenía que ir a Alcalá
a causa del curso que imparto en su universidad- lo pasé
casi mal. La velocidad de El Duro, mi viejo Volvo,
me parecía supersónica, no entendía
tanto asfalto ni luces ni semáforos..., y por eso
esta noche volver a viajar en el tiempo, al Cádiz
de principios del siglo veinte, me ha sentado de maravilla.
Cuando regreso a casa -una noche de pausa antes de volver
a la cueva- me encuentro sobre la mesa de despacho una carta,
que juega a ser personal aunque naturalmente no lo es, de
Rodrigo Rato en la que desde su nuevo puesto
como máximo capo de Cajamadrid promete a los clientes
que dará lo mejor de sí mismo. A lo mejor
alguien piensa que es un desperdicio, que ¿para qué?,
pero yo opino que eso es clase, saber hacer las cosas, acercarse
al chiquero antes de salir a torear y decirle a las bestias
“aquí estoy y juntos vamos a hacer al público
alucinar”. Tenía en la cabeza llevarme mis
muy humildes ahorros de Cajamadrid -demasiadas faltas de
estilo como cobrar por una cuenta que tenía menos
de x euros de saldo, entre otros- pero ya no. Ahora hay
un señor al mando de la nave, un capitán,
y yo confío en él y me quedo.
No en mi despacho, sino en la gigantesca mesa de cristal
que le hicieron a mi mujer en Murcia cuando nos fuimos a
vivir a África, hay al menos una docena de libros
nuevos: dos de Barril&Barral, recomiendo
buscar La educación de Laura de Mirabeau,
desnudar la portada... y quien si sea capaz de irse sin
el libro-objeto a casa, allá él. También
están Barnes, Bolaño,
Millet y -por fin- la Nothomb:
Mando y ordeno. Dejo a un lado todos los demás y
comienzo a leer a Amélie, apenas diecinueve páginas
antes de ponerme a teclear este texto, pero ¡ya lo
recomiendo!
Si alguien tiene la costumbre de viajar en el tiempo y tiene
previsto pasar por el primer tercio del siglo XIX que me
busque. Si me encuentra prometo una buena botella de marrasquino
y desvelarle, al menos, un fascinante misterio.
“Un paso adelante,
y dos hacia atrás. Y aún me creo que progreso” ESTRELLAS FUGACES (antilibro)
22 de febrero de 2010
AFORTUNADO
El sábado lo pasó
genial -haciendo “nada”, solo estando- con Max,
mi hijo, y Lola, mi mujer. Creo que, junto a mi padre, son
las personas a quienes más quiero del mundo. Y vivo
con ellos. Darme cuenta de algo tan evidente me reconcilia
con la vida. Soy muy afortunado. Intentaré coserme
los labios la próxima vez que sienta la tentación
de quejarme por cualquier inconveniencia estúpida.
ÁLVARO BERMEJO,
INAPRENSIBLE
Había leído
a Álvaro Bermejo sin saber que leía
a Álvaro Bermejo. Formé parte hace unos meses
del jurado del premio Internacional de Novela Luis
Berenguer que gané el año pasado
y la novela que defendí, y ganó, resultó
ser al abrir la plica de Bermejo. Y me quedé con
las ganas de verlo, conocerlo. La novela me había
gustado mucho y además era mi sucesor en la historia
del premio. Le pregunté -más de una vez- a
nuestro común editor y amigo, Miguel Ángel
Matellanes, sobre su vida y hazañas, pero
no conseguí sacar nada en claro. Así que cuando
el jueves -por cauces que no voy a revelar- me enteré
que Matellanes y Bermejo cenaban juntos le eché aire
al viento y me presenté, con cara de estudiado despiste,
en el restaurante de la calle Malasaña donde se habían
citado autor y editor. Bermejo tiene aspecto de gentleman:
barba entrecana, impecablemente vestido, modales correctísimos
y maneja el arte de la conversación como Ridley
Scott el oficio del cine. Estuve con él
más de dos horas y me contó muchísimas
cosas, como que vive en San Sebastián, ha viajado
por África y muchos otros lugares, que es historiador
o antropólogo o ambas cosas, que le gusta documentarse
para escribir o la historia en la que se explica porque
las angulas no tienen ojos. Sin embargo cuando llegué
a casa y abrí mi diario para fijar mi impresión
sobre él advertí que no era capaz de hacerlo,
que se me difuminaba o escapaba entre los dedos cuando intentaba
escribir sobre él; concluí que se trataba
de un hombre que tenía algo de espía o de
maleta con fondos camuflados infinitos y admití que
no había logrado conocerle, en verdadconocerle, lo
más mínimo. Extrañamente, o porque
hago demasiadas cosas y algunas se me escapan, olvidé
en casa mi cámara de fotos. Así que tampoco
tengo ninguna foto suya. Interesante. Fascinante. Pero inaprensible,
ya digo. El excelente escritor Álvaro Bermejo.
EL CANOE CUMPLE 80 AÑOS
Hace once años cuando
regresé de Dakar, donde ocupaba el ilustre e interesante
puesto de Agregado Comercial Jefe de la Embajada Española,
le pregunté a la persona a quien más quiero
del mundo, mi padre, si sabía de algún lugar
donde pudiera ir a nadar. En los cuatro años pasados
en África me había acostumbrado a nadar en
maravillosas piscinas de cincuenta metros y comprobado que
el ejercicio me sentaba mejor que un solomillo al enebro
de Casa Pepe (en Murcia, no confundir con
El Rincón de Pepe, que está a su espalda).
Y fue mi padre quien me habló del Canoe, está
a veinte minutos andando de la casa donde nací, y
uno de sus mejores amigos y compañero de carrera
en la facultad de económicas, Rubiños,
era socio. Al principio echaba de menos alguna de las blandenguerías
y mimos de los hoteles de Dakar que había frecuentado
durante cuatro años, pero al cabo de unos meses me
convencí que, con sus ventajas e inconvenientes,
no iba a encontrar ningún sitio mejor para nadar
en la anfetamínica ciudad de Mad Madrid. Así
que acudí a ver a Rubiños, era necesario el
apoyo de al menos dos socios para ser del club, y recuerdo
como si fuera ahora mismo la conversación en su bonito
despacho, el más bonito que he visto jamás,
en el edificio donde estaba su librería, la mejor
esquina de Goya con Alcalá. Cuando le dije el motivo
de mi visita se le iluminó la mirada y me dijo que
sí, que era socio de toda la vida, que no encontraría
-tal como ya había deducido personalmente- ningún
sitio mejor en Madrid. Él iba todas las mañanas
a las ocho en punto y en veinte minutos se había
nadado sus mil metros diarios. Me dio su firma y apoyo y
días después yo ya tenía mi carnet
de socio.
No encajé como una mano en un guante. No funciona
así. Muchos de los socios del Canoe, quizá
la mayoría, son deportistas, y yo sólo pretendía
“hacer ejercicio”. En el vestuario, un lugar
que me encanta pues sólo hay hombres y carece de
la tensión sexual que caracteriza la mayoría
de los lugares en los que todos estamos mezclados, lo normal
es escuchar comentarios sobre fútbol, frases sobre
musculaturas, peso, velocidades, y cariñosas regañinas
a los habituales que, por un motivo u otro, dejan de acudir
durante semanas o meses y pierden la forma. Pero pasó
el tiempo y encontré mi lugar, y comencé a
sentirme como en casa y aceptado y apreciado. Descubrí
que tenía amigos comunes con el presidente, Juan
Tamames. Descubrí también que los
deportistas son, en general, personas nobles de carácter
y dignas de confianza. He conocido mucha gente maravillosa
en el Canoe, tanto entre quienes trabajan en el club como
entre los socios; debo una mención al empresario
Juan Corredera. No puedo poner todos los
nombres que ahora me vienen a la cabeza, son demasiado,
ni agradecer uno a uno el afecto que siempre recibo cuando
estoy bajo de forma o triste; me lo notan -y automáticamente
me cuidan- desde que entro y hablo con Cristina, la jefe
de recepción, hasta mis compañeros de taquilla:
abogados, profesores, conductores de autobús, constructores,
moteros, estrellas de cine.... Sólo puedo acabar
diciendo que, he oído, como cualquiera aunque no
soy especialmente amante del fútbol, que el Barça
presume de ser más que un club. Pues bien, el Canoe
probablemente sólo es un club. Pero para mí
es el club perfecto, el club de mis mejores sueños.
Felicidades por sus ochenta años. De corazón.
“En Hollywood nadie
lee” SYD FIELD.Manuel del guionista (la biblia de todos los talleres de cine que se imparten
en España)
1 marzo 2010
ME ESCUPE LA M-30
Cierro el agua y el gas antes
de dar doble vuelta al cerrojo de la puerta de “la
cueva”, como me gusta llamar al apartamento de El
Escorial donde me encierro cuando tengo que escribir una
novela. Al llegar al parking advierto que llueve. Malo.
El limpiaparabrisas del conductor pisa mal desde que un
bestiajo “me lo arregló” con tan poco
interés como maña. Son las nueve y media o
diez menos cuarto, no sé. Tal como temía la
carretera que separa la urbanización de la autopista
es una pequeña pesadilla. Supero la pesadilla. En
el coche llevo un caset -soy un tipo anticuado- con la voz
de Jeremy Irons leyendo Lolita, la novela
de Nabokov. Suena la última cinta,
en la que Humbert Humbert le dice a Peter Sellers
(el actor se ha apoderado del nombre original del personaje)
que no le da permiso para fumar un cigarrillo antes de matarlo,
que se concentre, “you smoked your last cigarrette
yesterday”. Me enamora la frase, como la lee
Irons. Ya en la autopista modero la velocidad y voy pensando
en el tema de la columna de esta semana. Tendría
que decir algo de la coincidencia de que los premios Nadal
y Ateneo de Sevilla tengan como escenario el campo de concentración
de Matthausen. También tendría que decir algo
de lo terrible que me parece la desaparición de la
figura del finalista del Nadal, el ganador moral; la falta
de interés del mercado y las editoriales por descubrir
nuevos autores, y menos aún si estos pretenden hacer
literatura y no chocolatinas con fecha de caducidad en la
contraportada para consumo rápido del mercado. Eso
me lleva a la novela de época que estoy escribiendo
y a la obra -genial y personalísima, me importa un
huevo la inmodestia- que al mismo tiempo escribo, a mano,
en mis cuadernos de bolsillo; no la pasaré a ordenador
probablemente, ¿para qué? A nadie le interesa
el sufrimiento convertido en arte. Yo pensaba que se trataba
de eso cuando era aún más ignorante que ahora.
A la altura de Las Rozas bajo la velocidad. Niebla. La niebla
me hace imaginar a Jack El Destripador,
con sus juegos macabros en Londres. Alcanzo la M-30. Fin
de la niebla. Infinitos charcos. El coche culea. Resulta
difícil controlarlo. En los túneles estaré
a salvo de la lluvia. Podré concentrarme en las últimas
y tristísimas palabras de la novela de Nabokov. Jeremy
Irons suena como si estuviese a punto de comenzar a llorar.
En ese momento, bajo el cauce del Manzanares, me escupe
la M-30. Vuelve a hacerlo metros después. Escupe.
Una serpiente despectiva e indignada. Un intestino deglutiendo
chapa y carne. El tercer escupitajo, a punto de salir ya
a Méndez Álvaro, es brutal. Cae sólido
y sucio sobre el parabrisas. Consigue sobresaltarme. Cuando
llego a casa enciendo la luz del pasillo y me asomo al cuarto
del niño. Duerme. Mi mujer también duerme.
Todos duermen y a mí acaba de escupirme una autopista.
Abro la ventana de mi despacho y, vengativo, escupo. Para
nada. Mi saliva se pierde en la lluvia. Sin la poética
de las lágrimas robóticas de Blade
Runner. La vida hoy y ahora es óscura,
húmeda y extraña. Pero no me molesta. Al contrario.
Soy raro. Me encanta.
“Duro no es quien
-simplemente- soporta su propio dolor. Duro es quien es
capaz, sin cinismo, de soportar el dolor que causa a quienes
quiere, por ser fiel a sí mismo” SOSIEGO (antilibro)
8 de marzo 2010
VIDA DE ESCRITOR /
LOS TIGRES PORTUGUESES
Es de lo más entretenido,
mi vida como escritor. Desayuno-como. Doy un paseo (a veces
cojo el coche y conduzco diez kilómetros para darme
el gusto de deambular por La Herrería, el campo que
hay al pie del Monasterio de El Escorial). Hago fotos a
las vacas, recojo ramitas para encender la chimenea. Escribo.
Meriendo-ceno. Doy otro paseo (a veces en compañía
de algún conocido o amigo). Vuelvo a casa y enciendo
la chimena. Escribo. Veo la tele un rato. No leo (con la
excepción de las obras de Baltasar Gracián
y Jesús Marchamalo). Escribo (en
mis cuadernitos personales). Me acuesto...
Claro que los miércoles y jueves bajo a Mad
Madrid desde mi cueva, y en la Villa y Corte
enseguida me contagia el ajetreo. Ceno con editores, amigos
del colegio transmutados en directores de cine o controladores
aéreos, almuerzo con poetas, voy a buscar al niño
al colegio, paso por la piscina, me entrevisto con gente,
o la gente se entrevista conmigo, acudo a antros puros e
impuros, visito las casas de mis colegas solteros... Y luego,
confieso, necesito de toda mi voluntad para regresar al
mundo que me invento y creo.
Nada demasiado interesante. Lo único quizá
digno de reseña es que ya he firmado los dos contratos
que harán que los dos tigres, las dos novelas protagonizadas
por Arturo Briz: Tigre
Manjatan y La
inutilidad de un beso, se publiquen en Portugal.
Cuando se escribe un libro -en general y según mi
experiencia- no se hace nada más. Como decía
Patricia Highsmith “se trata de un
proceso que, idealmente, sólo interrumpe el sueño”.
“To be small and to
stay small” ROBERT WALSER
“Más vale ausencia necesaria que presencia
precaria” JULIO CAMARERO
15 de marzo
AUSENCIAS
Mi
querido amigo Javier Vázquez Losada
presentaba el poemario con el que ganó el prestigioso
premio Blas de Otero el martes en la Casa de Asturias.
¿Y dónde estaba yo? Debería de haber
estado allí, escuchando a Jose Luis Merino
y Luis Alberto de Cuenca, que hacían
de embajadores del libro. Debería de haber estado
junto a Javier y leído ante el público uno
de sus poderosos poemas. Pero no. Estaba a cincuenta y cinco
kilómetros de Madrid, como de costumbre en las últimas
semanas, en el lugar que llamo “mi cueva”. Escribiendo.
Lo mismo sucederá con
otra amiga, de quien estoy muy orgulloso pues ha conseguido
publicar con Anagrama (por simple estadística para
un autor que no es ya de la casa publicar con
Anagrama es mucho más difícil que llegar a
ministro). Me refiero a Marta Sanz,
que hablará de su novela BLACK, BLACK, BLACK, el
viernes en la librería LA BUENA VIDA (la librería
de los Trueba). Ya me he leído, a pesar de que no
tengo tiempo y no leo, en absoluto leo, el primer capítulo
y me ha parecido buenísimo, mejor incluso que el
primer capítulo de ORDENO Y MANDO, de mi amada -porque
no la conozco, no sé si en persona inspirará
amor- Amélie Nothomb. Y entrambas
presentaciones, el jueves, Raúl Guerra Garrido,
a quien sí conozco pues coincidí con él
una vez en LAS NOCHES BLANCAS de Fernando Sánchez
Dragó, presentará en el maravilloso
marco que es el Café Hispano (Paseo de la Castellana
78), QUIEN SUEÑA NOVELA, obra con la que se ha llevado
el segundo premio -en cuantía económica, el
prestigio es discutible- de la provincia de Cádiz:
el Fernando Quiñones. El otro premio gaditano,
y dotado con seis mil euros más, es el Luis Berenguer;
lo sé porque lo gané una vez y he sido jurado
en la última edición. Intentaré acudir
a la presentación de QUIEN SUEÑA NOVELA, que
publica mi amiga Valeria Ciompi en su colección
Alianza Literaria del grupo Anaya. Intentaré, pero
no sé si lo conseguiré. Porque yo mismo estoy
“soñando novela”, y como escribió
Ford, Richard Ford, “los soñadores
tienen poco que aportarse los unos a los otros, cuando están
despiertos”.
Añoro -hoy estoy en Madrid, Mad Madrid, para mis
clases semanales- el fuego de la chimenea, los paseos por
el campo, la nada que me rodea, el silencio, la lejanía
del mundo... Añoro, en suma, la libertad del sueño
y me duele la esclavitud a la que nos fuerza la realidad
cuando estamos “despiertos”.