RICARDO y LUIS
Dramatis personae
Luis Luis II, rey de de Baviera
(Nymphemburg 1845 – Berg 1886)
Ricardo Ricardo Wagner, músico
(Leipzig 1813 – Venecia 1883)
Minna Minna Planer, Primera esposa de Ricardo
(Oederen 1809 – Dresde 1866)
Isabel Isabel, emperatriz de Austria-Hungría
(Munich 1837 – Ginebra 1898)
EL CABALLERO DEL CISNE
El palco real estaba apagado, el único
que lo estaba. Permanecía así siempre que los
reyes no asistían al teatro. Aquella noche estaban
en otras cosas. Maximiliano II en una de esas reuniones con
intelectuales y artistas helénicos a las que era tan
aficionado y en cuanto a María de Prusia… ella
no era una apasionada de la ópera, más bien
la detestaba. Sólo iba por protocolo cuando era estrictamente
necesario. En general no era aficionada a ninguna manifestación
artística. Luis pensaba que eso se debía a que
era protestante, no católica como él. No le
gustaba que no le acompañara a misa o que no comulgara
ni rezara ante el crucifijo, pero aún más le
apenaba no recordar ni un solo beso suyo en sus trece años
de vida. Siempre había mirado con envidia cómo
las mujeres de los caballerizos y los lacayos eran cariñosas
con sus hijos. A él, que era príncipe heredero
nadie lo besaba.
Luis estaba sentado en una butaca de platea. Uno de los ayudantes
de su padre lo acompañaba. A él sí le
gustaba la música. Su padre se había preocupado
de que tanto él como su hermano pequeño, Otón,
recibieran eso que podríamos llamar una educación
esmerada. Esos sí, no exenta de cierta austeridad.
Era la que por otra parte correspondía a los príncipes
de Baviera.
Se sentía observado por los demás. Toda la aristocracia
y la gente principal de Munich abarrotaba el teatro.
-¿Has visto qué guapo es el principito?
Sí, era guapo. Ojos oscuros, Rubio y con rizos suaves,
espigado, pero a él no le interesaba la gente en general.
Estaba deseando que aquel desfile de trajes, joyas y peinados
sofisticados se acabase y empezara la función de una
vez. También ansiaba que llegara la temporada de verano
y marcharse de aquella ciudad que nunca llegaría a
gustarle.
El telón estaba echado. Las luces atenuaron su intensidad
y entonces salió el maestro. La orquesta ya estaba
afinada. Sin embargo el público seguía hablando
o entrando y saliendo de los palcos. A pesar de eso la batuta
empezó lentamente a dirigir. Al principio el sonido
era casi inaudible. Sólo sonaban los violines, una
legión de violines contenidos, el volumen subía
poco a poco. Aquel preludio era de una evocación arrebatadora,
aunque Luis no sabía qué evocaba. Lo que sí
sabía es que nunca había oído una música
parecida en toda su vida. No podía entender cómo
el teatro no estaba en un silencio religioso ante lo que a
los pocos minutos de empezar ya le parecía un prodigio.
Antes de acabar el preludio el telón se levantó
y apareció un paisaje medieval. Había un río
y se veía una montaña coronada por un castillo.
La escena se llenó de gente, la historia comenzaba…
Apareció una princesa a la que se acusaba de haber
matado a su hermano para convertirse así en reina de
Brabante. Era Elsa, iba vestida con un vestido blanco, muy
sencillo. Una trenza larga y rubia adornaba su espalda.
Luis, que desde el primer momento la consideró inocente,
se extrañaba de que la joven princesa no mostrase ningún
miedo ante la furia justiciera que se le venía encima.
Enseguida comprendió por qué. Con un canto maravilloso
describió un sueño que había tenido.
Un caballero vendría a salvarla. Su acusador se burló
de ella y retó a ese hipotético caballero.
El rey de los alemanes hacía de juez y aceptó
que todo se dirimiera con una lucha entre caballeros y ordenó
a un heraldo que tocase la trompeta como llamada al defensor
de Elsa. La trompeta sonó. Luis, ansioso, esperaba
impaciente a ese misterioso caballero… nadie apareció.
Todo estaba perdido para la princesa. El rey, apenado por
ella, fue magnánimo y le dio una segunda oportunidad.
Con una seña ordenó al heraldo que hiciera otra
llamada. La trompeta volvió a sonar de una forma más
triste aún. Hubo un momento de silencio. Luis estaba
totalmente inmerso en aquella leyenda de una edad media oscura
y ancestral. Casi sin respiración miraba a un lado
y otro del escenario. El caballero no podía fallar.
El mismo silencio tenso invadió el teatro. Incluso
las damas más mundanas habían dejado de cuchichear…
Entonces ocurrió… el mismo mar de violines hipnotizadores
del preludio volvió a escucharse. Todos miraron al
extremo derecho del río. Un cisne blanco, majestuoso,
arrastraba una barca parecida a una gran concha marina. En
ella, más majestuoso aún, iba el caballero ansiado.
Cantaba una canción sublime con ecos largos y pausados.
Los brillos de su armadura iluminaban el escenario. El salvador
de Elsa había sido fiel a su llamada.
Luis reconoció enseguida aquella estampa. En el palacio
de su padre había un inmenso salón decorado
con todas aquellas imágenes legendarias… el cisne,
el caballero, Elsa.
Aquellos frescos nunca habían despertado su interés.
Ahora los miraría de otra manera. Intuía que
su vida a partir de la llegada del caballero sería
distinta y no se equivocaba. Una vez que su emoción
aminoró se dio cuenta de que ni siquiera sabía
qué estaba escuchando. Pidió el programa de
mano a su ayudante. Aunque había poca luz pudo leer
perfectamente la portada. Las letras eran muy grandes…
LOHENGRIN: ÓPERA EN TRES ACTOS.
AUTOR: RICARDO WAGNER.
AQUELLA COLINA
La diligencia era incómoda y los baches
del camino, después de tantas horas de viaje, eran
ya un martirio. Ricardo volvía de Bohemia. Quedaban
pocas jornadas para llegar a su destino, Nüremberg. Ricardo
viajaba con frecuencia y sin pereza por el centro de Europa.
Atardecía y, a pesar de ser otoño, el tiempo
era espléndido. Por la ventanilla entraba un aire templado
que ayudaba a que el ambiente dentro del carruaje no estuviera
muy cargado. Tras un recodo del camino apareció la
ciudad. A simple vista no era tan grande como Dresde o Leipzig,
pero tampoco era ni mucho menos un poblacho. El sol iluminaba
los edificios de ladrillo con tejados verdosos. Era sin duda
una vista bonita. Ricardo estaba deseando bajar y estirar
las piernas. A los diez minutos el cochero repartía
las maletas a los viajeros. Al igual que a los caballos se
le veía exhausto. La posada no era gran cosa, Ricardo
se apresuró a hablar con el posadero…
-Deme la mejor habitación que tenga.
-Tenemos una que es mejor que las otras, pero tendrá
que pagar más.
Ricardo puso cara casi de extrañeza, el dinero era
algo secundario. Al menos para él, aunque no lo tuviera.
Su expresión fue suficiente para que no hubiese ninguna
discusión respecto a lo pecuniario. A pesar de su juventud
tenía un porte que impresionaba. No era guapo, pero
sus ojos penetrantes y claros y sobre todo su aspecto decidido
y maduro hacía que lo tratasen como a un gran señor.
Iba vestido con ropas de buena calidad. Debido a sus constantes
irritaciones en la piel rechazaba las telas que no fueran
la seda u otras más lujosas.
Se inscribió en el libro de huéspedes. El posadero
miró la firma y con servilismo le dio instrucciones
para ocupar su habitación.
-Señor Wagner, suba la escalera. Es la segunda puerta
a la izquierda. Espero que todo esté a su gusto.
Ricardo no volvió a ocuparse de él. Ya había
cumplido su función. Subió a la habitación
y se aseó sin demasiado empeño. Pensó
en tumbarse en la cama y descansar un rato, pero aún
quedaba algo de luz y decidió hacer la visita que le
habían aconsejado. Al día siguiente la salida
sería muy temprano.
Salió a la calle y echó a andar sin un rumbo
definido. Encontraría lo que se proponía fácilmente,
aquellos no era muy grande. El aspecto de las calles y de
las casas mostraba cierta decadencia. Estaba claro que la
ciudad había conocido tiempos mejores. Había
algunos palacetes, pero su aspecto era decadente y descuidado.
Tampoco los habitantes tenían la presencia a la que
otras ciudades alemanas lo tenían acostumbrado. Sin
embargo algo que no habría sabido explicar le atraía
de aquella ciudad. Deambuló por las calles sintiéndose
a gusto. Era algo que no siempre le pasaba. A veces, sin saber
por qué las ciudades le resultaban antipáticas.
Aproximadamente a la hora de su paseo sin rumbo se dio de
bruces con su destino, el teatro de la ópera de la
condesa Guillermina. Un edificio rococó que era la
joya indiscutible de la ciudad y famoso en toda Alemania.
Aquel día no había ninguna representación.
Un hombrecillo estaba en la puerta como si aquello fuera su
casa. En realidad lo era, su trabajo y su vida consistían
en cuidar del teatro…
-Podría entrar a ver el teatro vengo de muy lejos sólo
para verlo, soy músico.
-Por supuesto, señor. La gente ya no se interesa por
estos teatros antiguos lo que debiera.
La fachada era armoniosa, pero tampoco nada del otro mundo.
El vigilante notó cierta decepción en Ricardo.
-Espere a verlo por dentro, señor…
Sacó una llave y abrió una de las puertas laterales.
Aquel cicerone humilde no se equivocaba. Ya dentro de la sala
Ricardo se quedó impresionado ante aquella decoración
exuberante donde los dorados y las pinturas recubrían
todo el espacio. Apolo y las nueve musas en el techo. Adornando
la parte superior del telón dos ángeles con
alas doradas sostenían un medallón inmenso y
recargado. Hacía casi cien años que se había
construido, pero sin duda era un buen sitio donde representar
las óperas que Ricardo estaba escribiendo. Soñaba
con ver las evoluciones de sus personajes por aquel escenario
exquisito.
Dio una propina generosa al hombrecillo y se marchó
maravillado.
Estaba anocheciendo, volvería a la posada. Al día
siguiente el viaje sería también cansado y tendría
que lidiar con el posadero para dejarle a deber todos los
gastos.
Cuando entró en su habitación después
de la mejor cena que pudieron prepararle se tumbó en
la cama. En ese momento se acordó de Minna, la joven
con la que pensaba casarse. En una posada parecida a aquella
era donde la había poseído por primera vez.
Se sentía atraído hacia otras mujeres, pero
tal vez Minna fuera la más bella de todas ellas. Era
dos años mayor que él y a sus veinticuatro años
estaba en su plenitud. Sin embargo Ricardo tenía sus
reticencias. Su mirada de aburrimiento mientras Ricardo le
hablaba de sus proyectos musicales nada tenía que ver
con la de él escudriñando un futuro lleno de
glorias artísticas. Era actriz, sin embargo sus aspiraciones
eran las de una burguesa rancia.
Dicen que Juan Sebastián Bach era plenamente consciente
de su genio extraordinario. Aún así no se atribuía
ningún mérito a sí mismo. Su espíritu
religioso atribuía su don a un regalo de Dios igual
que a otros concedía la belleza o cualquier otro tipo
de bondad. No era este el caso de Ricardo. Su pretendido genio
lo hacía a veces petulante y desde luego Minna se contaban
entre la mayoría de los que no reconocían la
genialidad de Ricardo.
Cuando intentaba transmitirle su entusiasmo por la novena
sinfonía de Beethoven, la sinfonía que contenía
“el secreto de todos los secretos”, Minna bostezaba.
Cuando le contaba sus noches febriles copiando la partitura
y descubriendo las audacias de la sinfonía que retaban
todas las enseñanzas clásicas que sus profesores
intentaron enseñarle Minna le cortaba relatando con
parsimonia alguna anécdota inane de la última
función en la que había actuado. Eso sí,
todas estas “deficiencias” las olvidaba Ricardo
cuando ella se le entregaba sin los remilgos de las otras
a las que cortejaba. A pesar de la inquietud que estas dudas
presagiaban Ricardo se quedó profundamente dormido…
Los baches aún no eran como cuchillos en la espalda
de Ricardo. El viaje acababa de comenzar y los caballos y
el cochero tenían un aspecto fresco. El músico
miró hacia atrás por última vez. Una
colina pelada coronaba el norte de la ciudad. Sería
literario decir que en aquel momento Ricardo presintió
que aquella colina sería con el tiempo la culminación
de su vida, pero eso sería mentir. Simplemente se fijó
en el cartel destartalado que anunciaba el nombre de la ciudad
que estaba abandonando…
BAYREUTH.
LA PRIMA ISABEL
El palacio de Berg estaba repleto de sitios
idílicos. De todos ellos aquél era el preferido
de ambos. Bueno, más bien era el lugar favorito de
ella y él adoptaba sus gustos con la fidelidad de un
perrito faldero. Adoraba todo lo que ella amaba. Sus visitas
eran una fiesta.
El abeto debía ser ya centenario y apoyados en el tronco,
bajo sus ramas, pasaban horas y horas. La vista del lago era
maravillosa y más en un día de primavera tan
soleado como aquél. Muchas veces apenas hablaban. El
mutismo despreocupado era entre ellos una seña de amistad,
de complicidad. Sin embargo aquella tarde la curiosidad del
adolescente era más apremiante que la comunión
silenciosa…
-¿Prima, qué es una aventurera?
El parentesco real entre Luis e Isabel no era exactamente
el de primos, pero era así como se trataban. Nunca
la llamaba por su nombre familiar, Sissí…
-¿Una aventurera, por qué lo preguntas?
-La institutriz me dijo que en nuestra familia las aventureras
siempre habían traído la desgracia.
-¿Eso te dijo? Es algo indiscreta ¿No?
A Isabel la invadió una sonrisa ilusionada. Lo de la
sonrisa era por lo inocente de la pregunta de Luis. Ya tenía
catorce años, ocho menos que ella. Era una edad suficiente
para saber lo que era una aventurera y cosas peores también,
pero Isabel sabía muy bien que los príncipes
eran seres aislados. En cuanto a la ilusión…
-Me cuenta muchas cosas. Me dijo que el abuelo Luis había
perdido el trono por culpa de una aventurera, tenía
un nombre muy raro…
-¡Ah! Era eso.
La sonrisa no se borró del todo, sin embargo la ilusión
desapareció por completo. Isabel era la emperatriz
de Austria y Hungría. Una emperatriz en absoluto “sui
géneris”, le habría encantado que aquella
institutriz francesa que embobaba a su primo se hubiera referido
a ella como aventurera y no a aquella mujer frívola
y aprovechada.
-Sí, tenía un nombre raro, al menos para nosotros.
Lola Montes. Era española o algo así. Volvió
loco a tu abuelo. Lo embrujó y humilló. Tuvo
que abdicar en tu padre… ¿Sabes lo que es abdicar?
-Sí, eso sí… cuéntame más
cosas de esa Lola.
-Lola era una bailarina que embrujaba a los hombres, los arrebataba.
Bailaba de una forma tan sensual que conseguía lo que
se proponía, palacetes, joyas, vestidos… al rey
Luis le sacó lo que quiso, hasta la hizo baronesa.
Eso no es tan raro, ha pasado siempre, pero Lola sobrepasó
los límites. La hipocresía de la corte es abominable
y tolera en público lo que luego critica en privado.
Sin embargo lo de aquella “aventurera” fue demasiado.
Una cosa es ser la amante del rey y otra es querer ser la
reina o exhibirse ante todos los estudiantes de Munich como
una auténtica ramera ¿Sabes lo que es una ramera?
Luis dudó por un momento…
-Sí, claro.
Isabel se echó a reír. A Luis le encantaba verla
así. Normalmente su gesto era adusto, como si una tristeza
congénita la acompañara desde que se levantaba
hasta que se acostaba.
-¿Sabes lo que es una ramera y no sabes lo que es una
aventurera? En fin, da igual. Tú también perderás
la cabeza por alguna de ellas cuando seas mayor.
Luis no creía eso. Nunca encontraría a ninguna
mujer como Isabel. Desde los quince años, antes de
casarse con el emperador, su belleza era ya legendaria. Es
verdad que era reservada, “rara”, según
la corte encorsetada de Viena. Que todo el mundo le reprochaba
a escondidas su comportamiento excéntrico, pero él
también era “raro”. Las extravagancias
de ambos aproximaban sus almas. Luis estaba profundamente
convencido de que estaba enamorado de la emperatriz y de que
aquel amor sería imposible durante toda la vida. Extrañamente
eso tranquilizaba su espíritu.
Isabel estaba abstraída. Miraba al horizonte. Al otro
lado estaba la casa de sus padres. En aquel palacio había
pasado su niñez, los únicos años felices
de su vida. Pero eso ya estaba lejos. Volvió a tomar
conciencia de la presencia de su primo
- Tiene razón tu institutriz, nuestra familia es así.
Todos los reyes y emperadores acaban igual y ¿por qué
no? Al fin y al cabo son hombres.
Luis no estaba de acuerdo con su prima. Los reyes eran reyes
por que Dios los había elegido. Sin embargo prefirió
no dar su opinión. Ambos volvieron al silencio plácido.
A los pocos minutos, nadando en el lago aparecieron dos visitantes
inesperados.
-¡Mira, prima, dos cisnes! ¿No crees que son
los animales más bonitos de la tierra? A veces me encantaría
ser un cisne.
-Yo preferiría ser una gaviota. Los cisnes son hermosos,
sí, pero viven en los lagos. La orilla contraria siempre
está cercana. Las gaviotas tienen todo el mar por delante.
En su horizonte no hay tierra. Pueden volar y volar sin tener
que llegar a ningún sitio. Son más libres. Nunca
se quedan en ningún sitio por mucho tiempo.
Luís defendió sus preferencias…
-Los cisnes son mágicos, a veces, traen a caballeros
que salvan a las damas inocentes. ¿Has visto Lohengrin?
-¿Lohengrin? ¡Ah! La ópera de ese tal
Wagner… No, es demasiado alemán. En Viena gustan
otras cosas.
-Es lo más bonito que he visto nunca. Trata de nuestras
leyendas.
A Isabel no le gustaban esas leyendas heroicas tan del gusto
de su patria. Creía en tan pocas cosas…
Sin embargo no quiso estropear la fascinación que veía
en los ojos de su primo y prefirió bromear…
-Prométeme que cuando yo esté en apuros llamarás
a tu cisne y vendrá un caballero desconocido que me
salvará.
Luis no contestó. Isabel lo había relegado a
ser el simple heraldo que avisaría al cisne cuando
el creía que lo iba a proponer elegir como caballero
salvador.
La tarde era hermosa, sólo empañada por sutiles
decepciones.
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