JAVIER PUEBLA

                     

AGUSTÍN LEJARRETA LOBO

Actualizado 2 de mayo. Error en el servidor la semana pasada, pero ya está, prácticamente completa la adolescencia de Guillermo.

En esta página la infancia completa de Guillermo, el personaje creado por Lejarreta Lobo. Intenso, sorprendente, y hasta deslumbrante. Me hace pensar en Sam Sheppard, aunque los primeros pasos del Guillermo adolescente le encantarían al mismísimo Raymond Carver.
Mayo 2011, Javier Puebla.


INFANCIA

El regalo
Al oír la palmada de la profesora Guillermo se levanto de un salto. No se acostumbraba a la rutina del colegio. Aquellas horas interminables sentado en el pupitre eran desquiciantes y absurdas.
De un manotazo metió sus cuadernos en la mochila y corriendo salió del colegio. Su madre siempre era puntual, y allí estaba con la portezuela del coche abierta. Entro y se abalanzó sobre ella para recibir su abrazo consolador.
. Ella arrancó el coche. Al escuchar la habitual pregunta: “hola cariño, ¿qué tal hoy el cole?” Guillermo percibió un tono triste en su voz. “Mama, no me gusta el colegio…” ella no contestó. Conducía concentrada al volante. Esa era una segunda anomalía en el comportamiento de su madre. La ausencia de palabras de ánimo, de que todo mejoraría cuando hiciese amigos.
Guillermo se sentía desconcertado. Su madre le miro un instante. Sus ojos tristes le cohibieron.
“Cariño, tienes que saber que tú padre y yo te queremos mucho. A veces los padres deciden no vivir juntos. Separarse un tiempo. Pero no vivir en la misma casa no significa que no quieran a sus hijos. ¿Me entiendes?
Guillermo asintió con la cabeza
“Tu padre, ya no va a vivir con nosotros. Ahora vive en otra casa, pero te sigue queriendo mucho y podrás verlo cuando quieras, siempre que quieras…”
Se produjo un silencio hueco. Ella se restregó con el reverso de la mano los ojos.
Guillermo no sabía que decir. Que papa no viviese ya en casa le produjo una sensación incomoda. Nada más. Nunca había sentido un lazo fuerte con su padre. Pero su madre era todo su mundo y verla tan triste le revolvió el estomago.
Llegaron a casa. Entraron los dos en silencio. Fueron directos a la cocina donde ella le preparó la merienda. Guillermo la miraba pero no volvió a decir nada. Impaciente, rompió el silencio.
“¿Estás triste porque papa ya no vive con nosotros?”
Ella le sonrió, pero en vez de contestarle le dijo que tenía una sorpresa para él. Salió de la
cocina y volvió con un paquete envuelto en papel de regalo.
Guillermo apartó la taza del colacao, y lo desenvolvió agitado. Era una caja con plastilina de colores acompañada de moldes con diferentes figuras.
“¿Te gusta?”
“Claro mamá”, contestó Guillermo. Eran las mismas plastilinas con las que jugaban en el colegio. Pero Guillermo no dijo nada para no entristecerla más.
“Voy a echarme un poco en el sofá, cariño” Volvió a sentir el beso cálido de su madre en la mejilla. Guillermo cogió una barrita y mientras hacia una bola con ella sintió crecer en él la rabia contra su padre que había dejado tan triste a su madre. Quería hacer algo para cambiar las cosas.
Moldeo la figura de un hombre con la plastilina y corrió al salón, donde su madre estaba tendida sobre el sofá.
“Ten mama, un papa para ti” y le dio el muñeco.
La madre se rió. Se incorporó en el sofá y estrecho entre sus brazos a Guillermo. El muñeco de plastilina, quedó aplastado en el abrazo.

 

El accidente
Guillermo detestaba el colegio. Se había introducido en su vida como una niebla grisácea y densa que le hastiaba por dentro y a la que tenía que enfrentarse todos los días. Sus paredes verdes le parecían mortecinas y sus “habitantes” lúgubres. Entrar en él, era entrar en un submundo de tedio.
Hoy tocaba soportar al Pototo, profesor de historia del arte. Entró en el aula con el proyector de diapositivas bajo el brazo. Al resto de los colegiales aquellas sesiones de diapositivas les gustaban, rompían la rutina de las clases, pero no era el caso de Guillermo.
Se bajaron las persianas. El Pototo, como siempre, colocó el proyector al lado del pupitre de Guillermo y comenzó el desfile de edificios, esculturas y pinturas inánimes sobre la pizarra…
El Pototo señalaba algún detalle moviendo la punta de su lápiz sobre el haz de luz y hablaba y hablaba de las excelencias de las imágenes. Guillermo se veía obligado a bajar la cabeza constantemente para no ser ensartado por la afilada punta del lápiz.
Como era frecuente el proyector se atascó. El Pototo sostuvo el lápiz con el puño esforzándose por quitar la diapositiva de la Venus de Milo . Salió disparada por los aires y al intentar atraparla al vuelo la punta del lápiz se clavó en la ceja de Guillermo.
Guillermo soltó un grito de dolor e instintivamente se llevó la mano al ojo.
-¡Subir las persianas!
El Pototo examinó la herida. “No es nada chaval, aprieta con el pañuelo”. Guillermo obedeció asustado. Sintió un leve sentimiento de aversión al pensar en el tiempo que aquel pañuelo llevaría en la chaqueta del Pototo. Éste le cogió en brazos y apresurado le llevó a la pequeña enfermería.
-Esto no es nada Guillermo
La sangre no paraba de manar de la ceja.
-Le van a tener que dar unos puntos Antonio, dijo el enfermero
Guillermo tendido sobre una mesa camilla quedó perplejo al escuchar el nombre del Pototo. Le produjo una curiosidad inesperada sobre su profesor.
-Avisa a sus padres. Yo le llevo al hospital
Entró el Director.
-¿Qué ha pasado Antonio?
-Se le ha clavado la punta del lápiz en la ceja. Me lo llevo al hospital
-Vuelve a clase. Ya le lleva el enfermero
-No, le llevo yo
Volvió a cogerle en volandas.
Los puntos le dolieron. Sorprendentemente su madre conversaba animada con el Pototo a la salida del hospital.
Un puente frágil se abrió para Guillermo entre su mundo y el colegio.

 

La Tormenta
El viento se arremolinaba en cada esquina y barría las calles con furia .La tarde se encogió cubriéndose bajo una oscuridad amenazante. La lluvia arreció. La tormenta se cernía sobre la ciudad.
Sobre una silla, con los brazos apoyados en la ventana de su cuarto, Guillermo contemplaba el cielo a la espera del Gran Manitú. El jinete negro que azotaría con sus rayos la tierra.
Los primeros truenos, aun lejanos, le anunciaban. Las cohortes de nubes, iluminadas por los relámpagos, plasmaban en el cielo un lienzo de ejércitos despiadados dispuestos a quebrar la tierra. Guillermo estaba entusiasmado.
Buscó al Jinete entre las nubes al tiempo que contaba los segundos que transcurrían entre el rayo y el trueno. El Gran Manitú solo se mostraba a los humanos en el cenit de la tormenta.
Rayos y truenos se sucedían implacables. Se bajo de la silla. Por la ventana abierta de par en par entraba la lluvia empapando la moqueta. Guillermo danzaba frenético girando sobre sí mismo.
Dos rayos sucesivos se cruzaron en el cielo. Los truenos fueron formidables. El Gran Manitú se erguía sobre la ciudad. Rápido se alzó de nuevo sobre la silla y miró al cielo. Las nubes formaban una masa desafiante. Dibujándose entre ellas, el Gran Manitú. Su figura gigantesca blandía el hacha con la que sesgaba el espacio. La otra sostenía por las crines al encabritado caballo sobre el que galopaba.
Guillermo lo miró extasiado. Toda la ira del Gran Manitú golpeando a los pobres humanos cobijados en sus casas. Era un combate apocalíptico del que siempre era testigo. Un combate que irremediablemente perdía su héroe por culpa del tiempo que, imperturbable, se limitaba a verlo desvanecerse.
El viento se calmó. Los truenos fueron espaciándose. La tormenta cesaba. La figura del Gran Manitú se desdibujaba lentamente en el cielo.
Apenas había durado unos minutos la gloria del Jinete negro. Una vez más la tormenta era barrida por el tiempo. “Nada detiene al tiempo” pensó resignado Guillermo.
Empapado cerró la ventana.

 

El metro
-Mañana por la tarde vamos de compras Guillermo
Fueron las últimas palabras de su madre antes de arroparle en la cama y el comienzo de la inquietud de Guillermo. Ir de compras implicaba trasladarse al centro de la ciudad en metro.
Aquella noche tuvo una de sus pesadillas recurrentes. Sólo en el andén, sintiendo la presión invisible de una multitud de cuerpos a su alrededor. Al llegar el metro con un ruido destartalado y abrirse las puertas, se encarnaban en seres de aspecto cadavérico. Guillermo despertó sudando.
De la mano de su madre se encaminó enervado hacia la boca del metro. Al abrirse las puertas del mismo examinó detenidamente a media docena de viajeros sospechosos: la figura de un hombre con muletas cojeando, la pareja de ancianos cuchicheantes, la chica concentrada en un libro de portadas rojas, el extranjero repasando mil veces su plano…; todos ellos sufrían la misma metamorfosis al entrar en el vagón. La dura luz tubular les despojaba de su cotidiana humanidad para transformarles en seres de semblante blanquecino y demacrado que esquivaban mirarse como conscientes de la mutua desnudez.
No consiguieron asiento, lo que colocaba a Guillermo en una posición aun más incómoda.
“ Zombies” pensó, “estoy rodeado de zombies”. Una voz se alzó sobre el traqueteo del metro:
- Acabo de salir de la cárcel. No quiero volver a robar. Prefiero pedirles educadamente para poder comer. Les agradezco todo lo que me puedan dar. No quiero volver a usar la fuerza.
Los latidos del corazón de Guillermo se aceleraron. Estaban atrapados. Aquel hombre iba a por ellos. Los zombies no parecían percatarse de la situación. No se escucharon gritos pidiendo auxilio ni ningún tipo de altercado. “Todos están conchabados”, pensó Guillermo.
Volvió a escuchar el mismo vozarrón amenazante pero esta vez más cerca. Guillermo tiró del vestido de su madre y con la garganta seca le pidió que le diese dinero a aquel hombre.
- ¿Cómo dices hijo?
- ¡Dale dinero, Mamá! ¡dale dinero!
- Pero hijo…
El mendigo se les acercó haciendo sonar la calderilla que llevaba en un vaso de plástico. La madre de Guillermo miró hacia otro lado.
Guillermo desesperado lanzó una mirada de auxilio al resto de los pasajeros, pero ninguno le devolvió la mirada. Definitivamente se trataba de una encerrona.
-¡Que le des dinero Mamá, que nos mata!
Todo el vagón giró la cabeza hacia ellos. Se escucharon unas risitas. La madre se sonrojó y nerviosa depositó un euro en el vaso . Las puertas se abrieron. Bajaron. La madre abochornada, Guillermo aliviado.

La Frustración
La caldera no funcionaba. Sus quejas no le sirvieron de nada. Tenía que ducharse hubiera o no hubiera agua caliente. Guillermo había jurado mil veces a su madre que estaba limpio, que bastaba con mojarse un poco el pelo. Pero su madre se mostró inflexible. No iba a ir al colegio sin ducharse.
Durante el trayecto al colegio se mantuvo en silencio y al llegar se despidió de ella con un beso fugaz.
Se sentó en su pupitre. El profesor de historia anunció un examen sorpresa. Guillermo no había estudiado nada. Mientras el profesor repartía los exámenes, miró nervioso a los compañeros que tenía en derredor. La ayuda no llegó. Solo Jaime, sentado delante de él, podría soplarle las respuestas. Pero no lo hizo. Guillermo se paso el examen tocándole en la espalda con la punta del bolígrafo, sin lograr que Jaime se diera la vuelta una sola vez. El examen fue un desastre.
En el recreo se encaró con él. “No podía darme la vuelta” fue su explicación. Guillermo le recordó las veces que él le había ayudado. Jaime se encogió de hombros. “si no quieres entenderlo es tú problema”.
Al terminar las clases y subir al coche su madre le pregunto si estaba de mejor humor. Guillermo no contesto. “cuando lleguemos a casa cámbiate rápido que viene la tía Laura de visita. “ Guillermo no soportaba a la tía Laura.
Se sentó en una esquina del sofá y durante una hora estuvo aguantando la cháchara de su tía. Su madre le miraba severamente. Hizo un esfuerzo grande para sonreír cuando la tía Laura le dio el beso de despedida.
Se encerró en su cuarto. Encendió el ordenador. No había conexión a internet. Entró su madre. Aguanto impertérrito su discurso sobre la gentileza que se debía a las visitas. Al salir dijo “Ah, mañana vienen a cambiar la caldera”. La perspectiva de otra ducha fría le dibujo un rictus en los labios.
El ordenador seguía sin funcionar. Lo apagó y lo encendió varias veces. Finalmente el ordenador enmudeció definitivamente. Guillermo dio una patada contra la pared. El espejo que la adornaba se estrelló contra el suelo. Su madre volvió a entrar.
Dieron las nueve. La hora de la cena. Había coliflor. Una araña se paseaba por el suelo de la cocina. Guillermo la persiguió con la mirada. Al recoger los platos, la aplastó. Una gratificante sensación de poder se apoderó de él.

La cometa
La explanada del parque estaba muy concurrida. Como todos los años la concentración de cometas estaba siendo un éxito. Padres y niños la invadían y el cielo estaba cubierto de cometas con un sinfín de formas que atravesaban el cielo en todos los ángulos.
Guillermo sacó con cuidado la suya del asiento de atrás del coche. Tenía la forma de un pájaro con los colores del arco iris en las alas desplegadas. Guillermo adoraba hacerla volar.
Cogiéndola por el cordel corrió por la explanada, arrojándola al aire al tiempo que con poco éxito intentaba esquivar a otros niños. Su madre le observaba desde el borde del terreno. La cometa subió unos metros indecisa para de nuevo descender y rozar el suelo.
Un golpe de viento la alzó a una altura considerable. Guillermo miró a su madre sonriendo. Un hombre se había acercado a ella y hablaban animadamente. Guillermo soltó más cordel. La cometa subió hasta alcanzar la altura de las más osadas. Volvió a mirar a su madre que ahora le saludó desde la lejanía.
Su cometa se recortaba altiva sobre el cielo. Suavemente surcaba el espacio entre el resto de las cometas, con ligeros movimientos de muñeca Guillermo la hacía girar y dibujar espirales. Una gratificante sensación de control y poder se adueño de él. Estaba disfrutando.
De súbito el viento cambió de dirección y la cometa comenzó a caer haciendo extrañas figuras. Guillermo recogió con rapidez el cordel pero la cometa descendió rebotando contra el suelo varias veces antes de quedar inerte a sus pies. La recogió con impotencia. Una de las varillas se había quebrado.
Caminó desilusionado hasta su madre. “Vaya. No te preocupes hijo. Mañana te compro otra”. Le dijo dándole un beso en la mejilla. El hombre que le acompañaba le revolvió el pelo con una mano y le preguntó si quería volar la de su hijo. Guillermo se encogió de hombros. Su madre le dio las gracias.
El hombre llamó a su hijo. Que retrocediendo despacio para no perder de vista su cometa se acercó a ellos. Era una cometa muy sofisticada. Con forma de cohete y dos carretes en vez de uno. Se la pasó a Guillermo dándole mil instrucciones de cómo tenía que manejarla; hecho que irritó a Guillermo.
La sostuvo con desgana. Aquel niño le pareció el ser más odioso que había conocido. A los pocos segundos se la devolvió. “Mira por dónde has hecho un amigo” le dijo su madre para animarle. Guillermo asintió con la cabeza.

El astronauta
La rutina de las clases se había roto al interrumpirlas el director para realizar un test sorpresa sobre actitud. Al final del mismo los alumnos tenían que escribir que profesión les gustaría tener en el futuro. Guillermo estaba en blanco.
El futuro era algo muy lejano para él. Le bastaba el presente para ser feliz, pero era un imperativo rellenar aquel test y sin mucho convencimiento escribió “astronauta”.
De vuelta a casa la idea de ser astronauta no dejaba de darle vueltas a la cabeza. Viajar por el espacio, visitar otros mundos y, de regreso a la tierra, ser recibido como un héroe, no parecía una mala perspectiva.
Había oído hablar de la ingravidez. Flotar en el aire, poder tocar el techo. Rebotar en las paredes. Todo parecía muy sugestivo. Se imagino a sí mismo como un globo elevándose desde el suelo hacia el cielo en busca de planetas desconocidos. La idea de ser astronauta se iba apoderando de él con un entusiasmo creciente.
Se lo contó a su madre por la tarde, mientras merendaba. Su madre rememoró con nostalgia cómo había visto de joven por la televisión el aterrizaje del hombre en la luna y lo emocionada que estaba. Luego le contó que sobre la tierra más allá de la atmosfera había una base donde vivían los astronautas.
Guillermo le preguntó qué hacían allí. “hacen experimentos que no se pueden hacer en la tierra” contestó su madre.
Guillermo quería saber más. Cogió la voluminosa enciclopedia y busco “astronauta”. El artículo era muy extenso y estaba ilustrado con fotografías sobre los diferentes hitos espaciales. Leyó lo que le había contado su madre sobre el aterrizaje en la luna.
También vio fotografías del interior de la base espacial: cuatro hombrecitos apretujados en un estrecho espacio sonriendo. Aquellas sonrisas le parecieron muy forzadas.
Había una serie de fotos consecutivas sobre la explosión de un cohete al despegar. Todos sus tripulantes habían perecido…
El entusiasmo sobre su profesión futura disminuyó drásticamente.
Al día siguiente en la primera clase levantó insistencia la mano. El profesor le preguntó qué quería, Guillermo con la urgencia dibujada en sus ojos, le pidió ir a ver al director. El profesor le dio permiso. Nada más entrar en su despacho Guillermo le espetó que no quería ser astronauta.

El cine
Su madre le anunció que aquella tarde irían al cine pero añadió que les acompañaría Raúl. La idea le pareció una intrusión en una práctica que hasta entonces había sido exclusiva de los dos. Guillermo no parpadeó al escucharla, pero sintió una ligera sensación de traición porque fuera con ellos Raúl.
Irían en el coche de él. Aquello empeoraba la situación. Había algo de subordinación en que no condujese su madre. No conocía en absoluto a Raúl. Se sintió muy incomodo.
Raúl llego puntual. Su madre se sentó a su lado y él en la parte de atrás. Se sintió postergado en su asiento trasero. Lo observó .Era alto y delgado y tenía una incipiente calvicie que avanzaba lentamente desde su coronilla. La presentación fue breve. A Guillermo no le cayó bien.
Permaneció callado durante el trayecto mientras su madre no cesaba de hablar con él y sonreírle.
Al llegar al cine Raúl se ofreció a hacer cola para sacar las entradas. Guillermo junto a su madre le miraba avanzar en silencio. “Estas muy callado “le dijo con cierto nerviosismo. “¿Te vas a casar con él?” replicó Guillermo. “Es un amigo muy especial, solo eso Guillermo” contestó su madre.
Raúl se acercó radiante con las entradas en la mano. Para sorpresa de Guillermo cogió a su madre de la mano para entrar al cine. Ella hizo ademán de coger con su mano libre a Guillermo. Guillermo rechazó el ofrecimiento con un gesto violento. “Tengamos la fiesta en paz” le espetó enfadada.
Se sentaron en sus butacas. Ella en el centro. La película transcurría rápida y anodina. Guillermo estaba más pendiente de los cuchicheos constantes entre su madre y Raúl que de lo que ocurría en la pantalla.
De nuevo se sintió postergado a un segundo plano. Una situación novedosa para él. Su rabia iba en aumento. Comenzó a moverse nervioso en su asiento. “Pero, ¿qué te pasa?” murmuró su madre. “nada” contestó Guillermo. “Pues estate quieto estas molestando a los demás”. Aquella última frase sacó le saco de quicio. Intentó relajarse concentrándose en la película.
Miró con disimulo a Raúl, tenía la mano de ella cogida entre las suyas. Aquello era más de lo que podía soportar, se levantó del asiento y salió golpeándose con las rodillas de los espectadores.
Nervioso y enfurecido estuvo esperando a que saliese su madre a buscarle, pero pasaban los minutos y no aparecía.
Volvió a entrar. Tanteando y a trompicones encontró su asiento. Ella le miró un instante, pero no dijo nada. Guillermo se sintió hundido.

El reflejo
Guillermo preparaba el examen de historia en su cuarto. Subrayaba el libro y alzaba la cabeza esforzándose por retener lo leído. Cada vez que lo hacía veía su rostro concentrado en el reflejo de la ventana.
Los rasgos que contemplaba se le antojaban diferentes a los suyos. Esta impresión le fue alejando de los estudios hasta quedarse fijamente mirándose en la ventana. Le cautivaba ese fenómeno. Hacía muecas siniestras y observaba como se transfiguraba su rostro en alguien distinto.
Ese ser era orgulloso y altivo. Alguien que por supuesto no perdería el tiempo en estudiar un examen de historia. Alguien que tenía mejores cosas que hacer.
Guillermo cerró el libro. Se levantó y con firmeza salió del cuarto. Entró en el salón donde su madre leía escuchando música. Guillermo con pasos firmes se acercó a la minicadena y bajó el volumen de la música.
“Pero ¿qué haces?, hijo” le preguntó su madre.
“Estaba muy alta y no me gusta” contestó Guillermo dándole a su voz un deje de superioridad.
“Déjala como estaba, antes de que me enfade” replicó su madre
Guillermo dudó unos segundos.
“La dejo porque no quiero discutir” y salió muy erguido del salón.
Fue hasta el vestíbulo donde su madre colgaba el bolso. Buscó el paquete de cigarrillos, cogió uno y dejando la puerta entreabierta salió a la entrada de su casa, donde lo encendió. Al dar la primera calada tuvo un acceso de tos. Sintió asco y lo apagó.
Algo mareado volvió a entrar en la casa. En la cocina abrió la nevera y cogió una cerveza. “Bebida para hombres” pensó mientras daba un largo trago. El sabor de la cerveza le supo amargo. El malestar se apodero de todo su cuerpo. Tambaleándose fue de nuevo a su cuarto. Su fortaleza iba debilitándose. El mareo aumentaba así como el malestar en el estomago.
Momentos después estaba vomitando en el baño. Torpemente y con el orgullo herido se volvió a sentar en la mesa de estudio. Miró a su reflejo que le devolvió un rostro demacrado y pálido del que había desaparecido toda la energía.
Guillermo apagó el flexo y se tumbó en la cama. Todo le daba vueltas.

El tocón

La sorpresa fue mayúscula. Su madre había decidido cambiar de casa. Se lo dijo el sábado por la mañana, en pleno desayuno. Fueron a ver la nueva casa ese mismo sábado, por la tarde. A Guillermo le gustó. Era grande, había mucha luz y lo que era fundamental: su habitación sería mucho más amplia. Podía colocarse en el centro de ella y andar sin tropezarse con las paredes a los cuatro segundos.

El día de la mudanza comenzaron los problemas. Su madre, a la misma hora del desayuno, le comentó como distraída que no podía llevarse a la nueva casa el tocón. Guillermo no dijo nada pero cuando llegaron los transportistas se encerró en su habitación y se ató a su tocón.

Fueron vaciando la habitación hasta que quedó desnuda. Solo Guillermo permanecía en ella atado a su tocón con los dientes apretados y desafiante.

Aquel tocón lo había arrancado de la tierra en el jardín de su padre hacía unas semanas. Habían cortado las raíces con un hacha y él le había quitado con mucha paciencia toda la corteza. La misma paciencia con la que su padre había logrado convencer a su madre para lograr que le permitiera llevárselo a casa

Su madre no lo soportaba porque de vez en cuando, muy de tarde en tarde, salían, de entre las hendiduras del tocón, insectos. A Guillermo sin embargo aquellas inesperadas apariciones le fascinaban. Observaba el recorrido del insecto y pensaba en el desconcierto del mismo al verse en otro lugar tan distinto al salir del tronco.

Su madre entró en la habitación. Le dijo que le daba cinco minutos para que se librase de él. Guillermo enfurruñado se desató. Salió de la habitación arrastrando el tocón.

Ya en el pasillo se rebeló contra la orden de su madre. Y volvió a atarse. Ahora interrumpía, en el pasillo, el ir y venir de los transportistas con los muebles.
Su madre le cogió de brazo y le repitió que se olvidase del tocón.

Guillermo decidió que era el momento de tomar medidas más drásticas. Si su madre no quería el tocón tampoco le tendría a él. Salió a la calle tirando del tocón por la cuerda y comenzó a alejarse por la acera. Al roce con el asfalto el tocón fue desgajándose.

Cuando su madre se percató de su huida lo trajo de nuevo de vuelta.
Nerviosa cogió el tocón desecho y lo tiró en la escombrera desmenuzándose en trozos.

Los transportistas acabaron por vaciar la casa. Guillermo llevaba un pedazo del tocón en el bolsillo.

La pareja

La cafetería estaba poco concurrida. Guillermo saboreaba un chocolate con churros mientras su madre se bebia un café. Entró una pareja que se sentó en la mesa de enfrente. Guillermo se les quedó mirando. Parecían muy animados. Reían y conversaban sin parar. De pronto el chico la atrajo hacia sí besándola en la boca.
La curiosidad de Guillermo se acrecentó. El empezó a acariciarla por debajo del jersey.
“Se besan mucho y se tocan “le comentó a su madre.
“Eso es porque se quieren, pero no deberían hacerlo en público, no es correcto” contestó su madre.
“Por qué” preguntó intrigado Guillermo.
“Porque está mal hijo. Anda no les mires”
El camarero se acercó a la pareja y les dijo algo.
“¿Hacías eso con papa?” Volvió a preguntar Guillermo.
La madre le miró con un deje de tristeza en los ojos.
“A veces, hijo”.
La pareja discutía con el camarero. Finalmente, enfadados, se levantaron y se fueron
“Mira mamá, se van”.
“Mejor” fue la escueta contestación de su madre.
Guillermo tenía mil preguntas rondándole la cabeza. Pero prefirió callarse. No era un tema del que su madre pareciese querer hablar.
Al llegar a casa. En vez de subir a su cuarto, Guillermo se sentó junto a su madre en el sofá.
En la televisión ponían una película bélica. Su madre ojeaba una revista. Guillermo cogió un almohadón y comenzó a abrazarlo y a besuquearlo, mientras se reía. Su excitación iba en aumento. Introducía con furor la lengua entre las costuras del cojín. Parecía fuera de sí.
“Pero ¿qué haces, hijo?” exclamó su madre sorprendida
“Pues lo que hacía papá” contestó Guillermo entre risas.
“Pero tú no eres papá. Eso solo lo hacen los mayores. Además vas a destrozar el cojín. Estate quieto”
Guillermo ofendido se levantó del sofá. En su cuarto encendió el ordenador y tecleó en el buscador: “qué hacen a solas los padres”. Le salieron varios enlaces. Guillermo pinchó con el ratón en el primero.

ADOLESCENCIA


El Bonzo

La cita con Laura era a las siete en la boca del metro. Guillermo llegó a las seis y media. Aun le parecía increíble que hubiese aceptado tan rápido quedar con él. Estuvo devanándose los sesos pensando dónde ir con ella. Quería que fuese un lugar poco concurrido, donde poder hablar y llegado el caso, besarla.
Laura llegó a las siete pasadas. Le besó en la mejilla y le dijo que irían al Bonzo. Los planes de Guillermo se disolvieron. Al Bonzo iban la mayoría de los alumnos del instituto. Allí sería imposible tener intimidad con Laura.
Al llegar la música retumbaba en el local. El Bonzo era una simbiosis entre bar y discoteca.
Nadie estaba bailando, medio instituto se distribuía entre la barra y las mesas. Guillermo iba a preguntar a Laura qué quería tomar, pero ella, lanzando un gritito de alegría corrió hacia una mesa, donde estaban sus amigas, dejándole con la palabra en la boca.
Cabreado se sentó con Juan y Álvaro. Intentaba digerir lo que había ocurrido. Se sintió manipulado. Solo había sido un acompañante. Nada más. Se esfumaron sus sueños de una velada romántica.
Juan y Álvaro le tomaron el pelo. Guillermo bebió su cerveza sin dejar de observar a Laura que se había levantado y hablaba con Carlos en la barra. Carlos era el “figura” del instituto. Estaban muy juntos. Casi pegados.
Álvaro comento que llevaba una “china” en el bolsillo. Guillermo no lo tenía claro, le sentaba muy mal el hachís, pero salió con ellos por dejar de ver a Laura.
Juan intentaba consolarle mientras que Guillermo daba rabiosas caladas al canuto. Volvió a entrar completamente colocado. Laura bailaba con Carlos. Guillermo se puso a bailar mareado, dando tumbos de un lado a otro. El mareo aumentó y se cayó al suelo. Laura se le acercó y se agachó junto a él. Guillermo sin poder evitarlo vomitó sobre su blusa. Laura se apartó asqueada. Guillermo reía tumbado en el centro de la pista.


El hotel

Guillermo la esperaba impaciente en la cafetería. Begoña apareció con un pequeño maletín. Se tomaron una cerveza y entraron en el hotel con decisión. “Una habitación por favor” .Le pidieron el carnet de identidad que Guillermo sacó resuelto. Escrudiñó el rostro del gerente pero no percibió ningún gesto de sorna. “Habitación 220”.Guillermo cogió la llave y con una naturalidad algo forzada se dirigió con Begoña al ascensor.
La habitación era pequeña: cama doble, pequeña mesa redonda con dos sillas, minibar, y el baño. Begoña se tendió de un salto en la cama. “tenias que haberla pedido para fumadores” comentó. “Tienes la terraza” contestó Guillermo.
Se tumbo a su lado. La besó en los labios. “Hay mucha luz” dijo Begoña. Se levantó y extendió las cortinas de la terraza. La habitación quedó a oscuras. Volvió junto a ella. Empezó de nuevo a besarla. “Tengo que ir al baño” Guillermo suspiró mientras Begoña entraba en el baño.
Mientras la esperaba se quitó la camisa y los pantalones. Al volver, Begoña se rió. “Pues sí que vas rápido” Guillermo empezaba a exasperarse. Esta vez Begoña se tumbó encima de él. Mientras se besaban Guillermo hacía esfuerzos por desabotonarla la blusa. Ella se restregaba sobre él con tanta fuerza que le asfixiaba. Un botón salió disparado. Begoña se incorporó. “Me has roto la blusa”. Volvió a levantarse.
Guillermo encendió la luz de la mesilla. Begoña se miró la blusa estrujada con disgusto. “Tienes que ir más despacio. Necesito fumar” Salió a la terraza. Guillermo se acerco y la abrazó por detrás besándola en el cuello. “Pero ponte los pantalones, aquí nos ve todo el mundo. Además hay que encontrar el botón”. Guillermo hizo caso omiso y siguió besándola pegado a su espalda. “De verdad, estate quieto”. Le aparto con cierta brusquedad.
Ambos se pusieron a buscar el botón. Por fin apareció debajo de la mesilla. Volvieron a cerrar la terraza. Begoña se quitó la blusa y con cuidado la dejó sobre una de las sillas. De nuevo se tumbaron en la cama. Ahora Guillermo batallaba con el sujetador de Begoña. “Pero que torpe eres” le dijo. De rodillas, sobre él, Begoña se quitó el sujetador.
Guillermo la cogió por la cintura e incorporándose un poco hundió el rostro en sus senos. “Pon el hilo musical” susurró Begoña. “Aquí no hay hilo musical” respondió algo irritado Guillermo. “Bueno, bueno, ¿a qué viene ese tono ahora?” Begoña se apartó. “podías haber buscado un hotel algo más completito”.
Begoña estaba de rodillas a su lado con aire enfurruñado. Guillermo acercó su mano a la cremallera de la falda de cuero y empezó a bajarla con suavidad. La cremallera se atascó. “¡estate quieto. Vas a romperme también la falda!”
Guillermo se levantó y empezó a vestirse. “¿Qué haces ahora?” exclamó Begoña. Guillermo sin contestar salió de la habitación dando un portazo.

El instituto

El día amaneció nublado. A pesar de la insistencia de su madre, Guillermo no quiso ir al instituto con paraguas. Era su primer día de clase y no estaba dispuesto a aparecer con un paraguas.
Al salir de casa estaba lloviendo, arrimado a las paredes llegó hasta la parada del autobús. Se bajo en la tercera parada. Tenía el instituto en frente. Impasible ante la lluvia camino hacia la puerta despacio. Al acercarse observó que la mayoría iban con capuchas.
Entró en el edificio. La riada de alumnos y el bullicio le pusieron nervioso. Le costó encontrar su aula. Al hacerlo, se sentó velozmente en las primeras filas. La chica sentada a su izquierda le dijo que aquella plaza estaba ocupada. Conteniendo los nervios se levantó y miró hacia atrás. Las hileras de pupitres eran ocupadas con rapidez. Se fue hacia ellas y se sentó de nuevo en una esquina. A su derecha dos alumnos hablaban animadamente.
Guillermo pensó que se lo estaba montando muy mal. Entró el profesor. Las conversaciones no cesaron. El profesor dio un par de palmadas. Las voces cedieron un poco. Al sacar de la mochila su cuaderno se le cayó al suelo. Un compañero de la fila de atrás se lo entregó. Guillermo, dándose la vuelta, le dio las gracias. Fueron sus primeras palabras desde que entró en el aula.
La clase empezó. La voz del profesor era clara y potente. Se hizo el silencio entre los alumnos. Guillermo alternaba su mirada entre el profesor y sus compañeros. Vio dos chicas guapas.
Al acabar la clase se reanudaron las conversaciones en el aula. Había como una urgencia en tomar contacto con los demás. Guillermo temiendo quedarse atrás se volvió hacia el chico que le había entregado el cuaderno. “Parece un plasta el profesor de historia “le comentó. “Pues no sé, me ha parecido un buen tipo” le contestó. Guillermo se giró. Lo intentó con el chico sentado a su derecha, pero este estaba enzarzado en una conversación interminable con otro.
Guillermo sintió que todas las alertas se activaban. Tenía detrás a un “friki” y a su derecha a dos tíos congeniando entre sí. Tenso se quedo mirando de frente esperando la segunda clase. Al terminar esta y sin pensárselo tocó en el hombro a la chica sentada delante de él y le lanzó una retahíla de palabras. La chica le sonrió “despacio que no te entiendo. Hola me llamo Laura”
Guillermo suspiro aliviado.

El parque

En el Bonzo había poco ambiente. Al menos no el suficiente para Guillermo y sus dos amigos. Los exámenes estaban cerca y se notaba en las mesas vacías. Se sentaron y pidieron tres cervezas. Alejandro se resistió a salir aquella tarde, quería estudiar, pero Guillermo y Álvaro le convencieron.
Pidieron al camarero que pusiera su música favorita del grupo “los Amebas” y se enzarzaron en una discusión sobre quién era la chica más fácil del Instituto. Se sentían a sus anchas, dueños del local. Las cervezas iban amontonándose sobre la mesa. La conversación derivó hacia el futuro. Se hicieron la promesa de no llegar a los treinta. Todo había que hacerlo antes de aquella edad provecta.
Borrachos salieron del Bonzo sin dirección determinada. Deambulaban por las calles clavando su mirada desafiante en todos los peatones con que se cruzaban. La ciudad no era sino un enorme habitáculo donde vegetaban una multitud de almas avejentadas y resignadas. Ellos nunca serían así.
Dejaron atrás las calles familiares para adentrarse en los barrios más inhóspitos. Llegaron hasta un parque destartalado donde a pleno pulmón cantaron el último éxito de “Los Amebas”. Había anochecido y el parque se llenó de sombras. Alejandro encendió un canuto.
De entre las sombras surgió una figura menuda que se les quedó mirando.
“Y tú enano, ¿de dónde sales?” le dijo Alejandro entre risas.
“¡Eh, tíos, ¿sabéis lo que me ha llamado este gilipollas?!”
De pronto se vieron rodeados por una banda de cabezas rapadas. Los tres enmudecieron en el acto. El bajito se acercó a Alejandro y de un bofetón le tiró el canuto al suelo. Guillermo sin inmutarse recogió el canuto y se lo colocó de nuevo entre los labios a un Alejandro paralizado. En un instante se abalanzaron sobre ellos. Apenas se defendieron. Las patadas y los golpes se sucedían interminables.
Al alejarse la banda, permanecieron tendidos en el suelo. Tres bultos vapuleados gimiendo en la oscuridad. Poco a poco se incorporaron.
“¿Nos vamos a casa?” balbuceó Guillermo.

Hospital

Estaban en carnavales. Las calles de la ciudad bullían de gente. No fue sencillo llegar al hospital. Su madre le advirtió de la gravedad de la situación. Su tía se estaba muriendo. Llevaba meses hospitalizada. Guillermo estaba acostumbrado a esas visitas pero esta era diferente. Se trataba de una despedida.
Su tía, inconsciente, se revolvía en la cama. La muerte la sacudía entre las sabanas en una agonía incesante. En la otra cama una anciana escuchaba con desapego los comentarios de sus familiares. No había enfermeras, ni médicos.
A Guillermo le llamó la atención el contraste entre la alegría que se respiraba en los pasillos del hospital y la solitaria lucha de su tía en la habitación. Miró al grupo que rodeaba la cama de la anciana. Bromeaban e intentaban hacerla partícipe de sus bromas, ajenos al drama.
Su madre puso la mano en la frente sudorosa. “Voy a buscar un médico” le dijo. Guillermo se quedó a solas con ella. Su cabeza se ladeaba de un lado a otro con brusquedad, como si estuviera sumergida en una pesadilla de la que no era capaz de despertar.
Nunca se había sentido cercano a ella. Verla sufrir de aquella manera le incomodaba. Era como asistir a una escena privada. El carnaval se filtraba con su euforia en la habitación. Llegaban hasta él el rumor de la música y de las risas. Tenía algo de grotesco aquella intrusión. Algo de cruel. De burla.
Se sentó a la cabecera de la cama. No sabía bien cómo reaccionar. Si hablarle, si cogerla de la mano. Se limitó a observarla. Poco a poco fue calmándose. Ya no jadeaba y había dejado de revolverse. De algún modo Guillermo supo que era consciente de su presencia. Quiso hablarle. No pudo.
Su respiración fue haciéndose más lenta y acompasada. Su madre no regresaba. Se inquietó. Era obvio que su tía había dejado de luchar. Se rendía. La familia de la anciana se despedía. Pasaron junto a él mirando de reojo a su tía. Guillermo les odió. La anciana le miró. “Debes apretar ese botón para avisar al médico. Se está muriendo”. Guillermo no contestó.
Su tía parecía tranquila, sosegada. El compás de la respiración cada vez más espaciado. Exhaló su último suspiro. Guillermo apretó el botón.


Isabel

Estaba ahí. Sonriente y amorosa como siempre. Había bastado una llamada en el último momento para que acudiese a la cita. Una vez más se arrepintió de haberla llamado. La acarició sin ganas. Ya no había excitación. Solo rutina. Hicieron el amor en silencio. Se separó de ella. El hastío le vencía. Le impedía hablar. Ella le abrazó. Guillermo tuvo que hacer un esfuerzo por relajar su cuerpo, por no apartarla con brusquedad.
La había conocido en una fiesta en casa de Alejandro. Estaba sentada con una copa entre las manos. Le gusto su pelo rizado. La expresión tímida de su rostro. Se sentó junto a ella. Hablaron del instituto. Ella reía con facilidad. Guillermo se sintió un conquistador. La besó por sorpresa. Ella aceptó el beso con naturalidad. Entraron en la habitación de Alejandro. Todo fue muy sencillo.
Desde aquel día la llamó con frecuencia. Citas con un solo objetivo: Sexo. Guillermo había encontrado un filón. Una chica complaciente y enamorada. Descargó en ella todas sus fantasías. Nunca se topó con un rechazo. La relación perfecta.
Ahora el entusiasmo había desaparecido. Demasiadas citas. Demasiado fácil. Isabel se había transformado en una adicción que le repelía. Intentó aclarar sus sentimientos hacia ella. No encontró nada salvo vacío.
Se levantó de la cama. Se vistió dándole la espalda. Isabel siguió tumbada.
“¿Me volverás a llamar?” le preguntó.
“Claro” contestó Guillermo.

La acampada

Lucía e Isabel se negaron a dar un paso más. Llevaban dos horas de marcha por el campo. Alejandro intentó convencerlas. No era ese el sitio en el que habían planeado acampar. Guillermo tampoco estaba decidido a seguir cargando con la tienda. Alejandro cedió. Buscaron una arboleda y se tendieron bajo los árboles.
Guillermo y Alejandro montaron la tienda, lanzándose miradas cómplices. Habían acordado que Alejandro lo intentaría con Isabel, y él con Lucía. Guillermo no podía dejar de mirar a Lucía. Le gustaba su manera de mirar, su pelo rizado y su cuerpo sinuoso.
Al anochecer hicieron una hoguera y se sentaron alrededor. Isabel contaba historias de miedo cuyo climax rompía Alejandro con sus chanzas. Lucía, apoyaba la cabeza en el hombro de Guillermo y jugueteaba con las brasas moviéndolas con las botas. Guillermo estaba en la gloria.
Colocó el brazo sobre su cintura y con los dedos, suavemente, buscó una apertura bajo el jersey. Lucía se dejaba hacer. La mano de Guillermo avanzó lentamente sobre su camisa hasta alcanzar los senos. Comenzó a acariciarlos. Lucía se incorporó nerviosa dejando a Guillermo descolocado.
Alejandro cogió su guitarra y empezó a cantar. Le seguían Lucía e Isabel. Guillermo se sentía demasiado irritado para cantar. Comenzó a tirar sobre la hoguera piedrecitas que esparcían ascuas sobre los cuatro.
“¡Pero estas tonto o qué te pasa!” le gritó Lucía.
Guillermo se levantó descompuesto y se metió en la tienda. Alejandro le siguió.
“¿Pero qué te pasa, tío?” le preguntó
“Esa tía esta trastornada” contestó.
“Tú mismo.” Alejandro salió de la tienda.
Les oía cantar mientras se preguntaba porque Lucia había reaccionado de ese modo. Estuvo esperando a que entrase para darle alguna explicación. Pero el tiempo pasaba y seguían los cánticos. Al rato se hizo el silencio.
Iba a salir de la tienda, cuando entró Isabel.
“Es mejor dejarles solos “ comentó Isabel.

La visita

Llovía sobre la ciudad. La tarde del domingo se presentaba anodina. Guillermo encendió el ordenador. Abrió el messenger . Un mensaje cubrió automáticamente la pantalla. “Iré mañana a Madrid. Te dejo mi teléfono. Llámame. Besos.” Guillermo se quedó aturdido. Era Begoña. La chica con la que había estado chateando las últimas semanas.
Begoña venía a Madrid. Un desastre. Nunca se imaginó que se tomase en serio su invitación. Pero ahí estaba el mensaje. Rotundo. Irrefrenable. Le había mentido desde el principio. Contado que trabajaba. Que vivía solo. Y lo peor: que podía venir a su casa cuando quisiera. ¿Cómo imaginar que aquella monada de chica viniese desde Barcelona a verle? Todo había sido un juego para él. Pero ahora venía a su casa.
Tenía que llamarla. Nunca había oído su voz. Hizo gárgaras para aclararse la garganta reseca. Tecleó el número. Esperó ansioso.
“¿Begoña?”
“Se ha equivocado”
Colgó. Nervioso repasó el número de teléfono. Volvió a llamar.
“Hola Begoña”
“¡Guillermo! Que voz tan seria tienes.”
“Sí. Je, je. Acabo de echarme la siesta. Es por eso. “
Guillermo se movía por la habitación frenético.
“Oye,¿ entonces vienes mañana?”
“Si, ya te lo he dicho. Llego a la una. ¿Me vendrás a buscar a la estación?”
“No sé si podré”
“Estarás trabajando. Dame la dirección de tú oficina y te paso a buscar”
“No es eso. Es que me voy de viaje”
Se hizo el silencio al otro lado del teléfono. Guillermo se sintió una rata. Un ser patético y ridículo.
“¿Begoña?”
“¿Te vas precisamente mañana?”
“si…”
“Ok. Una pena. Adiós Guillermo”
Una punzada de dolor le atravesó el pecho. Abochornado se sentó frente al ordenador. Con un toque de ratón cerro el mensaje de Begoña.

Recelo

Guillermo miraba satisfecho su flamante nuevo carnet de conducir. Hoy por fin lo iba a estrenar. Le había costado convencer a su madre para que le prestase el coche. Al final, aunque con recelo, su madre había cedido.
Llamó a Isabel. La pasaría a buscar en quince minutos. Excitado se puso al volante del coche. Lo arrancó y se fundió con el tráfico. Había estudiado a fondo la guía de la ciudad y hecho un meticuloso plano para llegar a casa de Isabel. No parecía complicado. Con el plano en el asiento de al lado cogió la avenida. Iba despacio, controlando por el retrovisor la circulación a sus espaldas y con una mano en el cambio de marchas. Tenía que torcer en la tercera calle a su derecha.
Oyó un bocinazo. Guillermo aceleró un poco. Al llegar a la calle giró, topándose con un prohibido el paso. Desconcertado frenó en seco. El tráfico no cesaba de fluir. El plano estaba mal. Despacio reculó para retomar la avenida. Nadie le cedía el paso. Finalmente logró reincorporarse a la avenida.
Siguió de frente y torció en la siguiente calle. Al final de ella se encontró de nuevo con que el giro a la derecha estaba prohibido. Nervioso giró a la izquierda invadiendo un paso de cebra que en ese momento cruzaba una mujer con un caniche. No la vio hasta el último instante. El chirrido del frenazo hizo que varios viandantes girasen la cabeza. La mujer airada se acercó hasta él y le lanzó una retahíla de insultos que Guillermo recibió impasible.
A su espalda los conductores hicieron sonar sus bocinas. Guillermo aceleró. Ya había perdido por completo la noción de dónde se hallaba y de cómo llegar a casa de Isabel. Después de varios rodeos por calles cada vez mas estrechas, se detuvo en segunda fila para consultar el plano. No sabía el nombre de la calle en la que se hallaba. Rápido, bajo la ventanilla del coche. A fuerza de exclamaciones logró que una pareja se le acercase. Les preguntó por el nombre de la calle. El claxon de un coche detrás suyo le impidió oírlo. Miró por el retrovisor y vio una larga cola de coches esperando a que avanzase.
Desesperado se puso en marcha. Iba de calle en calle completamente desorientado. Sin saber cómo volvió a encontrarse en la avenida. Aparcó el coche en un parking. Subió a la calle y paró un taxi.








 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

Javier Puebla

Javier Puebla-La inutilidad de un beso. Segunda entrega de LA TRILOGIA DE EL TIGRE. Kafkiana, rara y -quizá- hasta genial.

Javier Puebla firmó la primera obra de mister Frederic Traum. Al parecer tiene amigos bastante poco recomendables

   
   
       
Carpe diem, visitante nº Que los hados guíen tus pasos