Nunca debí acostarme con Vicky Rumano, relato 321 de EL AÑO DEL CAZADOR DE CUENTOS. Le añadí una coma antes de darlo para su publicación independiente en Cuadernos para el Diálogo, 2007.
321


Nunca Debí Acostarme Con Vicky Rumano

(Un relato de Max Durango)


Está buenísima. Eso es lo primero que piensa cualquiera al ver a la Rumano, que está buenísima: culo, tetas, piernas, ojos, pelo... ¡todo! Un monumento, la perfección hecha carne. Vicky, ese es el nombre de la Rumano, aunque sonríe siempre que me ve, haciendo brillar sus dientes blancos e iguales, no es demasiado simpática conmigo, pero las personas tan guapas no tienen porque esforzarse en ser simpáticas. En realidad ni las personas feas se molestan en ser simpáticas cuando se acostumbran a vivir en las grandes ciudades y las protege el anonimato.
-Si espera un momentito, señor Durango, le saco los documentos que ha preparado don Gregorio para que usted firme.
Don Gregorio no es otro que Greg, mi viejo camarada en el grupo pop Los Gatos Hidráulicos. Greg tocaba la batería. Yo cantaba. Ahora, como es sabido, ya no canto, escribo letras para artistas de todo tipo y me va bastante bien; cada vez mejor, esa es la verdad. Y Greg, que había estudiado derecho por imposición paterna, al disolverse la banda se puso a ejercer como abogado. Greg es medio americano, su madre nació en New Jersey, y gracias a su dominio del inglés y a los contactos que hicimos en la época del grupo enseguida se hizo una clientela entre las gentes del mundillo. No es imposible ver salir de su despacho a la mismísima Madona. Y Robert Smith le llama tantas veces al móvil que casi parecen novios.
-Este chico no tiene Cura - dice siempre Greg cuando cuelga, mirándome a los ojos burlonamente, como si yo no supiese que el grupo de Smith se llama La Cura. Como si Smith ..., pero no quiero contar eso: Greg es amigo mío, un buen amigo mío aparte de mi abogado. Por eso siempre he respetado a la Rumano. A la Rumano y a todas sus secretarias, ya que Greg suele cambiar de ayudante cada seis meses o un año. Estoy seguro que se acuesta con todas ellas. Y muchos de sus clientes también. Pero yo no. Cuando te mueves en el mundo del rock nunca faltan las mujeres. Por supuesto que si eres Mick Jagger tienes más ofertas que si eres un letrista de rostro desconocido, pero aún así es fácil conseguir una chica diferente para cada fin de semana. Así que yo no tenía ninguna necesidad de abusar de mi relación con Greg acostándome con sus secretarias.
¿Qué podría decir en mi descargo? Poca cosa. Mi justificación es basura. Ni siquiera me apetecía hacerlo. Admiro las curvas de Vicky, como cualquiera, pero cuando entré en el despacho, después de una opípara comida con el director de la Fundación Lento, lo único que deseaba era irme a casa y echarme, solo, en mi cama.
Hacía calor: más de treinta y cinco grados. Vicky no había conectado el aparato de aire acondicionado. Quizá le gustaba sudar. O que la viésemos sudar: el vientre liso brillante asomando sobre el pantalón blanco y anclado en el punto más bajo posible de sus caderas, el amplio escote perlado.
-Tiene que firmar aquí, y aquí...
Ese fue el problema. Por eso caí. Era fácil. Increíblemente fácil. Greg no estaba. Y la chica se me insinúo con absoluto descaro. La sangre abandonó mi cabeza y comenzó a concentrarse en otro sitio. Firmé sobre un párrafo en lugar de sobre la línea de puntos y Vicky Rumano se rió de un modo inconfundible; satisfecha sin duda por haber conseguido desviar mi atención hacia sus pechos de muñeca para adultos. Esa risa fue el detonante. ¿Por qué no? Hay que aprovechar las oportunidades. Además tengo una fama que mantener. Una reputación. Soy Max Durango. Bazuca Durango para mis amigas.
La cogí sin más de las caderas y la forcé a darse la vuelta. No hubo besitos ni carantoñas. La tumbé encima de la mesa. Puro sexo. Esa era la idea. Pero quien piense que allí hubo pasión se está equivocando. Ni siquiera se cayeron las carpetas, las grapadoras o el teléfono. Ella se limitó a dejarme hacer. Y yo a maldecirme a mí mismo por estar moviéndome adelante y atrás en lugar de encontrarme en mi casa, tumbado en mi cama y durmiendo la siesta. Acabé el trabajo por lo dicho: mi reputación y esas cosas. Pero fue un polvo absurdo, aburridísimo. La Rumano sería una estatua magnífica pero no pasaba de ahí: carecía de magia en las caderas; es tan fundamental la magia en las caderas. Ni siquiera sus labios resultaron tan sensuales como parecían una vez que entraron en acción. Conocía los pasos del baile y los ejecutaba, sí, y lo hacía bien, como un robot.
-¿Quiere usted un café, señor Durango?
Advertí algo en el brillo de sus ojos que me inquietó; como si ella supiera algo que yo ignoraba. ¿Habría alguna cámara oculta en el despacho? No acepté el café. Ni siquiera me molesté en seguir siendo amable. Me sentía harto y desagusto. Firmé los documentos que faltaban en cuanto acabé de subirme los pantalones y me largué.
Le mandé unas flores al día siguiente -más por educación que porque me apeteciese- pero cuando me llamó al móvil para proponerme una cita le dije que estaba ocupado. Ya llamaría yo. A buen entendedor...

Llevaba varias semanas sin verla hasta que esta mañana he tenido que volver a visitar el despacho de Greg. Parece que así tendrá que ser toda la vida: firmar documentos estúpidos y presentar facturas para que la Delegación de Hacienda esté contenta conmigo; ojalá le bastase con quedarse el cuarenta por ciento de mi dinero. Allí estaba Vicky. Llevaba un elegante traje rosa; nada provocativo. Al abrirme la puerta me ha sonreído hasta enseñarme las encías pero yo la he respondido clavando la mirada en el suelo. Estaba decidido a que no volviese a suceder lo del otro día, a no caer en el mismo error. Por eso me había cerciorado, antes de acudir al despacho, de que Greg estaría allí. Y estaba. Aún andábamos ejecutando nuestro abrazo ritual, Greg y yo nos abrazamos cada vez que nos encontramos aunque entre una cita y otra no hayan pasado ni veinticuatro horas, cuando me comunicó la buena nueva: se casaba.
Lo has adivinado. Se casaba con su secretaria, con Vicky Rumano. Y yo tenía que ser el padrino. No podía fallarle: soy su mejor amigo. El padrino. Sentí como se me resecaba la boca y tuve ganas de confesarle lo que había sucedido, explicarle que me alegraba por él pero que no era adecuado que yo fuese el padrino de esa boda. Ya estaba a punto de abrir la boca y echar a rodar una amistad de más de veinte años y quedarme sin abogado cuando entró Vicky en el despacho. Desencripté sin dificultad la mirada que se intercambiaron. Yo no me equivoco en esas cosas. Greg sabía. Greg sabía perfectamente lo que había sucedido en su antedespacho veinte días atrás.
Me pidió que la felicitara también a ella. Lo hice, desde luego; una vez más el roce de sus senos de robot hembra bien entrenado contra mi pecho. Greg nos rodeó con sus grandes brazos a ambos a la vez. Menudo par de guarros.

 

 

 

 

 

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