DIARIO WEB DE JAVIER PUEBLA ÚLTIMO TRIMESTRE 2007 (septiembre-diciembre) (desde 2005 en Internet; Hemingway nunca tuvo uno igual)

Bienvenido, curioso lector inernauta a ....
-MI VIDA LITERARIA-

(Para este cuatrimestre he elegido poner como fondo de pantalla en mi ordenador la misma foto que utilizo para la publicidad del taller literario de este año. Me la hice en Galicia, un día de este verano en el que fui feliz. La tengo para mirarla mientras recuerdo el genial poema de Luis Alberto de Cuenca titulado Optimismo y que termina así: que tu ejemplo en la vida sea siempre lo que gozaste, no el sufrimiento.)


(ÚLTIMA ANOTACIÓN)

“Siempre es mejor el día anterior a la batalla que el siguiente; aunque se venza. (La expectativa)”
De Sosiego, mi antilibro, tan querido como impublicable.

10 septiembre 007

Septiembre, cuando el año comienza de verdad para gran cabreo -imagino- del calendario oficial. Septiembre. 007. Sentado ante mi ordenador y de nuevo conectado al mundo, a la web, sonrío. La nueva película, ladies and gentleman, va a empezar.


¿QUÉ HACE UN ESCRITOR CUANDO ESTÁ DE VACACIONES?
Escribir, claro. Al menos yo, cuando estoy de vacaciones me dedico a hacer lo que más me gusta, es decir: escribir, igual -pero diferente en temas, ritmos y matices- que cuando no estoy de vacaciones.
Durante dos meses breves como suspiros, dos meses-suspiro, he estado retirado del mundo, nada de presentaciones literarias, cenas y comidas político-literarias (esa es otra historia), apartado de la actualidad del mundillo, mirando con desconfianza la pantalla del móvil si aparecía la llamada de algún editor (¡así no se va a ninguna parte, Javier Puebla!), sin actualizar la web, ni enviar correos electrónicos... En suma: salvaje, prístino y libre. Más o menos. Porque he seguido bien pegadito al ordenador, que durante estos dos meses, ha cambiado de condición, más amigo íntimo que pasarela para comunicarse con el mundo. Y ¿cómo sucedió?
De un modo casi mágico, no solicitado. De repente, a principios de julio se hizo el silencio a mi alrededor: nadie me llamaba, requería o necesitaba; y la novela que comencé en abril de 2006 sonaba tan clara en mi cabeza como si tuviera unos auriculares clavados en las orejas. Así que, ¿por qué no? Podía intentarlo. Además el proyecto, que hace un año me parecía dificilísimo, había cambiado y lo único que tenía que hacer era escucharlo con atención y teclear con la misma atención lo que escuchaba (la segunda novela consecutiva en la que me sucede algo así; o alguien me ha regalado una suscripción a radiomusas sin que yo me entere o he encontrado el punto G de la creación literaria o mi optimismo llega a niveles tan excesivos que soy capaz de creer que me pasan esas cosas; a todo junto, ¿quién sabe? Ha quedado bien, creo. Aún estoy corregiendo, pero ya es más difícil dedicarse únicamente a “escuchar con atención” la novela, porque el mundo ha comenzado a subir su volumen y ya ni con auriculares y a las cuatro de la noche se escucha Radiomusas con demasiada claridad, pero el primer borrador, 340 páginas que quizá crezcan todavía un poco, tiendo a escribir de menos, ya está acabado, así que me puedo relajar un poco, volver a ver gente, enterarme de que Rafael Reig ha dejado su brillante sección en El Cultural de El Mundo (era lo mejor del suplemento, lo primero que leía siempre; su último artículo-sentencia dedicado a él mismo no tenía desperdicio, y me dice uno de los editores que llaman a mi móvil, y que ya descuelgo, que le ha fichado el nuevo periódico que está a punto de desembarcar en los kioscos), convocar a mis Tripulantes, mis escritores, mis alumnos, para el nuevo curso y los diversos libros que iremos publicando...., resumiendo de nuevo: volver a la vida literal y literaria y abandonar mi amada ficción (o al menos no respirar sólo para ella), lo cual agradecerán, espero, quienes me conocen porque cuando se vive a lo Santa Teresa, sin vivir en mí, porque estás colgado de un universo que únicamente existe para ti y que no se puede compartir, se paga un precio: los viejos amigos que me encontraba en los bares o paseando (mi vicio favorito) resultaban menos intensos, y también menos conocidos, que los personajes: Marisa Ramón, la señora Stillman, Jean Claude... Pero con nadie podía charlar de verdad sobre esas vidas imaginarias, en revelación (con v) creciente de la señora Stillman o el escurridizo El Hadj Ibn Karim Kadiri, y como de nada más sabía, en nada más estaba interesado realmente, poco podía aportar a las conversaciones en las que me veía implicado; sin duda Javier Puebla era la persona más aburrida, o al menos una de las más aburridas (no es cuestión de ser más que nadie en nada), que cualquiera pudiese echarse a la cara como interlocutor. Sólo una noticia real, la muerte de mi amigo Camilo Alonso-Vega de la que me enteré en julio, cuando estaba en Galicia, logró sacarme del proceso que unos días de ese proceso que idealmente sólo debería interrumpir el sueño, (according to Patricia Highsmith). Supongo que todavía no he recuperado el swing, aunque ya sí el swinn, to swinn (estoy inglesizado perdido, habrá que mirarlo, o no, ¡vivan los barbarismos!).
En cualquier caso es septiembre, mediados, hace más calor que en agosto, Umbral se ha muerto y yo lo lamento cero (no me caía bien, supongo que no han pegado más patadas -como él hizo con Cela en su momento- al cadáver porque o no merecía la pena o da pereza hacerlo en zapatillas de verano, Emma Penella, queridísima ella sí, ha muerto, Polanco ha muerto (ni fú ni fá para este humilde cronista), Pavarotti ha muerto..., pero sobre todo, para mí, este verano quien murió, murió para mí, insisto, para mí de verdad porque le conocía, le quería y era mi amigo, un buen amigo, fue Camilo Alonso-Vega, que me invitó a dar varias conferencias en Hong-Kong en primavera, y las di pero no llegué a verle porque acababa de entrar en la UVI, y esa es la única muerte que me duele de verdad, incluso más que la de la Penella, que se portó conmigo como una madre cuando yo era un reportero debutante en Diario16 pero a quien llevaba veinte años sin ver. Camilo Alonso-Vega, diplomática de carrera, cónsul general de España en Hong-Kong (y antes en mil sitios), persona de inteligencia y sensibilidad inhabituales, dolor que aún tengo en el corazón y por el que voy a permitirme cerrar esta breve crónica after-hollydays, con un relato corto y un torpe, aunque la intención era buena, montaje fotográfico, en su memoria. Memoria que seguirá viva mientras yo, y otros muchos, aún estemos por aquí dando guerra, haciendo lo que creemos debemos de hacer..., como si valiera para algo. Va por ti, Camilo Alonso-Vega, por ti y tu pequeña familia.

 

 

DÉJALO QUE SE VAYA

Déjalo ya, déjalo que se vaya. A los once años se saben y pueden decir cosas que en la edad adulta se olvidan o no se pueden decir porque sobrepasan las fronteras de la lógica. Déjalo que se vaya, mamá, déjalo ya. Y la madre mira a la niña desde lo más hondo de sus ojos secos de lágrimas y anegados de dolor. Más de cuatro meses en la unidad de cuidados intensivos, primero en un país lejano, Hong Kong, y las últimas semanas ya en casa, cerca de los suyos. Déjalo que se vaya. Nur, la niña sabe, igual que Malika, su madre, sabe, que Camilo, el padre, el esposo, sigue aferrado -apenas con las yemas de los dedos- a la vida por ellas, para no abandonarlas y dejarlas solas. Pero es demasiado sufrimiento, las yemas de los dedos han cedido y es el mismísimo hueso el que se cierne sobre el delgado hilo que le mantiene entre los vivos. Déjalo que se vaya. La niña me ha dicho que te deje ir, Camilo; y yo… te dejo ir. Malika, su amiga, su mujer, su amante, su niña antes de que viniese al mundo la otra niña, le coge la mano por última vez. Y Camilo Alonso-Vega siente el contacto de otra piel en su piel ya casi transparente por última vez. Por última vez.

 

“Un buen viajero no tiene planes fijos, ni está empeñado en llegar a parte alguna. Un buen artista permite que su intuición le guíe hacia donde quiera (Y LUEGO OBSERVA DONDE HA LLEGADO CON SUS OJOS NUEVOS DE EXTRANJERO).
Lao Tse, Tao Te Ching (excepto las mayúsculas que son de quien escribe esta página viajera; a veces hasta artística)

17 de septiembre

HACER DOS COSAS BIEN A LA VEZ
Para mí es algo vedado, pero lo intento, humildemente una y otra vez lo intento: hacer al menos una cosa bien, otra regular, y las demás... como salgan y se pueda, sin planes fijos que diría Lao Tse en su Tao.
En cualquier caso durante este mes lo que voy a intentar hacer bien, y además pasándomelo muy bien, es volver a utilizar mi traje de editor, mi disfraz de hombre ejecutivo y empresario que, poco a poco (porque sólo lo utilizo cuando es imprescindible) me está empezando a gustar.

 

“Es estupendo que te ame un neurótico, da seguridad”
Claudio Magris, Así que Usted comprenderá

LA RENTRÉE LITERARIA, SIN ANA KUNTZ

Comienza el baile. Perezosamente comienza el baile. Sentados comienza el baile. Comiendocomienza el baile. Comienza con editores, directores generales, presidentes y directores de revistas y periódicos, autores que van a publicar conmigo y autores que van a publicar en pequeñas y grandes editoriales y que, sin embargo, necesitan una manita de este humildísimo cronista para ultimar algún detalle. El primer baile, literario y sentado y con comida, fue el lunes, en una “carnicería” de General Pardiñas y en compañía de Miguel Ángel Matellanes, con quien estuve, es buen conversador, más de cinco horas, de postre cayeron algunos jarabes, hasta que –estábamos sentados en una terraza del Retiro y el sol declinaba- apareció Teresa, su chica encantadora y yo me fui a nadar y meditar si realmente Matellanes es un editor tan grande como Calasso o si más bien sucede que mi deseo de aquí así sea, y decidí que dado que es muy joven y se mueve por terrenos pantanosos y difíciles lo adecuado es otorgarle como mínimo el beneficio de la duda, subrayado siempre por mi afecto, indudable, hacia Miguel Ángel como amigo y persona.


El martes siguió el baile, y otra comida. Pero esta vez no iba a ser un baile sentado, porque mi anfitrión era nada menos que Manuel Domínguez, que como cualquiera que le conoce sabe es una máquina, y precisamente en La Máquina compartimos juntos un arroz a banda riquísimo, pero en cuanto dimos cuenta del café, comenzamos a movernos. Encontramos una doña Berenguela en una agencia inmobiliaria, copiamos teléfonos de carteles colgados de edificios y árboles, nos trasladamos hasta Ortega y Gasset, donde visitamos varios lugares, entre otros Channel (no me gusta como tienen decorada la tienda de Madrid, sobra tecnología y falta magia), porque mi compañero de aventuras en la tarde del martes fue capaz de encontrar tiempo, ya he dicho que es una máquina, para –en Channel- comprarle o cambiarle unas gafas de sol a su chica, a quien aún no conozco pero tengo muchas ganas de conocer porque he oído hablar de sus logros y además tiene nombre de novela de James Ellroy, Dalia; y aún después, con Manuel, visité una oficina, de nuevo en la zona de Cuzco; y supongo que habríamos seguido y seguido, hablando y actuando a la vez, si él no hubiese tenido que regresar a casa para ponerse a escribir y yo no hubiese tenido un compromiso personal: leerle a mi niño su cuento nocturno. Nos separamos en Sor Ángela de la Cruz con cierta pena; al menos yo con cierta pena, pues lo había pasado genial.
El miércoles la agenda del director de cultura de un poderoso ayuntamiento se vio alterada y la comida prevista quedó pospuesta. Aproveché el mediodía para leer Así que Usted comprenderá, lo último de Claudio Magris, una joya brevísima y conmovedora (.... al corazón no se le dan órdenes, decía, el corazón se rompe, y si se le dice que no se rompa se rompe igualmente, como el mío...) que, en nuestro país sólo Herralde se atrevería, atreve, a editar como narrativa, pues apenas cuenta con cincuenta páginas de letra grandota (sucede que a la literatura patria no acaba de llegar la nouvelle cuisine, que la gente lectora sigue prefiriendo una hamburguesa con dos kilos de viento a un solomillo perfecto).
Cuando acabé de leer corrí hasta la piscina, nadé, mientras me secaba acordé tres citas que me tuvieron ocupado el resto de la tarde: autores que están a punto de publicar, nuevos y viejos Tripulantes de mi taller literario..., y esa noche ya ni siquiera llegué a tiempo de leer al niño su cuento nocturno: estaba dormido y me quedé un rato de pie al lado de la cama, mirándole cansado, mirándole culpable, mirandole intentando adivinar si se había dormido contento, pero en todo caso mirándole.
El jueves la comida fue secreta: un editor que ha cambiado de sello y cuya identidad me ha pedido no desvele de momento ni en mi web ni en mis artículos; así que sólo menciono que fue en El Escorial y en un restaurante muy famoso.
En suma, que como puede verse había movimiento..., pero no estaba Ana Kuntz. No es que le haya pasado nada malo, al contrario, le ha pasado algo bueno, algo que ella deseaba que le pasase: ha dejado el trabajo para dedicarse a su marido y a vivir. Afortunada ella, afortunada él. Desafortunados nosotros, todos los periodistas -pienso en Joaquín Arnaíz, Quiroga Clérigo, Chema González y otros adictos a sus famosos desayunos de prensa en un hotel de la Gran Vía, que más que desayunos de prensa eran tertulias literarias que alguien habría podido grabar y poco habría tenido que envidiar el resultado a Las Noches Blancas del gran Dragó o al Extravagario de Rioyo. Mi aprecio por aquellos desayunos -que ya no volverán aunque en el departamento de prensa del grupo Anaya haya aún mucha gente altamente capaz- lo prueba que madrugaba para acudir a ellos. Suelo levantarme cerca de las tres de la tarde (la escritura nocturna, la fuga del ruido y el repiqueto de los teléfonos), pero por Ana Kuntz me he levantado muchas veces con sólo tres o cuatro horas de sueño, y siempre siempre me ha merecido la pena el esfuerzo.


El trabajo de un jefe de prensa es difícil de valorar o medir. Supongo que el Planeta o el Alfaguara se promocionan siempre igual y a veces las ventas llegan a las estrellas y otras simplemente se estrellan; por lo que para juzgarlo sólo queda mirar a la persona que lo realiza, el jefe o jefa de prensa; y Ana Kunt era inigualable (me recordaba a Pedro J. Ramírez de joven, cuando se molestaba en alentar con sus palabras de ánimo hasta a los periodistas más bisoños, como era mi caso en 1983). Ana mandaba un correo, llamaba luego por teléfono, nunca pedía nada, siempre daba las gracias y jamás permitía que el posible cansancio alterase su estado de ánimo impecable. Me alegro por ti, Ana Kuntz, de que seas libre y feliz, pero voy a echarte de menos; ya te hecho de menos, hace meses que te echo de menos; desde que llamé un día a tu departamento en Anaya extrañado porque llevábamos varias semanas sin un desayuno de prensa y me dijeron que no, que Ana Kuntz no estaba, que Ana Kunt ya no trabajaba allí.

 

No dudo ni flaqueo, mi objetivo es lo imposible
de Sosiego, el anti-libro impublicable que desde hace más de quinientos días escribe a mano cada noche, sin fallar ni una, el extraño Señor Puebla

24 de septiembre 007
(Ha terminado mi curso intensivo, y la primera semana de octubre comienzan los talleres literarios de este año. Del año pasado sólo uno abandona, y ya hay confirmados cuatro nuevos. Lo cierto es que no he mandado ni un solo correo general ni realizado publicidad en ningún sitio..., porque si se presentase mucha gente sería inevitable abrir un nuevo grupo el lunes, y aunque estoy dispuesto a hacerlo más contento estaría, lo admito, de no tener que hacerlo y poder seguir reservándome el humilde lunes para mí mismo; pero que sea lo que las olas quieran. Y esta semana seré ante todo y sobre todo: editor. Le voy cogiendo al punto a tan sutil desequilibrio entre arte y negocio, trabajo y juego).

ME LEVANTO TEMPRANO
Las diez de la mañana no es temprano para casi nadie, ya lo sé, pero sí para mí. Están montando un supermercado bajo mi casa -es mi sino: que construyan supermercados a mi alrededor y hagan un ruido de mil pares de cojones, pero intento usar el viento a favor- y comienzan los golpes a las nueve; normalmente ignoro los golpes, el ruido que precede al temblor de las paredes del edificio, pero el martes no sé por qué el ruido de las máquinas me hace pensar en un gigante con el estómago colonizado por mil gases malévolos, un gigante pedorro; la imagen me hace sonreír y... levantarme. Preparo un zumo de naranja enriquecido con germen de trigo, levadura de cerveza y lecitina de soja, caliento una taza del té que ha dejado en la tetera mi mujer, y cojo algo de embutido de la nevera y pan tostado de la despensa; con el conjunto sobre una bandeja me dirijo hacia mi despacho -el gigante sigue librándose del aire acumulado en su tripas grande como una caverna y los cristales de la ventana tiemblan con cada cuesco- y me siento ante el ordenador; mientras como y bebo enciendo la maquinita. A la derecha de la misma está Trampantojos, cuatro nouvelles de El Marqués de Tamarón recogidas en un solo libro publicado por Mondadori en mil novecientos noventa; la última de las historias le leí la noche anterior, las cuatro son buenas y están cuidadosa y excelentemente escritas, y mientras el ordenador acaba de ordenarse lo suficiente como para que pueda trabajar o enredar con él, me levanto y saco de la biblioteca los otros dos libros que tengo suyos, la novela El rompimiento de gloria, y una colección de ensayos publicada como El guirigay nacional. Jugueteo con los libros mientras sigo desayunando, y pienso que es injusto que la fama de Tamarón como escritor no alcance a la del personaje público que él mismo ha construido, aunque sé -por experiencia- que es uno de los precios o peajes que deben pagarse al construir un personaje que nos ayude o proteja en la lucha contra el mundo exterior. En las últimas páginas, las que están en blanco, las llamadas páginas de cortesía, de El guirigay nacional hay varias frases copiadas por mi mano, con el número de la página correspondiente escrito a un lado; doy el último trago al zumo de naranja y observo que bajo uno de los entrasacados, con mayúsculas y acompañando la palabra con una flechita dibujada a lápiz, he escrito: MICRO. Lo cuál significa que cuando lo leí pensé que de la frase podría sacarse un microrrelato. Leo lo escrito y lo confirmo en su versión impresa en la página 46 del libro (primera edición, Áltera 2005); es una anécdota preciosa sobre Mallarmé, y desde luego merecería una flash-fiction (el término inglés es mucho mejor que el nuestro, lo siento sorry lo siento); como el ordenador, a diferencia de mi cerebro, ya se ha despertado por completo y lo tengo exactamente enfrente convoco al procesador de textos, y escribo, dormido y vapuleado por el ruido de los obreros que maltratan los bajos de mi edificio para convertirlos en un supermercado. Escribo de un tirón y al finalizar advierto que aún no he terminado el desayuno; apuro el té y el pan tostado y vuelvo al texto, corrijo y cambio un par de cosas. Ya que estoy levantado puedo pasarlo a una de mis páginas-web; así que vuelvo a mirarlo otra vez, y ya no lo corrijo más, que sea como es o no sea. Así:

NO SÓLO MATA
(para mi amigo Santiago de Mora-Figueroa)

Mallarmé fumaba. Fumaba sin cesar. Un puro tras otro. Un cigarrillo tras otro. Tumbado en un diván -el tabaco ingrávido en el aire y sólido en la mano- cuando recibía a sus alumnos. Pretendía así interponer entre él y la realidad una continua cortina de humo. Que existiese siempre una tenue cortina de humo entre él y la realidad. Al menos una cortina de humo. Entre él y sus alumnos. Con cierta displicencia y sin abandonar del todo su soledad tumbado en su diván cuando recibía a sus alumnos. Sin cesar fumaba. Fumaba Mallarmé.

Vuelvo a leerlo ahora, antes de darle a copiar y pegar, y le hago un par de cambios más; es evidente que lo escribí sin energía; no lo siento como mío, pero voy a dejarlo así, aunque ahora creo que el texto original de Tamarón es más exacto, mejor que mi flash-fiction, pero decido ser tolerante conmigo mismo. La escribí dormido. Tan dormido que nada más terminar de pasarla a la página web me volví a la cama; serían las once y media o así. Por la tarde tenía trabajo, un curso intensivo en el que me tocaba hacer de editor de diez de los autores a los que voy a publicar este año; una actividad, el curso intensivo, similar a jugar partidas simultáneas al ajedrez: reaccionas por instinto, sin entretenerte en cábalas ni cavilaciones. Me encanta. Corregir detalles de diez libros a la vez durante dos horas de tensión máxima; el curso duró cuatro días y sólo tres autores aguantaron mi ritmo hasta el final. Pero para mantener ese ritmo había que estar descansado a las ocho de la tarde, hora de la cita con mis escritores, así que, como he dicho me volví a la cama, y como no dudo ni flaqueo porque mi objetivo es imposible, porque sé que todo buen nadador aprovecha la dirección de la ola, yo también aproveché y utilicé el ruido inodoro de las tripas del gigante y volví a quedarme dormido, hasta las tres, arrullado por el dulce trino de sus cuescos.

¡QUÉ BONITO!

Al despertar de nuevo, me zampé unas albóndigas calentadas en el microondas, subí al coche, conduje hasta el Canoe, nadé, fui a buscar al niño al colegio y me encontré con que mi padre estaba con él. Como de costumbre mi padre me traía un legajo de recortes de prensa, cosas que piensa -es impagable- debo leer y seguramente no he leído. Estábamos ya en el ascensor que sube del parking a casa cuando el niño me preguntó ¿quien es ese?, y señaló una foto. Antes de que lograse explicarle que era un íntimo amigo de mi íntimo amigo Eduardo Lago, y que salía en los periódicos casi cada día por razones políticas, el niño acercó el dedo, tocó la foto, y dijo:
-¡Qué bonito!
¿Qué bonito? ¿Qué es lo que podía tener César Antonio Molina de bonito? La foto estaba cortada por la mitad, cosas de maqueta, y no se le veía la barbilla.
-¿Qué es lo bonito?
-El pelo, me gusta mucho.
Sufrí un ramalazo de envida, mi hijo jamás diría que mi escasísima cabellera le gusta mucho.
-Es como mí.
Y tocó su propio pelo rizado. Es verdad, el pelo del nuevo ministro de Cultura se parece al de mi hijo Max, yo también lo tuve así de niño y adolescente; y es bonito. Como bonito, y para mí más envidiable que el cargo que actualmente ocupa César Antonio Molina, es que un niño se fije en la foto de un hombre mayor y afirme que le gusta su pelo. Seguro que es el mejor piropo, el más bonito, que han dedicado al íntimo amigo de mi íntimo amigo Eduardo Lago desde que, para bien y para mal, cayó sobre sus espaldas el difícil cargo de ministro.

 

Tengo en el ordenador como fondo de pantalla la misma imagen que utilizo para la publicidad del taller literario de este año. Me la hice en Galicia, un día de este verano en el que fui feliz. La tengo para mirarla mientras recuerdo el genial poema de Luis Alberto de Cuenca titulado Optimismo y que termina así: que tu ejemplo en la vida sea siempre lo que gozaste, no el sufrimiento. Que los dioses os hagan cosquillas si en algún momento os fallase el sentido del humor, amables visitantes de esta exótica página.

1 octubre 007


 

““Me subí a la cucaña y me caí,
me subí a la cucaña y me caí,
me subí a la cucaña..., , sí, me caí.
Estoy trepando otra vez por la cucaña, aunque doy por hecho que volveré a caerme antes o después de haberla coronado. La cucaña -a ver si logro entenderlo- no es un lugar donde nadie se pueda quedar eternamente a vivir”
de SOSIEGO, antilibro impublicable.

 

ALGO ASÍ COMO UNA SEMANA DE VACACIONES


Se suponía que este manso, peleón, orgulloso, despistado y -ante todo- perezoso diarista dispondría de siete días -siete- para no hacer nada, pasear con los ojos perdidos en las cornisas de los edificios, jugar al mus o al ajedrez, fingir que me llamo de otra manera (¿Lucas?) y mi idioma materno no es el español, llamar a las muchas personas que quiero y a quienes, ay Mad Madrid, casi nunca veo..., se suponía, en suma, que antes de comenzar con mis talleres y el trabajo de edición de los libros de mis Tripulantes tendría una semana de vacaciones.
Y la he tenido, sí, una hermosa, larga y perezosa semana de vacaciones: cada vez que me tumbaba en el sofá se me clavaba una aguja post-it en la memoria recordándome algo que no había hecho, cada veinte metros de ocioso paseo mascullaba un “mecachis” y sacaba el móvil para llamar a un maquetador, un editor, un periodista, un hotel para perros (eso fue una extravagancia, lo admito, no tengo perro, y si lo tuviese no me gastaría la pasta dejándolo en un hotel).
Me monté -en mi algo así como una semana de vacaciones- una NOCHE EN BLANCO privada y fuera de fecha, y para ello monté una instalación o happening o llamen como prefieran al hecho de dejar a las puertas de la biblioteca pública de Retiro 30 ejemplares de Sonríe Delgado, casi cien mil pelas en libros, para luego, escondido entre los tupidos setos del jardín adyacente observar como la gente se los iba llevando uno a uno, mosqueados, asombrados, incrédulos, pero siempre llevándose los libros uno a uno hasta que en menos de una hora desaparecieron los 30; con el último chaval, el que cogió el último libro, hasta hablé un rato: salí de mi escondrijo tras el seto, le firmé la novela y le comuniqué mi sorpresa y alegría ante el hecho que ningún buhonero se hubiese llevado el conjunto para revenderlo en la Cuesta de Claudio Moyano; y también lo respetuosos que habían sido todos mis anónimos y presuntos futuros lectores, cogiendo un libro y sólo uno por barba.

Una de las tardes de mi algo así como una semana de vacaciones estuve con el encantador escritor y diseñador Benjamín Escalonilla, quien por cierto se ha presentado al Nadal y al que deseo suerte con su novela porque ha trabajado y se lo merece: la abrí en el metro y no paré de leer hasta terminarla cuatro horas más tarde. Acudí a su casa, un piso altísimo de Fuencarral que permite volar con la vista sobre los tejados, e hicimos juntos el logo de mi nueva editorial, Haz Milagros, preparamos un boceto de la maqueta del primero de los libros, volví a mirar las calvas y postizos de Mad Madrid desde su alta ventana y conocí a Nancy, su chica, felizmente embarazada.
Cené -una noche de algo así como una semana de vacaciones- con un ex-compañero del Ministerio y otra con José María Mejorada, uno de mis mejores autores. También comí -durante eso que he llamado algo así como una semana de vacaciones- cuatro veces fuera de casa (no sé si por placer, trabajo, o ambas cosas a un tiempo), compré tierra para las dos plantas que tengo ahora ante mí, mientras escribo, dos ficus que ya han alcanzado los dos metros de alto y una anchura que desborda las dimensiones de mi despacho, y me quedé con las ganas de dar un paseo sin rumbo por El Retiro porque no fui capaz de encontrar el momento oportuno para hacerlo.
Durante mi algo así como una semana de vacaciones no devolví una llamada a Juan Manuel Chumilla (se la debo y la haré en cuanto vuelva al tajo), pero sí marqué un número desconocido que resultó ser de Cuenca, donde me han convocado para dar un taller de microrrelatos sobre el amor y la muerte para el mes de marzo, y como estaba contento porque hubiesen pensado en mí al colgar con el señor Dolz, de Cuenca, foné una vez más al hotel para perros, donde ya empezaban a estar hasta las narices de mí, hartísimos de que llamase para nada, así que le prometí a la chica que me hacía de frontón verbal uno de mis libros, dedicado y con dibujito incluido, para que -dando por hecho que no permitían alojarse en el hotel a libros de ningún tipo- al menos pudieran ojearlo aquellos que sí tienen perros y los dejan en los hoteles creados al efecto, pero por algún motivo dejé de caerle simpático y me colgó el teléfono. Volví a llamar y poniendo voz de senegalés (se me da bien, he estado allí cuatro años) le mentí explicando que, como estaba de vacaciones, había pensado comprarme un perro, y cuando ya la tenía en el bote -noté su sonrisa abriéndose prometedora sobre el pinganillo- se me volvió a ir la lengua y en perfecto español me dio por apostillar que el can en cuestión tendría que ser de peluche, porque se lo pensaba regalar a mi hijo, que es quien ha sido mi mejor compañía durante esta algo así como una semana de vacaciones, ociosa y agotadora, extraña y vulgar, todo al mismo tiempo. Una semana, en resumen, insoportable, como lo son siempre las algo así como una semana de vacaciones cuando uno se las toma sin irse de su ciudad y casa, rodeado de gente que está trabajando a destajo. El año que viene, si sucede esto, me compraré un disfraz y pediré habitación -con baño por favor- en el hotel inexistente del que llevo ya rato escribiendo: el Pequeño Gran Hotel Colmillo Retorcido donde, de acuerdo con mi imaginación y criterio, sólo se admitirá como huéspedes a escritores, y a perros.

 

BUSCANDO PÚBLICO

Fue el día 26. Cuando me levanté ya estaba agotado. El periódico Público. El número periódico. Quería verlo entre otras cosas porque escribe en él mi admirado Rafael Reig (porque es un irreductible). Y lo quería en papel. Por el papel pasa la vida: envejece, se rompe, ensucia, pierde. Un periódico virtual ni envejece ni se rompe ni ensucia ni sirve para envolver el pescado. No me preocupé cuando en el quiosco de la esquina me dijeron que estaba agotado. Di por hecho que lo habría comprado mi padre. O mi chica. Craso error. No, hijo, lo siento. No, cariño, lo siento.
Eran las once de la noche cuando comencé a ponerme nervioso. ¿Y si me quedaba sin el número uno? Conduje hasta el centro y aparqué mi tanque azul encima de una acera. A grandes males grandes remedios. Recorrería la calle Toledo entera. En algún sitio habrían tirado u olvidado un ejemplar. En la puerta de algún bar o comercio. Primero exploré los aledaños de los contenedores de papel y cartón. Nada. Seguí con los cubos de basura. La basura mancha pero entre las cáscaras de huevo y los restos de pizza se puede encontrar cualquier cosa, cualquier periódico. Y en efecto encontré en la basura todos los periódicos. Todos excepto Publico. Entre cubo y cubo de desechos ya había comenzado a mosconear por los bares. Entraba con mi mejor sonrisa y explicaba que soy periodista y ardía en deseo de conocer al periódico recién nacido. Los camareros me miraran como si fuese a atracarles. Por fin en un contenedor encontré ejemplares de cuanto se había publicado el 26 de septiembre: País, Mundo, Financial Times, Herald, Razón, Abc y hasta La Opinión de Murcia, una insospechada alegría; pero no Público. Insistí en los bares y restaurantes cambiando la estrategia. Dinero. ¡Un euro por Público! ¿Tres euros? ¿Cinco? ¡Diez euros, señoras y señores, ladies and gentlemen, un billetazo de diez euros! Nada. Y ahí me rendí. Batalla perdida. Un cuarto de millón de ejemplares en la calle de un nuevo periódico y debido a mis horarios extravagantes yo no tenía ninguno.
Sólo a la mañana siguiente mi padre, el impagable y astuto zorro viejo, me llamó al móvil para decirme que me había conseguido el número uno. No le pregunté como lo había conseguido. A cada cual sus secretos. El nuevo periódico me encantó. No hay nada como desear las cosas y que no sea sencillo conseguirlas para luego apreciarlas. Ya tenía Público. Sumé: Público + enemigo + uno. Me sentí como un gángster. Y sonreí satisfecho.

“Una niña sonríe al cálido viento tropical que le da en la espalda. No ve ninguna diferencia entre ella y el celofán. Empujados ambos por el viento. Reunidos en un mismo momento. La niña baja la vista hacia el celofán. Le habla directamente:
-Déjame pisarte -le dice-. Quédate quieto para que pueda pisarte”

SAM SHEPARD. Crónicas de motel

8 de octubre 007. Durante un momento tuve miedo la semana pasada, miedo de que llegara el miedo y me paralizase, pero luego recordé que el miedo siempre llama a la locura que viene cogida de la mano de la imaginación, y no hay nada imposible, nada que de miedo a la imaginación de un luchador. Avanzo y retrocedo. Lucho y pienso que es inútil. Pero aquí sigo. A veces de pie, otras creyéndome que vuelo, y muchas tumbado, involuntariamente, sobre el suelo.

¡DIOS, COMO ODIO SER EDITOR!

No es que sea una mala profesión u ocupación, no peor que ser banquero, taxidermista o domador de leones. Mejor, supongo, que teleoperador, cocinero del McDonald o encargado de la sección de jardinería del Corte Inglés. Ser editor, lo sé, tiene muchas cosas buenas..., bueno, o al menos una: la felicidad de los autores a quienes publicas, el brillo que resplandece como un aura cuando les llega el milagro de tener un libro, su libro, ese producto final mágico, maravilloso y tangible, entre las manos. Pero yo lo odio. Odio ser editor. Pensé que este año las campanas sonarían armoniosamente, que todo sería sencillo y rodado después de publicar seis libros el año pasado. Y pensé bien: todo es sencillo, todo sale rodado, todo se puede subcontratar o encargar a alguien. Pero yo lo odio. Odio ser editor. Esas sonrisas empalagosas que inevitablemente me hacen pensar en mí mismo cuando me acerco a un editor, a ver si le caigo simpático y me publica algo, esas sonrisas empalagosas ahora van dirigidas como dardos forrados de algodón de azúcar a mis ojos de miope, ¡a mí!, a pesar de que no me canso de insistir y repetir, mantengo invicto el fuerte, a los sonrientes escritores que se me acercan -pobrecitos míos, si puedo a alguno también acabaré publicando a alguno- que yo sólo edito los libros de mis alumnos, de aquellos que durante nueve meses han estado gestando una novela o colección de relatos entrelazados ante mis ojos y oídos, y que lo hago así porque son libros que conozco y de los que puedo responder y respondo. ¿Cómo no voy a editar la maravilla que ha escrito este año Mara Mugueta? ¿O Javier Vassallo? ¿O cualquiera de los otros compañeros de travesía de quienes tanto he aprendido y de cuyos trabajos me siento tan orgulloso? Aunque a algunos -me ha costado infinito- he tenido que decirles que no, que opino es mejor esperen al año que viene, al siguiente libro o trabajo. Dios, como odio ser editor. Tener que decirle que no a alguien que ha tenido el valor y la generosidad de subirse a mis barcos-imaginarios es para ponerse enfermo. Y me pongo enfermo.
Y sigo enfermo mientras busco las imágenes más adecuadas para las portadas, el tipo de letra, la clase de papel a utilizar, enfermo ante la posibilidad de equivocarme cuando trato con maquetadores y diseñadores o repaso los textos intentando sugerir las últimas posibles mejoras (sin olvidar nunca que el autor es Dios en sus libros, que es el quien por último debe decidir y decide; en La Catedral del Mar y muchos best-sellers no es así, decide la editorial y el que firma tan contento porque luego dinero dinero dinero).
Pero hoy no voy a meterme con nadie del sector editorial, ni siquiera con el taimado Antonio Pastor o el a veces cerril Javier Azpeitia. Hoy entono mi mea culpa y me arrepiento. Me arrepiento de haber hablado jamás mal de ningún editor, de haber mirado con ira o por encima del hombro a quien me ha rechazado un manuscrito. ¡Un manuscrito! ¿Se imagina alguien algo más terrorífico que un manuscrito? Sí, claro: diez manuscritos, veinte manuscritos, cien manuscritos. Porque hay que leerlos, no basta con echarle un vistazo a la portada, como sucede con un cuadro, o sentarse en un sofá y darle rápido hacia delante o hacia atrás con el mando a distancia. Hay que leerlos. De repente aparece un viejo amigo, alguien a quien aprecio, sonriéndome de modo nuevo, no como el viejo Javier Puebla sino como el nuevo Javier Puebla, de profesión editor. ¡Socorro! Socorro porque detrás de la sonrisa hay cuatrocientas treinta y dos páginas de cuerpo ocho y además me asegura que la diputación o el ayuntamiento o su primo millonario van a comprar quinientos ejemplares de una sola tacada. Y debo decir que no. Que sólo a mis alumnos, por favor. ¿No me entienden? ¿No está clarísimo? ¡Sólo a mis alumnos! (Y aún así este año habrá catorce libros nuevos en el mercado que habrá que presentar, intentar distribuir, mover..., en el futuro. Ahora toca supervisar, vigilar, mimar...)
Pero si yo sólo quería ser escritor, un escritor que vendiese suficientes ejemplares para comer caliente y pagar el alquiler y dedicar mi energía a vivir y soñar. ¡Já!
-Tú no te das cuenta pero a lo mejor acabas haciéndote rico con esto.
-Acabará siendo el principio de un gran emporio.
-Ahora te cuesta, pero dentro de unos años serás uno de esos tiburones editoriales que ni siquiera se ponen al teléfono.
No, no lo seré. No tendré ningún emporio. No quiero. No lo pretendo ni deseo. Sólo estoy haciendo lo que pienso es justo, ayudar a dar el segundo paso a quienes he ayudado a dar el primero.
-Tonterías, hombre. Mira a Herralde, a Tusquet, a Mario Munich, a Lara, a Pote Huertas, a Valeria Ciompi, a Emilio Pascual o a Miguel Ángel-Matellanes o Joaquín Palau...
Y yo los miro, los miro a todos con absoluto respeto y admiración por haber sido capaces de dedicarse a un oficio que desde fuera puede parecer inspirado sólo por el dinero; pero para ganar dinero es mejor hacerse constructor o banquero o consultor o informático o tonadillera o hasta novio de tonadillera; no es el dinero lo que mueve a una persona a arremangarse los puños de la camisa y meterse en la harina de hacer libros. Es el amor. O por los autores o por sus palabras o por la magia que sólo puede vivir en la ficción. Amor. Y por eso lo odio. Odio ser editor, porque odiar y amar se sientan siempre en el mismo balancín, uno a cada extremo, y así lo mantienen vivo, en continuo e imprevisible movimiento.
(Y si no hubiera editores nunca habría podido este humilde lector acceder a textos tan maravillosos como el de Sam Shepard que he utilizado esta semana como cabecera. Intentaré odiarme un poco menos),

¿HE HECHO ALGO MÁS ESTA SEMANA?

Sí, cené con mi muy querido amigo, y colega, Lorenzo Silva el jueves en un restaurante oriental, y también comí con él -¿dos veces en una semana? ¡sospechoso!-en un restaurante sin apellidos de Getafe, y durante ese almuerzo conocí a su ayudante en el ayuntamiento del sur de Madrid, Gelu, y también a un tipo joven e interesante llamado David Barba que se dedica a organizar montajes culturales. ¿He hecho algo más? Unas cincuenta llamadas de teléfono a personas con las que me apetecía hablar (al precio que está el móvil no voy a ponerme a llamar a quien me resulte indiferente). Quedado, el sábado por la tarde, con mi colega Antonio Pacios y su amiga Lola para que me enseñaran a utilizar Quark Press (está chupado). Y como ya tocaba: he comenzado mis cursos con tantos alumnos, más uno, como el año pasado. También he nadado todos los días sin fallar ni siquiera el domingo. Y no trabajado más que una noche, y apenas una hora, en mi novela amada que aún no he acabado de corregir. Y me he mojado bajo la lluvia. He paseado horas. Visto varios episodios de la vieja serie Luz de luna en compañía de mi chica. Redescubierto la realidad en compañía de mi imaginativo cachorro, que me recuerda como se portan verdaderamente los niños. Ha sido una buena semana, vista con perspectiva. Me quejo de vicio. Estoy preparando seis libros para sacar antes de Navidad. El mundo me sonríe y yo -como pago- gruño. Pero ya he parado. Ya no gruño, sonrío despacio mientras -también despacio- tecleo las últimas palabras, por esta semana, de este diario.

“Antes o después te ganaré, porque... he vuelto”
Paul Newman en EL COLOR DEL DINERO, de Scorsese

15 octubre 007

¿PARA QUÉ? PARA NADA
Es lunes. No hace ni frío ni calor cuando salgo de casa para meterme en el metro y salir veinte minutos después en otro lugar, diferente pero igual, de la ciudad de Madrid. Llevo una sonrisa o amago de sonrisa en la cara; al cruzarme con una de mis más bellas vecinas, y tras el clásico ¿cómo te va? al que respondí con el nada original, bien, bastante bien, luchando, ella añade que se me ve contento. Y sí, estoy contento.
¿Por qué estoy contento? Nada especial en realidad. Voy a casa de un amigo a charlar. Pero ¿a charlar? ¿Sólo a charlar? Sí, sólo a charlar. Nos hemos vueltos tan calvinistas, los dúctiles españoles, que comienza a costarnos comprender la posibilidad de que alguien se tome la molestia de atravesar la ciudad para quedar con otra persona sin que haya un negocio, un proyecto, un interés concreto. Pero es el caso. A quien voy a ver -es a Santiago de Mora-Figueroa y Williams, Marqués de Tamarón. Cuando me abre la puerta de su casa la primera sensación es la de estar accediendo a un refugio privilegiado, un lugar en el que sin llegar a haberse congelado el tiempo no se permite la intromisión de ningún elemento que pueda alterar el ambiente original. La decoración es cosa de mi mujer, dice Santiago, que en parte juega el papel de convaleciente, al observar la velocidad con la que mis ojos escrutan biblioteca, muebles, cortinas y pequeñas y maravillosas porcelanas. Y he mencionado que juega el papel de convaleciente porque hace poco sufrió una operación sin importancia y es la intervención lo que nos ha servido a ambos de disculpa o pretexto para juntarnos a charlar. Podría parecer cuestión baladí, pero Lola, mi esposa, me miró raro cuando le dije que iba a casa de Tamarón, y tuve que recordarle lo normal que era para un diplomático (cuando vivíamos en Dakar ejercíamos como tales) recibir en casa. Y, paralelamente, Santiago me confiesa que también ha tenido que explicarle a su mujer que no nos reuníamos porque tuviéramos ningún proyecto común en marcha, que sólo sucedía que un amigo visitaba a otro, que -matizando- un escritor visitaba a otro escritor. Porque más que de ninguna otra cosa charlamos sobre literatura, esa planta rara que crece en los campos de oriente y en el fango de occidente, que sobrevive a la robotización del mercado editorial empeñado en que los amantes de las plantas literarias las adquieran de plástico para así no tener que regalarlas, abonarlas o vigilar la presencia de insectos extraños. He leído, primero con curiosidad, luego con afecto e interés, y finalmente con pasión, tres libros escritos por Santiago (ahora tengo un cuarto, Pólvora con aguardiente, esperando que acabe con la última remesa que me ha enviado Anagrama cuyo catálogo completo sigo leyendo sin desfallecer). Santiago es un escritor notable. Hay pocos escritores notables. Hay pocos escritores, en general. Mucha gente escribe (y hasta publica sus vistosas plantas de plástico) pero pocos, muy pocos, somos escritores. ¿Cuál es la diferencia? No necesito responder a esa cuestión, hasta el más imbécil advierte cuando está ante algo auténtico o falsificado, cuando una planta se muere si no es regada o es sólo un trozo de plástico más o menos habilidosamente maquillado y modificado. Pero estoy haciendo crecer estas líneas con un propósito oculto, taimada mezcla de generosidad y juego literario, pues voy a cerrarlas con la prueba de que Santiago, Marqués de Tamarón, es escritor y no sólo alguien que escribe como el soporífero y lerdo de .... (ah, no, esquivo mi propia trampa y no voy a poner la lista de los cien trepas, plumíferos y demás fauna que acaba de atravesarme la cabeza). Y como me estoy divirtiendo, igual que me divertía el lunes mientras iba a casa de Santiago, voy a retrasar el cierre prometido, y explicar antes porque me parece tan interesante hablar con Tamarón. Allá voy. Me gusta hablar con Tamarón por tres razones, que ordeno subjetivamente de menor a mayor. La primera razón, y para mí -asilvestrado endémico- la menos importante, es su cultura: ha leído y estudiado muchísimo; se puede decir de él esa preciosa frase: culto a pesar de ser erudito. El segundo motivo es que es una persona inteligente, de inteligencia natural amén de cultivada. Pero la clave, donde se reúnen y armonizan los puntos anteriores logrando que hablar con él sea tan inspirador como leer un buen libro o ver una buena película, reside en que es capaz de pensar; y lo hace. Sí, piensa. Las personas inteligentes, y más cuando son cultas, tienden a protegerse dentro de un esquema mental no demasiado flexible dentro del que se sienten seguros y razonablemente felices que no necesita de mayores reflexiones. Tamarón, y ello le hace excepcional, no sólo es inteligente y culto, sino que además piensa; creativamente piensa. (Hablar con él es como jugar al tenis con Andrea Agassi, jamás sabes donde y como va a lanzar la pelota).
Ya casi nos despedíamos cuando le pregunté sobre el proceso de creación de su obra más importante, El rompimiento de Gloria, y me confesó que había tardado cinco años en escribirla, sólo los domingos y el mes de verano en Arcos de la Frontera. Me maravillé, porque en ningún momento del libro se produce una sensación de discontinuidad, nadie adivinaría ese abandono de la historia de lunes a sábado todas las semanas. Y entonces Santiago me confesó un secreto, el que me ha impulsado a redactar este texto. No escribía, pero cada noche antes de acostarse pensaba en los personajes, los recordaba, los cuidaba.
Guardé la confidencia en mi corazón y ahora la transmito porque la considero tan valiosa como una lección de magia.
Quedar con alguien “para nada” en estos tiempos parece absurdo; pero en las “tierras de para nada” crecen secretos y flores que muy improbablemente verían la luz si la cita hubiese sido motivada por el poder, el dinero o cualquier otro objetivo que el común comprendería y del que sólo escapa el loco, el niño o el artista.

GENTE QUE NO RESPONDE AL TELÉFONO
Siempre me asombran. Los idiotas que no responden a una llamada, que no se ponen al teléfono aunque su única ocupación sea en ese momento mirarse un grano en la nariz o tocarse los huevos. Entiendo que alguien esté ocupado, que llame luego o un día o una semana más tarde. Entiendo también que si quien llama es Glen Close y quien recibe la llamada el protagonista de Atracción Fatal no descuelgue; forma parte del juego de seducción y repulsión de los sexos. Pero me pasman los idiotas que de repente se creen tan importantes como para que resulte justificado faltar a las más elementales normas de educación con un colega o un amigo. De hecho no conozco a nadie de calidad, y me trato con muchos personajes tan famosos como ocupadísimos, que no responda cuando le llamo. Por supuesto yo obro de igual modo, siempre, salvo error u omisión, respondo o llamo cuando no puedo hacerlo en el momento. Me ha pasado últimamente, entre otros pero él me duele, con Enrique Redel, a quien he calificado repetidas veces -y lo mantengo- como editor de raza, con quien he sido siempre impecable y que de repente dejó de ponerse al teléfono. Era la época de El Funambulista. La tercera editorial que levantaba y la tercera que probablemente se hundirá ahora que la ha abandonado o le han echado (no sé). Hablé con él, milagrosamente cogió el teléfono, y me lo contó: que su socio se había quedado con el negocio (¿quizá por eso tenía Redel en aquel momento tenía tiempo de descolgar el móvil?); también que montaba nueva editorial, que me mandaba un correo o un teléfono con el nombre de un antiguo becario suyo a quien podría contratar para que me echase una mano con mi pequeña editorial. Estoy esperando. Hace semanas estoy esperando. Prefiero pensar que es torpeza antes que mala fe; pero si ese fuera el caso, una torpeza del bueno de Enrique, comenzaría a comprender que sus jefes o socios, aunque sea un editor de raza, acaben por despedirlo o quitárselo de encima. La mala educación puede permitírsela Almodóvar y convertirla en una película. De hecho puede permitírsela mucha gente cuando le dan un carguito; es por desgracia relativamente común el tipejo o la tipeja que no responde, incluso cuando un viejo amigo le llama. Ellos sabrán; o no. Por mi parte, tristeza por su poca inteligencia -como escribió Durrell: EL MUNDO ES COMO UN PEPINO, HOY LO TIENES EN LA MANO Y MAÑANA METIDO EN EL CULO- y desprecio por su ignorancia de las más elementales maneras.

“No se vuelve de una incursión en la singularidad como de un paseo por el bosque”