(ÚLTIMA ANOTACIÓN)

“Siempre
es mejor el día anterior a la batalla que el siguiente;
aunque se venza. (La expectativa)”
De Sosiego, mi antilibro, tan querido como impublicable.
10 septiembre 007
Septiembre, cuando el año comienza de
verdad para gran cabreo -imagino- del calendario oficial.
Septiembre. 007. Sentado ante mi ordenador y de nuevo conectado
al mundo, a la web, sonrío. La nueva película,
ladies and gentleman, va a empezar.
¿QUÉ HACE UN ESCRITOR
CUANDO ESTÁ DE VACACIONES?
Escribir, claro. Al menos yo, cuando estoy de vacaciones me
dedico a hacer lo que más me gusta, es decir: escribir,
igual -pero diferente en temas, ritmos y matices- que cuando
no estoy de vacaciones.
Durante dos meses breves como suspiros, dos meses-suspiro,
he estado retirado del mundo, nada de presentaciones literarias,
cenas y comidas político-literarias (esa es otra historia),
apartado de la actualidad del mundillo, mirando con desconfianza
la pantalla del móvil si aparecía la llamada
de algún editor (¡así no se va a ninguna
parte, Javier Puebla!), sin actualizar la web, ni enviar correos
electrónicos... En suma: salvaje, prístino y
libre. Más o menos. Porque he seguido bien pegadito
al ordenador, que durante estos dos meses, ha cambiado de
condición, más amigo íntimo que pasarela
para comunicarse con el mundo. Y ¿cómo sucedió?
De un modo casi mágico, no solicitado. De repente,
a principios de julio se hizo el silencio a mi alrededor:
nadie me llamaba, requería o necesitaba; y la novela
que comencé en abril de 2006 sonaba tan clara en mi
cabeza como si tuviera unos auriculares clavados en las orejas.
Así que, ¿por qué no? Podía intentarlo.
Además el proyecto, que hace un año me parecía
dificilísimo, había cambiado y lo único
que tenía que hacer era escucharlo con atención
y teclear con la misma atención lo que escuchaba (la
segunda novela consecutiva en la que me sucede algo así;
o alguien me ha regalado una suscripción a radiomusas
sin que yo me entere o he encontrado el punto G de la creación
literaria o mi optimismo llega a niveles tan excesivos que
soy capaz de creer que me pasan esas cosas; a todo junto,
¿quién sabe? Ha quedado bien, creo. Aún
estoy corregiendo, pero ya es más difícil dedicarse
únicamente a “escuchar con atención”
la novela, porque el mundo ha comenzado a subir su volumen
y ya ni con auriculares y a las cuatro de la noche se escucha
Radiomusas con demasiada claridad, pero el primer borrador,
340 páginas que quizá crezcan todavía
un poco, tiendo a escribir de menos, ya está acabado,
así que me puedo relajar un poco, volver a ver gente,
enterarme de que Rafael Reig
ha dejado su brillante sección en El Cultural de El
Mundo (era lo mejor del suplemento, lo primero que leía
siempre; su último artículo-sentencia dedicado
a él mismo no tenía desperdicio, y me dice uno
de los editores que llaman a mi móvil, y que ya descuelgo,
que le ha fichado el nuevo periódico que está
a punto de desembarcar en los kioscos), convocar a mis Tripulantes,
mis escritores, mis alumnos, para el nuevo curso y los diversos
libros que iremos publicando...., resumiendo de nuevo: volver
a la vida literal y literaria y abandonar mi amada ficción
(o al menos no respirar sólo para ella), lo cual agradecerán,
espero, quienes me conocen porque cuando se vive a lo Santa
Teresa, sin vivir en mí, porque estás colgado
de un universo que únicamente existe para ti y que
no se puede compartir, se paga un precio: los viejos amigos
que me encontraba en los bares o paseando (mi vicio favorito)
resultaban menos intensos, y también menos conocidos,
que los personajes: Marisa Ramón, la señora
Stillman, Jean Claude... Pero con nadie podía charlar
de verdad sobre esas vidas imaginarias, en revelación
(con v) creciente de la señora Stillman o el escurridizo
El Hadj Ibn Karim Kadiri, y como de nada más sabía,
en nada más estaba interesado realmente, poco podía
aportar a las conversaciones en las que me veía implicado;
sin duda Javier Puebla era la persona más aburrida,
o al menos una de las más aburridas (no es cuestión
de ser más que nadie en nada), que cualquiera pudiese
echarse a la cara como interlocutor. Sólo una noticia
real, la muerte de mi amigo Camilo Alonso-Vega de la que me
enteré en julio, cuando estaba en Galicia, logró
sacarme del proceso que unos días de ese proceso que
idealmente sólo debería interrumpir el sueño,
(according to Patricia Highsmith). Supongo que todavía
no he recuperado el swing, aunque ya sí el swinn, to
swinn (estoy inglesizado perdido, habrá que mirarlo,
o no, ¡vivan los barbarismos!).
En cualquier caso es septiembre, mediados, hace más
calor que en agosto, Umbral se ha muerto y yo lo lamento cero
(no me caía bien, supongo que no han pegado más
patadas -como él hizo con Cela en su momento- al cadáver
porque o no merecía la pena o da pereza hacerlo en
zapatillas de verano, Emma Penella, queridísima ella
sí, ha muerto, Polanco ha muerto (ni fú ni fá
para este humilde cronista), Pavarotti ha muerto..., pero
sobre todo, para mí, este verano quien murió,
murió para mí, insisto, para mí de verdad
porque le conocía, le quería y era mi amigo,
un buen amigo, fue Camilo Alonso-Vega, que me invitó
a dar varias conferencias en Hong-Kong en primavera, y las
di pero no llegué a verle porque acababa de entrar
en la UVI, y esa es la única muerte que me duele de
verdad, incluso más que la de la Penella, que se portó
conmigo como una madre cuando yo era un reportero debutante
en Diario16 pero a quien llevaba veinte años sin ver.
Camilo Alonso-Vega, diplomática de carrera, cónsul
general de España en Hong-Kong (y antes en mil sitios),
persona de inteligencia y sensibilidad inhabituales, dolor
que aún tengo en el corazón y por el que voy
a permitirme cerrar esta breve crónica after-hollydays,
con un relato corto y un torpe, aunque la intención
era buena, montaje fotográfico, en su memoria. Memoria
que seguirá viva mientras yo, y otros muchos, aún
estemos por aquí dando guerra, haciendo lo que creemos
debemos de hacer..., como si valiera para algo. Va por ti,
Camilo Alonso-Vega, por ti y tu pequeña familia.

DÉJALO QUE SE VAYA
Déjalo ya, déjalo
que se vaya. A los once años se saben y pueden decir
cosas que en la edad adulta se olvidan o no se pueden decir
porque sobrepasan las fronteras de la lógica. Déjalo
que se vaya, mamá, déjalo ya. Y la madre mira
a la niña desde lo más hondo de sus ojos secos
de lágrimas y anegados de dolor. Más de cuatro
meses en la unidad de cuidados intensivos, primero en un país
lejano, Hong Kong, y las últimas semanas ya en casa,
cerca de los suyos. Déjalo que se vaya. Nur, la niña
sabe, igual que Malika, su madre, sabe, que Camilo, el padre,
el esposo, sigue aferrado -apenas con las yemas de los dedos-
a la vida por ellas, para no abandonarlas y dejarlas solas.
Pero es demasiado sufrimiento, las yemas de los dedos han
cedido y es el mismísimo hueso el que se cierne sobre
el delgado hilo que le mantiene entre los vivos. Déjalo
que se vaya. La niña me ha dicho que te deje ir, Camilo;
y yo… te dejo ir. Malika, su amiga, su mujer, su amante,
su niña antes de que viniese al mundo la otra niña,
le coge la mano por última vez. Y Camilo Alonso-Vega
siente el contacto de otra piel en su piel ya casi transparente
por última vez. Por última vez.
“Un
buen viajero no tiene planes fijos, ni está empeñado
en llegar a parte alguna. Un buen artista permite que su intuición
le guíe hacia donde quiera (Y LUEGO OBSERVA DONDE HA
LLEGADO CON SUS OJOS NUEVOS DE EXTRANJERO).
Lao Tse, Tao Te Ching (excepto las mayúsculas
que son de quien escribe esta página viajera; a veces
hasta artística)
17 de septiembre
HACER DOS COSAS BIEN
A LA VEZ
Para mí es algo vedado, pero lo intento, humildemente
una y otra vez lo intento: hacer al menos una cosa bien, otra
regular, y las demás... como salgan y se pueda, sin
planes fijos que diría Lao Tse en su Tao.
En cualquier caso durante este mes lo que voy a intentar hacer
bien, y además pasándomelo muy bien, es volver
a utilizar mi traje de editor, mi disfraz de hombre ejecutivo
y empresario que, poco a poco (porque sólo lo utilizo
cuando es imprescindible) me está empezando a gustar.
“Es estupendo que te ame un neurótico,
da seguridad”
Claudio Magris, Así que Usted comprenderá
LA RENTRÉE LITERARIA,
SIN ANA KUNTZ

Comienza el baile. Perezosamente comienza el
baile. Sentados comienza el baile. Comiendocomienza el baile.
Comienza con editores, directores generales, presidentes y
directores de revistas y periódicos, autores que van
a publicar conmigo y autores que van a publicar en pequeñas
y grandes editoriales y que, sin embargo, necesitan una manita
de este humildísimo cronista para ultimar algún
detalle. El primer baile, literario y sentado y con comida,
fue el lunes, en una “carnicería” de General
Pardiñas y en compañía de Miguel Ángel
Matellanes, con quien estuve, es buen conversador, más
de cinco horas, de postre cayeron algunos jarabes, hasta que
–estábamos sentados en una terraza del Retiro
y el sol declinaba- apareció Teresa, su chica encantadora
y yo me fui a nadar y meditar si realmente Matellanes es un
editor tan grande como Calasso o si más bien sucede
que mi deseo de aquí así sea, y decidí
que dado que es muy joven y se mueve por terrenos pantanosos
y difíciles lo adecuado es otorgarle como mínimo
el beneficio de la duda, subrayado siempre por mi afecto,
indudable, hacia Miguel Ángel como amigo y persona.
El martes siguió el baile, y otra comida. Pero esta
vez no iba a ser un baile sentado, porque mi anfitrión
era nada menos que Manuel Domínguez, que como cualquiera
que le conoce sabe es una máquina, y precisamente en
La Máquina compartimos juntos un arroz a banda riquísimo,
pero en cuanto dimos cuenta del café, comenzamos a
movernos. Encontramos una doña Berenguela en una agencia
inmobiliaria, copiamos teléfonos de carteles colgados
de edificios y árboles, nos trasladamos hasta Ortega
y Gasset, donde visitamos varios lugares, entre otros Channel
(no me gusta como tienen decorada la tienda de Madrid, sobra
tecnología y falta magia), porque mi compañero
de aventuras en la tarde del martes fue capaz de encontrar
tiempo, ya he dicho que es una máquina, para –en
Channel- comprarle o cambiarle unas gafas de
sol
a su chica, a quien aún no conozco pero tengo muchas
ganas de conocer porque he oído hablar de sus logros
y además tiene nombre de novela de James Ellroy, Dalia;
y aún después, con Manuel, visité una
oficina, de nuevo en la zona de Cuzco; y supongo que habríamos
seguido y seguido, hablando y actuando a la vez, si él
no hubiese tenido que regresar a casa para ponerse a escribir
y yo no hubiese tenido un compromiso personal: leerle a mi
niño su cuento nocturno. Nos separamos en Sor Ángela
de la Cruz con cierta pena; al menos yo con cierta pena, pues
lo había pasado genial.
El miércoles la agenda del director de cultura de un
poderoso ayuntamiento se vio alterada y la comida prevista
quedó pospuesta. Aproveché el mediodía
para leer Así que Usted comprenderá, lo último
de Claudio Magris, una joya brevísima y conmovedora
(.... al corazón no se le dan órdenes, decía,
el corazón se rompe, y si se le dice que no se rompa
se rompe igualmente, como el mío...) que, en nuestro
país sólo Herralde se atrevería, atreve,
a editar como narrativa, pues apenas cuenta con cincuenta
páginas de letra grandota (sucede que a la literatura
patria no acaba de llegar la nouvelle cuisine, que la gente
lectora sigue prefiriendo una hamburguesa con dos kilos de
viento a un solomillo perfecto).
Cuando acabé de leer corrí hasta la piscina,
nadé, mientras me secaba acordé tres citas que
me tuvieron ocupado el resto de la tarde: autores que están
a punto de publicar, nuevos y viejos Tripulantes de mi taller
literario..., y esa noche ya ni siquiera llegué a tiempo
de leer al niño su cuento nocturno: estaba dormido
y me quedé un rato de pie al lado de la cama, mirándole
cansado, mirándole culpable, mirandole intentando adivinar
si se había dormido contento, pero en todo caso mirándole.
El jueves la comida fue secreta: un editor que ha cambiado
de sello y cuya identidad me ha pedido no desvele de momento
ni en mi web ni en mis artículos; así que sólo
menciono que fue en El Escorial y en un restaurante muy famoso.
En suma, que como puede verse había movimiento...,
pero no estaba Ana Kuntz. No es que le haya pasado nada malo,
al contrario, le ha pasado algo bueno, algo que ella deseaba
que le pasase: ha dejado el trabajo para dedicarse a su marido
y a vivir. Afortunada ella, afortunada él. Desafortunados
nosotros, todos los periodistas -pienso en Joaquín
Arnaíz, Quiroga Clérigo, Chema González
y otros adictos a sus famosos desayunos de prensa en un hotel
de la Gran Vía, que más que desayunos de prensa
eran tertulias literarias que alguien habría podido
grabar y poco habría tenido que envidiar el resultado
a Las Noches Blancas del gran Dragó o al Extravagario
de Rioyo. Mi aprecio por aquellos desayunos -que ya no volverán
aunque en el departamento de prensa del grupo Anaya haya aún
mucha gente altamente capaz- lo prueba que madrugaba para
acudir a ellos. Suelo levantarme cerca de las tres de la tarde
(la escritura nocturna, la fuga del ruido y el repiqueto de
los teléfonos), pero por Ana Kuntz me he levantado
muchas veces con sólo tres o cuatro horas de sueño,
y siempre siempre me ha merecido la pena el esfuerzo.
El trabajo de un jefe de prensa es difícil de valorar
o medir. Supongo que el Planeta o el Alfaguara se promocionan
siempre igual y a veces las ventas llegan a las estrellas
y otras simplemente
se
estrellan; por lo que para juzgarlo sólo queda
mirar
a la persona que lo realiza, el jefe o jefa de prensa; y Ana
Kunt era inigualable (me recordaba a Pedro J. Ramírez
de joven, cuando se molestaba en alentar con sus palabras
de ánimo hasta a los periodistas más bisoños,
como era mi caso en 1983). Ana mandaba un correo, llamaba
luego por teléfono, nunca pedía nada, siempre
daba las gracias y jamás permitía que el posible
cansancio alterase su estado de ánimo impecable. Me
alegro por ti, Ana Kuntz, de que seas libre y feliz, pero
voy a echarte de menos; ya te hecho de menos, hace meses que
te echo de menos; desde que llamé un día a tu
departamento en Anaya extrañado porque llevábamos
varias semanas sin un desayuno de prensa y me dijeron que
no, que Ana Kuntz no estaba, que Ana Kunt ya no trabajaba
allí.

No
dudo ni flaqueo, mi objetivo es lo imposible
de
Sosiego, el anti-libro impublicable que desde hace más
de quinientos días escribe a mano cada noche, sin fallar
ni una, el extraño Señor Puebla
24 de septiembre 007
(Ha
terminado mi curso intensivo, y la primera semana de octubre
comienzan los talleres
literarios de este año. Del año pasado sólo
uno abandona, y ya hay confirmados cuatro nuevos. Lo cierto
es que no he mandado ni un solo correo general ni realizado
publicidad en ningún sitio..., porque si se presentase
mucha gente sería inevitable abrir un nuevo grupo el
lunes, y aunque estoy dispuesto a hacerlo más contento
estaría, lo admito, de no tener que hacerlo y poder
seguir reservándome el humilde lunes para mí
mismo; pero que sea lo que las olas quieran. Y esta semana
seré ante todo y sobre todo: editor. Le voy cogiendo
al punto a tan sutil desequilibrio entre arte y negocio, trabajo
y juego).
ME LEVANTO TEMPRANO
Las diez de la mañana no es temprano para casi nadie,
ya lo sé, pero sí para mí. Están
montando un supermercado bajo mi casa -es mi sino: que construyan
supermercados a mi alrededor y hagan un ruido de mil pares
de cojones, pero intento usar el viento a favor- y comienzan
los golpes a las nueve; normalmente ignoro los golpes, el
ruido que precede al temblor de las paredes del edificio,
pero el martes no sé por qué el ruido de las
máquinas me hace pensar en un gigante con el estómago
colonizado por mil gases malévolos, un gigante pedorro;
la imagen me hace sonreír y... levantarme. Preparo
un zumo de naranja enriquecido con germen de trigo, levadura
de cerveza y lecitina de soja, caliento una taza del té
que ha dejado en la tetera mi mujer, y cojo algo de embutido
de la nevera y pan tostado de la despensa; con el conjunto
sobre una bandeja me dirijo hacia mi despacho -el gigante
sigue librándose del aire acumulado en su tripas grande
como una caverna y los cristales de la ventana tiemblan con
cada cuesco- y me siento ante el ordenador; mientras como
y bebo enciendo la maquinita. A la derecha de la misma está
Trampantojos, cuatro nouvelles de El Marqués de Tamarón
recogidas en un solo libro publicado por Mondadori en mil
novecientos noventa; la última de las historias le
leí la noche anterior, las cuatro son buenas y están
cuidadosa y excelentemente escritas, y mientras el ordenador
acaba de ordenarse lo suficiente como para que pueda trabajar
o enredar con él, me levanto y saco de la biblioteca
los otros dos libros que tengo suyos, la novela El rompimiento
de gloria, y una colección de ensayos publicada como
El guirigay nacional. Jugueteo con los libros mientras sigo
desayunando, y pienso que es injusto que la fama de Tamarón
como escritor no alcance a la del personaje público
que él mismo ha construido, aunque sé -por experiencia-
que es uno de los precios o peajes que deben pagarse al construir
un personaje que nos ayude o proteja en la lucha contra el
mundo exterior. En las últimas páginas, las
que están en blanco, las llamadas páginas de
cortesía, de El guirigay nacional hay varias frases
copiadas por mi mano, con el número de la página
correspondiente escrito a un lado; doy el último trago
al zumo de naranja y observo que bajo uno de los entrasacados,
con mayúsculas y acompañando la palabra con
una flechita dibujada a lápiz, he escrito: MICRO. Lo
cuál significa que cuando lo leí pensé
que de la frase podría sacarse un microrrelato. Leo
lo escrito y lo confirmo en su versión impresa en la
página 46 del libro (primera edición, Áltera
2005); es una anécdota preciosa sobre Mallarmé,
y desde luego merecería una flash-fiction (el término
inglés es mucho mejor que el nuestro, lo siento sorry
lo siento); como el ordenador, a diferencia de mi cerebro,
ya se ha despertado por completo y lo tengo exactamente enfrente
convoco al procesador de textos, y escribo, dormido y vapuleado
por el ruido de los obreros que maltratan los bajos de mi
edificio para convertirlos en un supermercado. Escribo de
un tirón y al finalizar advierto que aún no
he terminado el desayuno; apuro el té y el pan tostado
y vuelvo al texto, corrijo y cambio un par de cosas. Ya que
estoy levantado puedo pasarlo a una de mis páginas-web;
así que vuelvo a mirarlo otra vez, y ya no lo corrijo
más, que sea como es o no sea. Así:
NO SÓLO MATA
(para mi amigo Santiago de Mora-Figueroa)
Mallarmé fumaba. Fumaba
sin cesar. Un puro tras otro. Un cigarrillo tras otro. Tumbado
en un diván -el tabaco ingrávido en el aire
y sólido en la mano- cuando recibía a sus alumnos.
Pretendía así interponer entre él y la
realidad una continua cortina de humo. Que existiese siempre
una tenue cortina de humo entre él y la realidad. Al
menos una cortina de humo. Entre él y sus alumnos.
Con cierta displicencia y sin abandonar del todo su soledad
tumbado en su diván cuando recibía a sus alumnos.
Sin cesar fumaba. Fumaba Mallarmé.
Vuelvo a leerlo ahora, antes de darle a copiar
y pegar, y le hago un par de cambios más; es evidente
que lo escribí sin energía; no lo siento como
mío, pero voy a dejarlo así, aunque ahora creo
que el texto original de Tamarón es más exacto,
mejor que mi flash-fiction, pero decido ser tolerante conmigo
mismo. La escribí dormido. Tan dormido que nada más
terminar de pasarla a la página web me volví
a la cama; serían las once y media o así. Por
la tarde tenía trabajo, un curso intensivo en el que
me tocaba hacer de editor de diez de los autores a los que
voy a publicar este año; una actividad, el curso intensivo,
similar a jugar partidas simultáneas al ajedrez: reaccionas
por instinto, sin entretenerte en cábalas ni cavilaciones.
Me encanta. Corregir detalles de diez libros a la vez durante
dos horas de tensión máxima; el curso duró
cuatro días y sólo tres autores aguantaron mi
ritmo hasta el final. Pero para mantener ese ritmo había
que estar descansado a las ocho de la tarde, hora de la cita
con mis escritores, así que, como he dicho me volví
a la cama, y como no dudo ni flaqueo porque mi objetivo es
imposible, porque sé que todo buen nadador aprovecha
la dirección de la ola, yo también aproveché
y utilicé el ruido inodoro de las tripas del gigante
y volví a quedarme dormido, hasta las tres, arrullado
por el dulce trino de sus cuescos.

¡QUÉ BONITO!
Al despertar de nuevo, me zampé unas
albóndigas calentadas en el microondas, subí
al coche, conduje hasta el Canoe, nadé, fui a buscar
al niño al colegio y me encontré con que mi
padre estaba con él. Como de costumbre mi padre me
traía un legajo de recortes de prensa, cosas que piensa
-es impagable- debo leer y seguramente no he leído.
Estábamos ya en el ascensor que sube del parking a
casa cuando el niño me preguntó ¿quien
es ese?, y señaló una foto. Antes de que lograse
explicarle que era un íntimo amigo de mi íntimo
amigo Eduardo Lago, y que salía en los periódicos
casi cada día por razones políticas, el niño
acercó el dedo, tocó la foto, y dijo:
-¡Qué bonito!
¿Qué bonito? ¿Qué es lo que podía
tener César Antonio Molina de bonito? La foto estaba
cortada por la mitad, cosas de maqueta, y no se le veía
la barbilla.
-¿Qué es lo bonito?
-El pelo, me gusta mucho.
Sufrí un ramalazo de envida, mi hijo jamás diría
que mi escasísima cabellera le gusta mucho.
-Es como mí.
Y tocó su propio pelo rizado. Es verdad, el pelo del
nuevo ministro de Cultura se parece al de mi hijo Max, yo
también lo tuve así de niño y adolescente;
y es bonito. Como bonito, y para mí más envidiable
que el cargo que actualmente ocupa César Antonio Molina,
es que un niño se fije en la foto de un hombre mayor
y afirme que le gusta su pelo. Seguro que es el mejor piropo,
el más bonito, que han dedicado al íntimo amigo
de mi íntimo amigo Eduardo Lago desde que, para bien
y para mal, cayó sobre sus espaldas el difícil
cargo de ministro.

Tengo
en el ordenador como fondo de pantalla la misma imagen que
utilizo para la publicidad del taller literario de este año.
Me la hice en Galicia, un día de este verano en el
que fui feliz. La tengo para mirarla mientras recuerdo el
genial poema de Luis Alberto de Cuenca titulado Optimismo
y que termina así: que tu ejemplo en la vida sea siempre
lo que gozaste, no el sufrimiento. Que los dioses os hagan
cosquillas si en algún momento os fallase el sentido
del humor, amables visitantes de esta exótica página.
1
octubre 007
““Me
subí a la cucaña y me caí,
me subí a la cucaña y me caí,
me subí a la cucaña..., , sí, me caí.
Estoy trepando otra vez por la cucaña, aunque doy por
hecho que volveré a caerme antes o después de
haberla coronado. La cucaña -a ver si logro entenderlo-
no es un lugar donde nadie se pueda quedar eternamente a vivir”
de SOSIEGO, antilibro impublicable.
ALGO ASÍ COMO UNA SEMANA
DE VACACIONES
Se suponía que este manso, peleón, orgulloso,
despistado y -ante todo- perezoso diarista dispondría
de siete días -siete- para no hacer nada, pasear con
los ojos perdidos en las cornisas de los edificios, jugar
al mus o al ajedrez, fingir que me llamo de otra manera (¿Lucas?)
y mi idioma materno no es el español, llamar a las
muchas personas que quiero y a quienes, ay Mad Madrid, casi
nunca veo..., se suponía, en suma, que antes de comenzar
con mis talleres y el trabajo de edición de los libros
de mis Tripulantes tendría una semana de vacaciones.
Y la he ten
ido,
sí, una hermosa, larga y perezosa semana de vacaciones:
cada vez que me tumbaba en el sofá se me clavaba una
aguja post-it en la memoria recordándome algo que no
había hecho, cada veinte metros de ocioso paseo mascullaba
un “mecachis” y sacaba el móvil para llamar
a un maquetador, un editor, un periodista, un hotel para perros
(eso fue una extravagancia, lo admito, no tengo perro, y si
lo tuviese no me gastaría la pasta dejándolo
en un hotel).
Me monté -en mi algo así como una semana de
vacaciones- una NOCHE EN BLANCO privada y fuera de fecha,
y para ello monté una instalación o happening
o llamen como prefieran al hecho de dejar a las puertas de
la biblioteca pública de Retiro 30 ejemplares de Sonríe
Delgado, casi cien mil pelas en libros, para luego, escondido
entre los tupidos setos del jardín adyacente observar
como la gente se los iba llevando uno a uno, mosqueados, asombrados,
incrédulos, pero siempre llevándose los libros
uno a uno hasta que en menos de una hora desaparecieron los
30; con el último chaval, el que cogió el último
libro, hasta hablé un rato: salí de mi escondrijo
tras el seto, le firmé la novela y le comuniqué
mi sorpresa y alegría ante el hecho que ningún
buhonero se hubiese llevado el conjunto para revenderlo en
la Cuesta de Claudio Moyano; y también lo respetuosos
que habían sido todos mis anónimos y presuntos
futuros lectores, cogiendo un libro y sólo uno por
barba.
Una de las tardes de mi algo así como
una semana de vacaciones estuve con el encantador escritor
y diseñador Benjamín Escalonilla, quien por
cierto se ha presentado al Nadal y al que deseo suerte con
su novela porque ha trabajado y se
lo merece: la abrí en el metro y no paré de
leer hasta terminarla cuatro horas más tarde. Acudí
a su casa, un piso altísimo de Fuencarral que permite
volar con la vista sobre los tejados, e hicimos juntos el
logo de mi nueva editorial, Haz Milagros, preparamos un boceto
de la maqueta del primero de los libros, volví a mirar
las calvas y postizos de Mad Madrid desde su alta ventana
y conocí a Nancy, su chica, felizmente embarazada.
Cené -una noche de algo así como una semana
de vacaciones- con un ex-compañero del Ministerio y
otra con José María Mejorada, uno de mis mejores
autores. También comí -durante eso que he llamado
algo así como una semana de vacaciones- cuatro veces
fuera de casa (no sé si por placer, trabajo, o ambas
cosas a un tiempo), compré tierra para las dos plantas
que tengo ahora ante mí, mientras escribo, dos ficus
que ya han alcanzado los dos metros de alto y una anchura
que desborda las dimensiones de mi despacho, y me quedé
con las ganas de dar un paseo sin rumbo por El Retiro porque
no fui capaz de encontrar el momento oportuno para hacerlo.
Durante mi algo así como una semana de vacaciones no
devolví una llamada a Juan Manuel Chumilla (se la debo
y la haré en cuanto vuelva al tajo), pero sí
marqué un número desconocido que resultó
ser de Cuenca, donde me han convocado para dar un taller de
microrrelatos sobre el amor y la muerte para el mes de marzo,
y como estaba contento porque hubiesen pensado en mí
al colgar con el señor Dolz, de Cuenca, foné
una vez más al hotel para perros, donde ya empezaban
a estar hasta las narices de mí, hartísimos
de que llamase para nada,
así que le prometí a la chica que me hacía
de frontón verbal uno de mis libros, dedicado y con
dibujito incluido, para que -dando por hecho que no permitían
alojarse en el hotel a libros de ningún tipo- al menos
pudieran ojearlo aquellos que sí tienen perros y los
dejan en los hoteles creados al efecto, pero por algún
motivo dejé de caerle simpático y me colgó
el teléfono. Volví a llamar y poniendo voz de
senegalés (se me da bien, he estado allí cuatro
años) le mentí explicando que, como estaba de
vacaciones, había pensado comprarme un perro, y cuando
ya la tenía en el bote -noté su sonrisa abriéndose
prometedora sobre el pinganillo- se me volvió a ir
la lengua y en perfecto español me dio por apostillar
que el can en cuestión tendría que ser de peluche,
porque se lo pensaba regalar a mi hijo, que es quien ha sido
mi mejor compañía durante esta algo así
como una semana de vacaciones, ociosa y agotadora, extraña
y vulgar, todo al mismo tiempo. Una semana, en resumen, insoportable,
como lo son siempre las algo así como una semana de
vacaciones cuando uno se las toma sin irse de su ciudad y
casa, rodeado de gente que está trabajando a destajo.
El año que viene, si sucede esto, me compraré
un disfraz y pediré habitación -con baño
por favor- en el hotel inexistente del que llevo ya rato escribiendo:
el Pequeño Gran Hotel Colmillo Retorcido donde, de
acuerdo con mi imaginación y criterio, sólo
se admitirá como huéspedes a escritores, y a
perros.
BUSCANDO PÚBLICO
Fue el día 26. Cuando me levanté
ya estaba agotado. El periódico Público. El
número periódico. Quería verlo entre
otras cosas porque escribe en él mi admirado Rafael
Reig (porque es un irreductible). Y lo quería en papel.
Por el papel pasa la vida: envejece, se rompe, ensucia, pierde.
Un periódico virtual ni envejece ni se rompe ni ensucia
ni sirve para envolver el pescado. No me preocupé cuando
en el quiosco de la esquina me dijeron que estaba agotado.
Di por hecho que lo habría comprado mi padre. O mi
chica. Craso error. No, hijo, lo siento. No, cariño,
lo siento.
Eran las once de la noche cuando comencé a ponerme
nervioso.
¿Y
si me quedaba sin el número uno? Conduje hasta el centro
y aparqué mi tanque azul encima de una acera. A grandes
males grandes remedios. Recorrería la calle Toledo
entera. En algún sitio habrían tirado u olvidado
un ejemplar. En la puerta de algún bar o comercio.
Primero exploré los aledaños de los contenedores
de papel y cartón. Nada. Seguí con los cubos
de basura. La basura mancha pero entre las cáscaras
de huevo y los restos de pizza se puede encontrar cualquier
cosa, cualquier periódico. Y en efecto encontré
en la basura todos los periódicos. Todos excepto Publico.
Entre cubo y cubo de desechos ya había comenzado a
mosconear por los bares. Entraba con mi mejor sonrisa y explicaba
que soy periodista y ardía en deseo de conocer al periódico
recién nacido. Los camareros me miraran como si fuese
a atracarles. Por fin en un contenedor encontré ejemplares
de cuanto se había publicado el 26 de septiembre: País,
Mundo, Financial Times, Herald, Razón, Abc y hasta
La Opinión de Murcia, una insospechada alegría;
pero no Público. Insistí en los bares y restaurantes
cambiando la estrategia. Dinero. ¡Un euro por Público!
¿Tres euros? ¿Cinco? ¡Diez euros, señoras
y señores, ladies and gentlemen, un billetazo de diez
euros! Nada. Y ahí me rendí. Batalla perdida.
Un cuarto de millón de ejemplares en la calle de un
nuevo periódico y debido a mis horarios extravagantes
yo no tenía ninguno.
Sólo a la mañana siguiente mi padre, el impagable
y astuto zorro viejo, me llamó al móvil para
decirme que me había conseguido el número uno.
No le pregunté como lo había conseguido. A cada
cual sus secretos. El nuevo periódico me encantó.
No hay nada como desear las cosas y que no sea sencillo conseguirlas
para luego apreciarlas. Ya tenía Público. Sumé:
Público + enemigo + uno. Me sentí como un gángster.
Y sonreí satisfecho.
“Una
niña sonríe al cálido viento tropical
que le da en la espalda. No ve ninguna diferencia entre ella
y el celofán. Empujados ambos por el viento. Reunidos
en un mismo momento. La niña baja la vista hacia el
celofán. Le habla directamente:
-Déjame pisarte -le dice-. Quédate quieto para
que pueda pisarte”
SAM
SHEPARD. Crónicas de motel
8 de octubre 007. Durante
un momento tuve miedo la semana pasada, miedo de que llegara
el miedo y me paralizase, pero luego recordé que el
miedo siempre llama a la locura que viene cogida de la mano
de la imaginación, y no hay nada imposible, nada que
de miedo a la imaginación de un luchador. Avanzo y
retrocedo. Lucho y pienso que es inútil. Pero aquí
sigo. A veces de pie, otras creyéndome que vuelo, y
muchas tumbado, involuntariamente, sobre el suelo.
¡DIOS, COMO ODIO SER EDITOR!
No es que sea una mala profesión u ocupación,
no peor que ser banquero, taxidermista o domador de leones.
Mejor, supongo, que teleoperador, cocinero del McDonald o
encargado de la sección de jardinería del Corte
Inglés. Ser editor, lo sé, tiene muchas cosas
buenas..., bueno, o al menos una: la felicidad de los autores
a quienes publicas, el brillo que resplandece como un aura
cuando les llega el milagro de tener un libro, su libro, ese
producto final mágico, maravilloso y tangible, entre
las manos. Pero yo lo odio. Odio ser editor. Pensé
que este año las campanas sonarían armoniosamente,
que todo sería sencillo y rodado después de
publicar seis libros el año pasado. Y pensé
bien: todo es sencillo, todo sale rodado, todo se puede subcontratar
o encargar a alguien. Pero yo lo odio. Odio ser editor. Esas
sonrisas empalagosas que inevitablemente me hacen pensar en
mí mismo cuando me acerco a un editor, a ver si le
caigo simpático y me publica algo, esas sonrisas empalagosas
ahora van dirigidas como dardos forrados de algodón
de azúcar a mis ojos de miope, ¡a mí!,
a pesar de que no me canso de insistir y repetir, mantengo
invicto el fuerte, a los sonrientes escritores que se me acercan
-pobrecitos míos, si puedo a alguno también
acabaré publicando a alguno- que yo sólo edito
los libros de mis alumnos, de aquellos que durante nueve meses
han estado gestando una novela o colección de relatos
entrelazados ante mis ojos y oídos, y que lo hago así
porque son libros que conozco y de los que puedo responder
y respondo. ¿Cómo no voy a editar la maravilla
que ha escrito este año Mara Mugueta? ¿O Javier
Vassallo? ¿O cualquiera de los otros compañeros
de travesía de quienes tanto he aprendido y de cuyos
trabajos me siento tan orgulloso? Aunque a algunos -me ha
costado infinito- he tenido que decirles que no, que opino
es mejor esperen al año que viene, al siguiente libro
o trabajo. Dios, como odio ser editor. Tener que decirle que
no a alguien que ha tenido el valor y la generosidad de subirse
a mis barcos-imaginarios es para ponerse enfermo. Y me pongo
enfermo.
Y sigo enfermo mientras busco las imágenes más
adecuadas para las portadas, el tipo de letra, la clase de
papel a utilizar, enfermo ante la posibilidad
de
equivocarme cuando trato con maquetadores y diseñadores
o repaso los textos intentando sugerir las últimas
posibles mejoras (sin olvidar nunca que el autor es Dios en
sus libros, que es el quien por último debe decidir
y decide; en La Catedral del Mar y muchos best-sellers no
es así, decide la editorial y el que firma tan contento
porque luego dinero dinero dinero).
Pero hoy no voy a meterme con nadie del sector editorial,
ni siquiera con el taimado Antonio Pastor o el a veces cerril
Javier Azpeitia. Hoy entono mi mea culpa y me arrepiento.
Me arrepiento de haber hablado jamás mal de ningún
editor, de haber mirado con ira o por encima del hombro a
quien me ha rechazado un manuscrito. ¡Un manuscrito!
¿Se imagina alguien algo más terrorífico
que un manuscrito? Sí, claro: diez manuscritos, veinte
manuscritos, cien manuscritos. Porque hay que leerlos, no
basta con echarle un vistazo a la portada, como sucede con
un cuadro, o sentarse en un sofá y darle rápido
hacia delante o hacia atrás con el mando a distancia.
Hay que leerlos. De repente aparece un viejo amigo, alguien
a quien aprecio, sonriéndome de modo nuevo, no como
el viejo Javier Puebla sino como el nuevo Javier Puebla, de
profesión editor. ¡Socorro! Socorro porque detrás
de la sonrisa hay cuatrocientas treinta y dos páginas
de cuerpo ocho y además me asegura que la diputación
o el ayuntamiento o su primo millonario van a comprar quinientos
ejemplares de una sola tacada. Y debo decir que no. Que sólo
a mis alumnos, por favor. ¿No me entienden? ¿No
está clarísimo? ¡Sólo a mis alumnos!
(Y
aún así este año habrá catorce
libros nuevos en el mercado que habrá que presentar,
intentar distribuir, mover..., en el futuro. Ahora toca supervisar,
vigilar, mimar...)
Pero si yo sólo quería ser escritor, un escritor
que vendiese suficientes ejemplares para comer caliente y
pagar el alquiler y dedicar mi energía a vivir y soñar.
¡Já!
-Tú no te das cuenta pero a lo mejor acabas haciéndote
rico con esto.
-Acabará siendo el principio de un gran emporio.
-Ahora te cuesta, pero dentro de unos años serás
uno de esos tiburones editoriales que ni siquiera se ponen
al teléfono.
No, no lo seré. No tendré ningún emporio.
No quiero. No lo pretendo ni deseo. Sólo estoy haciendo
lo que pienso es justo, ayudar a dar el segundo paso a quienes
he ayudado a dar el primero.
-Tonterías, hombre. Mira a Herralde, a Tusquet, a Mario
Munich, a Lara, a Pote Huertas, a Valeria Ciompi, a Emilio
Pascual o a Miguel Ángel-Matellanes o Joaquín
Palau...
Y yo los miro, los miro a todos con absoluto respeto y admiración
por haber sido capaces de dedicarse a un oficio que desde
fuera puede parecer inspirado sólo por el dinero;
pero
para ganar dinero es mejor hacerse constructor o banquero
o consultor o informático o tonadillera o hasta novio
de tonadillera; no es el dinero lo que mueve a una persona
a arremangarse los puños de la camisa y meterse en
la harina de hacer libros. Es el amor. O por los autores o
por sus palabras o por la magia que sólo puede vivir
en la ficción. Amor. Y por eso lo odio. Odio ser editor,
porque odiar y amar se sientan siempre en el mismo balancín,
uno a cada extremo, y así lo mantienen vivo, en continuo
e imprevisible movimiento.
(Y si no hubiera editores nunca habría podido este
humilde lector acceder a textos tan maravillosos como el de
Sam Shepard que he utilizado esta semana como cabecera. Intentaré
odiarme un poco menos),
¿HE HECHO ALGO MÁS
ESTA SEMANA?
Sí, cené con mi muy querido amigo, y colega,
Lorenzo Silva el jueves en un restaurante oriental, y también
comí con él -¿dos veces en una semana?
¡sospechoso!-en un restaurante
sin apellidos de Getafe, y durante ese almuerzo conocí
a su ayudante en el ayuntamiento del sur de Madrid, Gelu,
y también a un tipo joven e interesante llamado David
Barba que se dedica a organizar montajes culturales. ¿He
hecho algo más? Unas cincuenta llamadas de teléfono
a personas con las que me apetecía hablar (al precio
que está el móvil no voy a ponerme a llamar
a quien me resulte indiferente). Quedado, el sábado
por la tarde, con mi colega Antonio Pacios y su amiga Lola
para que me enseñaran a utilizar Quark Press (está
chupado). Y como ya tocaba: he comenzado mis cursos con tantos
alumnos, más uno, como el año pasado. También
he nadado todos los días sin fallar ni siquiera el
domingo. Y no trabajado más que una noche, y apenas
una hora, en mi novela amada que aún no he acabado
de corregir. Y me he mojado bajo la lluvia. He paseado horas.
Visto varios episodios de la vieja serie Luz de luna en compañía
de mi chica. Redescubierto la realidad en compañía
de mi imaginativo cachorro, que me recuerda como se portan
verdaderamente los niños. Ha sido una buena semana,
vista con perspectiva. Me quejo de vicio. Estoy preparando
seis libros para sacar antes de Navidad. El mundo me sonríe
y yo -como pago- gruño. Pero ya he parado. Ya no gruño,
sonrío despacio mientras -también despacio-
tecleo las últimas palabras, por esta semana, de este
diario.
“Antes
o después te ganaré, porque... he vuelto”
Paul
Newman en EL COLOR DEL DINERO, de Scorsese
15 octubre 007
¿PARA QUÉ? PARA
NADA
Es lunes. No hace ni frío ni calor cuando salgo
de casa para meterme en el metro y salir veinte minutos después
en otro lugar, diferente pero igual, de la ciudad de Madrid.
Llevo una sonrisa o amago de sonrisa en la cara; al cruzarme
con una de mis más bellas vecinas, y tras el clásico
¿cómo te va? al que respondí con el nada
original, bien, bastante bien, luchando, ella añade
que se me ve contento. Y sí, estoy contento.
¿Por qué estoy contento? Nada especial en realidad.
Voy a casa de un amigo a charlar. Pero ¿a charlar?
¿Sólo a charlar? Sí, sólo a charlar.
Nos hemos
vueltos
tan calvinistas, los dúctiles españoles, que
comienza a costarnos comprender la posibilidad de que alguien
se tome la molestia de atravesar la ciudad para quedar con
otra persona sin que haya un negocio, un proyecto, un interés
concreto. Pero es el caso. A quien voy a ver -es a Santiago
de Mora-Figueroa y Williams, Marqués de Tamarón.
Cuando me abre la puerta de su casa la primera sensación
es la de estar accediendo a un refugio privilegiado, un lugar
en el que sin llegar a haberse congelado el tiempo no se permite
la intromisión de ningún elemento que pueda
alterar el ambiente original. La decoración es cosa
de mi mujer, dice Santiago, que en parte juega el papel de
convaleciente, al observar la velocidad con la que mis ojos
escrutan biblioteca, muebles, cortinas y pequeñas y
maravillosas porcelanas. Y he mencionado que juega el papel
de convaleciente porque hace poco sufrió una operación
sin importancia y es la intervención lo que nos ha
servido a ambos de disculpa o pretexto para juntarnos a charlar.
Podría parecer cuestión baladí, pero
Lola, mi esposa, me miró raro cuando le dije que iba
a casa de Tamarón, y tuve que recordarle lo normal
que era para un diplomático (cuando vivíamos
en Dakar ejercíamos como tales) recibir en casa. Y,
paralelamente, Santiago me confiesa que también ha
tenido que explicarle a su mujer que no nos reuníamos
porque tuviéramos ningún proyecto común
en marcha, que sólo sucedía que un amigo visitaba
a otro, que -matizando- un escritor visitaba a otro escritor.
Porque más que de ninguna otra cosa charlamos sobre
literatura, esa planta rara que crece en los campos de oriente
y en el fango de occidente, que sobrevive a la robotización
del mercado editorial empeñado en que los amantes de
las plantas literarias las adquieran de plástico para
así no tener que regalarlas, abonarlas o vigilar la
presencia de insectos extraños.
He
leído, primero con curiosidad, luego con afecto e interés,
y finalmente con pasión, tres libros escritos por Santiago
(ahora tengo un cuarto, Pólvora con aguardiente, esperando
que acabe con la última remesa que me ha enviado Anagrama
cuyo catálogo completo sigo leyendo sin desfallecer).
Santiago es un escritor notable. Hay pocos escritores notables.
Hay pocos escritores, en general. Mucha gente escribe (y hasta
publica sus vistosas plantas de plástico) pero pocos,
muy pocos, somos escritores. ¿Cuál es la diferencia?
No necesito responder a esa cuestión, hasta el más
imbécil advierte cuando está ante algo auténtico
o falsificado, cuando una planta se muere si no es regada
o es sólo un trozo de plástico más o
menos habilidosamente maquillado y modificado. Pero estoy
haciendo crecer estas líneas con un propósito
oculto, taimada mezcla de generosidad y juego literario, pues
voy a cerrarlas con la prueba de que Santiago, Marqués
de Tamarón, es escritor y no sólo alguien que
escribe como el soporífero y lerdo de .... (ah, no,
esquivo mi propia trampa y no voy a poner la lista de los
cien trepas, plumíferos y demás fauna que acaba
de atravesarme la cabeza). Y como me estoy divirtiendo, igual
que me divertía el lunes mientras iba a casa de Santiago,
voy a retrasar el cierre prometido, y explicar antes porque
me parece tan interesante hablar con Tamarón. Allá
voy. Me gusta hablar con Tamarón por tres razones,
que ordeno subjetivamente de menor a mayor. La primera razón,
y para mí -asilvestrado endémico- la menos importante,
es su cultura: ha leído y estudiado muchísimo;
se puede decir de él esa preciosa frase: culto a pesar
de ser erudito. El segundo motivo es que es una persona inteligente,
de inteligencia natural amén de cultivada. Pero la
clave, donde se reúnen y armonizan los puntos anteriores
logrando que hablar con él sea tan inspirador como
leer un buen libro o ver una buena película, reside
en que es capaz de pensar; y lo hace. Sí, piensa. Las
personas inteligentes, y más cuando son cultas, tienden
a protegerse dentro de un esquema mental no demasiado flexible
dentro del que se sienten seguros y razonablemente felices
que no necesita de mayores reflexiones. Tamarón, y
ello le hace excepcional, no sólo es inteligente y
culto, sino que además piensa; creativamente piensa.
(Hablar con él es como jugar al tenis con Andrea Agassi,
jamás sabes donde y como va a lanzar la pelota).
Ya casi nos despedíamos cuando le pregunté sobre
el proceso de creación de su obra más importante,
El rompimiento de Gloria, y me confesó que había
tardado cinco años en escribirla, sólo los domingos
y el mes de verano en Arcos de la Frontera. Me maravillé,
porque en ningún momento del libro se produce una sensación
de discontinuidad, nadie adivinaría ese abandono de
la historia de lunes a sábado todas las semanas. Y
entonces Santiago me confesó un secreto, el que me
ha impulsado a redactar este texto. No escribía, pero
cada noche antes de acostarse pensaba en los personajes, los
recordaba, los cuidaba.
Guardé la confidencia en mi corazón y ahora
la transmito porque la considero tan valiosa como una lección
de magia.
Quedar con alguien “para nada” en estos tiempos
parece absurdo; pero en las “tierras de para nada”
crecen secretos y flores que muy improbablemente verían
la luz si la cita hubiese sido motivada por el poder, el dinero
o cualquier otro objetivo que el común comprendería
y del que sólo escapa el loco, el niño o el
artista.
GENTE QUE NO RESPONDE AL TELÉFONO
Siempre me asombran. Los idiotas que no responden a una llamada,
que no se ponen al teléfono aunque su única
ocupación sea en ese momento mirarse un grano en la
nariz o tocarse los huevos. Entiendo que alguien esté
ocupado, que llame luego o un día o una semana más
tarde. Entiendo también que si quien llama es Glen
Close y quien recibe la llamada el protagonista de Atracción
Fatal no descuelgue; forma parte del juego de seducción
y repulsión de los sexos. Pero me pasman los idiotas
que de repente se creen tan importantes como para que resulte
justificado faltar a las más elementales normas de
educación con un colega o un amigo. De hecho no conozco
a nadie de calidad, y me trato con muchos personajes tan famosos
como ocupadísimos, que no responda cuando le llamo.
Por supuesto yo obro de igual modo, siempre, salvo error u
omisión, respondo o llamo cuando no puedo hacerlo en
el momento. Me ha pasado últimamente, entre otros pero
él me duele, con Enrique Redel, a quien he calificado
repetidas veces -y lo mantengo- como editor de raza, con quien
he sido siempre impecable y que de repente dejó de
ponerse al teléfono. Era la época de
El
Funambulista. La tercera editorial que levantaba y la tercera
que probablemente se hundirá ahora que la ha abandonado
o le han echado (no sé). Hablé con él,
milagrosamente cogió el teléfono, y me lo contó:
que su socio se había quedado con el negocio (¿quizá
por eso tenía Redel en aquel momento tenía tiempo
de descolgar el móvil?); también que montaba
nueva editorial, que me mandaba un correo o un teléfono
con el nombre de un antiguo becario suyo a quien podría
contratar para que me echase una mano con mi pequeña
editorial. Estoy esperando. Hace semanas estoy esperando.
Prefiero pensar que es torpeza antes que mala fe; pero si
ese fuera el caso, una torpeza del bueno de Enrique, comenzaría
a comprender que sus jefes o socios, aunque sea un editor
de raza, acaben por despedirlo o quitárselo de encima.
La mala educación puede permitírsela Almodóvar
y convertirla en una película. De hecho puede permitírsela
mucha gente cuando le dan un carguito; es por desgracia relativamente
común el tipejo o la tipeja que no responde, incluso
cuando un viejo amigo le llama. Ellos sabrán; o no.
Por mi parte, tristeza por su poca inteligencia -como escribió
Durrell: EL MUNDO ES COMO UN PEPINO, HOY LO TIENES EN LA MANO
Y MAÑANA METIDO EN EL CULO- y desprecio por su ignorancia
de las más elementales maneras.
“No
se vuelve de una incursión en la singularidad como
de un paseo por el bosque”