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Javier
Puebla, diario web: PORTADA DIARIOWEB DE JAVIER PUEBLA DIARIO 2006: ---(PRIMER SEMESTRE)--- DIARIO 2005:----SETIEMBRE-OCTUBRE AÑO 2006-1º Semestre A
partir de cierta edad la vida se vuelve, sobre todo, administrativa 8
de enero. Llevaba unos diez días sin acercarme a mi
vieja y querida página web, a este diario un tanto contenido
pero aún así muy agradable de escribir. El pasado viernes,
anteayer, mi viejo amigo Eduardo Lago se proclamó
ganador del Premio Nadal con su, oficialmente, primera
novela: El Cuaderno de Brooklyn (bueno, ahora se titula Llámame
Brooklyn, pero durante años todos los amigos la conocíamos
-Eduardo llevaba años y años con ella, primero en la cabeza,
muchos años después ya escribiéndola- con el título
reseñado en primer lugar). Resulta curioso, o en realidad no
lo es en absoluto, que todos los componentes del Grupo de Brooklyn
(un nombre que inventé yo, pues siempre tengo tendencia a nominarlo
todo, convertir la realidad en palabra), los cinco que salimos en aquella
mítica foto realizada una noche de febrero en el Promenade de
Brooklyn, nos estemos convirtiendo en personas públicas, personas
sobre cuyas vidas y hechos opinan gentes que no conocemos. En esa foto,
(en la que no está José Luis Madrigal, que es al Grupo
de Brooklyn lo que el Espíritu Santo a la Santísima Trinidad;
y quizá por ello a veces tiendo a pensar que José Luis
Madrigal es la nieve que cae), en esa foto que buscaré para colgarla
de este diario, un enorme copo de nieve tapa la cara de Eduardo Lago,
precisamente la de Eduardo Lago. Se nos vé perfectamente a los
otros cuatro, a Fermín Cabal, Federico y Achero Mañas,
y a mí. Eduardo llevaba muchos años trabajando tras rehacer
su vida de la nada -yo le conocí cuando naufragaba en la nada
neoyorquina- y se merecía, se merece, este reconocimiento. Por
los azares de la vida yo me había citado con el hermano de Eduardo,
otro viejo amigo: El Rojo, Red Lake, Jose Antonio Lago, a fecha 7 de
enero, cuando pasasen los Reyes; una cita largamente demorada pues tras
años de ser uña y carne -hermanos de tinta- pasamos a
dejar de hablarnos (culpa mía, soy demasiado temperamental, durante
más de un lustro). Me encantó verle. El Rojo, tan genial
y tan él mismo como siempre. Entre
hombres el afecto es algo difícil, porque no puede concretarse
en nada, es algo irreal y dulce, pero también -siempre- doloroso
Ahora que me acuerdo. También pasé una tarde con Eduardo Melón, quien amén de agente de escritores es músico y cantante y va a debutar en la Fnac en abril (no me lo pienso perder). Y más, hay más cosas. Ah, claro. La tarde que quedé con Eduardo Lago. Yo venía de nadar y el subió andando desde casa de su padre. Nos citamos junto a mi antiguo colegio, El Pilar. Y luego fuimos a caminar juntos por el Retiro. La luz bajando y muy suave; el gato negro que intentó cruzarse en nuestro camino pero bastó que le dijese una palabra para que se descruzase (a Eduardo no le extrañó, sabe que soy EL HOMBRE QUE HABLABA CON LOS GATOS), y el placer de ver en el rostro de mi viejo colega una sensación que yo disfruté hace dos años, cuando fui Nadal, Nadalito, finalista; la sensación de que, de repente, todo encaja, que "todos los pecados nos han sido perdonados". La sensación no es eterna, pero queda un regusto, una memoria del cuerpo como se dice ahora, que a veces vuelve, retorna, y hace mirar la vida con cierta tranquilidad, con menos angustia de -Eduardo Lago y yo sabemos mucho de eso- la habitual. La vida tiene, a veces, momentos "portentosos"; pasan, sí, y por eso hay que relajarse, dejarse llevar cuando llegan, disfrutarlos. ¿Cuales
son tus principios? Te vas a reír. No me reiré. Ser un
caballero. (Un caballero es quien hace, no lo que quiere, sino lo que
debe hacer) 22 de enero. El lunes comí con Cuca Escribano, a quien en los últimos meses apenas ha visto pues no ha parado de trabajar. Está terminando el rodaje de El Camino de los Ingleses, basada en la novela de mi colega en el Nadal: Antonio Soler y dirigida por Antonio Banderas (me contó un par de anécdotas geniales de Banderas, una de ellas, en particular, digna de un cuento que intentaré escribir a lo largo de esta semana) y parece que en breve se incorporará al reparto de una mini-serie de TV. Me llevó al restaurante de Caballero de Gracia que tanto gusta a los diplomáticos sin estructura familiar cuando tienen que realizar invitaciones masivas: la comida es buena y original, el lugar agradable y moderno y los precios ajustados; el único pero son las esperas, ya que no se puede reservar mesa con antelación; pero tuvimos suerte, llegamos y nos dieron la mejor mesa del local (a veces, en la vida, las cosas salen bien). Le hice esta foto, con mi sombrero (para una colección que voy haciendo sin prisa, cuando surge, de mis colegas con mis "cubrecabezas".
Esa misma tarde, la del lunes, pasé por Amargord (llevaba tiempo sin hacerlo), y volví a pasar posteriormente por el Club-Librería-Editorial (y casi casa de putas) el miércoles o el jueves; es un bonito proyecto pero -aparte de haber sido uno de los autores de la casa con Blanco y Negra- no sé muy bien dónde puedo encajar dentro del mismo; me temo que -a pesar de los generosos esfuerzos de Chema- en ningún sitio. Dirigir la colección de una editorial, y hacerlo bien, implica dejar de escribir y -mientras pueda permitírmelo- sigo deseando que escribir ocupe el primer lugar en la lista de mis ocupaciones. El finde estuve en la sierra, en L.A., El Escorial. Llevaba tres meses sin ir. Mis padres subieron el sábado; habían pasado a DVD algunos antiguos super8 y siempre conmociona verse a uno mismo, veinte o hasta cuarenta años atrás; ver las caras, las sonrisas, la vida en los ojos, de los que ya no están y que, en aquel momento, parecía caminarían a nuestro lado hasta el final del sendero. Es domingo. Temprano. Apenas las nueve de la noche. El martes comienzo con un grupo nuevo, un "barco" nuevo y aunque de momento sólo tengo un par de Tripulantes me apetece preparar a fondo la clase, sistematizar el curso para así poder profundizar en diferentes detalles cada vez que lo imparta. Mis Tripulantes, serán 17 ya a partir del próximo martes, son la mayor alegría que me proporciona dedicarme profesionalmente a la literatura; lo extraño es que los relatos no los escribo yo, aunque de algún modo los quiero y siento como míos. Cenaré, leeré un rato a Murakami, me está gustado su Blues de Tokio, es increíble lo moderno que era Japón hace treinta años, e intentaré acostarme temprano (que lo consiga no es muy probable, pero al menos, y al escribirlo, formulo y subrayo el deseo, el pensamiento).
No
poseer en propiedad muchas de las cosas que nos gustan. Se disfruta
más de ellas si son ajenas. El dueño sólo goza
el primer día, los extraños los demás. Las cosas
ajenas se disfrutan doblemente: el riesgo de dañarlas no existe
y sí el placer de la novedad. Todo sabe mejor con privación:
el agua ajena parece néctar. Poseer las cosas además de
disminuir el disfrute, aumenta el enfado por prestarlas o no hacerlo.
Tener cosas es mantenerlas para los demás. Se ganan más
enemigos que agradecidos.
Si
alguien me hace daño, haré daño, haré daño,
haré daño. 5
de febrero. Las aguas están inquietas. El capitán
Ricardo del Olmo, capitán mercante en su juventud y capitán
de Libertad8, el mítico pub de la calle Libertad, desde hace
30 años, celebra el mencionado aniversario y me citó para
que le escribiese un texto el pasado lunes; cosa que hice encantado.
Ricardo es como es, claro como el agua más cristalina del Caribe,
y quien no se entiende con él es porque no le da la gana mirarle
a los ojos. Me gustó verle y quedamos en nuevos, futuros y prontos
proyectos. La semana que viene también se presenta animada.
Tengo cita con Rojo Lago el lunes (preparamos "milagros")
y su hermano, Eduardo, llegará desde Nueva York a presentar el
Nadal. Enredando en mis cajones he encontrado una vieja foto El
idioma echa a perder muchas cosas entre hablantes de la misma lengua,
porque tan pronto como se empieza a hablar: se miente. 12 de febrero. El lunes, lo estamos convirtiendo
en un hábito saludable, quedé -como estaba previsto- con
El Rojo, Red Lake, y ya nos despedíamos cuando
llamó su hermano Eduardo, harto de tanta entrevista y firma de
libros a causa del Nadal, y loco por tomarse una cerveza. Pasada la
euforia del premio queda el trabajo de la promoción, y como todos
los trabajos tiene momentos mejores y peores; me recordó a mí
mismo -otra vez- hace dos años y me hizo pensar que en realidad
no todo eran alharacas y jijiís jajajás, que
el ritmo que marca una editorial no es el propio ritmo, el ritmo que
marca quien te paga nunca es el propio ritmo, y eso violenta y cansa.
Y sigamos con el miércoles, que se presentaba el Nadal, y para mí, también para mi chica, tenía algo de agridulce, porque un premio que no has ganado tú, aunque lo gane un amigo muy querido, como lo es Eduardo Lago, tiene algo de comida china, dulce y avinagrado a un tiempo (por allí andaba Doña Vinagre, la persona más "matasonrisas" que he conocido desde que me convertí, segundo intento, en profesional de la escritura; es imposible no encontrársela de vez en cuando, pues está siempre invitada a todos los saraos). Esa misma tarde me había entrevistado un periodista listo y rápido, Javier Mateos, en Radio Intereconomía, y confieso me divertí mucho hablando de África, y de mi último libro: Blanco y NegrA. Entre una cosa y otra aún me dió tiempo a pasar por el Canoe y nadar 1500 metros. A las ocho estaba en La Casa de América, donde no se podía fumar, claro, y el personal andaba un poco más alterado de lo habitual. Alteración que sin duda acentuó la histriónica presentación de Llámame Brooklyn, la novela ganadora, a cargo de un Álvaro Pombo que parecía un personaje extraído de los fotogramas de celuloide de un film de los años cincuenta. Lo pasé bastante bien, porque había muchos amigos, y también estaban los dos o tres enemigos conocidos que tengo (soy humilde, de momento no he conseguido más; pero si algún día me lo monto de verdad -vendo un millón de ejemplares de Tigre Manjatan, como me aseguró el oráculo- seguro que llegaré a tener centenares, miles, de enemigos; falsos enemigos, falsos amigos; conviene pues, ahora, ir fijando a los auténticos). Y entre los amigos estaban el Rojo, Lorenzo Silva, Enrique Redel, Pilar Lucas, Malcolm Otero, Joaquín Palau, y el Grupo de Brookly casi entero, sólo faltaba Cabal, Fermín. Pero estaban Carlos Madrigal (and mother), Federico Mañas y su hermano: el viejo Achero (con Andrea, su chica), y como soy un sentimental me dió cierta tristeza haberle dicho días atrás que ahora sólo somos conocidos. Pero aunque me dé tristeza o ganas locas de bailar es lo cierto, ya sólo somos conocidos. Y lo mismo empieza a pasarme con otros antaño muy queridos colegazos a los que ahora mismo ya no veo casi nunca: ellos no tienen tiempo, yo no tengo tiempo, el tiempo no tiene tiempo y quien lo desentiempará... "gallinas que se muerden las plumas del culo" (para no escribir la manida frase de la cola y la serpiente). Me acosté tarde, el miércoles. Madrugué el jueves (como todos los días). Conseguí hacer cuanto debía y quería hacer, es decir, que me comporté como un caballero according Murakami en Tokyo Blues, a pesar del cansancio y las pocas horas de sueño; pero exagero: estuve durmiendo tres horas por la mañana entre las páginas de una novela de Cees Nooteboom, la semana que viene supongo que contaré porque me estoy leyendo las obras completas del autor neerlandés (así lo pone Julio Grande, su traductor en Siruela). Y el viernes...., el viernes había un concierto con pinta de divertido a cargo de Enrique Mercado, Pedro de Paz y Nacho Fernández. Pero el viernes es hoy. Escribo, y espero que no se convierta en costumbre, el resumen de la semana, el viernes por la mañana. Me zampo el finde. Lo guardo para la intimidad. Para mí solo y los míos. Privado. Puerta cerrada. Please, don´t disturb. A
Arthur Daane le gustaba la gente que "llevaba más de una
persona dentro", y no digamos cuando esas diferentes personas parecían
contradecirse entre sí 19 de febrero. Empecemos
por el final, por capricho y porque la frase de Noteboom se corresponde
más a la conferencia que ayer sábado dí en Santa
Engracia 17 para los componentes del grupo Atlantes,
en la foto con su presidente, Jose Antonio Corrales, a la derecha y
parcialmente fuera de la imagen. Suponía que me habían
llamado para la típica conferencia en la que yo estaría
sentado en un escenario y el público en las correspondientes
butacas del anfiteatro; pero no. Era una mesa alargada, una mesa similar
a la que utilizo para dar mis talleres, La Mesa del Capitán
Y salto ya al lunes -alejop- porque
al final este diario semanal me da más trabajo, mucho más
trabajo que mis columnas en Cambio16, Cuadernos para el Diálogo
y la Opinión de Murcia, pero creo que merece la pena pues el
número de visitas a esta humilde página se ha duplicado,
más de 1000 en 16 días, desde que incluyo fotos en el
diario, o quizá sea porque salgo con más frecuencia que
antes en los medios (TV/radio) a causa de que la promoción de
Blanco y Negra pienso prolongarla hasta que aparezca el siguiente libro.
Y, naturalmente, han ocurrido muchísimas más cosas esta semana, pero no se trata de ser exhaustivo. Y además mañana lunes recomienzo el baile desde bien temprano y ya tengo el carné, el carné de baile, lleno hasta el sábado, así que como es domingo y las seis de la tarde, con el permiso de todos los que tenéis la generosidad, amabilidad y un puntito de amor por el cotilleo, y entráis en esta página que es vuestra, voy a dejarlo ya para irme a disfrutar de una merienda-cena en familia, que hace días que no veo a mis padres, ni a mis sobrinos, ni a mi querido y único hermano. Feliz semana a todo el mundo. En
materia de venganza, era irreflexiblemente fundamentalista. Incluso
en los momentos de mayor debilidad, en los momentos que sentía
el temor de su fragilidad, estaba seguro de que se le presentaría
la hora de la venganza 26 de febrero. Llevaba
diez días leyendo al excelente Cees Nooteboom
El jueves fue muy animado, porque
por fin conocí a Nooteboom Pero no voy a olvidar, aunque ya estoy un poco fatigado, harto de teclear, de escribir (menos mal que esta página no la corrijo nunca, la dejo como sale y ya está: alegría y rockandroll) y además tengo hambre (a vez si mi chica pide una pizza y alquilamos una peli), pero -repito- no voy a olvidarme de mencionar que, como ya es costumbre, la noche anterior a su regreso a Nueva York (era viernes y hacía un frío continental, la vendedora china de películas pirata llevaba un buen surtido de porno oculto en su cartera cuando nos abordó, las tapas del Buendi estaban riquísimas), quedé con Eduardo Largo, y también con su hermano, Jose Antonio, el Rojo, de quien había leído el día anterior un cuento hiperbreve aprovechando el programa sobre el Premio Planeta; pero eso, si alguien quiere verlo, tendrá que estar atento a la tele; yo no voy a explicarlo aquí. Sí que siempre da una cierta tristeza que se vaya Eduardo (hasta a Malcolm Otero -al parecer y en SMS- le produjo cierta nostalgia), porque de El Grupo de Brooklyn el único que se quedó en Nueva York fue él, y el único capaz de recuperar para todos ese espíritu burlón, cazador y aventurero es -ahora- también él. Quizá, porque yo soy del Grupo de Brooklyn, quien más añora la burla, la caza y la aventura, es a mí a quien mister Lake se ha acostumbrado a ver la noche anterior a su partida a la ciudad de los pipsous, los largos paseos, el anonimato absoluto y los miles y miles de hombres y mujeres que gracias a la magia de la ciudad se permiten jugar a ser adolescentes para siempre, adolescentes eternos.
Hay
tribus ocultas cerca del río 27 de febrero. Me dice mi chica que Santiago Roncagliolo ha ganado el Alfaguara, y recuerdo el día que le conocí, cuando ambos eramos "aspirantes" y aún no profesionales, ambos convocados por David Torres que ya había acariciado las babas de la fama tras hacerse con el finalista del Premio Nadal. Cenamos en un Chino, en compañía de Urceloy y Navas, ambos poetas famosos, y luego estuvimos dándole duro a los mojitos o algo así en un bar de dos niveles cuyo nombre no recuerdo, pero que estaba situado cerca de la calle del Pez, o quizá en la propia calle. Me cayó bien, Roncagliolo; creo que es uno de esas personas que, en general, caen bien a todo el mundo. Por aquel entonces escribía crónicas políticas en Cambio16, donde yo ahora publico mis columnas. Y meses después ambos estuvimos entre los finalistas (sin resultados prácticos para ninguno) del premio Herralde. A la salida de aquel pub de mojitos y buena charla, ese día que nos conocimos y para no perder mi hábito de "we are the champions" pedí a todos posar para una foto (el mando a distancia está camuflado en mi mano) y allí nos pusimos en ordenada fila ante mi pequeña cámara, una Aps, que estaba apoyada en un bolardo. "Algún día" -recuerdo o invento que dije- "esta foto será historia y se llamará CUANDO ERAMOS ASPIRANTES). Aunque bien pensando, y a pesar del premio de Santiago, o de que yo tenga la suerte que se esté agotando la primera edición de mi segundo libro, Blanco y Negra, seguimos siéndolo:aspirantes a niños creadores y eternos. Aquí está la foto:
Estar
borracho era una forma de decir que, en tu opinión, el universo
no tenía sentido. 5 de marzo. Acabo de regresar de Murcia, la amada Murcia, la fácil Murcia, la generosa Murcia. No deja de sorprenderme que once años después de irme me sigan invitando en los bares, me regalen cosas en las tiendas y nunca dejen de recordarme, en uno u otro sitio, que aún conservan el artículo que les dediqué en el periódico La Opinión. Y naturalmente el coche venía cargado de naranjas, limones y otras mil maravillas, como siempre que vamos a ver a mis padres políticos. Pero en Madrid, seamos justos, también me regalan cosas, el martes me llegó por correo la última novela de Philippe Besson, Un Chico Italiano, autor también de aquel maravilloso experimento titulado Final del Verano en el que conseguía animar, dar vida, a los personajes que el genial Edward Hooper inmortalizó en el más famoso de sus cuadros: Nighthawks. Le conoceré -si nada se tuerce- en persona el próximo miércoles, en uno de las ya clásicos desayunos de Alianza Literaria. Y el martes por fin se emitirá en Telemadrid el programa en el que un grupo de escritores le contamos nuestros sueños a Cencillo, sentado a la diestra de Fernando Sánchez-Dragó; siento curiosidad por ver como quedó, pues lo cierto es que llevaba preparado un sueño falso y muy sofisticado para lucirme ante la audiencia, pero al enfrentar los ojos del viejo sabio no fuí capaz de mentir y le conté dos sueños reales; insignificantes de tan pequeños pero verdaderos. Lástima que el programa lo pongan después del telediario de la noche, que nunca acaba antes de la una de la mañana. El miércoles, primer día
de este ventoso marzo, Nacho Fernández (vease
EL INCANSABLE
SEÑOR FERNÁNDEZ) logró sorprenderme una vez
más al convocar en su celebrada tertulia de la Cruzada al equipo
responsable del Ese mismo miércoles, y también
en la taberna de la Cruzada, conocí a Leo Zelada (en la foto
del grupo de tertulianos Ah, pero tengo otra imagen, la había olvidado.
Y eso que la realicé, esta vez sí Para
irse con un cliente es necesario no sentir ternura alguna 12 de marzo. "Como ha cambiado tu diario", me comenta una de mis más brillantes amigas, Juana Márquez, quien no sólo lee las últimas anotaciones (plagadas de fotos en el 2006) sino que es capaz de analizar las palabras que voy colgando -ahorcando, condenando a la muerte de existir para quien quiera verlas- de esta web y valorar su peso en el conjunto de este juego (que quizá cualquier día detenga o extinga de golpe): mi diarioweb. Al principio nadie sabía que existía, y para llegar a él había que encontrar un cuadrado escondido en la página Aboutme, o pinchar en los ojos de un autorretrato londinense. Pero poco a poco, suele suceder siempre así, yo también comencé a ver el conjunto con perspectiva y le dí una entrada propia desde la página principal; coloqué un contador secreto, de esos que el lector no puede consultar, y para mi sorpresa comprobé que el diario tenía muchas más entradas que la columna semanal o los cuentos, las fotos e incluso las pelis (las pelis a la gente le da miedo, os da miedo, descargaroslas, porque se deja de estar en la página web, se abre Windows Media o Quick Time, y hay que esperar algo (apenas cinco segundos con ADSL, pero aún así: esperar). Lo más visitado era el diario. Y empezó a cambiar. Ese cambio se convirtió en una orgía de imágenes a partir del momento en que uno de los miembros de El Grupo de Brooklyn, ganó el Nadal, y lo hacía siguiendo mi estela, mi ejemplo ( cierto que yo no había ganado el Nadal, sino que había sido finalista, pero "sin agente y sin seudónimo", a pecho descubierto); pero mi amigo Eduardo sin el ejemplo, sin comprobar que era posible lograrlo, probablemente ni siquiera se habría presentado; así que en parte su triunfo lo sentí como mío y así lo he vivido y celebrado. Sí, mi inteligente amiga tenía razón. Mi diario había cambiado. Ha sido diferente desde el mes de enero, y va a volver a cambiar esta semana, va a ser diferente hoy. Sólo lo siento por Philippe Bessón, a quien he dedicado la columna periodísitca de hoy, y al que hice una foto que -como fotógrafo soy demasiado malo como para ser modesto- considero genial y que no voy a colgar en la web. Esta semana no voy a subir o colgar o ahorcar o bajar de peso ninguna imagen para esta web. No me apetece. Esta es una página privada, con mi dinero la pago y a nadie pido nada por entrar y utilizar una u otra puerta. Hago lo que me da la gana. Soy libre. Absolutamente libre. En realidad tanto o casi tanto como en los diarios que llevo en el bolsillo y que tengo voluntad de no publicar jamás, aunque según otro de los miembros de El Grupo de Brooklyn, el antaño tan delicioso amigo Achero Mañas, lo que diga el futuro de todos ellos, de todos nosotros, de mucha de la gente que conozco, deponderá más de los diarios que yo hace ya tantos años escribo que de lo que hagan, logren por sus propios méritos y esfuerzo, en el mundillo (diminutivo utilizado con plena consciencia) artístico en el que por razones de nacimiento y época nos ha tocado movernos. Pero no me quejo. Improvisar prueba la verdadera calidad del artista; sólo que tengo que aprender a no tenderme trampas a mí mismo (ya lo hice con aquel asunto de EL AÑO DEL CAZADOR, un cuento al día durante un año; y casi me ahoga). Así que ahora voy a quitarme la excesiva responsabilidad de actualizar este diario 2006 que he titulado La Vida Literaria hablando de mis muchos colegas en la batalla, hablando de ellos y fotografiándolos. Hoy no voy a hablar de nadie en particular. No voy a contar ningún desayuno de trabajo, aunque he estado en dos. Y la foto de Besson quizá la ponga la semana que viene, pero no esta. Esta la dejo sólo en letra. Cambio. Me gusta el cambio. Los cambios. Todos los cambios. Se me llena la boca de vida cuando explico que soy columnista de Cambio (16), que el Cambio ha sido la única revista que ha sobrevivido a todo: la transición, el centro, la izquierda, la derecha, la prensa gratuita. El cambio es vida, el cambio es ser imprevisible, y significa de algún modo que nadie sabe por donde has venido y mucho menos por donde vas a salir, como cantaba Santiago Auserón. Cambio. Este diario ha cambiado esta semana. No he contado nada de lo que he hecho. Ni lo voy a contar. Y quizá vuelva a cambiar la semana que viene. Retome el rumbo abandonado por una sola entrega. O no. Tal vez otra vez ponga solo fotos. O una peli..., tengo una idea buenísima en esa dirección. O .... ponga el diario de mi antónimo, Federico Sueño/Frederic Traum, quien ya harto de ser Alberto Delgado, el sonriente Alberto Delgado, quiera, necesite, desee ¡volver a la acción! (pero eso no lo haré; el diario de Traum sería impublicable; la parte oscura del cambio, de ser impresible es que también te conviertes en una persona difícil en el trato, "un tipo difícil", y mi trabajo, mi empeño actual, requiere que sea claro, diáfano, limpio. Así que probablemente las letras de esta semana sólo sean un interludio, un capricho de escritor, una debilidad de ser humano con más proyectos en la cabeza de los que pueden realizar sus manos. Un interludio, y la semana que viene volveré a hablar de tertulias, presentaciones, risas y sonrisas; las risas y sonrisas de los que como yo luchan con paciencia y persistencia a mi alrededor. CODA, UN DIA DESPUÉS: Me siento incapaz de no subir la foto, sea genial o no, de Philippe Besson. Tuvo la deferencia de hablar conmigo en francés, y como ya dije ayer: me ganaba la nostalgia. Durante mis cuatro años dakareños comía, dormía, soñaba y leía (incluso a los autores americanos) en francés, y un idioma conocido es como un olor, te transporta, en el espacio y el tiempo. Asi pues, para todos los amables lectores, y también para los lectores bordes, Phlippe Besson con su última obra traducida al español: Un chico italiano.
Si
el tiempo aguardase a que acabáramos con nuestras locuras preferidas,
seguiríamos siendo jóvenes, todos nosotros, hasta el Día
del Juicio 19 de marzo. El lunes fue un día maravilloso. No hice nada. Pasear. Sólo pasear. Por el centro de Mad Madrid, el corazón y las arterias de la vieja y conocida ciudad. Y cada pocos pasos iba cambiando, no sólo el paisaje interior sino sobre todo el interior. Lo que más me interesa -como experiencia- del proceso de escribir y más ampliamente del proceso de crear es que puede hacerse desde muy diferentes puntos de vista; por ello no sólo tengo al menos media docena de heterónimos, sino incluso -hablo mucho de él últimamente, tras años de absoluto secreto- un antónimo, alguien que piensa y actúa de modo contrario, absolutamente contrario, al que en mí sería espontáneo y natural: el señor Frederic Traum, protagonista y narrador, es su voz, de Sonríe Delgado, a quien siempre quise hacer pasar por un autor real, una persona normal de carne y hueso. Y al pasear por el centro de la ciudad -en lugares como Nueva York o Londres, al ser ciudades más cosmopolitas el proceso se torna aún más acusado- van saliendo, viviendo, todos esos otros yo y anti yo que llevo dentro; y por eso es tan lenitivo para mí caminar por las calles de ciudades que me permiten ser anónimo, porque al no verme obligado a ser sólo Javier Puebla, puedo ser también León Salgado, o Javier Panizo, o Daniel Fénix (el que hace las fotos que ilustran esta web), Ram Remdel, Traum o cualquier otro (incluso el demasiado ingenuo poeta Alberto Delgado). Pensé que sería un día inmejorable, que no habría nada mejor sobre lo que escribir esta semana que sobre esa tarde sin fin de lunes. Pero me quivocaba. El miércoles fue aún mejor. Eran las ocho de la tarde cuando una de mis Tripulantes
más animosas (lo cuento también en la
columna de esta semana) me llevó en taxi -le iba de camino-
hasta la Casa de América donde se presentaba un libro de José
Luis Alonso de Santos Para compensar, o quizá no por eso (pero da igual), el jueves sin embargo viví un día tristísimo, pero no voy a escribir en esta página llena de sonrisas sobre ello. Como tampoco voy a explicar que me pareció Capote, la película ( viernes). Ni sobre la luz que había en el Parque del Retiro el domingo. Se seleccionan pequeños y caprichosos momentos. Eso es un diario. Algo siempre incompleto, caprichoso y por lo tanto nunca del todo literatura, y sí siempre ... diversión y juego.
Supongo
que a veces me pongo desagradable. Pero no siempre; y no por principio.
En mis buenos días soy tan amable y simpático como el
que más. 26 de marzo. Esta semana "mi vida literaria" ha rozado prácticamente el cero, si excluimos las habituales sesiones de navegación, o clases, que imparto de martes a jueves, en las que he aprovechado el libro de Alonso de Santos para dar alegría a los dos barcos y la pequeña lancha que comando, aunque también he recurrido a ese precioso trabajo de Javier Marías titulado "Miramientos", que es más poético y acorde a mi estado de ánimo, pues el martes operaron en el 12 de Octubre a mi cachorrito -todo ha ido bien, gracias- y el sufrimiento vicario que supuso ver al niño desconcertado, dolorido y tan frágil, se llevó como una ola toda la energía que suelo dedicar a moverme por la Villa y Corte en busca de actos y presentaciones más o menos vistosos que luego intento -y consigo (nada de tanta modestia, Javier Puebla)- reflejar en esta página. E intentando dar la vuelta a mi miedo y mi dolor, a mi fragilidad de ser humano ahora padre, he pasado las mañanas tardes y noches pensando en la novela que -voy a intentar, ya veremos si l consigo- escribir durante la Semana Santa (al menos el primer borrador; es un libro que se me ocurrió hace muchos años, cuya idea fijé en un cuento relativamente largo de El Año del Cazador, y que finalmente he conseguido dibujar en mi cabeza como una nueva novela protagonizada, o coprotagonizada, por Tigre Manjatan, a pesar de que aún no he logrado ver publicada la primera que -es su destino- acabará vendiendo un millón de ejemplares; estoy absurda e intuitivamente seguro de ello). Crear cura, escribir cura cualquier dolor, o al menos lo mitiga. Por eso, en parte, me dedico a ello. Porque siempre me ha dolido la gente, me ha dolido el mundo y me he dolido yo mismo: tan frágil, aunque quizá no lo parezca cuando en ciertos momentos -como reza la frase del libro de Paul Auster que estoy leyendo estos días y he citado más arriba- me "pongo desagradable" y me peleo contra gigantes sin escrúpulos de ningún tipo: en las últimas semanas un tipejo camuflajado bajo un peluquín y un especulador inmobiliario con veleidades de político (que me disculpe el lector curioso que no entre en detalles; baste con consignar que estoy luchando, pequeño como un mosquito pero con el aguijón cargado de ese veneno que nace del corazón cuando creemos que algo es justo y hay que defenderlo aunque el precio a pagar sea muy superior al ínfimo placer de la victoria sobre un enemigo malaje y mezquino). Siempre
he tenido cierta debilidad por los granujas. Como amigos quizá
no pueda confiarse mucho en ellos, pero imagínate lo sosa que
sería la vida sin ellos,
2 de abril. Andaba tristísimo
Javier Puebla, es decir: yo mismo, el lunes por la mañana, y
también a mediodía, e incluso al empezar la tarde, porque
las reformas acometidas en el club donde suelo ir a nadar a diario (véase
columna LAS
CABINAS MUERTAS con siete hermosas o al menos peculiares fotos ilustrándola)
me habían dejado sin un lugar donde guardar mi También hice muchas fotos, y también me
fui a nadar después de comer, el viernes 31 de marzo, día
que invitado por mi colega, y también nadador, Víctor
Sanz
He estado a punto -confieso- de no escribir ni una palabra esta semana, de poner sólo las fotos: me gusta la última que he puesto, aunque al "bajarla de peso" pierda definición, con el público como protagonista y el conferenciante o actor como espectador. Es un tipo de experimento que siempre me ha encantado; en mis tiempos de cantante de rock (era malísimo pero la gente se divertía) solía hacerle "polaroids" desde el escenario a los chicos y chicas que acudían a vernos (mi máximo éxito fue ser telonero de El Último de la Fila) y se las tiraba sin esperar siquiera que llegasen al final de su rápido revelado. Pero aunque he estado a punto de escribir al final sí he escrito, porque me gusta, por costumbre, por vicio, y porque "para que una imagen valga más que mil palabras" necesita de las mil palabras al lado para que pueda comprobarse; en cualquier caso hasta en el cuento que subo hoy de LA JAVIER PANIZO COLLECTION hay una ilustración, una foto modificada. Y el sábado, que fue el mejor día de la semana pues comí, merendé y cené con buenos e impagables amigos, no voy a comentarlo porque -amén de que siempre está bien guardar alguna bala en la recámara- olvidé la cámara en casa y en esta semana ya primaveral y extraña sin fotos ... faltaría sin el testimonio gráfico correspondiente a la verdad de mi mirada.
-La literatura- (2º trimestre, 2006)
Cuando puede pasar cualquier cosa nada tiene importancia 16 de abril. Me he permitido una semana sin actualizar este diario, y ocho días de hoganza 80 FOLIOS DE NUEVA Y DIFÍCIL NOVELA escapado en la tranquila, casi aburrida, sierra madrileña. Tenía bastante razón Marsé con aquella frase respecto al último Planeta sobre que nada tiene que ver la vida literaria con la literatura, aunque desde luego su frase pertenecía a la vida literaria y no a la literatura. No me gustaría estar casado con una novelista, ni que mi padre mi madre mi hermano mi hijo o mi perro (no tengo) fuesen novelistas; son seres obsesionados por mantener una ficción en su cabeza y se esconden, apartan y defienden de la realidad con todos los medios a su alcance. Los ochenta folios serán para tirar, en su mayoría, pero me han servido para dibujar los personajes, buscar los tonos y comprender la novela en su conjunto: soy incapaz, de momento, de hacer un esquema a partir de nada, en el aire, sobre el que construir un edificio de doscientas o trescientas páginas. Primero tengo que comenzar a construirlo, y luego alejarme, observarlo con perspectiva, y volver a empezar. No sé si podré ponerme a construir; la vida literaria volverá a reclamarme a partir de mañana o pasado; ya he regresaso a Madrid, se acerca la Feria, me llaman de una editorial, me llaman de otra editorial, me mandan una encuesta, en las felicitaciones de cumple (fue el 14, día de la República) había varios submarinos con propuestas e incitaciones. Pero a pesar de que he escrito una media de 6 horas diarias los ocho días que he estado fuera hoy tengo la sensación de que he estado de vacaciones, y lo he estado: de vacaciones de mí mismo, de ese Javier Puebla que sonríe, limpiamente, y que apenas escribe pues está ocupado en otras mil pequeñas cosas, desde esta web hasta las columnas, los cuentos -cada vez mejores- de sus alumnos, llevar al niño a la guarde, hacer la compra o ... ¿qué se yo? mil cosas. Pero voy a intentarlo. Voy a intentar que este trimestre sea para la literatura y no para la vida literaria; dudo que lo consiga pero el intento, por lo menos, no me lo podrá negar nadie. Esta semana no hay fotos, no hay fiestas, no hay mundo exterior. Sólo el interior, que a veces es imprescindible, para que no te ahogue, colocar fuera. Ya veremos qué diablos escribo la semana que viene. ¿Voy bien? ¿Voy fatal? ¿Más o menos? Wait and see. Y
cuanto más brillante y excepcional es el hombre, más cerca
está de la hoguera 23 de abril. Diego, mi viejo amigo Diego Diamante, me pregunta que cómo va la novela. Mal, respondo. Va mal, que es lo mejor que le puede pasar a una novela, porque si va bien, como agua saliendo de un grifo en un país civilizado, el autor se relaja, no le hace demasiado caso, empieza a pensar en otras cosas. Así que es mejor que vaya mal. La he impreso, esas 80 páginas escritas en 8 días, y paseo los folios por autobuses, vagones de tren y metro, mesas de cafés antiguos y modernos, el vestuario de la piscina..., cualquier sitio. Ahora parece que va un poco mejor, pero más vale no bajar la guardia; porque el problema es encontrar el tiempo y la concentración: las clases, la vida literaria -que sigue, lo quiera yo o no, la familia..., en suma, la realidad que nunca ha sido demasiado amiga de la ficción. Y me pasa, ya me sucedió en la fiesta de Planeta con motivo de la Feria del Libro el pasado año, que cuando estoy concentrado en la ficción pierdo toda habilidad social. Volvió a sucederme en la presentación del Premio Primavera; no hice ni una foto (aunque llevaba la cámara). Hablé poco y me fui pronto; añorando estar solo, seguir con la exploración o descubrimiento de ese pequeño mundo, la novela, que me estoy inventado y -siempre sucede lo mismo- en tiempo presente me parece lo más importante del mundo. Le
pagan muchísimo dinero por escribir libros, dijo la niña,
repitiendo lo que había oído al niño muerto. Lo
que ninguno de los dos alcanzó a decir fue que a cambio había
de entregar su propia alma 30 de abril. Voy sin la cámara de fotos, ya que en el bolsillo del pantalón o la americana el espacio reservado pra mi pequeña curiosa digital ahora lo ocupan unos folios doblados -los últimos de la novela- que voy leyendo y releyendo y comentando con anotaiones manuscritas. Y me siento un poco culpable por ir sin la cámara de fotos, hasta el punto de haber decidido que a partir de la semana que viene, me siento fuerte, volveré a llevarla (junto a los folios, no creo que les pase nada ni a una ni a los otros); porque por culpa de no llevar mi cámara encima no tengo ni una sola imagen del concierto, vacilón y divertidísimo, que dieron Nacho Fernández y Enrique Mercado en un local tan alucinante como su gestor; me refiero a EL CIRCO DE PULGAS, gestionado por el siempre genial y sorprendente Gonzalo Scarpa, actor, creador, promotor, tío divertido, enredador imparable y un millón de cosas más (o un millón de cosas menos; la gente genial tiene dos características: escasea y no es predecible). No hay fotos del Circo de Pulgas, ni de Enrique Mercado y Nacho, ni de Scarpa. Tampoco de Pedro de Paz con quien compartí jamón, chopitos y cañas el miércoles. Ni siquiera hay fotos del desayuno de prensa convocado por Algaida para presentar la última novela titulada LA NOTICIA de ese peculiar escritor, tan ingeniero de caminos y por lo tanto tan buen constructor de historias, llamado Fernando García Calderón, y mucho menos hay fotos del interior del sex-shop al que me condujo un viejo amigo para comprar una serie de tres regalos (lo siento, oculto nombre y descripción o naturaleza de los regalos) para su última amante; aunque hubiese llevado cámara tampoco habría habido fotos (o quizá sí, una vez que la llevas es fácil sacarla; la cámara, me refiero). Sería absurdo escribir en este diario que empieza a conmoverme el personaje de Jean Claude, porque -aún- nadie sabe quien es Jean Claude, que ya conozco mejor a la protagonista femenina cuyo nombre he cambiado de Mabel (demasiado rockero) por Sara (más bíblico y romántico). De las novelas no se puede contar nada en los diarios. Los diarios, sobre todo uno abierto a la mirada ajena como es éste, deben nutrirse antes de la vida literaria que del misterio íntimo y pequeño de la literatura. Así que -espero- la semana que viene sabré encontrar tiempo y voluntad para volver a incluir algunas fotos. Y mientras tanto: buenos días, buenas tardes, buenas noches, como decía cada mañana Jim Carrey (para las cámaras y sin saberlo) en esa fantástica película titulada EL SHOW DE PUEBLA (o de Truman). No
presté atención a los relámpagos que estallaban
a mi alrededor. Los rayos o están destinados a uno, o no lo están 7 de mayo. Javier Puebla sigue pegado a
su novela, no la suelta ni siquiera cuando se ducha o está nadando;
antes de meterse en el agua relee las últimas líneas de
los folios que lleva doblados en el bolsillo de la camisa o el jaskin
o el pantalón y mientras se enjabona o hace ejercicio mastica
sin prisa las últimas palabras y busca en el plato de su imaginación
otras nuevas, las siguientes, las que harán que continúa
avanzando la historia. Despacio, va despacio. Pero también al
ritmo de la novela, y cuando alguien se encuentra con él es improbable
que no advierta la ausencia de la velocidad que suele caracterizar los
movimientos y las palabras del señor Puebla, como probablemente
podrían atestiguar Escribe ahora Javier Puebla en el modesto aunque agradable
apartamento que posee en la sierra, aprovechando que es por la mañana
(insólito que el señor Puebla escriba por la mañana,
pero ha dejado de fumar, ha dejado todos los vicios, e inesperadamente
necesita dormir menos horas, o quizá necesita dormir las mismas
pero se despierta antes). Es por la mañana y su mujer y el niño
han salido a aprovechar el sol de mayo en el parquecito que hay a menos
de trescientos metros de la ventana del despacho desde donde Puebla
escribe, escribo, cumpliendo con la obligación autoimpuesta de
actualizar cada semana esta web, Javier Puebla oye la puerta de la calle abrirse y cerrarse. El niño y su madre ya están de vuelta. En el momento oportuno: empezaba a ponerse filosófico en exceso, como de Quincey en las primeras y brillantes páginas de EL ASESINATO CONSIDERADO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES. Mientras el niño come Puebla aprovechará para dar un paseo a ritmo ligero por el campo (esta tarde tiene que regresar a la ciudad) y seguir pensando en su novela, una novela en la que sólo al final habrá paisajes verdes no interrumpidos por hileras de viviendas clónicas y monstruosas, una novela en la que sólo al final habrá alguna flor, o al menos algo parecido. No
es posible treparse de nuevo a la vida, ese irrepetible viaje en diligencia,
una vez llegada a su fin, pero si se tiene un libro en la mano, por
complicado y difícil de entender que sea, cuando se termina de
leer, se puede si se quiere volver al principio, leerlo de nuevo y entender
así qué es lo difícil y, al mismo tiempo, entender
también la vida 14 de mayo. Pensé que me estaba muriendo, pero al parecer -y según me ha explicado hoy un compañero de taquilla del Canoe- lo que me sucede, esa opresión en el pecho, ese palpitar a medio palmo de la nuez, le acontece a media España a causa de lo que llaman "alergia" y que bien podría ser un virus lanzado por los venusianos, porque a mí, que sepa, jamás me había afectado ninguna alergía: no lloro, ni de alegría ni de pena, cuando llega el tiempo de las flores. Pero muriéndome o no..., el espectáculo tiene que continuar. Así que me pasé una mañana por las oficinas que tiene Destino en Madrid, donde Pilar Lucas -bronceada y tan amable como siempre- me pasó un ejemplar del último libro de Antonio Soler, El sueño del caimán, que leeré en breve porque es de letra grande y no demasiadas páginas; los tochos -viviendo en Mad Madrid- dan pereza y es mejor dejárselos para el verano. Y también "rendí visita" a la encantadora y maravillosa conversadora Julia Escobar, que tiene en La Casa de América uno de los despachos más bonitos que he visto en los últimos tiempos (el más bonito que he visto en los últimos tiempos), con un óleo maravilloso pegado al techo. Julia, tuve suerte pues la visitaba al azar y sin previa cita, tuvo la gentileza de enseñarme algunos recovecos y secretos del que fuera uno de los más bellos y sugerentes palacios de Madrid. No tengo fotos porque olvidé la cámara, pero el próximo día -sin falta- la llevaré conmigo. Tampoco tengo fotos de la presentación de MUÑECAS TRAS EL CRISTAL, el último libro del novelista Pedro de Paz en El Bandido Dóblemente Armado, donde me tocó hacer de oficiante de ceremonias (no soy ni la mitad de bueno que Emilio Pascual, que es quien ha presentado -genialmente- mis dos últimos libros pero ... I did my best, porque el libro me había gustado y Pedro de Paz es un tipo estupendo, alguien que cae bien y además escribe bien. La post-presentación estuvo de lo más animado, es lo bueno que tiene El Bandido, al tener el bar pegado a la librería, que después de la euforia de la firma de libros las copitas son el remate perfecto. He interrumpido la escritura de este diario (palabra inadecuada, pero "semanario" suena fatal) para dar mi clase de los jueves. Era el cumpleaños de uno de mis mejores Tripulantes, Javier Vassallo (un escritor que, creo, dará que hablar) y LA MESA DEL CAPITÁN estaba casi desbordada pues no ha fallado ni un solo de mis Tripulantes o alumnos (siempre suele fallar alguien). Mientras daba la clase era consciente, al parecer nadie más lo era porque les he preguntado luego, de que me costaba dirigir el "barco" un poco más de lo habitual, ya que la mayor parte de mi energía se la come la novela que viaja en mis bolsillos, mi mochila, mi cabeza y mi corazón (avanza despacio pero con paso firme y seguro). La semana que viene la realidad -ese mundo en el que cuesta moverse cuando se están anclado en una ficción- empujará con fuerza: tengo dos programas de televisión que grabar, asistir a la presentación de los diez libros que Alianza reedita con motivo del 40 aniversario del Libro de Bolsillo, y algunas cosas más que, por fortuna, están apuntadas en mi agenda (si no lo estuviesen quizá las olvidaría, como se me olvida hasta comer cuando ando perdido en mundos ficticios; lo decía muy bien Soledad Puértolas un día: "Lo bueno es que vives una realidad paralela, lo malo es que te vas de ésta). Son las doce de la noche y aún tengo que escribir mi columna semanal y corregir un relato para Cuadernos Para el Diálogo. No hay fotos. No hay más palabras. Cierro ya. ¿Por
qué odiar a nadie? En realidad lo que pasa es que uno proyecta
un montón de emociones desagradables en una persona, y te encuentras
odiando a alguien o algo Nadie
ES idiota. Es a mí o a ti, a quienes algunos,
muchos, nos parecen idiotas 21 de mayo. Amigo, desconocido: no leas este diario. No lo leas porque -y me pongo tan enfermo que hasta tengo que confesarlo- en él no puedo decir la verdad. Nada puedo contar de los momentos más importantes, para mí, de esta semana; o por su intimidad, o porque también afectan a otros, o porque hacerlos públicos los ahogaría. Estoy tan acostumbrado a que un diario "sea el lugar donde escribo lo que me sale de la real gana" que me duele, pone enfermo como he dicho más arriba, tener que "tirarme de las riendas". Aunque -soy optimista- quizá con ello gane la literatura; así que, cambiando de opinión y soplando a la pelota de tenis para que caiga -como en Match Point, de Woody Allen- en el lado bueno de la pista, y ya que has llegado hasta aquí... sigue leyendo, porque ha sido una semana extraordinariamente divertida a pesar de su brevedad: comenzó el martes. Y ya el martes por la mañana, y en la divina cafetería de El Círculo de Bellas Artes, Fernando Sánchez-Dragó nos reunió para grabar Las Noches Blancas, a Santiago, Conde de Tamarón, Luis Alberto de Cuenca, Julia Escobar y Rafael Reig; casi nunca veo los programas en los que intervengo, como casi nunca leo mi diario (el de verdad, el que llevo en el bolsillo), porque ya me los sé, ya he estado allí; pero en el caso del programa grabado el pasado martes sí que puse la tele por la noche, se emitía ese mismo día, y me quedé boquiabierto de la iluminación excelente, dificilísima (sé de lo que hablo, tengo dos largos e infinitos cortos), que consiguió el realizador del programa, de quien sólo sé que se llama Antón o Antonio. Cuando acabamos de grabar me fui con Rafa Reig y Arancha, la ayudante de Dragó, a tomar cervezas a Malasaña; y confieso que me sorprendió Rafael Reig, mutándose a medida que bebía vasos de cerveza. Al principio, durante la grabación del programa, Rafa era todo inteligencia, inteligencia traviesa; pero a medida que avanzaba el cerveceo (supongo que la palabra no existe) su conversación comenzó a virar de traviesa a aviesa, y no pude evitar pensar que su libro, que aún no he leído pero del que oí comentar de largo durante la grabación, Manual de Literatura para caníbales, era "salsa roja", cotilleo literario en el que alegremente se derrama tinta roja que parece sangre sin serlo. Me había levantado muy temprano para mis hábitos y no tenía ganas de ver mi propia sangre, aunque fuese de tinta, ensuciando el suelo del bonito bar al que me llevaron; así que hice mutis tan pronto como pude y me fui a nadar: el agua, ya se sabe, todo lo limpia, apaga, disuelve. Pero tengo ganas de un nuevo encuentro con Reig; preferiblemente de noche, le llamaré en cuanto tenga un hueco. El miércoles estuve paseando horas y horas por el
centro de la ciudad; disfrutando del calor; el calor seco de Madrid,
Por la tarde, tras escribir mi artículo semanal y
preparar el programa para un máster al que he sido invitado como
profesor, capitanée el segundo
No hay congoja sin consuelo. Los necios lo tienen en ser felices. 28 de mayo. Sin duda, y socialmente, vita-literariamente,
el día clave de la semana es el miércoles, pues había
sido invitado -gentileza de la divina Ana Gavín- a la comida
ofrecida por Planeta a la presentación de MUERTES PARALELAS,
el libro con el que Fernando Sánchez-Dragó ha ganado el
Premio de Novela Fernando Lara de este año. Se celebraba en el
Hotel Intercontinental, de la Castellana, y aunque era a las dos llegué
justo a tiempo y a bordo de un taxi (y de repente no llevaba dinero
para pagarlo, y el taxita quería llevarme a recorrer todos los
cajeros de Madrid cuando, aún no entiendo como, aparecieron veinte
euros pegados a la parte de atrás de uno de mis cuentos tarjeta
de visita; magia pura, juro que nunca pego dinero a mis microrrelatos:
puedo regalarlos pero sería pasarse ponerles un billetito por
detrás para hacerlos más atactivos). Ya en el hotel pregunto
a un tipo joven, delgado y apresurado como yo mismo, si sabe donde está
el salón donde ha de celebrarse el almuerzo. No tiene ni idea.
Quince minutos después le vuelvo a ver. Es Alejandro, el hijo
mayor de Dragó, y uno de mis mas queridos amigos en la época
de Disidencias; junto a un chaval pelirrojo y alto, de nariz romana,
llamado Luis, eramos el trío calavera de Diario16, los que más
nos divertíamos y encantados estábamos de formar parte
de la redacción del periódico; llevábamos sin vernos
más de veinte años (tantos como tenía él
en la época) pero la sintonía se recuperó de modo
inmediato. No,
no me gusta el trabajo. Prefiero holgazanear mientras pienso en todas
las cosas buenas que podrían hacerse. No me gusta el trabajo,
a nadie le gusta, pero me gusta lo que hay en el trabajo; la oportunidad
de encontrarse a uno mismo. 4 de junio. A mí tampoco me gusta el trabajo, suscribo al cien por cien la frase de Mister Conrad. Pero más que holgazanear pensado en las cosas buenas que podrían hacerse me gusta gastar energía en actos inútiles, quizá artísticos o quizá no, pero sí intima y personalmente divertidos. A ello me permití dedicarme el pasado lunes, nueve cuarenta y cinco minutos de la noche. Javier Puebla llega al Retiro, al Paseo de Coches donde se celebra la Fiera del Libro con cinco ejemplares de Sonríe Delgado que le ha pedido un librero que está convencido que Sonríe Delgado es la mejor novela negra que jamás se ha escrito en español y que acabará convirtiéndose, tiempo al tiempo, en un libro de culto. Pero..., la Fiera cierra sus fauces a las nueve y media. Todas las bocas de las casetas cerradas cuando llegó Javier Puebla con sus cinco libros bajo el brazo y el convencimiento de que -estamos en España- nadie echaría el cierre antes de las diez. Y fue entonces cuando decidí ponerme a jugar; un book-crossing. Hace meses que deseaba hacerlo, incluso había planeado (en la línea que Conrad apunta cuando dice lo "las buenas cosas que podrían hacerse") liberar cuarenta y ocho libros el día de mi cuarenta y ocho cumpleaños. No serían cuarenta y ocho pero sí serían cinco. Numerados y dedicados a la persona que se los encontrase.
El primer libro lo "convertí" en una cocacola, abandonado, con la correspondiente dedicatoria en la bandeja donde, tras ajetreado descenso, caen las rojas latas llenas de burbujas y fórmulas secretas. El segundo en la mesa de un bar desierto donde un trío hablaba fatal de Juan José Millás, que naturalmente estaba ausente (me permití afearles la conducta, ganándose, supongo, tres pequeños -o grandes o medianos- enemigos más, para la colección). El tercero lo transformé en "dinero", colocándolo en un solitario cajero automático (un par de guardias se acercaron a mirarme con cara de pocos amigos mientras escribía la dedicatoria para el lector desconocido, colocaba el libro y lo fotografiaba repetidas veces, hasta conseguir el efecto que intuía y buscaba. El cuarto libro lo dejé apoyado en el tronco de un árbol. Y el quinto, fue la colocación más genial, la que me hizo bailar de la risa, lo dejé convertido en ático de una torre, coronando una TORRE DE BABEL .....IAS. Ningún libro, a pesar de que la Fiera estaba dormida, duró más de diez minutos; todos ellos, y me congratulo, enseguida encontraron el posible lector, o al menos propietario, para el que estaban predestinados. Salí del Parque de Fieras, del Parque del Retiro cuando ya el cielo empezaba a perder sus últimos azules, y cuando iba a cruzar la puerta que me llevaría al exterior apareció ante mí, majestuosa, bellísima, construida en un solo idioma, la Torre del Retiro, y como llevaba la cámara preparada busqué un encuadre adecuado y me llevé la imagen como cierre para el primer día en el diarioweb de esta "libresca" semana. Está mal que sea yo quien lo diga, y quizá aquí, por la reducción de pixels no se aprecie, es una foto preciosa; en mi descargo diré que las fotos no las hago yo, no las hace Javier Puebla, ese que llegó a la Feria del libro pensando que cerraba a las diez y se la encontró dormida, sino uno de mis heterónimos, un tipo de gorra de beisbol permanente, ojos de águila y de nombre Daniel Fénix. Suya es la foto, y la responsabilidad de la misma..
El martes tenía clase, y además estuve un montón de horas preparando nuevas tarjetas-cuento, o cuentos para ser impresos en tarjeta de visita, para regalar a quien me fuese apeteciendo el sábado día que -aún no me lo habían comunicado- me tocaba firmar en la caseta del distribuidor de Ediciones Amargord. Creo que a la feria no regresé hasta el viernes. Había quedado con Enrique Redel, el "editor de raza" como le llamé en mi columna de hace un par de semanas; y al día siguiente, el sábado, y por primera vez en la historia de Redel y de su editorial, el Funambulista, un libro suyo, Porque Nos Gustan Las Mujeres, apareció en el Top Ten de los más vendidos del diario ABC (debería hacerme pitoniso, ganaría un montón de dinero, o al menos más dinero que con la literatura, aunque como adivino una vez tuve la certeza absoluta -y lo escribí, y lo guardo- que uno de mis personajes, aún prácticamente inédito (estoy con la segunda novela y la primera se publicará, espero, muy pronto), me haría rico (aunque para mí ser rico no debería ser muy complicado, con un par de milloncitos de euros me consideraría como tal). El sábado vendí once libros en la caseta 330 de la Feria, y conocí a Consuelo, la distribuidora de Amargord, y a su chico, el encantador Eduardo (encantador a pesar de ser banquero; aunque bien pensado conozco más banqueros encantadores que políticos honrados, por ejemplo). Y el domingo..., hacía tanto calor. Me encontré con Achero Mañas en la pisci y dos horas después con su hermano Federico (acompañado de Rodrigo, su hijo de seis meses) en la Fiera. Mi ida era avanzar en el reportaje caprichoso que estoy haciendo para quien quiera comprarlo, quizá sólo para esta web, con imágenes insólitas, encuadres diferentes, de los Feriantes (feriantes del libro); pero hacía demasiado calor, me había dado un golpe en la mano al salir de la piscina (el ejercicio no siempre es saludable) y me dolía la muñeca al sostener la cámara, así que me conformé con un par de imágenes antes de quitarme la gorra negra que me sirve para convertirme o transformarme en Daniel Fénix y caminé hasta Cavanilles Street donde cogí un autobús que me dejó en la puerta de mi solitaria casa; mi chica y el cachorro estaban pasando la tarde en casa de los primos. Abrí el ordenador, el programa donde escribo este diario y me puse a teclear las palabras que ahora - en otro caso no existirían- está leyendo alguien; alquien que quizá conozco o quzá no, pero que, en cualquier caso, no es "yo mismo". |